• No se han encontrado resultados

Curso-Básico-para-Ministros-Extraordinarios-de-la-Comunión

N/A
N/A
Protected

Academic year: 2021

Share "Curso-Básico-para-Ministros-Extraordinarios-de-la-Comunión"

Copied!
84
0
0

Texto completo

(1)

MINISTROS EXTRAORDINARIOS DE LA COMUNIÓN

(2)

Portada exterior

Necesario es que solamente las personas que han recibido la debida preparación y que se preocupan de poner al día sus conocimientos mediante este manual u otros programas, ejerzan el ministerio de la comunión a los enfermos. Además de una sería y perseverante espiritualidad eucarística; pues de lo contrario no sería posible ejercer tan alto ministerio. También se ha pedido en nuestra Diócesis que el MEC pertenezca al equipo de liturgia para el personal y común acompañamiento y crecimiento espiritual.

También se ha de tener en cuenta que todos las personas que deseen ofrecer el servicio como ministros de la comunión a los enfermos deben ser comisionados oficialmente por la Diócesis, a través del párroco. De esta manera se aseguran de recibir el reconocimiento oficial de la Arquidiócesis, lo mismo que de ser delegados a ejercer el ministerio una vez que han cumplido con la debida preparación.

Por ser la Eucaristía el sacramento de la presencia de Cristo que se nos da porque nos ama, el MEC ha de ser testigo fervoroso de la presencia de Cristo en la Eucaristía; de forma que la Eucaristía modele su vida, la vida de la familia que forman; que oriente todas sus opciones de vida. Que la Eucaristía, presencia viva y real del amor trinitario de Dios, les inspire ideales de solidaridad y los haga vivir en comunión con sus hermanos más necesitados.

INTRODUCCIÓN

La educación continua es muy esencial y recomendable para el ministro de la comunión a los enfermos a través de programas, talleres y oportunidades de crecimiento, reflexión y profundización sobre los aspectos relacionados a la práctica de este noble ministerio.

Necesario es que solamente las personas que han recibido la debida preparación y que se preocupan de poner al día sus conocimientos mediante este manual u otros programas, ejerzan el ministerio de la comunión a los enfermos. Además de una sería y perseverante espiritualidad eucarística; pues de lo contrario no sería posible ejercer tan alto ministerio. También se ha pedido en nuestra Diócesis que el MEC pertenezca al equipo de liturgia para el personal y común acompañamiento y crecimiento espiritual.

También se ha de tener en cuenta que todos las personas que deseen ofrecer el servicio como ministros de la comunión a los enfermos deben ser comisionados oficialmente por la Diócesis, a través del párroco. De esta manera se aseguran de recibir el reconocimiento oficial de la Arquidiócesis, lo mismo que de ser delegados a ejercer el ministerio una vez que han cumplido con la debida preparación.

La Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles Laicos en el Sagrado Ministerio de los Sacerdote, en el Artículo 13, que habla sobre necesaria selección y adecuada formación, en el contexto de esta introducción a este manual de formación de los MEC, expresa que “Es deber de la Autoridad competente, cuando se diera la objetiva necesidad de una “suplencia”, en los casos anteriormente detallados, de procurar que la persona sea de sana doctrina y ejemplar conducta de vida. No pueden, por tanto, ser admitidos al ejercicio de estas tareas aquellos católicos que no llevan una vida digna, no gozan de buena fama, o se encuentran en situaciones familiares no coherentes con la enseñanza moral de la Iglesia. Además, la persona debe poseer la formación debida para el adecuado cumplimiento de las funciones que se le confían.

A norma del derecho particular perfeccionen sus conocimientos frecuentando, por cuanto sea posible, cursos de formación que la Autoridad competente organizará en el ámbito de la Iglesia particular, en ambientes diferentes de los seminarios, que son reservados sólo a los candidatos al sacerdocio, teniendo gran cuidado que

(3)

la doctrina enseñada sea absolutamente conforme al magisterio eclesial y que el clima sea verdaderamente espiritual.

Esperamos que este manual sea una herramienta para que los MEC eviten los delitos o abusos contra la Sagrada Eucaristía; pues como dice el documento arriba señalado, “Estamos convencido de que El remedio principal, a largo plazo, es una formación adecuada, la instrucción y la fe sólida. Pero cuando ocurren abusos, la Iglesia tiene el deber de señalarlos en un modo claro y caritativo.

En este manual, que se propone a los MEC, presentamos elementos doctrinales esenciales sobre:

La iglesia de Jesucristo (capítulo primero): se busca, que los MEC comprendan mejor cuál es la misión de la Iglesia y cuál nuestra propia misión en la Iglesia. Comprender cómo realizarla en y desde la Iglesia;

Constitución jerárquica de la iglesia (capítulo segundo): de forma que tenga, ideas generales pero claras sobre la estructura jerárquica de la Iglesia en torno al Obispo en la Iglesia particular con su presbiterio, sus diáconos y otros ministros. Se hace presente también en una comunión de los Obispos en la misma eucaristía, manifestada en la concelebración de la Eucaristía expresión de la perfecta comunión en Cristo y en Iglesia, una santa católica y apostólica.

Los fieles laicos: obligaciones y derechos (capítulo tercero): Este apartado está dedicado a las obligaciones y derechos de los fieles laicos, trata no solo de aquello que específicamente les compete, teniendo presente su condición secular, sino también de tareas o funciones que en realidad no son exclusivamente de ellos.

Los sacramentos de curación (cuarto capítulo): Sin tratar de todos los sacramentos todos, se ha buscado hacer conciencia de cómo Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuara, en la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación.

La santa Misa (capítulo quinto): Se reduce a una motivación para que los MEC, tengan una asidua participación en la Santa Misa dominical y lo vean como “un deber y un privilegio; una dulce obligación de corresponder al amor de Dios por nosotros, para dar después un testimonio de ese amor en su vida diaria y en su servicio a los enfermos. Siendo que la Santa Misa es el acto de culto más excelente que la Iglesia entera tributa a Dios; es la fuente de la vida cristiana; es el encuentro que Cristo quiere tener con sus hermanos los hombres para nutrirlos con el alimento que no perece, para bendecirlos y fortalecerlos en sus pruebas.

Comunión y culto eucarístico fuera de la misa (capítulo sexto): La celebración de la Eucaristía es el Centro de toda la vida cristiana, tanto para la Iglesia universal como para las asambleas locales de la misma Iglesia. Pues los demás sacramentos, al igual que todos los ministerios eclesiásticos y las obras del apostolado, están unidos con la Eucaristía y hacia ella se ordenan.

(4)

CAPÍTULO PRIMERO LA IGLESIA DE JESUCRISTO

La Sagrada Escritura atestigua sobreabundantemente la misión del Hijo en este mundo. Así “amó Dios a este mundo que entregó a su Hijo unigénito, a fin de que todo el que crea en Él, no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3:16-17; Cfr. Jn 5, 23.36; Gal 4:4-5). Este amor es más fuerte que el amor de una madre a sus hijos (cf. Is 49, 14-15). Dios ama a su Pueblo mas que un esposo a su amada (Is 62,45); este amor vencerá incluso las peores infidelidades (cf. Ez 16; Os 11)1; llegara hasta el don más precioso, la entrega de su propio Hijo para salvador al hombre pecador.

En efecto, el Verbo se encarnó para que nosotros conociésemos así el amor de Dios2; Jesús vino a nosotros realizar su misión salvífica, como misionero del Padre, Evangelio de Dios, movido por el Espíritu Santo, a través de la Iglesia. Por esto, la Iglesia ha mantenido siempre, no sólo que Jesucristo es el fundamento de la Iglesia, sino

1 Cfr. CIgC 219 2 CIgC 458

(5)

que Jesucristo mismo ha querido fundar una Iglesia y que la ha fundado de hecho. La Iglesia ha nacido de la libre decisión de Jesús. La Iglesia debe su existencia al don que Él ha hecho de su vida sobre la cruz3.

