Un resultado bastante previsible del reparto de armas a las masas fue el estallido de una persecución contra la Iglesia que tomó proporciones gigantescas, superiores a las de la Revolu- ción francesa y, probablemente, a las del Imperio romano. En ella caerían en torno a 7.000 reli- giosos, incluyendo 13 obispos, más 3.000 laicos católicos por el mero hecho de serlo 1, la mitad en sólo los dos primeros meses.
Acompañó a la siega una extrema crueldad. Un anciano coadjutor fue desnudado, martiri- zado y mutilado, metiéndole en la boca sus partes viriles. A otro le fusilaron poco a poco, apun- tando sucesivamente a órganos no vitales. Varios fueron toreados, y a alguno le sacaron los ojos y lo castraron. A un capellán le sacaron un ojo, le cortaron una oreja y la lengua, y le degollaron. A otro le torturaron con agujas saqueras ante su anciana madre. Otro fue atado a un tranvía y arras- trado hasta morir. Once detenidos en una checa fueron golpeados y cortados con mazas, palos y cuchillos, hasta hacerlos pedazos. Bastantes fueron asesinados lentamente, en espectáculos públi- cos, a hachazos, etc. Un cadáver tenía una cruz incrustada entre los maxilares. A una profesora de la Universidad de Valencia le arrancaron los ojos y le cortaron la lengua para impedirle seguir gritando «viva Cristo Rey». A otra seglar la violaron delante de su hermano, atado a un olivo, y luego mataron a ambos. Casos como éstos, recogidos por el investigadora Cárcel Ortí en La gran persecución, España, 1936-1939, y referidos a la diócesis de Valencia, se repitieron en las demás regiones, con algunas variantes, como la de las personas arrojadas vivas a fieras del zoo madrile- ño 2. Otros muchos eran fusilados en grupos. Cayeron así jóvenes y ancianos y cerca de tres- cientas monjas de todas las edades, en circunstancias a menudo horripilantes. Varios obispos fue- ron vejados y apaleados; al de Barbastro le cortaron los testículos *, y luego, ya agonizante, le arrancaron algún diente de oro.
Con frecuencia se ofrecía a las víctimas salvar la vida a cambio de algún acto o expresión antirreligiosa, como blasfemar, pisar un crucifijo, etc., pero nunca o rara vez tuvieron éxito esas presiones, justificando el conocido verso de Claudel, «... et pas une apostasie» (y ni una aposta- sía).
Las vejaciones y ensañamiento con las víctimas proseguían muchas veces sobre los cadá- veres, los cuales eran golpeados, quemados o tirados por barrancos. En los conventos eran exhu- mados a menudo ataúdes y esqueletos o cuerpos momificados, y expuestos al ludibrio público. Muchos templos quedaron convertidos en cuadras o almacenes, y los altares en pesebres, y me- nudearon las ceremonias burlescas, con imitaciones obscenas de misas y destrucción de objetos del culto. En los cementerios solían ser quebradas las cruces y rotas las lápidas con alusiones cristianas.
La persecución se cebó también sobre las cosas, devastando un ingente patrimonio: «teso- ros históricos y artísticos de incalculable valor fueron pasto de las llamas: retablos, tapices, cua- dros, custodias (...), imágenes sagradas de grandes pintores y escultores como Montañés, Salcillo, Pedro de Mena, Alonso Cano, José María Sert, y otros monumentos insignes de la arquitectura y escultura religiosas quedaron abatidos», señala Cárcel Ortí. Igualmente ardieron «antiquísimas y valiosísimas bibliotecas de conventos, seminarios y catedrales, así como archivos diocesanos y
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Pero puede haberse producido, en este y otros casos, el clásico retorcimiento imaginativo de testigos reales o supuestos. La clásica Historia de la persecución religiosa en España, de Antonio Montero, señala que el dictamen forense sobre el cadáver, hecho, de todos modos, cuatro años más tarde, cuando quedaría poco de sus partes blandas, no recoge dicha amputación 3. En otros muchos casos, las torturas están bien documentadas.
capitulares» *. La mera destrucción dio paso al saqueo y la requisa sistemáticos, resultando de ellos la acumulación de grandes tesoros, buena parte de los cuales fue llevada al extranjero, por los dirigentes, cuando perdieron la guerra 4.
