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La metamorfosis de las cebollas en flores

In document Kumarajiva: La visibilidad de la misión (página 65-67)

En 385, el nuevo rey Yao Ch´ang de la dinastía Ch’in posterior se vio obligado a reconocer la soberanía de Lü Kuang y de su dinastía sobre las tierras que estos habían conquistado. Consciente de que tenían en su poder a Kumarajiva, Yao Ch’ang había despachado una comitiva para solicitar respetuosamente la liberación del monje y su traslado a Chang’an. Al fin y al cabo, Kumarajiva era un preso político. Sin embargo, lo último que pensaban hacer los Lü era dejarlo en libertad. Pero no porque valoraran el budismo o quisieran comprender su filosofía, ni para que instruyera al pueblo o disemi- nara un gran sistema de pensamiento. Sencillamente, sabían que Kumarajiva era un inte- ligente asesor, y temían que pudiera beneficiar a Yao Ch’ang con sus agudos consejos. Dado que no mostraron ninguna señal de apoyo a la tarea de Kumarajiva como budista, es coherente interpretar que fue el miedo o el egoísmo, o el impulso de autopreservación lo que los llevó a rechazar la petición de los Ch’in.

Al poco tiempo, Yao Ch’ang murió y dejó en el trono a su hijo Yao Hsing, quien veía con alarma el prolongado cautiverio de Kumarajiva, a manos de regentes incapaces de reconocer su valor.

Cuenta la biografía (Nobel 2011: 127) que en el tercer mes del tercer año del rei- nado de Yao Hsing (401), en el jardín de sus ancestros se produjo un injerto espontáneo entre dos arbustos linderos, y sesenta y ocho cebollas de una de las plantas se convirtie- ron en fragantes flores de ch’ih. Esto fue interpretado como un afortunado presagio, y los hermeneutas del reino vaticinaron: «Un sabio se aproxima». Yao Hsing entendió que los tiempos le eran propicios, y en el quinto mes se apresuró en despachar una avanzada militar contra el territorio de los Lü, cuyo ejército se vio obligado a rendirse. Por fin, quedaba abierto el camino para que los enviados de Yao Hsing trajeran de regreso al monje.

Kumarajiva cruzó las puertas de Chang’an el vigésimo día del duodécimo mes de ese mismo año (401), a sus cincuenta y siete años, liberado para entregarse a su labor sin restricciones. Kumarajiva había revertido su destino, y era su momento de cosechar recompensas.

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El hecho de que los discípulos hubieran anotado con tanta exactitud la fecha de su ingreso en Chang’an permite inferir la importancia que dieron a su llegada y las enor- mes expectativas que habían depositado en él (Ikeda 1986: 47).

Kumarajiva fue recibido con los máximos honores reales, y enseguida fue nom- brado Rajaguru, Maestro de la Nación. El propio Yao Hsing sentía un entusiasmo reve- rencial por la filosofía budista, y celebraba la presencia de Kumarajiva tal y como se hubiera sentido un enamorado de la música clásica hospedando en su casa a un eximio director de orquesta. Dedicaba largas horas a conversar con él, y los biógrafos dicen que a veces se le iban las jornadas enteras en profundas disquisiciones sobre cuestiones doc- trinales y mundanas.

Yao Hsing descubrió y conoció el pensamiento de Kumarajiva en el ámbito del diálogo filosófico; durante largos meses, ponderó el enorme calibre intelectual del hom- bre a quien había rescatado de la barbarie. Cuando investigaba este momento crucial en la biografía de Kumarajiva, vino a mi mente una reflexión de Jawaharlal Nehru, el pri- mer mandatario de la India emancipada en el siglo XX, citada por Ikeda (1995: 3): «Leer sobre la historia es un placer, pero mucho más fascinante es participar directamente en la construcción de la historia». Algo así tal vez haya sentido Yao Hsing cuando com- prendió que estaba frente a una conjunción de factores inusitados, que no volverían a repetirse en otra época, y decidió él mismo ocupar un lugar en los acontecimientos.

Fue una suerte que Yao Hsing supeditara el poder militar al poder de la cultura, y que tuviera el valor de replantearse prioridades como estadista-filósofo. El contacto con Kumarajiva transformó a Yao Hsing. Fue la mejor influencia para el engrandecimiento cultural de la China, pero no para su reinado secular, pues, dedicado de lleno a financiar el proyecto de traducción del corpus budista, Yao Hsing restó interés y recursos a las conquistas militares, y esto le hizo perder territorios.

De haber sido un rey como tantos, dedicado a la conquista y la expansión por la fuerza, me inclino a pensar que sus logros habrían sido como espuma en el oleaje del tiempo, como polvo en el viento de la historia, sujetos a las leyes de la impermanencia. Pero la vida lo situó a las puertas de una iniciativa civilizadora, y él estuvo a la altura de las circunstancias.

Consciente de que patrocinar la Escuela de Traducción era la tarea más valiosa a la cual podía dedicarse, se volcó de lleno y con enorme generosidad a este fin, dando total libertad a Kumarajiva. En tal sentido, veo beneficioso que haya sido Yao Hsing — un gran humanista— y no los otros dos reyes anteriores quien, finalmente, rescató a

Página | 65 Kumarajiva y lo condujo a sus dominios. Puede pensarse que Yao Hsing estaba espe- rando a Kumarajiva, pero ¿no es interesante pensar que este estaba esperándolo a aquel?

Por fin, habiendo vencido peligros y dificultades, después de largos años de for- mación y aprendizaje, a partir del 401 Kumarajiva pudo erigirse en el centro de su pro- pio escenario, dueño de una libertad como pocos traductores tuvieron en la historia, con el apoyo incondicional de un monarca y de todo su reino.

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AÑOS DE TRADUCCIÓN

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