“El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras”4. Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los Cielos en la Tierra. “La Iglesia es el Reino de Cristo presente ya en misterio”5.

La Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la eucaristía y realizado en la cruz. “El agua y la sangre que brotan del costado abierto de Jesús crucificado son signo de este comienzo y crecimiento”6. Del mismo modo que Eva fue formada del costado de Adán adormecido, así la Iglesia nació del corazón traspasado de Cristo muerto en la cruz (Cfr. san Ambrosio, Lc 2, 85-89)7.

Por tanto, Jesucristo es el objeto central de la fe de la Iglesia; él es el resumen de la fe cristiana. Así, el cristianismo es la buena nueva de Cristo; es más, el cristianismo es Cristo. La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en El. La misma identidad del cristiano no es otra cosa que la identificación con Cristo. De aquí que la misión de la Iglesia consista en predicar la verdad sobre Cristo y en transformar a los hombres en Cristo8, para que en Él tenga vida eterna toda la humanidad.

Por consiguiente, la Iglesia es a la vez camino y término del designio salvífico de Dios Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo. Así, en síntesis, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma, que la Iglesia es “prefigurada en la Creación, preparada en la Antigua Alianza, fundada por las palabras y las obras de Jesucristo, realizada por su cruz redentora y su resurrección, se manifiesta como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo. Quedara consumada en la gloria del Cielo como asamblea de todos los redimidos de la Tierra (Cfr. Ap 14, 4)”9.

3 Cfr. CIgC 424; 4 LG 5

5 LG 3; Cfr. CIgC 763 6 LG 3

7 Cfr. CIgC 766

8 Ocariz-Mateo Seco-Riestra, El misterio de Jesucristo, EUNSA, Pamplona, 2001, p. 20-21. 9 CIgC 778

(6)

1. Somos Iglesia

Todos los fieles cristianos, incorporados a Cristo por el bautismo, somos la Iglesia, el Pueblo de Dios y, hechos partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, somos llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo10.

En efecto, si todos los fieles cristianos somos Iglesia, de la Iglesia somos responsables todos, cada uno desde su trinchera, pero responsables todos. Así como podemos también decir que los ciudadanos tenemos alguna responsabilidad en la marcha de nuestra patria. Todos y no sólo el gobierno o los senadores y diputados, aunque éstos tengan en un momento dado mayor responsabilidad.

Es evidente que en todo cuerpo social ha de haber unos servicios que asuman de manera más intensa y con más dedicación la responsabilidad por el cuerpo. Así lo piden las leyes de la convivencia humana que Dios respeta. Pero el hecho de que existan esos servicios no dispensa a los fieles de la responsabilidad que impone el simple hecho de ser creyentes en el Dios revelado por Jesucristo. Responsabilidad para la edificación del pueblo, y para que no vivamos nuestra fe como nuestra causa particular.

Por eso, en el centro de la Iglesia primera estuvo aquel principio que después ha pasado al mundo jurídico: “lo que afecta a todos debe ser tratado y aprobado por todos”. Este principio no se refiere sólo a decisiones de carácter económico o social. Nada afecta más a todos los cristianos que la donación de Dios en la vida, muerte y Pascua de Jesucristo. Y ese don es responsabilidad de todos.

No hace mucho, un grupo de cristianos de todo el mundo, alarmados por la situación actual de la Iglesia Católica y conscientes de que también ellos tienen una parte de responsabilidad en esa situación, aunque sea una parte más pequeña que la de otras instancias, se constituyeron en una especie de plataforma mundial con el nombre de “Somos Iglesia”. No se comprende que la autoridad eclesiástica desautorice globalmente a esa plataforma, que no ha hecho más que ejercer su responsabilidad de cristianos. Si han cometido errores particulares será bueno desautorizar esos errores concretos, pero no al movimiento en conjunto; pues, todos, según nuestra propia condición y oficio, estamos llamados a cooperan a la edificación del Cuerpo de Cristo11.

Evidentemente, se puede ejercer mal una responsabilidad, y, por desgracia, los hombres hacemos eso más de dos veces y, –cuando así ocurra– será bueno que eso se nos diga, en nombre de la responsabilidad de todos.

10 Cfr. CIgC 871; CIC 204, 1; LG 31. 11 Cfr. CIgC 872; CIC 208; LG 32.

(7)

Pero lo que no se puede hacer es negar simplemente el ejercicio de una responsabilidad que brota con el hecho mismo de ser creyentes, que quiere decir ser Iglesia; en ella todos los bautizados tenemos ¡el derecho y el deber de ser corresponsables en el ser y hacer del Pueblo de Dios!

En efecto, el catecismo de la Iglesia católica afirma en el número 900 que “todos los fieles, los laicos, están encargados por Dios del apostolado en virtud del bautismo y de la confirmación, y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en asociaciones, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la Tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia”12.

Sin embargo nadie podemos olvidar que el Señor ha querido, que todos los miembros de su Cuerpo sirvan a su unidad, con una misión concreta, en donde cada uno, ha sido puesto para una misión especial y concreta, en la vocación propia, pues, “hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios”13.

Por consiguiente, las mismas diferencias que el Señor quiso poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad y a su misión. Porque “hay en la Iglesia diversidad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y sus sucesores les confirió Cristo la función de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero también los laicos, partícipes de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde en la misión de todo el Pueblo de Dios”14. En fin, “en esos dos grupos (jerarquía y laicos) hay fieles que por la profesión de los consejos evangélicos... se consagran a Dios y contribuyen a la misión salvífica de la Iglesia según la manera peculiar que les es propia”15.

2. Iglesia del Crucificado, imagen del Dios Uno y Trino

Así, pues, la Iglesia, en cuanto es sacramento de comunión, es como “imagen de la Trinidad”16. La Iglesia es efectivamente pueblo de Dios Padre, cuerpo de Cristo, y templo del Espíritu. Es eso en su totalidad. Esto somos todos los fieles cristianos: uno en Cristo. Esto es un reto y una tarea diaria que tenemos todos: ser y hacer Iglesia, reflejar al Cristo total ante el prójimo. En efecto, El espíritu de comunión, que permanece en la Iglesia, ha de ser manifiesta en cada uno de sus miembros como el gran sacramento de la comunión divina que reúne a los hijos de Dios dispersos. El fruto del Espíritu en la Liturgia, que el Pueblo de Dios celebra, es inseparablemente comunión con la Trinidad Santa y comunión fraterna (Cfr. 1 Jn 1, 3-7)17.

En realidad, la Iglesia es imagen de la Trinidad por ser Iglesia del Crucificado, es decir: expresión de la comunión de Dios en la historia, con los hombres y mujeres de la humanidad. Moltmann ha notado con agudeza teológica la vinculación que hay para la fe cristiana entre Trinidad y Cruz, señalando como algo muy valioso la práctica católica de hacer la señal de la cruz precisamente al pronunciar el nombre de la Trinidad: “en el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, signos que no se pueden quedar en la piel o en la mente del creyente, sino también en el corazón; es decir, al antiguarnos en nombre de la Trinidad, hemos de recordar que es todo un programa de vida: comunión con la Trinidad y comunión con los hijos del Dios Uno y Trino.

Como Iglesia del Crucificado, toda la comunidad creyente, sobre todo los más responsables en ella, debe participar de alguna forma en esa “kénosis” o anonadamiento de Dios, que hace posible la Cruz del Hijo. Por

12Cfr. LG 33 13 AA 2; Cfr. CIgC 873. 14 AA 2 15 CIC, 207, 2; Cfr. 873 16 LG 2. 17 CIgC 1108

(8)

tanto, la Cruz ha de ser una condición de la propia vida creyente-y-comunitaria; no un recurso fácil para obtener que los demás hagan aquello que quieren las personas constituidas en autoridad.