Tales hechos, abundantemente documentados, muestran el carácter sistemático del exter- minio del clero y el arrasamiento de la herencia histórico-religiosa de España. Configuran uno de los rasgos más peculiares y destacables de la guerra, por no decir su veta en cierto modo más pro- funda e íntima.
Los revolucionarios no ocultaban su satisfacción por los logros alcanzados. En agosto del 36, Andrés Nin, líder del POUM, partido semitrotskista, señalaba: «El problema de la Iglesia (...). Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las igle- sias y el culto». En marzo del 37, José Díaz, jefe del partido que torturaría y asesinaría a Nin, se congratulaba: «En las provincias que dominamos (...) [hemos] sobrepasado en mucho la obra de los soviets, porque la Iglesia, en España, está hoy aniquilada». Otros anarquistas, socialistas, etc., hablaban con no menor euforia 6.
A menudo se ha dicho que las autoridades «republicanas» se vieron desbordadas y trataron de frenar aquel movimiento, pero ni la prensa, ni los documentos, ni los antecedentes autorizan a creerlo, fuera de gestos aislados y declaraciones inefectivas. Companys, por ejemplo, ayudó a salvar al cardenal Vidal i Barraquer **, y a los curas nacionalistas, pero, como líder de un partido jacobino y anticlerical, su actitud fue básicamente indiferente. Vidarte cuenta cómo, cuando se enteró de que acompañaba a Francia a un monje, hermano de Negrín, soltó una carcajada: «De esos ejemplares, aquí ya no quedan» 7. El diario azañista Política, presuntamente moderado, ati- zaba las pasiones con noticias como ésta, el 16 de agosto: «Cien millones de pesetas [unos 20.000 millones actuales] en la caja de unas monjas. ¡Y se llamaban hermanitas de los pobres!». Aludía a las cajas privadas depositadas en los bancos, confiscadas por entonces, una de las cuales conten- dría el supuesto botín.
Y si Radio Barcelona animaba: «¿Qué importa que las iglesias sean monumentos de arte? El buen miliciano no se detendrá ante ellos. Hay que destruir la Iglesia» 8; Política publicaba sueltos como éste, el 18 de agosto: «Ningún tesoro más precioso que la razón, la justicia y la li- bertad (...). Casi todos esos monumentos cuya caída deploramos, son calabozos donde se ha con- sumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad (...). ¡Bien hayan los bellos versos del poeta sobre el castillo de sus antepasados, arrasado por la Revolución Francesa, versos que termi- nan con un pensamiento tan nuevo en poesía como en política: "Bendito seas tú, viejo palacio, sobre el que pasa ahora la reja del arado. Y bendito seas tú, el hombre que hace pasar el arado por ti". Este cántico al vandalismo, justificado en el concepto jacobino de la razón, sólo podía espo- lear a los incendiarios y saqueadores.
Y Azaña, que tantos desmanes lamenta en sus diarios, apenas menciona esta persecución, pese a afectarle, entre otras cosas, por haber sido masacrados casi todos los profesores que le ha- bían educado (mal, a su juicio), en El Escorial. Deja clara su postura en anotación del 6 de sep- tiembre de 1937, donde consigna la visita de uno de los raros supervivientes del colegio escuria- lense, el agustino Isidoro Martín, a quien no se priva de amonestar, pintándolo encogido y dán-
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'Sólo en Cataluña, fueron destruidos decenas de miles de volúmenes (cien mil, se ha dicho) de la biblioteca franciscana de Sa- rriá, del seminario y del convento de los Capuchinos de Barcelona, en Igualada (cincuenta mil), etc. Joyas del gótico, del ro- mánico, del barroco y del mudéjar fueron entregadas al fuego o voladas. En Madrid, la catedral de San Isidro, un verdadero museo de arte por sus pinturas italianas y españolas, esculturas, etc., fue incendiada totalmente 5.
