En el mes de agosto, mientras resistía el alcázar toledano, sucedieron dos acontecimientos que, por su carácter emblemático, han pasado a los anales: la matanza de Badajoz, por los rebel- des, y la de la cárcel Modelo madrileña por los izquierdistas. Poco antes de la toma de Mérida por las tropas deYagüe, se agruparon en Badajoz, 64 km al oeste, muy cerca de Portugal, varios miles de hombres, acaso hasta 8.000, entre milicianos, soldados, guardias civiles y de asalto, al mando del coronel Puigdengola. Era una fuerza numéricamente potente y un grave peligro sobre el flan- co izquierdo del avance rebelde, pero minada por el desorden miliciano y el descontento de mu- chos guardias. Por esos días las milicias mataron entre quince y veinte clérigos y derechistas, e intentaron masacrar a los cientos de presos recluidos en la cárcel. La acción fue evitada por los guardias de asalto, y derivó en una sublevación de éstos, que no logró sostenerse.
Tomada Mérida entre el 11 y el 12, comenzó al día siguiente el ataque a Badajoz, que cayó el 14, tras una mañana de lucha enconada. Los atacantes sufrieron bastantes bajas, aunque menos de las que a menudo se dice: 185, incluyendo 44 muertos, 24 de ellos de una sola bandera legio- naria (la bandera se componía de 600 hombres, y el tabor de 450). Ya en la ciudad, los rebeldes vencieron pronto los focos de resistencia, y al parecer mataron a muchos milicianos aunque se rindieran, dejando algunas calles sembradas de cadáveres. Otros prisioneros fueron llevados a la plaza de toros, y allí, el día 15 habría ocurrido la gran matanza, descrita en un artículo célebre del diario madrileño La Voz, ya en octubre: «CuandoYagüe se apoderó de Badajoz (...) hizo concen- trar en la Plaza de Toros a todos los prisioneros milicianos y a quienes, sin haber empuñado las armas, pasaban por gente de izquierda. Y organizó una fiesta. Y convidó a esa fiesta a los caver- nícolas de la ciudad, cuyas vidas habían sido respetadas por el pueblo y la autoridad legítima. Ocuparon los tendidos caballeros respetables, piadosas damas, lindas señoritas, jovencitos de San Luis y San Estanislao de Kotska, afiliados a Falange y Renovación, venerables eclesiásticos, vir- tuosos frailes y monjas de albas tocas y mirada humilde. Y, entre tan brillante concurrencia, fue- ron montadas algunas ametralladoras. Dada la señal -suponemos que mediante clarines-, se abrie- ron los chiqueros y salieron a la arena, que abrasaba el sol de agosto, los humanos rebaños de los liberales, republicanos, socialistas, comunistas y sindicalistas de Badajoz. Confundíanse los vie- jos y los niños. También figuraban mujeres: jóvenes algunas, ancianas otras; gritaban gemían maldecían, increpaban, miraban con terror y odio hacia las gradas repletas de espectadores. ¿Qué iban a hacer con ellos? ¿Exhibirlos? ¿Contarlos? ¿ Vejarlos? Pero pronto, al ver las máquinas de matar con los servidores al lado, comprendieron. Iban a ametrallarlos. Quisieron retroceder, pe- netrar nuevamente en los chiqueros. Pero fueron rechazados, a golpes de bayoneta y de gumía, por los legionarios y cabileños que estaban a su espalda. Y se apelotonaron, lívidos, espantados, esperando la muerte. Yagüe estaba en el palco, acompañado de su segundón, Castejón. Le rodea- ban, obsequiosos y rendidos, terratenientes, presidentes de cofradías, religiosos, canónigos, seño- ras, damiselas vestidas con provinciana elegancia. Levantó un brazo y sacó un pañuelo. Y las ametralladoras comenzaron a disparar».