Realmente los que somos constituidos en autoridad, no podemos más que actuar como siervos, a ejemplo del Siervo de Dios, que no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida por la salvación de todos. Desde la Cruz, atrajo a todos hacía sí, y resucitado fue constituido Señor del cielo y de la tierra. Por esto, los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio y una donación de sí, que salva y que une. “El que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será su esclavo” (Mt 20, 26). Nadie puede ordenar o establecer lo que es contrario a la dignidad de las personas, a la ley natural, a la unidad, al crecimiento, al desarrollo integral de la persona y a su vocación18. Los verdaderos líderes, servidores de Dios, no se dejan guiar por mundanos criterios, sino que obran lejos de los complejos e inseguridades; han de obrar desde el corazón de Jesús, en la libertad de los hijos de Dios, para la comunión Trinitaria y eclesial.

Creo que siempre que ejerzamos la autoridad en nombre de Dios, se ha de tomar con mucha responsabilidad, no sólo viendo hacia sí, sino desde la Trinidad y desde la situación de aquel sobre el que caerá el efecto del ejercicio de la autoridad, y ponernos en actitud orante al estilo de santa Isabel de la trinidad: “Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mi mismo para establecerme en Ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz ni hacerme salir de Ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu Cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora (Oración de la beata Isabel de la Trinidad)”19.

3. La Iglesia visibilizada en la Eucaristía

Finalmente, tanto la referencia al Crucificado, como la alusión, que hace el Vaticano II a la Iglesia como “sacramento de comunión”, nos permiten relacionar el carácter sacramental de la Iglesia, “sacramento-raíz”, con la “plenitud de lo sacramental” que es la Eucaristía, “Comunión”, con Jesucristo, con el Padre de Jesucristo y con el Paráclito, y con la Iglesia, con cada uno de los discípulos de Jesús. De aquí la afirmación del gran teólogo De Lubac: “La Iglesia hace la eucaristía y la eucaristía hace a la Iglesia”, la eucaristía es comunión con Dios y con el hermano.

Esto quiere decir que la eucaristía no existe sólo como un simple acto de culto agradable a Dios, que se ofrece para la reconciliación y la vida del mundo, sino que al ser cristificado el creyente al comulgar, ha de hacer de sus relaciones con sus hermanos, relaciones eucarísticas, en las que se entrega la vida para la liberación integral del hermano, y esto principalmente de los responsables de la comunidad, de los que íntimamente celebran y ofrecen la eucaristía, han de hacer que en ella las relaciones no sean relaciones de dominio, sino relaciones eucarísticas20. En definitiva, la eucaristía nos une con el Cristo Total al comulgar con Cristo Cabeza y Salvador del Cuerpo, vivificado por el Espíritu Santo.

En efecto, la eucaristía, renueva, fortifica, profundiza la incorporación a la Iglesia realizada ya por el bautismo. “Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10, 16-17): “Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis «amén» (es decir, «Si», «es verdad») a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir «el Cuerpo de Cristo», y respondes «amén». Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu «amén" sea también verdadero”21. Y el Santo de Hipona añade: y añade, “Si ustedes son el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que son ustedes mismos y reciben el misterio que son ustedes”. Y concluye diciendo que “el que recibe el misterio de

18 Cfr. CIgC 2235 19 CIgC 260

20 Hans Kung, La Iglesia. Herder, Barcelona 4 1975, 119. 21 S. Agustín, serm. 272; Cfr. CIgC 1396

(9)

la unidad y no posee el vínculo de la paz, no recibe un misterio para provecho propio, sino un testimonio contra sí”22.

En efecto, el misterio eucarístico es el corazón de la vida eclesial y el centro del ministerio del sacerdote; que no se limita a la celebración eucarística, sino que también implica, como se dice en le capítulo anterior, “un servicio que va desde el anuncio de la Palabra, a la santificación de los hombres a través de los sacramentos y a la guía del pueblo de Dios en la comunión y en el servicio23. Por tanto, la celebración eucarística es el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia. , pues la Iglesia se edifica a través de la comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por todos.

Por consiguiente, con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo, porque el pan que partimos es comunión con el cuerpo de Cristo al participar del mismo pan (Cfr. 1 Co 10, 16-17). San Juan Crisóstomo señala que así como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigo; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y, todos juntos, con Cristo24. En efecto, “nuestra unión con Cristo, que es don y gracia para cada uno, hace que en Él estemos asociados también a la unidad de su cuerpo que es la Iglesia. La Eucaristía consolida la incorporación a Cristo, establecida en el Bautismo mediante el don del Espíritu (cf. 1 Co 12, 13.27)”25. Por ello, la acción conjunta e inseparable del Hijo y del Espíritu Santo, que está en el origen de la Iglesia, de su constitución y de su permanencia, continúa en la Eucaristía, para hacer de los fieles cristianos, almas eucarísticas.

Si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, hay, por tanto, una relación

sumamente estrecha entre una y otra; a tal grado que se puede aplicar tanto a la Eucaristía como a la

Iglesia el Símbolo niceno-constantinopolitano, “una, santa, católica y apostólica”, y, guardando la

debida distancia, de cada fiel cristiano se de decir también, lo mismo: estamos llamados a ser signos de

la Iglesia, sacramento universal de salvación; y esto lo haremos real en la medida en que seamos

constructores de la unidad, santos, apóstoles y realmente católicos.

22 SAN AGUSTÍN, Sermón 272: PL 38, 1247-1248.

23 Cfr. CASTRO F, Tesis de licenciatura: identidad del sacerdote como evangelizador y pastor en el reciente magisterio de la Iglesia, p. 79.

24 Cfr. Homilías sobre la 1 Carta a los Corintios, 24, 2: PG 61, 200

(10)

CAPÍTULO SEGUNDO

CONSTITUCIÓN JERÁRQUICA DE LA IGLESIA

La Iglesia una, santa, católica y apostólica, ha sido edificada por Jesucristo sobre la piedra, que es Pedro. Ella es el Cuerpo místico de Cristo, sociedad visible, equipada de órganos jerárquicos, y, a la vez, comunidad espiritual, Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrinante aquí en la tierra e Iglesia enriquecida por bienes celestes; germen y comienzo del reino de Dios26. La única Iglesia de Cristo, por tanto, está “constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él”27.

Por su parte, la Lumen Gentium, en el número 18, enseña que “en orden a apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos

26 Cfr. Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 19. 27 LG 8

(11)

cuantos son miembros del Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tiendan todos libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación”28.

Por consiguiente, vemos claramente que la jerarquía de la Iglesia, no es en atención a un dominio de unos sobre otros, o asuntos de grandeza o nobleza, sino en bien de todo su Cuerpo místico, que todos lleguen al conocimiento de la verdad y se salven. Así, el Magisterio de la Iglesia, siempre ha enseñado, que “Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles como Él mismo había sido enviado por el Padre (Cfr. Jn., 20,21), y quiso que los sucesores de éstos, los Obispos, hasta la consumación de los siglos, fueran los pastores en su Iglesia. Pero para que el episcopado mismo fuera uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el principio visible y perpetuo fundamento de la unidad de la fe y de comunión”29.

Esta doctrina de la institución jerárquica de la Iglesia es objeto de fe sólida de todos los fieles, que han de creer y profesar y “declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores de los apóstoles, los cuales junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la casa de Dios vivo”30.

Por ello, los Apóstoles tienen, como Jesús, una función de profetas, sacerdotes y guías del Pueblo de Dios. Proclaman la Buena Noticia. Es la misión primordial, según San Pablo (Cfr. 1 Co 1, 17; 9, 16). Buscarán colaboradores para la acción caritativa, reservándose la tarea de la Palabra (Cfr. Hch 6, 1-4). Santifican a los nuevos fieles mediante el sacramento del Bautismo (Cfr. Mc 16, 16; Hch 2, 41; 8, 36-38), la celebración de la Eucaristía (Cfr. Lc 22, 19; 1 Co 11, 24-26; Hch 2, 42), el perdón de los pecados (Cfr. Jn 20, 21-23), la imposición de manos como transmisión de un don del Espíritu Santo (Cfr. 1 Tm 5, 22; 2 Tm 1, 6-7). Dirigen la Comunidad cristiana, no a la manera despótica, sino como quien “sirve” (Cfr. Mc 10, 41-44; Lc 22, 25-26; Hch 1, 17.25; 20, 24; 21, 19). Así dirigen la Comunidad de Jerusalén desde el día de Pentecostés (Cfr. Hch 2, 37-42), aunque no dejan de escuchar las intervenciones de los “ancianos” y de toda la Asamblea, incluso en asuntos tan graves como los que se plantean en el “Concilio de Jerusalén” en relación con el valor de las prácticas judías (Cfr. Hch 15, 9. 22-29). En casos de conflicto, como los problemas surgidos en Corinto ante la diversidad de carismas (Cfr. 1 Co 12-14), hacen valer su autoridad.