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Vidal, dice Azaña, mostró notable transigencia con las medidas anticatólicas tomadas por el gobierno azañista: su catalanis- mo «llega a extremos muy chistosos», pues «no ve con malos ojos la disolución de los jesuitas; pero estima que ha podido ha- cerse una excepción con Cataluña, que son de otra manera y por supuesto, mejores» 9.
dole la razón en todo. El alcalaíno culpa de la persecución a la propia Iglesia por intolerante: «La ferocidad del todo o nada nos ha traído la situación actual», pues el clero y las derechas no habían sabido «dejarse cortar un dedo para salvar la mano. Las aspiraciones de la República, por muchos motivos, tenían que ser moderadas. Se empeñaron en creer que eran expoliadoras y demoledoras. Ya ve usted: se ha perdido la mano y todo el brazo».
Lo que entendía Azaña por moderación no es facilmente inteligible, máxime cuando él lle- gó al poder predicando lo contrario. Y remacha sobre el asustado superviviente: «Usted no tiene ningún motivo para ser republicano, pero los tiene, y muy graves, para condenar la violencia, las rebeliones, las guerras (...). Pues ya ve usted: sus amigos fervorosos, los apasionados de la reli- gión y del orden, son los causantes, no solamente de la desventura personal de usted y de sus compañeros, sino de las instituciones a que pertenecen». Parecía haber olvidado la insistencia – baldía- de las derechas en que él, como gobernante, pusiera coto al proceso revolucionario después del 16 de febrero.
El agustino le expone su deseo de marchar a Francia: «Ir a la zona rebelde "no le trae cuenta". (...) Cuando ha sabido por mí que el ex ministro católico Giménez Fernández ha sido asesinado en Sevilla [por los franquistas], se ha llevado las manos a la cabeza, horrorizado». No- ticia falsa, por lo demás.
Otra explicación de Azaña tiene algo de alucinada: «¿No sabe usted que me pintan como un furibundo enemigo de la Iglesia católica? Es estúpido. Desde mi punto de vista, llamarme enemigo de la Iglesia católica es como llamarme enemigo de los Pirineos (...). Lo que no admito es que mi país esté gobernado por los obispos, por los priores, las abadesas o los párrocos (...). A lo que me opongo es a que [los religiosos] enseñen a los seglares filosofia, derecho, historia, ciencias... Sobre eso tengo una experiencia personal más valiosa que todos los tratados de filoso- fia política».
Que aprovechase el poder para clausurar centros de enseñanza, algunos de gran solera y prestigio, simplemente por una experiencia personal, y que concediera a ésta más valor que a «to- dos los tratados de filosofia política», tiene mucho de explícita declaración de despotismo. Según él, sería estúpido creerle enemigo de la Iglesia por estas y otras medidas similares. Aun más pe- culiar suena su presunción de que antes de él gobernaban el país los obispos o las abadesas 10.
La persecución venía alimentada por una cruda propaganda e innumerables agresiones y actos de vandalismo, ya desde el mismo comienzo del régimen. Durante la insurrección de octu- bre del 34 fueron asesinados 34 religiosos y seminaristas en Asturias y tres más en diversos pun- tos del país, incendiada la biblioteca de la Universidad de Oviedo y varios templos, y volados monumentos artísticos, algunos de ellos contados entre los más valiosos del románico en toda Eu- ropa. Entre las elecciones del 16 de febrero del 36 y el 18 de julio, 17 sacerdotes perdieron la vi- da, otros fueron heridos, golpeados o encarcelados, decenas de ellos amenazados y expulsados violentamente de sus parroquias. En muchos lugares las izquierdas organizaron parodias de actos religiosos, o gravaron éstos con tasas ilegales, o prohibieron los toques de campanas o los entie- rros católicos públicos. Hubo profanaciones de cementerios y sepulturas, destrucción de cruces, y sufrieron el fuego y el saqueo cientos de iglesias, ermitas, edificios administrativos eclesiásticos, etc. Todo ello sin el menor obstáculo efectivo del gobierno jacobino, con Azaña o con Casares. Es evidente que esta provocación sistemática se hacía en la creencia de que cualquier reacción se- ría fácilmente aplastada. Pero tales actos, lógicamente, soliviantaban a buena parte de la pobla- ción, católica en su mayoría, y acumulaban un combustible hecho de miedo y odio, que iba a in- flamarse a su vez en un espíritu de desquite muy extendido cuando se sublevó parte del ejército.
