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2. MARCO TEÓRICO

2.4 La mirada de la caricatura

El centro de este trabajo se encuadra en el análisis de las caricaturas de portada de tres revistas y eso por ello que considero necesario enmarcar previamente el concepto de caricatura y del caricaturista.

En la caricatura no solo reconocemos al personaje que está siendo representado sino también al ilustrador que le dio forma. Así lo señala el caricaturista costarricense Claudio Carrazo y explica que “no solo es una representación psicológica del caricaturizado, sino, también, una representación de cómo el caricaturista ve al caricaturizado” (Carrazo; 2003:16). Para llegar a esa representación, el autor de la caricatura observa la realidad y allí es donde trata de encontrar diferentes perfiles (José Luis Alonso de Santos; 1999). Konstantin Stanislavski también se detiene en la importancia de la observación. El investigador teatral asegura que muchas vivencias se reflejan en la mímica, en los ojos, en la voz, en el habla, así como también en los movimientos y en el cuerpo. Sin embargo, considera que es difícil para un observador comprender la esencia del ser humano porque raramente abren las puertas del alma y se muestran como realmente son.

El dramaturgo y poeta alemán Bertold Brecht (1963) se detiene en lo importante de captar las contradicciones que encierran aquellos fenómenos que habitualmente se ven como naturales. De esta forma, la caricatura parece que no puede existir sin establecer un vínculo con la realidad. Cada dibujo representaría una visión específica de un aspecto del mundo. Así lo señala el historiador José Luis Guijarro Alonso:

“la caricatura parte necesariamente del reconocimiento de una importancia, ya sea la del personaje o colectivo público concreto, la de un tipo social popular, o la de asuntos y valores comprendidos en el acervo moral y cultural de una comunidad” (Guijarro Alonso; 2012: 22).

Pese a que la caricatura se nutre de la realidad, también la deforma. El historiador uruguayo Zum Felde asegura que no existe otra forma de deshumanizar que no sea estilizando:

“depurar es estilizar la realidad de todos sus elementos no estéticos, es decir, no expresivos del ser, para dejar sólo aquellos que son expresión pura (…) La función de lo natural, o del hecho real, es de carácter biológico; y la función de la forma estética o del hecho estético, es de carácter expresivo; o, en otros términos, aquella tiene por finalidad la conservación o desarrollo de la vida, y ésta la expresión de la vida” (Zum Felde; 1927:27).

Para Jacinto Octavio Picón, la caricatura es la sátira dibujada. En ella se sustituye la frase por la línea. “Es la pintura de los defectuoso y lo deforme, que señala y castiga con lo ridículo los crímenes, las injusticias y hasta las flaquezas de los hombres”. Y agrega:

“Es quizá el medio más enérgico de que lo cómico dispone, el correctivo más poderoso, la censura que más han empleado en todo tiempo los oprimidos contra los opresores, los débiles contra los fuertes, los pueblos contra los tiranos y hasta los moralistas contra la corrupción” (Picón;1877:7).

No hay duda que delimitar un concepto muchas veces provoca rispideces y siempre diferentes opiniones. Es así que los caricaturistas no comparten las definiciones que realizan los diccionarios en torno a qué es la caricatura. Se habla de una representación que desfigura más precisamente.

La Real Academia Española define, en una primera acepción, a la caricatura como un “dibujo satírico en que se deforman las facciones y el aspecto de alguien” y en una segunda, como una “obra de arte que ridiculiza o toma en broma el modelo que tiene por objeto”. Sin embargo, en general, los dibujantes coinciden en que no es necesario ridiculizar para conseguir una buena caricatura.

El escritor y filósofo francés, Henri Louis Bergson explica que el arte del caricaturista consiste en atrapar un rasgo a veces imperceptible y agrandarlo, hacerlo visible a todos los ojos.

“Es indudablemente un arte que exagera, y, sin embargo, se le define mal cuando se le atribuye como objeto único esa exageración, pues hay caricaturas muy parecidas a retratos, caricaturas en que apenas se advierte exageración alguna, y en sentido inverso se puede forzar la exageración hasta el último extremo sin que resulte caricatura” (Bergson; 1989: 43-44).

Lo que inspira al caricaturismo es el contrasentido de las cosas, decía el caricaturista Ramón Columba (2007: 21-23) que:

“un mendigo harapiento no despierta su crítica. Pero, si se trata de un millonario de ropa raída, por pobreza de espíritu, descargará sobre él todo el sarcasmo de su lápiz, caricaturizándolo como un pordiosero (…) La obligación del caricaturista de exagerar los rasgos, que algunos suponen, no pasa de ser una creencia errónea (…) la gracia o el parecido no dependen de las dimensiones de una nariz o de una oreja”.

Parece ser que el arte de la comedia desenmascara. Saca a la luz las mentiras, los engaños, los chantajes. Friedrich Nietzsche diferencia la tragedia de la comedia en cuanto la primera hace que nos planteemos los problemas del mundo mientras que la segunda, nos ayuda a convivir con ellos. Nietzsche (2002:31) plantea que “quien desee manejar a las masas tiene que convertirse en comediante. Debe transformarse en una personalidad de precisión grotesca y hacer algo burdo y elemental con toda su imagen y su causa”.