28 LG 18, 1 29 LG 18, 2 30 Ibidem

(12)

1. El sacerdocio común

Ha sido también mérito del Vaticano II resucitar la doctrina del sacerdocio común, que tanta importancia ecuménica tiene, por tratarse de un tema muy querido por los hermanos separados.

El pueblo de la nueva alianza, es todo él un pueblo de sacerdotes. En todos los cristianos se encuentra, en efecto, la capacidad para ofrecer a Dios un culto que le agrade: la propia vida. De hecho, Cristo no ofició en una catedral. Su sacrificio tuvo lugar al aire libre y consistió en dar la vida (Cfr. 1 Pe 2,2-5; Rom 12,1; Flp 2,17; Heb 9,1314...). Además, en la asamblea eucarística, todos han de considerarse sacerdotes, en plena comunión con el Sacerdote único, en el sacerdote ministerial, todos ofrecen la eucaristía. De ahí la diferencia arquitectónica existente entre el templo judío, en cuyo santuario sólo podían entrar los sacerdotes, y los templos cristianos, amplios, donde penetra toda la comunidad. Eso no significa, evidentemente, que en la celebración de la eucaristía todos puedan hacer las mismas cosas. Cada uno tiene un “servicio” o “ministerio” particular. En efecto, “en las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde”31.

El Concilio precisó que la diferencia entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial o presbiterado no es de grado, sino de esencia32. No podía ser de otra forma. Si fuera una diferencia de grado, los clérigos serían cristianos mejores y más completos.

Naturalmente, quienes reciben el sacramento del orden no dejan de estar revestidos del sacerdocio primordial. Por eso debe decirse “sacerdocio común”, y no “sacerdocio de los laicos”.

a) Corresponsabilidad

Recién terminado el Concilio, el cardenal Suenens escribía en un libro titulado “La corresponsabilidad en la Iglesia de hoy”, que pronto se hizo famoso: “Si se me preguntara cuál es el “germen de vida” más rico en consecuencias pastorales que se debe al Concilio, respondería sin dudarlo: el haber vuelto a descubrir al pueblo

31 SC 28. 32 Cfr. LG 10 b

(13)

de Dios como una totalidad y, en consecuencia, la corresponsabilidad que de aquí se deriva para cada uno de sus miembros”33.

En consecuencia, la misión específica del laico es edificar el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales34. Como escribió Lavisse, “ser laico es creer que la vida vale la pena vivirse, amar esta vida, rehusar la definición de la tierra como valle de lágrimas, no admitir que las lágrimas sean necesarias y bienhechoras, es librar la batalla contra el mal en nombre de la justicia”35. En cambio, la misión específica del presbítero es presidir la comunidad cristiana.

Sería incorrecto deducir de lo anterior una especie de “reparto de tareas”, que se enunciara más o menos así: el mundo para los laicos y la Iglesia para los clérigos. Eso daría lugar a un nuevo clericalismo, justificado esta vez con argumentos “progresistas”. Hay que decir con claridad que misión “específica” no significa misión “exclusiva”.

Una cosa es que el presbítero presida la comunidad cristiana y otra muy distinta es que se convierta en una especie de “hombre orquesta”, que toca todos los instrumentos a la vez. También el laico es responsable de la comunidad cristiana, y debe ejercer esa responsabilidad en la medida que no perjudique su misión específica, ni atropelle lo propio del pastor ordenado. Algunos se sentirán llamados especialmente a anunciar la palabra de Dios, lo cual puede hacerse a través de medios muy diversos: la instrucción catequética, la enseñanza religiosa escolar, los medios de comunicación social y las conferencias.

La renovación litúrgica ha multiplicado también los ministerios laicos: schola cantorum, lectores, salmista, comentadores, maestro de ceremonias, el que acoge a los fieles a la puerta de la iglesia, ministros extraordinarios de la comunión que la llevan a los enfermos, etc. Por último, la pastoral del servicio cristiano -que abarca no sólo las obras asistenciales, sino también las de promoción humana y la construcción de un orden justo- ofrece a los laicos unas posibilidades de trabajo inagotables. El Concilio Vaticano II llegará a decir que “el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo”36.

Por su parte, también el presbítero es responsable de los asuntos temporales e, igualmente, debe ejercer esa responsabilidad en la medida que no perjudique a su misión específica. El perjuicio podría venir por el tiempo disponible y por la posibilidad de comprometer en opciones partidistas la representatividad de Cristo y de la comunidad cristiana que ostenta. Por eso, su forma específica de servir a la sociedad, más que la acción directa, debe ser la animación y el acompañamiento teológico de los laicos que han asumido responsabilidades en la vida pública.

Así, pues, no cabe decir: “El mundo para los laicos y la Iglesia para los clérigos”. Hay una forma específicamente laical de compromiso en el mundo y en la Iglesia, así como hay una forma específicamente presbiteral de compromiso en la Iglesia y en el mundo.

b) La Iglesia universal, una comunión de Iglesias locales

A diferencia del Vaticano I, que ponía en el centro la Iglesia universal, que luego se dividía en parcelas más pequeñas (las diócesis), el Vaticano II pone en el centro las Iglesias particulares o locales y concibe a la Iglesia universal como una comunión de todas ellas. La relación existente entre las Iglesias particulares y la Iglesia universal no es fácil de explicar, porque carece de analogías en otro tipo de colectividades. No es cierto, por ejemplo, que las Iglesias particulares sean meras sucursales de la Iglesia universal, como si ésta existiera con anterioridad a ellas y tomara después la decisión de dividirse en porciones más manejables. Pero tampoco es cierto que existan primero las Iglesias particulares y en un segundo momento decidieran reunirse en una especie de federación que sería la Iglesia universal.

33 León-Joseph Suenens, La corresponsabilidad en la Iglesia de hoy. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1969, 27. 34 Cfr. LG 31 b; EN 70

35 Cit. en Y. M. Congar, Jalones..., 41. 36 AA 2a

(14)

La Iglesia, y no simplemente una parte de ella, está presente en todas y cada una de las Iglesias particulares. Pablo, por ejemplo, no se dirige a la Iglesia de Corinto, sino “a la Iglesia de Dios que está en Corinto” (1Co 1, 2)37. Lo mismo hace san Ignacio de Antioquía: “A la Iglesia de Dios que está establecida en Filadelfia del Asia”. Orígenes utilizará igualmente esas mismas fórmulas: “La Iglesia de Dios que está en Corinto, en Alejandría...”.

La primera consecuencia de que las diócesis no sean en modo alguno sucursales de la Iglesia universal es que los obispos tampoco son delegados del Romano Pontífice. Ellos ejercen una potestad propia38. Otra consecuencia de que la Iglesia universal está presente en cada Iglesia particular es que la misión de los obispos, a partir del momento en que se les encomienda una Iglesia particular, incluye también, como una dimensión connatural, la “solicitud por la Iglesia universal”39. San Agustín, por ejemplo, a pesar de que las doctrinas de Pelagio apenas turbaban su pequeña diócesis africana, en cuanto supo de la influencia que ejercían en oriente emprendió la lucha intelectual contra la nueva herejía. Hoy esa “solicitud por la Iglesia universal” se expresa mediante el ejercicio de la colegialidad episcopal, de la que más adelante hablaremos.

