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De forma paralela al devenir de los colectivos activistas, durante la década de los ochenta la historia de la homosexualidad estuvo marcada por la emergencia en los últimos años setenta de la movida madrileña342, que se convirtió desde entonces en un espacio sociocultural especialmente fecundo para las manifestaciones de la cultura gay. La movida343 es un concepto difícil de definir, pues se trató de un fenómeno poliédrico y vivencial344. Sin embargo, en el libro de entrevistas de José Luis Gallero (1991) se aprecia un consenso entre los que formaron parte de ella, por el que puede afirmarse que la movida fue un clima artístico, cultural y social que propició un desplazamiento de los patrones ideológicos y de comportamiento por los que los artistas, intelectuales y buena parte de la ciudadanía se habían regido hasta entonces; en términos de sexualidad, la

movida345 se caracterizó por rechazar las etiquetas y proponer en su lugar una estética y unos patrones de socialización basados en la ambigüedad y en la indefinición. Esta

nueva ola, como también se la conoció346, estuvo dividida en tres etapas: la

underground (1978-1981), la de consolidación y apropiación por parte de las

instituciones políticas (1981-1986) y la de su paso al ámbito internacional y posterior desaparición (1986-1993)347.

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A pesar de referirnos aquí a la movida madrileña, en otros puntos de España se produjeron movimientos similares por emulación. Ciudades como Vigo, Gijón, Murcia o Sevilla tuvieron sus propias

movidas (Vilarós, 1998: 26; Lechado, 2005: 229- 254). 343

La bibliografía referente a la movida madrileña es amplia y variada (Alas, 1989; García-Calvo, 1989; Gallero, 1991; Lechado, 2005; VVAA, 2007), con lo que nosotros no nos referiremos a ella con la profundidad que requiere este complejo momento de la historia española reciente, ya que únicamente queremos hacer referencia a ella en el contexto de la historia de la cultura homosexual española.

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Cada uno de sus protagonistas la vivió de forma diferente y tiene su propia opinión al respecto, incluso muchos de ellos no aceptan siquiera este término movida. Véase por ejemplo el caso de dos de sus protagonistas más emblemáticos Paloma Chamorro y Pedro Almodóvar (Gallero, 1991: 179, 180, 211, 212).

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La bibliografía referente a la movida madrileña es amplia y variada (Alas, 1989; García-Calvo, 1989; Gallero, 1991; Lechado, 2005; VVAA, 2007), con lo que nosotros no nos referiremos a ella con la profundidad que requiere este complejo momento de la historia española reciente, ya que únicamente queremos hacer referencia a ella en el contexto de la historia de la cultura homosexual española.

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En la época, la denominación nueva ola se utilizó principalmente para referirse al ámbito de la música, pero con el tiempo se convirtió en un sinónimo de movida. Entre los protagonistas de la misma, nueva ola fue el término más empleado para referirse a ella (Gallero, 1991: 180).

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La presente periodización de la movida en tres fases es una adaptación propia a partir de la división (también tripartita) ofrecida por Borja Casani (Gallero, 1991: 11, 12). La fecha del fin de la movida, la

194 La movida supuso una ruptura con el compromiso político y con el modo de comprender la historia propios de los años setenta (Gallero, 1991: 212; Vilarós, 1998). Por ello, debe ser entendida como un síntoma del desencanto manifestado en una generación de jóvenes que ya no creían en aquello por lo que habían luchado sus padres y hermanos mayores348. El efecto de esa ruptura en la lógica de los años setenta fue un cambio radical en lo social, un redireccionamiento del foco hacia un nuevo tipo de arte lúdico, provocador y original, y un modelo de cultura y de “intelectuales”, más frívolos, apasionados, hedonistas y menos clásicos, “sin grandes obras, ni maestros” (Gallero, 1991: 0; Ballesteros, 2001: 116; Mira, 2002: 535, 536). A pesar de que originalmente la

nueva ola se estructurase en torno a la música349, las características aquí señaladas pueden aplicarse a cualquier ámbito de lo artístico, ya que este nuevo clima afectó además al mundo del cine, la fotografía, el cómic, la pintura, el diseño, la moda y la literatura350.