El minucioso relato parece escrito por un testigo de los hechos, pero, desde luego, no era así. Su objetivo era inducir a los madrileños a una resistencia a ultranza: «Quieren matar a cien mil madrileños (...). Por otra parte, han prometido a los moros y a los del Tercio dos días de sa- queo, para indemnizarles de sus fatigas y peligros actuales. En el botín, como es natural, entran las mujeres (...). Ya sabe el pueblo de Madrid lo que le aguarda, si no quisiera defenderse (...). La
muerte para muchos. La esclavitud para los demás (...). Ya dejaron [en Badajoz] las pruebas san- grientas de que sus amenazas no son vanas».
El texto rezuma propaganda desde el principio al final, y algunos comentaristas acusan a los autores profranquistas de haber explotado sus truculencias para hacer pasar por leyenda una matanza que, aun sin tales pormenores, habría sido masiva y horripilante.
Pero esas truculencias fueron un componente básico del mito de Badajoz, con aditamentos como el del toreo de algunos prisioneros. Incluso un socialista ponderado como Zugazagoitia los comenta así en su libro sobre la guerra: «Se tuvo por impostura lo que era referencia insuficiente, que las palabras, como no las concierte el genio de un Dostoievski, no alcanzan a transmitir los matices increíbles de un clima de horror como el que, en plenitud de mediodía, desarrollaron to- das las potencias oscuras del hombre en la Plaza de Toros de Badajoz» 1.
El artículo de La Voz no fue una exageración descalificada por los franquistas, sino la esencia de versiones muy difundidas e influyentes en la opinión izquierdista española e interna- cional.
Estas narraciones son corrientes en tiempos de guerra, cuando la propaganda es un arma y la verdad padece no menos que las personas; pero incluso en nuestros días el PSOE extremeño ha hecho un notable esfuerzo por darles curso, reproduciendo panfletos escritos en 1938 o promo- viendo «estudios» como el de justo Vila, de 1983, donde puede leerse: «Hubo moros y falangistas que bajaron a la arena para jalear a los prisioneros, como si de reses bravas se tratase. Las bayo- netas, a modo de estoque, eran clavadas en los cuerpos indefensos de los campesinos, con el be- neplácito de jefes, oficiales y suboficiales. Luego abrían fuego las ametralladoras». Para Vila, «Se calcula que murieron en los primeros días, entre combate y represión, más de 9.000 personas en Badajoz. De éstas, más de 4.000 personas perecieron en las tristemente famosas matanzas de la plaza de toros.»
¿»Se» calcula, o lo calcula Vila? Reig Tapia, de cuya veracidad hemos tenido algún indi- cio en el capítulo anterior, corrobora: «nadie mínimamente serio ha desmentido tales hechos (...), que en Badajoz nadie discute». Aunque 9.000 ejecuciones en una ciudad de 40.000 habitantes su- pondrían el práctico exterminio de toda la población adulta masculina'-.
Reig narra: «A primeras horas de la mañana de ese terrible 15 de agosto de 1936 (...), don- de ese mismo día iba a restaurarse la bandera roja y gualda de la monarquía, un mínimo de 1.200 hombres fueron masacrados en la plaza de toros de Badajoz, componiendo con su sangre sobre el albero la nueva enseña de la Nueva España. No era, pues, hipérbole que el albero de la plaza se tornara carmesí. La coincidencia en torno a esa cifra (...) es completa en la medida que meros cál- culos oculares puedan serlo. Por ejemplo, el escritor James Cleugh, un propagandista católico partidario de Franco, escribió a propósito de las matanzas de Badajoz en la temprana fecha de 1961 que no podía caber duda de que «dos mil republicanos fueron ejecutados en la plaza de to- ros de Badajoz. ¿Cuántos el día 15, el día de la gran matanza en la plaza de toros? ¿Y cuántos en días sucesivos? 3»
Preston abunda en ello, si bien con otras cifras: «El 14 de agosto, tras (...) el asalto de los legionarios deYagüe (...), empezó una matanza salvaje e indiscriminada en la que fueron asesina- das casi 2.000 personas, incluidos muchos civiles que no eran activistas políticos (...). Una vez calmado el fragor de la batalla, doscientos prisioneros fueron concentrados en la plaza de toros. Todo aquel que llevaba la marca del retroceso de un fusil en el hombro fue fusilado. Los fusila- mientos prosiguieron durante las semanas siguientes. Yagüe declaró al periodista americano John T Whitaker: «Claro que los fusilamos. ¿Qué esperaba? ¿Suponía que iba a llevar cuatro mil rojos conmigo mientras mi columna avanzaba contra reloj? ¿Suponía que iba a dejarlos sueltos a mi
espalda y dejar que volvieran a edificar una Badajoz roja? 4». Y así podríamos seguir muchas pá- ginas.