2. Constitución jerárquica de la Iglesia

Como hemos anotado más arriba, como introducción general, en el lenguaje teológico el término jerarquía designa, pues, a la Iglesia como institución articulada que, según la unidad estructurada de cuerpo y cabeza, hace presente al Señor invisible; dicho en otras palabras, en sentido personal, designa a aquellos que en nombre de Cristo y con su autoridad ejercen en la Iglesia el oficio de pastores como maestros de la fe, sacerdotes del culto sagrado y ministros del gobierno. Tales son en primer lugar los obispos, unidos entre sí bajo la autoridad del obispo de Roma, sucesor de Pedro.

El canon 6 del decreto tridentino sobre el sacramento del orden40 afirmó que en la Iglesia está instituida por ordenación divina la sagrada jerarquía, que consta de obispos, presbíteros y ministros (no se menciona explícitamente a los diáconos). La tradición teológica distinguía una jerarquía “de orden” (transmitida mediante la sagrada ordenación) y una jerarquía “de jurisdicción” (conferida mediante mandato de la autoridad superior). Hoy se afirma con más claridad que el orden sagrado es el presupuesto indispensable para toda auténtica jurisdicción en la Iglesia.

El tercer capítulo de la Constitución sobre la Iglesia del Vaticano II, titulado La constitución jerárquica de la Iglesia, hemos dicho, enseña que “el ministerio eclesiástico de institución divina se ejerce en diversos órdenes por los que va desde antiguo se llaman obispos, presbíteros y diáconos”41.

3. La jerarquía está al servicio del pueblo de Dios

Decía san Agustín: “El Señor me ha hecho esclavo del pueblo de Hipona”. Con ello expresaba un aspecto fundamental de la eclesiología: la autoridad como ministerio, como servicio. En efecto, el orden sacerdotal en cualquiera de sus grados es ministerial: “ésta función, que el Señor confió a los pastores de su pueblo, es un verdadero servicio”42.

En consecuencia, no podemos olvidar que uno de los riesgos o tentaciones de toda autoridad consiste en olvidar su función de centro de unidad de la Diócesis o de la Parroquia, para convertirse en instrumento de dominio. Como hemos señalada anteriormente, Jesús enseñó a sus apóstoles a mirar su función de autoridad como un servicio: los jefes de las naciones quieren que se les mire como a bienhechores y señores; pero sus

37 Cfr. CIgC 752 38 Cfr. LG 27 a 39 LG 23 b 40 Cfr. DS 1776 41 LG 28 42 Cfr. LG 24

(15)

apóstoles, siguiendo su ejemplo, deberán hacerse servidores de todos (Cfr. Mc 10, 42-43). “El Señor dijo claramente que la atención prestada a su rebaño era prueba de amor a El”43.

Los apóstoles y sus sucesores tienen una autoridad recibida de Cristo, pero han de ejercerla siempre al servicio de la fe y de la caridad de todo el pueblo de Dios. Su oficio es servir a todo el pueblo de Dios promoviendo la comunión en la fe y en la caridad. La palabra “ministerio” con que se designa la función de los obispos, sacerdotes y diáconos en la Iglesia alude a esta idea de servicio. Su vida ha de ser la de fieles servidores de Cristo, de quien han recibido la misión, y la de servidores del pueblo de Dios y de todos los hombres a imitación de Cristo44.

Por consiguiente, la actitud de los Apóstoles y sus sucesores y los que participan del poder de Jesús, ha de ser consecuente con la voluntad de Cristo que quiere que permanezca para siempre en la Iglesia aquella vida de comunión en la fe, en los sacramentos y en la caridad, a cuyo servicio ha instituido el ministerio apostólico45 en las siguientes dimensiones: servicio de la Palabra (Magisterio Profético), servicio de la celebración Litúrgica (Sacerdocio) y servicio de la Comunidad Eclesial (Gobierno Pastoral). Por tanto, la razón de ser de la jerarquía es la caridad pastoral, amar y pervivir al estilo de Jesús: ha sido instituida por Jesucristo al servicio del pueblo de Dios46.

4. La parroquia

“Como no le es posible al Obispo, siempre y en todas partes, presidir personalmente en su Iglesia a toda la grey, debe por necesidad erigir diversas comunidades de fieles. Entre ellas sobresalen las parroquias, distribuidas localmente bajo un pastor que hace las veces del Obispo, ya que de alguna manera representan a la Iglesia visible establecida por todo el orbe. De aquí la necesidad de fomentar teórica y prácticamente entre los fieles y el clero la vida litúrgica parroquial y su relación con el Obispo. Hay que trabajar para que florezca el sentido comunitario parroquial, sobre todo en la celebración común de la Misa dominical”47.

En efecto, prescribe el canon 374 que toda diócesis ha de dividirse en parroquias y que, para facilitar la cura pastoral mediante una acción común, varias parroquias cercanas entre sí pueden unirse en arciprestazgos, decanatos y foranías.

El CIC describe la parroquia en el canon 515 § 1 como “una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio”. Por tanto, erigir parroquias, así como también suprimirlas o introducir modificaciones en ellas, compete al Obispo diocesano, que deberá oír previamente al consejo presbiteral48.

Es necesario, pues, que todos redescubramos el verdadero rostro de la parroquia; o sea, el “misterio” mismo de la Iglesia presente y operante en ella. Aunque a veces le falten las personas y los medios necesarios, aunque otras veces se encuentre desperdigada en dilatados territorios o casi perdida en medio de populosos y caóticos barrios modernos, la parroquia es “la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad”, es “una casa de familia, fraterna y acogedora”, es la “comunidad de los fieles”.

El venerado Juan Pablo II, en “Parroquia urbana, comunidad de personas”, dice que “es necesario reafirmar la importancia y la validez de la Parroquia; porque es una institución que hay que conservar como expresión normal y primaria de la cura de almas.

Hay necesidad de que la Parroquia redescubra su función específica de comunidad de fe y de caridad. Eso quiere decir: hacer de la evangelización el perno de toda la acción pastoral, como exigencia prioritaria,

43 S. Juan Crisóstomo. sac. 2, 4: cf. Jn 21. 15-17 44 Cfr. CIgC 1551

45 Cfr. CIgC 553 46 Cfr. CIgC 874, LG 18 47 SC 42

(16)

preeminente, privilegiada. La Parroquia es la primera comunidad eclesial; después de la familia, es la primera escuela de la fe, de la oración, de las costumbres cristianas. Es el primer órgano de acción pastoral y social, sede primera de la catequesis.

Es necesario profundizar no sólo en la vida y misión del pastor de almas, sino también en la parroquia como una verdadera comunidad eclesial que anuncia y enseña el Evangelio, toda la misión de Jesús de forma integral, dinámica y sostenida; un espacio donde los files encuentren su hogar propio, donde se encuentra con Padre Dios y los hermanos para celebrar la Eucaristía, para acoger la Palabra de Dios, y vivir la caridad mediante las obras de misericordia corporales y espirituales.

Para lograr este cometido hace falta una más estrecha, orgánica y personal colaboración de todos

los componentes de la Parroquia con el propio pastor. En modo particular, potenciar y cualificar todas

las fuerzas vivas: vicarios, religiosos, religiosas y laicos, para aquellos servicios que no requieren la

función del sacerdocio ministerial, para una penetración misionera en los ámbitos de los que están cerca

y de los que están lejos. Los laicos no son solamente destinatarios del ministerio pastoral, sino obreros

activos, por vocación nativa; por tanto, al dejarles participar en la misión de Jesús en la parroquia, no

les hace el párroco ningún favor, es su derecho y es su deber; son discípulos y misioneros por su

bautismo y la confirmación.

5. ¿Cómo debe ser la parroquia hoy?