Las víctimas religiosas, en su inmensa mayoría, no pertenecían a partidos más o menos fascistas, de quienes las izquierdas pudieran temer agresiones, y por ello la persecución obedecía a algo más que al odio político. Su utilidad desde el punto de vista bélico fue nula, y política- mente perjudicó en extremo a sus autores, al dejar en evidencia sus pretensiones de democracia, o de humanitarismo y cultura, alimentando la reticencia de Gran Bretaña, Francia y Usa por ayudar al Frente Popular, pese a los clamores «republicanos» y «democráticos» de éste *.
La rabia y sistematicidad de la masacre, sus manifestaciones de sadismo, han originado explicaciones especulativas no muy convincentes. De acuerdo con una de ellas, las iglesias y conventos servían de polvorines o de fortalezas desde las cuales curas y frailes disparaban contra «el pueblo», aunque no se ha aportado un solo caso fehaciente de tal cosa. El evidente infundio continúa una larga tradición, iniciada en la primera mitad del siglo XIX con el bulo de que los frailes envenenaban las fuentes públicas. Sería un error atribuir tales falsedades, por su tosque- dad, a mentes incultas «del pueblo», pues, por raro que suene, intelectuales o políticos las han creído y divulgado. Así por ejemplo, Ossorio y Gallardo, embajador del Frente Popular en diver- sos países, explicaba en Europa la persecución por el pretendido hecho de que muchas iglesias se habían convertido en «fortalezas desde las cuales se tiraba con fusiles y ametralladoras». A raíz de la pira de conventos, bibliotecas y escuelas de mayo del 31, Rivas Cherif, cuñado de Azaña, cuenta una frívola charla entre ambos, en la que el segundo: «Si se le argüía aduciendo la matan- za de frailes del 34 del siglo pasado so pretexto de haber envenenado las aguas, decía que él no lo creía así; pero que si el pueblo lo aseguraba, era desde ese momento una verdad histórica irrebati- ble» 12.
En realidad, los bulos partían de círculos nada populares, que los utilizaban para azuzar a las masas sugestionables. No se trata, por tanto, de una explicación, sino de una parte de la perse- cución misma.
Un argumento más matizado alude a la excesiva influencia o interferencia política del cle- ro, o a su hostilidad a la república. Así Azaña cuando menciona imaginarios gobiernos de obispos y abadesas o achaca la persecución a la «intransigencia, la ferocidad del todo o nada» supuesta a los católicos. Pero la Iglesia había perdido en buena parte su poder material, al ser despojada de sus bienes territoriales por la desamortización de Mendizábal, y había sido perseguida, y disueltas las órdenes religiosas, en las épocas de predominio jacobino a lo largo del siglo XIX; en cambio se había acomodado razonablemente bajo el liberalismo moderado. Su influencia era real, pero arraigaba en una historia de muchos siglos, en las creencias de la mayoría de la población, en sus instituciones culturales, y, por contraste, en la experiencia de los espasmódicos períodos de exal- tación jacobina. El intento de erradicar esa influencia mediante la persecución desde el poder por parte de minorías exaltadas, sólo podía desencadenar la matanza o terminar en fracaso. La invo- cación del abrumador poder político de la Iglesia tiene mucho de pretexto para imponer a su vez un poder abrumador contra ella y las creencias mayoritarias.
En cuanto a la acusación de «intransigencia y ferocidad», ha calado, con más o menos ma- tices, en sectores conservadores y del propio clero. Pero la realidad es la inversa exactamente.