Alonso de Santos (1999:464) considera que la comedia se encuentra más próxima a la biología que a la religión. Este género le serviría al espectador como válvula de escape. “Uno de los pilares de la comedia consiste en hallar la medida adecuada a la profundidad y la importancia del conflicto. Si éste es muy ligero, la comedia se vuelve insustancial, y si es muy denso, resulta tan dramática que deja de ser comedia” (Alonso de Santos; 1999: 464).

En la caricatura se combina lo grotesco con el ingenio, sostienen José Ignacio Armentia Vizuete y José María Caminos Marcet (2008:41). Es así que el humor pasa a ser un ingrediente fundamental.

En la misma línea, el caricaturista italiano Daniele Barbiere (1993:75) define a este arte como un modelo de representar personajes y objetos que destacan ciertas características, “deformándolos para expresar algunos de sus aspectos en detrimento de otros”. Sostiene que más que lo cómico, lo que caracteriza a la caricatura es lo grotesco y lo grotesco puede ser utilizado para distintos fines expresivos: “situaciones humorísticas, marginalmente irónicas, de pesadillas, de alucinación o simplemente expresivas”.

Rosenkranz (1853:176) dice que (lo feo) cambia lo sublime en vulgar, “lo agradable en repugnante, lo bello absoluto en caricatura en la que la dignidad se convierte en la caricatura en énfasis, el atractivo en coquetería”. La caricatura dice que es:

“El apogeo en la forma de lo bello, pero precisamente por eso, por su reflejo determinado en la imagen positiva que ésta desfigura, ésta constituye el paso a la comicidad (…) Lo feo puede resultar ridículo. Lo informal y lo incorrecto, lo vulgar y lo repugnante destruyéndose producen una realidad aparentemente imposible, y con ello lo cómico. Todas estas determinaciones entran a formar parte de la caricatura. También esta deviene informal e incorrecta, vulgar y repugnante según todas las gradaciones de este concepto. Es inagotable en las más camaleónicas variantes y conexiones de las mismas. Son posibles la grandeza mezquina, la fuerte débil, la nulidad sublime, la delicada rudeza, la sensata insensatez, a vacía plenitud, y otras mil contradicciones (…) La caricatura consiste en exagerar un momento de una forma hasta la deformidad. (…) Una nariz pronunciada, por ejemplo, puede ser una gran belleza. Pero si se hace demasiado grande, el resto de la cara se diluye frente a ésta. Se da lugar a la desproporción. Comparamos de forma inintencionada la cara y consideramos que no tendría que ser tan grande. El exceso de tamaño hace caricatural no sólo la nariz, sino también el rostro del que forma parte (…) Una simple desproporción, por lo tanto, podría tener como consecuencia sólo una simple fealdad, que no sería posible definir como caricatura (…) En el plano científico se puede llamar caricatura sólo a aquella deformidad que se refleja en una oposición determinada y positiva, y desfigura sus formas. Pero no es suficiente una anomalía, una irregularidad, una desproporción aislada: más bien la exageración que desfigura la forma debe operar como un factor dinámico que conmociona la totalidad de la misma. Su desorganización debe ser orgánica” (Rosenkranz; 1853:176,177).

Si bien la distorsión es una característica fundamental de la caricatura no es necesaria la excesiva exageración ya que eso dependerá de cada dibujante y de su modelo. Gonzalo Peltzer (1991:151) afirma que la caricatura es fundamentalmente una figura sola que habla por sí misma en un monólogo visual pero que también puede incluir complementos con propósitos expresivos o de opinión y asegura que el secreto de una buena caricatura es ofrecer “de una fisionomía una interpretación que nunca podremos olvidar y que la víctima parecerá acarrear siempre como un embrujado”. De esta forma, la exageración o contradicción del contenido de una caricatura está en conflicto con la realidad.

Fabiola Morales en su libro El recurso del humor en el periodismo de opinión (1999: 87- 89) se refiere a las discrepancias y el distanciamiento que se producen entre el contenido

aparente –la caricatura- y el contenido real del mensaje humorístico – la figura a quien se representa-. Esta distancia está también relacionada con la actitud del lector frente a la realidad comunicable, en tanto constituyen diversas formas de considerar los asuntos que interrogan al autor y motivan su expresión. Asimismo, distingue entre un distanciamiento o discrepancia violenta, como es el caso de lo grotesco y lo satírico, de otras que son más sutiles y moderadas. Las primeras serían la expresión de una actitud negativa y desesperada mientras las segundas de una actitud más desenfadada y optimista.

La palabra caricatura proviene de la palabra latina “caricare” que significa cargar, exagerar, pero fueron los pintores Carracci de la ciudad italiana de Bolonia quienes al final el siglo XVI, le bautizaron. Aunque se relaciona con Anibbale Carracci como el iniciador del género.

Werner Hoffmann (2006:185) sostiene que nace como un invento del capricho artístico y confirma que su historia comienza con los hermanos Carracci, cuya actividad pública introdujo un nuevo periodo dentro de la pintura europea. En Roma, a finales del siglo XVI y comienzos de XVII, concibieron un estilo diferente, cuyo perfil iba a estar decisivamente influido por el ideal barroco de belleza.

Hay dos grandes medios de oposición y de combate: en el campo de la literatura, la sátira y en el de las artes, la caricatura y continúa: “todo acto humano que raya lo heroico entra en el dominio de la caricatura; todo lo irregular y desproporcionado, da motivo a sus burlas y a sus chanzas; sólo lo regular y lo perfecto están libres de sus ataques y fuera del alcance de los tiros” (Picón; 1877:8).

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