Según J. L. Larrabe, la teología de la parroquia debe realizarse desde estas claves:

- Es sacramento de Cristo, para unir los hombres con Dios y los hombres entre sí. Por eso nos reunimos en nombre de Jesucristo resucitado, presididos por el Padre, animados por el Espíritu Santo, en torno al sacramento de la Eucaristía.

- La parroquia es servidora de la Palabra de Dios: la escucha, la acoge y la hace vida.

- La parroquia se edifica y se sustenta sobre el fundamento de los sacramentos. Principalmente, la Eucaristía, que anticipa la salvación definitiva y es el signo de comunión, compromiso y corresponsabilidad entre todo el Pueblo de Dios.

- La parroquia es testimonial y misionera y, siendo levadura, luz y sal en la masa (Mt 5,13), debe salir al encuentro principalmente de los más pobres.

- Todos somos responsables de la parroquia, porque no es un lugar o piedras muertas. Es el Pueblo de Dios, como piedras vivas, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.

- La parroquia debe ser y estar abierta y sin fronteras, en comunión con toda la Iglesia, haciendo visible su nota de catolicidad.

- La parroquia, participando de la comunión de los santos y acompañados de María, hace visible y transparente al Señor de la Historia hasta que Él vuelva.

Si se pregunta, además, por las notas que debe tener una parroquia, en resumen remitiríamos a lo expresado en los Hechos de los Apóstoles:

- Comunidad de comunidades, donde se escuchaba y vivía de la Palabra (Hc 2,42).

- Vivían en comunión con Dios (Hc 2,42) y entre sí (Hc 4,32-35), teniendo todo en común (Hc 2,42). Siendo un solo corazón y una sola alma, y no padeciendo nadie necesidad (Hc 4,32-35).

- Comunidad eucarística (Hc 2,46). - Comunidad gozosa y alegre (Hc 2,46). - Comunidad misionera (Hc 2,48).

(17)

Por todo ello, decimos que la parroquia tiene que ser:

Presencia viva y transparente de Cristo. - Modelo de vivencia eclesial.

Luminoso ejemplo de corresponsabilidad. - Verdadera vivencia de comunión para la misión. - Preocupada por el crecimiento personal y comunitario de la fe.

Signo testimonial de profetismo, especialmente para los más necesitados.

En resumen, a la pregunta ¿qué tiene que ser y hacer la parroquia hoy?, la respuesta es sencilla: que la parroquia sea de verdad lo que está llamada a ser. Aunque es el lugar más tradicional y accesible para todos, y la institución eclesial más universal, secular y perdurable, tiene, sin embargo, sus limitaciones:

- No es toda la Iglesia particular (en ella, pero más allá de ella se sitúan las comunidades de base, movimientos laicales, prelaturas, Institutos de vida consagrada, ordinariato castrense...).

- No tiene todos los carismas con que el Espíritu Santo dota a su pueblo.

- Ni es capaz por sí misma de realizar toda la misión evangelizadora de la Iglesia (no llega a algunos “ambientes”: mundo obrero, universidad, etc.).

Para que esto sea una realidad, necesita una nueva mentalidad. Señaló un decálogo para seguir caminando en ese sentido:

- Parroquia diocesana, y no feudal o autónoma.

- Comunidad de seguidores de Jesús, en lugar de estación de servicios. - Conversión permanente, personal y comunitaria, en lugar de instalación. - Comunidad de comunidades vivas y responsables, en lugar de masa amorfa. - Corresponsabilidad de todos, en lugar de clericalismo.

- Pastoral de misión y evangelización, en lugar de mantenimiento. - Apertura a lo social, en lugar de ghetto cerrado.

- Corresponsabilidad comunitaria, en lugar de religiosidad sociológica.

- Confianza en el Espíritu, en lugar de miedo, resignación, inhibición e inercia. - Comunidad de Bienaventuranzas, en lugar de privilegios, poderes o prestigio. Se necesitan, igualmente, nuevas actitudes:

- Del culto al "yo", al sentido comunitario y fraterno.

- De la incomunicación, a la apertura (personal y comunitaria).

- De la obsesión por la eficacia (hacer cosas), a la preocupación por la pedagogía (hacer personas y comunidades).

- Del egoísmo (lo mío), a la generosidad de compartir.

- De la enemistad, envidia, recelo y confrontación, a la estima, confianza y cercanía.

- De la amargura de la crítica sistemática, negativa y destructiva, a la corrección fraterna y ayuda mutua. - Del miedo al futuro, a la confianza en el Espíritu.

- Del protagonismo personal o de mi grupo, al servicio generoso

(18)

CAPÍTULO TERCERO

Los fieles laicos: obligaciones y derechos

La misión de Cristo--Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey-Pastor, continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios es partícipe de esta triple misión, en estrecha corresponsabilidad entre sus miembros: Obispos, sacerdotes y fieles laicos49.

49 JUAN PABLO II, a los representantes del laicado católico de Madagascar n 2, 30–IV–1989, hablándoles de la importancia del apostolado personal y Corresponsabilidad entre los files laicos, el obispo y el presbítero en la misión de la Iglesia: “cuanto más participen los laicos en los servicios de la Iglesia, más ha de sentir la necesidad de ministros ordenados que actúen en nombre de Cristo Cabeza para reunir a la Iglesia y transmitirle el Evangelio y los sacramentos. Están a su servicio para permitirles realizar su misión de bautizados, que es una participación en la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo. No pueden los laicos sustituir a los sacerdotes como Pastores, incluso aunque sean delegados para tal o cual función. Tampoco los sacerdotes pueden trabajar como los laicos en la santificación del mundo, desde dentro. Sacerdotes y laicos se “complementan en el servicio de un mismo fin: el

(19)

Los bautizados, como sacerdotes, están unidos a Cristo y a su sacrificio en el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades: todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (Cfr. 1 P 2, 5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor. De este modo también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran a Dios el mundo mismo.

La participación en el oficio profético de Cristo, que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra, habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía.

Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los fieles laicos viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado (Cfr. Rm 6, 12); y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños (Cfr. Mt 25, 40).

La dignidad sacerdotal, profética y regia de los fieles laicos tiene su raíz en el Bautismo; se desarrolla en la Confirmación, y se cumple y se alimenta en la Eucaristía. Esta participación es un don dado a cada uno de los fieles laicos por formar parte del único Cuerpo del Señor. “En efecto, Jesús enriquece con sus dones a la misma Iglesia en cuanto que es su Cuerpo y su Esposa. De este modo, cada fiel participa en el triple oficio de Cristo porque es miembro de la Iglesia; tal como enseña claramente el apóstol Pedro, el cual define a los bautizados como «el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido» (1 P 2, 9). Precisamente porque deriva de la comunión eclesial, la participación de los fieles laicos en el triple oficio de Cristo exige ser vivida y actuada en la comunión y para acrecentar esta comunión…”50.

Por consiguiente, en la vocación sacerdotal de un Pastor ha de haber un lugar especial para los laicos y para su “laicidad”, que es también un gran bien de la Iglesia. Esta actitud acogedora es signo de la vocación del sacerdote como Pastor51.

Los cristianos laicos, hombres y mujeres, son mayoría en la comunidad eclesial. Su misión particular está dentro de las realidades temporales y de la Iglesia, cumpliendo tareas propias que no requieren la ordenación presbiteral. “Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios... A ellos de manera especial les corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean Para alabanza del Creador y Redentor"52.

Estas tareas se derivan del sacramento del Bautismo y de la Confirmación y se alimentan y nutren de la Eucaristía. Participan de la función profética, sacerdotal y regia de Cristo, de palabra y con sus obras;

santificándose a sí mismos en la vida conyugal o como célibes, y en el ejercicio de las más diversas actividades sociales, políticas, económicas, culturales, científicas, artísticas y educativas.

El sacerdote ha de promover la formación y participación de los laicos, capacitándolos para encarnar el Evangelio en las situaciones especificas, donde viven y actúan53.

Los fieles laicos han de estar cada vez más convencidos del particular significado que asume el compromiso apostólico en su parroquia, en íntima unión con sus sacerdotes.