Sin embargo en la plaza de toros no hubo tales matanzas, al menos el día 15, como asevera el mito, ni el siguiente. Podemos tener razonable seguridad de ello, por el testimonio del izquier- dista portugués Mario Neves, uno de los tres periodistas extranjeros presentes en la ciudad. El 15 de agosto escribe, para O Seculo de Lisboa: «Nos dirigimos enseguida a la plaza de toros, donde se concentran los camiones de las milicias populares. Muchos de ellos están destruidos. Al lado se ve un carro blindado con la inscripción «Frente Popular»... Este lugar ha sido bombardeado va- rias veces. Sobre la arena aún se ven algunos cadáveres (...). Todavía hay, aquí y allá, algunas bombas que no han explotado, lo que hace dificil y peligrosa una visita más pormenorizada».
Es decir, la plaza había sido bombardeada por albergar los camiones y blindados izquier- distas. Pero empezó a correr el rumor, en la cercana ciudad portuguesa de Elvas, de que allí se estaba fusilando gente, por lo que Neves retornó el día 16 al lugar, donde «algunas docenas de prisioneros aguardan su destino. Pero la plaza no tiene un aspecto diferente del que observamos ayer, lo que nos lleva a suponer que el rumor es infundado. Los mismos automóviles destruidos y los mismos cadáveres, que ayer tanto me impresionaron y que aún no han sido retirados».
Claro que, ya en los años ochenta, casi medio siglo después, a raíz de un programa de la televisión inglesa, y como «alivio de conciencia», el mismo Neves quiere dar crédito a las versio- nes de otros periodistas que «quedaron profundamente agraviados con la visión atroz de los cuer- pos extendidos en la plaza de toros y se refirieron más tarde, horrorizados, a la presencia de los desgraciados que aguardaban en los chiqueros el momento de su próxima e inevitable ejecución».
La discordancia con su propio testimonio inicial la explica así: «Aunque había visitado en otras ocasiones, con idéntico pavor, aquel lugar siniestro, tal vez me haya dejado más impresio- nado todavía el elevado número de milicianos fusilados en muchos lugares dispersos de la ciu- dad». No tal vez, sino seguro, puesto que en 1936 los cuerpos tirados en la plaza, probablemente víctimas del bombardeo, no le permitieron dar crédito a la enorme matanza imaginada por otros, a la que tardíamente quiere dar respaldo.
El gran creador del mito fue el periodista useño Jay Allen, comprometido de lleno con la causa del Frente Popular y amigo de Largo Caballero y Negrín, y por tanto próximo a las posturas soviéticas. Allen escribió en el Chicago Tribune un reportaje titulado «Carnicería de 4.000 en Badajoz, ciudad de los horrores», que alcanzó una extraordinaria repercusión internacional, cons- tituyendo el núcleo del abanico de interpretaciones, versiones e informes que siguieron. Dice el periodista: «Es la historia más dolorosa que me haya tocado tratar en mi vida (...). Creo que soy el primer periodista en poner pie allí sin pase y sin la inevitable conducción (shepherding) de los re- beldes, y sin duda alguna el primer periodista que sabía lo que buscaba».
Pero habría llegado nueve o diez días después de los hechos, mucho después que Neves y otros, cuyas crónicas no indican haber sido «pastoreados» por los vencedores. Más veraz suena cuando dice que sabía bien lo que buscaba 5.