No fue la Iglesia la que hostigó a la república, sino los políticos jacobinos y revoluciona- rios de la república quienes hostigaron sin tregua a la Iglesia. Ni siquiera cuando la tremenda agresión de mayo del 31 respondieron el clero o los católicos con la violencia o la subversión. La CEDA no sólo acató el nuevo régimen, sino que lo salvó literalmente en octubre de 1934, cuando
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De ahí diversas medidas para ocultar o minimizar los hechos. Una directriz de la Comintern, el 19 de septiembre, ordenaba lanzar una campaña internacional «contra los cuentos de persecución religiosa». El PNV, en particular su ministro Irujo, hizo cuanto pudo por disimular ante el exterior la magnitud y los efectos de la matanza» 11.
fue acometido por las propias izquierdas, como prueban los hechos contra una caudalosa propa- ganda.
Una tercera explicación, muy esgrimida incluso en círculos conservadores, afirma que la Iglesia se ganó la animadversión del pueblo por haber olvidado a éste, por no haber atendido sus necesidades y haberse aliado estrechamente con las capas «reaccionarias», o con el «capitalis- mo». Lo sostiene Madariaga, siguiendo sin crítica otras acusaciones izquierdistas: «La Iglesia so- lía ponerse infaliblemente al lado de las peores causas de la vida nacional: apoyando siempre al poderoso, al rico, a la autoridad opresora, el sacerdote había llegado a ser con excesiva frecuencia objeto de aversión popular» 13. Por supuesto, existía una intensa «aversión popular» -es decir, aversión de una parte de la población, en todos los sectores sociales, pues otra parte, seguramente mayoritaria, sentía de otro modo-, pero ese sentimiento apenas procedía de la conducta del clero, pues, hiciera lo que hiciere, siempre sería interpretado de manera hostil por personas ideologiza- das.
El argumento de Madariaga y de tantos otros tendría consistencia si el blanco del extermi- nio hubieran sido las jerarquías eclesiásticas o los sacerdotes de los barrios acomodados, pero no fue así. Los incendios de mayo del 31 se dirigieron, no por azar, contra centros de formación pro- fesional o escuelas salesianas para obreros. En realidad, los perseguidores detestaban especial- mente tales actividades, pues las veían como una intromisión en el campo obrero, que ellos con- sideraban monopolio propio. Los curas y frailes consagrados a esas tareas y no a «defender al rico y a la autoridad opresora», y que vivían a menudo en auténtica pobreza, fueron igualmente acosa- dos como alimañas. Podrá argüirse que esa labor eclesial era, de todas formas, pequeña e insufi- ciente, pero eso no pasa de un hablar por hablar. La Iglesia sostenía una red de asilos de ancianos y desvalidos, asistencia a enfermos, centros de formación profesional y de enseñanza a obreros y jóvenes sin recursos, etc., tanto más apreciable en un tiempo en que apenas existía seguridad so- cial. Lo que hacía la Iglesia, mucho o poco, y desde luego no era poco, no lo hacía nadie o casi nadie. Y es bien significativo que Azaña quisiera prohibir la beneficencia religiosa.
También se ha alegado el carácter rutinario, seco y sin contenido espiritual del clero y su doctrina. Cita Madariaga: «Los revolucionarios han destruido las iglesias -decía con tristeza una de las lumbreras catalanas en el puerto de Barcelona a bordo del barco que le llevaba al destierro- , pero el clero había destruido primero a la Iglesia» 14.
Debe de referirse a Vidal i Barraquer, salvado por amistad política. De creerle, los religio- sos estaban siendo masacrados ¡no por defender a la Iglesia, sino por haberla destruido! Caritativa frase de quien se salvaba sobre los que, sin tanta suerte o relaciones, eran asesinados a racimos. Pero la presunción de una religiosidad formulista y hueca, seguramente cierta en muchos casos, no pudo serlo en general, como demuestran las víctimas, que muy a menudo aceptaron el tor- mento y la muerte por no renegar de sus creencias, y lo hicieron perdonando a sus verdugos. Los célebres versos de Claudel sobre los miles de mártires «y ninguna apostasía» parecen acercarse bastante la realidad *. Cabe dudar de que quienes hacen tales acusaciones desde el punto de vista