En la participación apostólica de los laicos en la comunidad parroquial, el párroco no les hace ningún favor, ni estos al sacerdote; ellos “están encargados por Dios del apostolado en virtud del bautismo y de la confirmación, y por eso tienen la obligación y gozan del derecho, individualmente o agrupados en asociaciones,

crecimiento del reino de Dios”. 50 CL 14

51 Cfr. JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes, con ocasión del Jueves Santo n 5 (12-III-1989) 52 C Ig C 898; LG 31

(20)

de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres y en toda la Tierra; esta obligación es tanto más apremiante cuando sólo por medio de ellos los demás hombres pueden oír el Evangelio y conocer a Cristo. En las comunidades eclesiales, su acción es tan necesaria que, sin ella, el apostolado de los pastores no puede obtener en la mayoría de las veces su plena eficacia”54.

A la luz de este imperativo misionero ha de medirse la validez de los Organismos, Movimientos, parroquias u obras de apostolado de la Iglesia. Sólo haciéndose misionera la comunidad cristiana podrá superar las divisiones y tensiones internas y recobrar su unidad y vigor de fe55.

1. Obligaciones de los fieles laicos

Todos los fieles tienen la obligación de conservar siempre, incluso en su modo de obrar, la comunión con la Iglesia. Para esto es necesario que cumplan con cuidado los deberes que tienen tanto con la Iglesia universal como con la Iglesia particular. Deben esforzarse también para llevar una vida santa, promover el continuo crecimiento y santificación de la Iglesia56.

En especial, deben trabajar en la evangelización, para que el mensaje divino llegue a todos los hombres de todos los tiempos, y seguir con obediencia cristiana lo que, los pastores declaran como maestros de doctrina o establecen como rectores de la Iglesia. En algún caso se ven también obligados, en razón de sus conocimientos, competencia y prestigio, a manifestar a los pastores y a los demás fieles su opinión sobre todo lo que hace al bien de la Iglesia, guardando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia a los pastores, teniendo en cuenta la utilidad común y la dignidad de las personas57.

Tienen también la obligación de respetar la buena fama y el derecho a la intimidad de todos los demás fieles, de socorrer las necesidades de la Iglesia para el desarrollo del culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el honesto sustento de los ministros, de promover la justicia social y de ayudar a los pobres con sus propios bienes58.

Además, tomando como base los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, que los destinan al apostolado, los laicos tienen la obligación de trabajar en la evangelización ya sea en forma individual o asociada, para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos en todo el mundo, especialmente en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo. Esta obligación no se agota en anuncio de la Palabra divina. También deben impregnar y

54 C Ig C 900 55 Cfr. RM 49

56 Cfr. CIC 209 y 210. 57 Cfr. CIC 211 y 212 §§ 1 y 3 58 Cfr. CIC 220 y 222

(21)

perfeccionar el orden temporal con el espíritu evangélico, dando testimonio de Cristo en la realización misma del orden temporal59.

Aquellos laicos que asumen la vocación y el estado de vida conyugal, tienen que trabajar para la edificación de la Iglesia a través del matrimonio y la familia, y como padres tienen el gravísimo deber de educar cristianamente a sus hijos, según la doctrina enseñada por la Iglesia60.

Todos los laicos, cualquiera sea la propia vocación y condición, deben formarse en la doctrina cristiana, para que puedan vivirla, proclamarla y defenderla, ejerciendo lo que les toca en el apostolado. Cuando asumen un servicio especial en la Iglesia, tienen el deber de formarse para poder desempeñarlo debidamente, con conciencia, generosidad y cuidado61.

2. Derechos de los files laicos

Los fieles, cuando ejercen sus derechos, ya sea en forma individual o asociados a otros, han de contemplar y conservar el bien común de la Iglesia, los derechos ajenos y sus propios deberes respecto a otros62.

En cuanto a los derechos, mencionaremos en primer lugar lo que ya señalamos como un deber, pero que constituye también un derecho: trabajar en la evangelización, para que el mensaje divino de salvación llegue a todos los hombres de todos los tiempos63. Será necesario reivindicarlo como derecho, cuando se le niegue a algún fiel la posibilidad de evangelizar, y exigirlo como deber a todos lo que no realicen esta tarea.

Tienen también derecho a manifestarles sus necesidades y deseos, sobre todo espirituales, y de manifestar, tanto a los pastores como a los demás fieles, su opinión sobre lo que afecta al bien de la Iglesia64.

Tienen derecho a recibir de los pastores los bienes espirituales necesarios para vivir su fe, entre los que se encuentran en primer lugar la Palabra de Dios y los sacramentos, y de tributar culto a Dios según su propio rito, siguiendo su propia forma de vida espiritual, respetando siempre la doctrina de la Iglesia, mientras gozan de plena libertad para elegir su estado de vida65.

Pertenece a todos los fieles el derecho a fundar y dirigir libremente asociaciones con fines de piedad y caridad, así como a reunirse con estos fines, y de promover y sostener actividades apostólicas según sus propias iniciativas, ya sea en forma personal o asociada66.

Ya que resulta necesario para vivir una vida congruente con la doctrina evangélica, los fieles tienen derecho a una educación cristiana, por la que se los instruya convenientemente, a fin de alcanzar la madurez de la persona humana y el suficiente conocimiento del misterio de la salvación, que están llamados a vivir. En especial, los que deciden dedicarse a las ciencias sagradas, tienen el derecho de gozar de una justa libertad para investigar, así como para manifestar prudentemente su pensamiento sobre aquello en lo que son peritos, guardando siempre la debida sumisión al Magisterio de la Iglesia67.

Finalmente, todos los fieles tienen los derechos que podemos llamar “procesales”, de reclamar y defender en el fuero eclesiástico sus legítimos derechos, de ser juzgados conforme a las normas procesales si son llamados a juicio, y en especial de no ser sancionados con penas canónicas si no es conforme a la ley68.

59 Cfr. CIC 225 60 Cfr. CIC 226. 61 Cfr. CIC 229 § 1 y 231 § 1. 62 Cfr. CIC 223 § 1. 63 Cfr. CIC 211 64 Cfr. CIC 212 §§ 2 y 3. 65 Cfr. CIC 213, 214 y 219. 66 Cfr. CIC 215 y 216 67 Cfr. CIC 217 y 218 68 Cfr. CIC 221

(22)

Es necesario afirmar que, ya sea en lo que hace a todos estos deberes fundamentales de los fieles, como en lo que respecta a sus derechos, no se señala diferencia alguna entre el varón y la mujer.

En cuanto a los derechos, mencionamos en primer lugar los que ya señalamos como deberes, pero que son también derechos: trabajar en la evangelización ya sea en forma individual o asociada, y formarse en la doctrina cristiana69.

Tienen derecho a que los pastores les reconozcan la libertad propia de todos los ciudadanos en los asuntos terrenos. Al hacer uso de esta libertad, los laicos deben cuidar de actuar siempre con espíritu evangélico y conforme a la doctrina de la Iglesia, pero sin presentar su propia opinión en materias opinables como doctrina que ésta proclama70.

También tienen derecho a asistir a clases y obtener grados académicos en las universidades o facultades eclesiásticas o bien en los institutos de ciencias religiosas, adquiriendo así un conocimiento más profundo de las ciencias sagradas que allí se enseñan71.

Y aquellos fieles laicos que de un modo permanente o temporal se dedican a un servicio especial de la Iglesia, tienen derecho a una conveniente remuneración que responda a su condición, con la cual puedan proveer decentemente a sus propias necesidades y a las de sus familias, de acuerdo también con las prescripciones del derecho civil, quedando siempre a salvo que la sola recepción de los ministerios del lectorado o acolitado no confiere derecho a recibir de la Iglesia sustentación o remuneración72.