Y que lo encontró; y, lo más sorprendente, facilitado en abundancia por las propias autori- dades rebeldes, en cuyos testimonios basa todo su reportaje: «Hablaban en susurros (...). Miles de milicianos y milicianas republicanos, socialistas y comunistas fueron masacrados», dijeron, por el crimen, añade él, de «defender la República contra la embestida de los generales y terratenien- tes». Las víctimas capturadas en la ciudad crecían con los huidos a Portugal y desde allí «de- vueltos a la muerte» por los funcionarios lusos. Los rebeldes le informaron del «fusilamiento ce- remonial», con banda de música y toda la parafernalia, y ante 3.000 espectadores, de siete jefes
izquierdistas, en prueba de que no existían favoritismos, y que mataban tanto a los líderes como a los «obreros y campesinos». El gobernador militar, Cañizares, le habría narrado, con complacen- cia, la matanza en la plaza de 1.800 prisioneros, a los acordes de la Marcha Real y del himno de Falange, y con gran asistencia de público, una escena muy parecida a la de La Voz. Tales infor- mes le permiten describir los sucesos con gran realismo, aunque no los hubiera presenciado. Le comentaron que la sangre empapaba más de un palmo de arena en el lado más alejado del ruedo. «No lo dudo», comenta. Y así sucesivamente: «A los rebeldes -dice Allen- no les gustan los re- porteros que conocen los dos bandos. Pero se ofrecieron a llevarme y traerme de nuevo sin com- plicaciones». Debe admitirse que fueron realmente amables con él, sobre todo al explayarse en los más atroces detalles. Reig lo explica así: «Es evidente que ni las autoridades nacionalistas ni los amigos que tan cumplidamente informaron a Jay Allen pudieron sospechar el uso que el pe- riodista haría de la información, pues, en tal caso, resulta obvio que no le habrían dado las facili- dades que de hecho le proporcionaron».
Pero por muy necias que queramos creer a aquellas autoridades, ¿podrían esperar otra cosa de las historias espeluznantes contadas por ellos mismos? En verdad, ¿las habrían contado al pe- riodista aun si lo creyeran afecto a su causa? Suena duro de creer, por decir poco.
Pero además ni siquiera tenían el menor motivo para pensar que Allen les fuera adicto. Reig, consciente de esa dificultad, aclara que el useño pudo acceder a las autoridades «por sus contactos y amistades. No en balde le acompañaba el prestigio de haber sido el primer correspon- sal extranjero en haber podido entrevistar en profundidad al general Franco». Sin embargo ese prestigio sólo podía perjudicarle, pues la entrevista esgrimida por Reig como mérito fue absolu- tamente hostil a Franco, a quien califica, entre otras lindezas, de enano con aspiraciones de dicta- dor, y le presenta diciendo, con sonriente firmeza, que está dispuesto a matar a media España. Realmente, Allen era un periodista afortunado: Franco y los suyos parecían encantados de ha- blarle como él y los revolucionarios deseaban. Reig supone que «las autoridades franquistas tar- darían unos días en conocer el contenido de dicho reportaje, lo que permitió a Allen desenvolver- se con entera libertad» 6. Pero resulta dificil que lo desconocieran, pues había sido publicado el 29 de julio, casi un mes antes de que el reportero acudiera supuestamente a Badajoz. Tales entre- vistas e informes a corresponsales extranjeros son siempre enfocados como propaganda, y por lo tanto mirados con lupa tan pronto salen en la prensa. La presunción de que los jefes sublevados ignorasen la tendencia política de Allen o la entrevista con Franco publicada semanas antes, sue- na tan poco verosímil como su disposición a obsequiar al reportero con el material más inflama- ble que pudiera desear la propaganda adversa.
El mito de las matanzas parece sólido sobre todo por lo mucho que se ha repetido, copián- dose unos autores a otros -caso parecido al de la represión de Asturias- pero es de esos que, exa- minadas sus fuentes, suscitan profundas dudas. Estas y otras «cosas raras» han dado pie a varios estudiosos, como el británico McNeill-Moss, a negar en redondo los hechos. Con todo, al margen de las más que improbables masacres de la plaza de toros (suena más veraz la visión de Neves de las docenas de presos «aguardando su destino»), el corresponsal portugués dijo haberle impresio- nado los cuerpos tendidos en las calles, y un compañero suyo, el periodista francés J. Berthet, ha- blaba el día 15 de 1.200 muertos «acusados de resistencia armada o de crímenes graves», cifra en rápido aumento, según él, aunque no explica cómo la calculó. Otro corresponsal francés, M. Dany emplea frases similares, si bien más vagas. ¿Qué hay de cierto en ello? Los tres llegaron al día si- guiente de la lucha, y vieron cadáveres aquí y allá, y en la plaza de toros, que podían correspon- der a fusilados o a caídos en bombardeos o en focos de resistencia, como el de la catedral. Neves hablará en su tercera crónica, que le fue censurada, de la quema de cuerpos ante el peligro de epi- demia, por falta de medios para inhumarlos a todos rápidamente. Estos hechos los aprovechará
Jay Allen, corregidos y aumentados, para dar apariencia de veracidad a los datos que dice haber obtenido de los susurrantes jefes franquistas.