Tampoco en estos deberes y derechos de los fieles laicos es posible encontrar diferencias entre el varón y la mujer, que se hallan, por el contrario, en igualdad de condiciones. Siguiendo en esto a otro autor, podemos decir que el gran logro del Código actual, en consonancia con el principio de igualdad consagrado por el Concilio Vaticano II, ha sido no tanto lo que dice sobre la mujer, sino lo que no dice. Porque, al tratar de los fieles en general, y de los laicos en especial, sin distinguir entre el varón y la mujer, se muestra que se ha asumido coherentemente el principio conciliar73.

69 Cfr. CIC 225 § 1 y 229 § 1. 70 Cfr. CIC 227

71 Cfr. CIC 229 1 2.

72 Cfr. CIC 231 § 2 y 230 § 1.

(23)

CUARTO CAPÍTULO

LOS SACRAMENTOS DE CURACIÓN

Los sacramentos instituidos por Cristo y por la Iglesia, que celebramos en la liturgia, afectan a las etapas y a los momentos principales de la vida del hombre, impregnándolos de la gracia divina. Manifiestan la constante presencia salvífica de Dios en la existencia humana y son la continuación de la obra de la Redención que Cristo realiza en la Iglesia, con ella y por ella.

Por los sacramentos de la iniciación cristiana, el hombre recibe la vida nueva de Cristo. Ahora bien, esta vida la llevamos en "vasos de barro" (2 Co 4,7). Actualmente está todavía "escondida con Cristo en Dios" (Col 3,3). Nos hallamos aún en "nuestra morada terrena" (2 Co 5,1), sometida al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte. Esta vida nueva de hijo de Dios puede ser debilitada e incluso perdida por el pecado74.

(24)

1. Cristo y la liturgia de los sacramentos

"Cristo el Señor realizó esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios (...) principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión"234. "Lo que la Iglesia anuncia y celebra en su liturgia es el Misterio de Cristo" (Catecismo, 1068).

"Con razón se considera la liturgia como el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo en la que, mediante signos sensibles, se significa y se realiza, según el modo propio de cada uno, la santificación del hombre y, así, el Cuerpo místico de Cristo, esto es, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público"235. 'Toda la vida litúrgica de la Iglesia gravita en torno al sacrificio eucarístico y los sacramentos" (Catecismo, 1113).

"Sentado a la derecha del Padre y derramando el Espíritu Santo sobre su Cuerpo que es la Iglesia, Cristo actúa ahora por medio de los sacramentos, instituidos por Él para comunicar su gracia" (Catecismo, 1084).

2. Efectos y necesidad de los sacramentos

Todos los sacramentos confieren la gracia santificante a los que no ponen obstáculo. Esta gracia es "el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica" (Catecismo, 2003). Además, los sacramentos confieren la "gracia sacramental", que es la gracia "propia de cada sacramento" (Catecismo, 1129): un cierto auxilio divino para conseguir el fin de cada sacramento.

No sólo recibimos la gracia santificante, sino al mismo Espíritu Santo. "Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo" (Catecismo, 739)240. El fruto de la vida sacramental consiste en que el Espíritu Santo deifica a los fieles uniéndolos vitalmente a Cristo (cfr. Catecismo, 1129).

Los tres sacramentos del Bautismo, Confirmación y Orden sacerdotal confieren, además de la gracia, el llamado carácter sacramental, que es un signo espiritual indeleble impreso en el alma, por el cual el cristiano

(25)

participa del sacerdocio de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversos. El carácter sacramental permanece para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia, como promesa y garantía de la protección divina y como vocación al culto divino y al servicio de la Iglesia. Por tanto, estos tres sacramentos no pueden ser reiterados (cfr. Catecismo, 1121).

Los sacramentos que Cristo ha confiado a su Iglesia son necesarios -al menos su deseo- para la salvación, para alcanzar la gracia santificante, y ninguno es superfluo, aunque no todos sean necesarios para cada persona.

3. El perdón de los pecados

El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuase, en la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Este es finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos75.

El ministerio de la Reconciliación es un acto de curación extraordinario, que el hombre necesita para estar totalmente sano. Por tanto, estas curaciones sacramentales comienzan por el Bautismo, que es la renovación fundamental de nuestra existencia, y pasan por el sacramento de la Reconciliación, y la Unción de los enfermos. Naturalmente, en todos los demás sacramentos, también en la Eucaristía, se realiza una gran curación de las almas. Debemos curar los cuerpos, pero sobre todo ?este es nuestro mandato? las almas. Debemos pensar en las numerosas enfermedades, en las necesidades morales, espirituales, que existen hoy y que debemos afrontar, guiando a las personas al encuentro con Cristo en el sacramento, ayudándoles a descubrir la oración, la meditación, el estar en la iglesia silenciosamente en presencia de Dios.

Cristo no sólo nos logró el perdón de los pecados, sino que quiso prolongar este don a través de su Iglesia cuando confirió su poder de perdonar a los apóstoles.

El perdón de los pecados se efectúa dentro de la Iglesia y por lo tanto no se puede recibir sino es en ella y tal y como ella estipula. Ni siquiera el sacerdote es dueño de decidir lo que hay que perdonar y cómo hay que hacerlo.

El Bautismo es el primer sacramento que perdona los pecados. La confesión es el siguiente. Cristo quiso ligar el perdón de los pecados a la fe en la Iglesia y a la recepción de manos de ésta de ese perdón. Por eso no basta el mero arrepentimiento ni tampoco el atribuirse control sobre el bien y el mal o sobre el modo de recibir el perdón.

Tras confesar la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos -que es un aspecto de esa fe, pues significa que creemos que los que fueron miembros de la Iglesia siguen perteneciendo a ella después de su muerte-, el Credo nos invita a proclamar nuestra convicción en el perdón de los pecados, un perdón inmerecido por el hombre y otorgado gratuita y generosamente por Dios mediante el sacrificio de Cristo.

“El Símbolo de los Apóstoles, vincula la fe en el perdón de los pecados a la fe en el Espíritu Santo, pero también a la fe en la Iglesia y en la comunión de los santos. Al dar el Espíritu Santo a sus apóstoles, Cristo resucitado les confirió su propio poder divino de perdonar los pecados: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’ (Jn 20,22-23)”76.

La primera conclusión, por lo tanto, es la de que el hombre no tiene poder para perdonar pecados, pues ese poder es exclusivamente divino. Ahora bien, por el sacramento del orden sacerdotal, con la efusión del Espíritu Santo que conlleva, el sacerdote participa de ese poder y, en el nombre de Cristo, puede perdonar los pecados al penitente, siempre que cumpla las condiciones impuestas por Cristo, es decir aquellas que establece la Iglesia.

Por eso precisamente el Catecismo recuerda que el poder de perdonar está vinculado no sólo a la fe en el poder redentor de Dios sino también a la fe en la Iglesia. Es en la Iglesia donde se recibe el perdón de los

75 CIgC 1421

Referencias

Documento similar

Products Management Services (PMS) - Implementation of International Organization for Standardization (ISO) standards for the identification of medicinal products (IDMP) in

Products Management Services (PMS) - Implementation of International Organization for Standardization (ISO) standards for the identification of medicinal products (IDMP) in

This section provides guidance with examples on encoding medicinal product packaging information, together with the relationship between Pack Size, Package Item (container)

Package Item (Container) Type : Vial (100000073563) Quantity Operator: equal to (100000000049) Package Item (Container) Quantity : 1 Material : Glass type I (200000003204)

If certification of devices under the MDR has not been finalised before expiry of the Directive’s certificate, and where the device does not present an unacceptable risk to health

E Clamades andaua sienpre sobre el caua- 11o de madera, y en poco tienpo fue tan lexos, que el no sabia en donde estaña; pero el tomo muy gran esfuergo en si, y pensó yendo assi

d) que haya «identidad de órgano» (con identidad de Sala y Sección); e) que haya alteridad, es decir, que las sentencias aportadas sean de persona distinta a la recurrente, e) que

De hecho, este sometimiento periódico al voto, esta decisión periódica de los electores sobre la gestión ha sido uno de los componentes teóricos más interesantes de la