Tras las cifras y versiones contradictorias, queda la impresión de que hubo una represión rápida e inmediata, con fusilamiento de milicianos cogidos con armas o con huellas de haberlas usado, y luego un número de asesinatos destinados a paralizar por el terror a las izquierdas, a lo que aludiría Yagüe en sus supuestas declaraciones, presionado por la urgencia de reemprender la marcha sobre Madrid y asegurar su retaguardia. Pero la represión continuó, quizá aumentada, después de ido Yagüe. ¿Cuáles son las cifras reales? A. D. Martín Rubio ha recurrido al registro civil de Badajoz, donde empezaron a inscribirse en 1937 las víctimas. Entre ese año y 1945 da 1.080 muertes atribuibles a la represión, de las que 493 corresponden al verano y otoño de 1936, con cifras máximas de 172 en agosto y de 191 en septiembre, contrastables, con las de entradas en el cementerio (82 menos en éste, quizá correspondientes a los cremados). El estudioso izquier- dista E. Sánchez Marroyo afirma que, considerando las irregularidades y dificultades de registro en aquellos meses, ese número podría ser un tercio del real, que así podría elevarse a 1.500 vícti- mas hasta fin de año (incluyendo seguramente los caídos en combate). Estas estimaciones, aun vagas, son, desde luego, más fiables que los impresionismos de los periodistas y La Voz, y situa- rían el número de los ejecutados y asesinados en agosto, entre dos y seis centenares. Aun sin las exageraciones de la leyenda, se trató de una represión larga y despiadada, pero no mucho mayor que en otros lugares. Asimismo los portugueses devolvieron a un número imprecisable de huidos, si bien salvaron a otros, como los 1.500 trasladados por barco, en octubre, a Tarragona, entre los cuales el coronel Puigdengolas.
Puede afirmarse, pues, la casi segura falsedad de las historias de cientos o miles de prisio- neros masacrados en la plaza de toros u otros puntos, por no hablar de los sádicos espectáculos añadidos. Pero entonces, ¿por qué esa extraordinaria inflación de las cifras y la tenaz insistencia de la propaganda? El historiador Ricardo de la Cierva sospecha que pudo ser muy bien una ma- niobra de Jay Allen para borrar o desviar la impresión mundial causada por la matanza de la cár- cel Modelo de Madrid, ésta sí bien conocida, y ocurrida entre los días 22 y 23. Es sólo una con- jetura, pero no desdeñable, pues Allen dice haber ido a Badajoz el día 23, precisamente.
Dicha cárcel Modelo albergaba a presos políticos y comunes. Los primeros consideraban su encierro un mal menor, ante la probabilidad de morir a manos de las patrullas milicianas pulu- lantes por las calles. Pero el día 8, el diario azañista Política traía un artículo sobre la prisión, ini- cio de una serie sobre otras, como la de San Antón, o una de mujeres llena de «pistoleras, espías y monjas». En el primero aludía en tono insolente y vejatorio a los «400 jefes, 700 oficiales y 700 señoritos fascistas» de la Modelo, que «hablan poco, meditan mucho y sollozan bastante». Los curas eran «como cumple a su oficio, gordos y lustrosos», y todos parecían «presos vulgares». El director, «estricto republicano», los traía a raya, y les había quitado un ajedrez hecho con miga de pan y servilletas. Citaba a presos como Ruiz de Alda, Melquíades Alvarez, Martínez de Velasco,