El universo creativo de la movida no surgió de la nada, sino que fue en parte heredero del rrollo barcelonés351, que durante los primeros años ochenta aún se mantenía vigente como referente subcultural en España. De él, los madrileños asimilaron el ímpetu por la experimentación, por la búsqueda de nuevas formas de expresión a través de la música, el arte, los cómics o el cine, así como las ganas de romper con todo lo anterior a través de la explotación de su juventud con todo tipo de excesos, drogas y promiscuidad sexual. Pero también tomaron del rrollo la manera en que una serie de personajes nada usuales, al margen de toda convención, con vestimentas y modos de proceder estridentes y llamativos –gente, como diría Fabio

tomamos de Vilarós (1998), que propone 1993 como final de la movida, por ser el momento en el que culmina la integración europea de España tras la firma del tratado de Maastricht, que cierra oficialmente el proceso de modernización institucional comenzado en la transición. Por ello puede darse por finalizada la fase de exportación de la nueva imagen de España al extranjero.

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La vinculación entre el carácter juvenil de la movida y la emergente democracia parece algo inmanente según la concepción que Alain Badiou tiene del sujeto democrático. Este filósofo define a dicho sujeto como aquel que “se constituye únicamente en relación con el goce”. En la primera generación de jóvenes de la democracia española –no sólo de artistas, sino de ciudadanos en general–, como fue la que participó de la movida, parece quedar retratado el prototipo de individuo democrático, como aquel que tiende al goce que propone el pensador francés (Badiou, 2010: 20).

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Surgieron nuevos grupos y un circuito de locales de conciertos alternativo. Un buen ejemplo de ello fueron espacios como La Vía Láctea, Marquee, El Jardín, El Pentagrama, o Rock-Ola.

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Esta variedad expresiva puede constatarse en el catálogo de la exposición La Movida comisariada por Blanca Sánchez en 2007 (VVAA, 2007), así como en Lechado (2005: 187-227).

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En ocasiones, al rrollo también se le ha dado el nombre de pre-movida (Vilarós, 1998). Si bien es cierto que en Madrid hubo una clara influencia de lo acontecido en Barcelona, no es correcto aplicar el término de pre-movida en referencia al rrollo, ya que éste fue un fenómeno con una entidad sociocultural propia y no ha de ser revalorizado simplemente como la antesala de la movida; así lo demuestran artistas emergentes en el ámbito catalán de la talla de Ocaña, Nazario o Mariscal.

195 McNamara, con “flash” y con “escándalo”–, tomaron las calles de la ciudad (Gallero, 1991: 317).

A pesar de estos aspectos comunes, entre estos dos fenómenos sociales también hubo profundas diferencias. El rrollo fue una experiencia muy politizada, que se desarrolló al mismo tiempo que los movimientos de liberación de las mujeres, de los homosexuales, de los ecologistas y del anarcosindicalismo –entre otros–, por los cuales se vio muy influido; mientras que en Madrid la efervescencia creativa de la movida se vivió desde una actitud más relajada políticamente, sin contraer ningún compromiso352. En plena transición, los madrileños, cansados de que su ciudad fuese identificada siempre con el régimen franquista y con un poder centralista afanado en imponer su política al resto del Estado (Gallero, 1991: 367), se esforzaron por modernizarse, y la

nueva ola, con la frivolidad como emblema, fue el modo que tuvieron de hacerlo.

En lo que respecta a la homosexualidad, la movida constituyó un escenario donde ésta pudo expresarse libremente. Durante los primeros años, en la llamada etapa

underground, los homosexuales comenzaron a hacer su aparición pública en los locales

madrileños de la época, como el O’Clock, animados por el ambiente de libertad que se vivía en toda España tras la muerte de Franco. Según Fabio McNamara y Borja Casani, en tiempos aún inciertos para la evolución de la democracia, fueron los homosexuales quienes pusieron en marcha el movimiento que vino después y los que “hicieron avanzar” la movida a la velocidad que lo hizo (Gallero, 1991: 19-21, 316, 317); la homosexualidad estaba “de moda”, era sinónimo de modernidad y de vanguardia (Mira, 2004: 517, 518), y pronto quedó convertida en un gesto estético más.

A pesar de no estar explícito en sus palabras, con estas afirmaciones McNamara y Casani se están refiriendo a un tipo de homosexual concreto, que fue el prototipo más popular en la movida. Se trató de un modelo identitario que puede identificarse como continuador o heredero de aquel que durante los años setenta se construyó desde posiciones marginales, vinculado con la estética y el gusto camp, la “pluma”, la frivolidad, el barroquismo, la apariencia y lo artificial, es decir, un modelo identitario caracterizado por la feminidad, la ambigüedad y el travestismo; cuyo ejemplo más ilustrativo fue el mismo Fabio McNamara353.

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Información obtenida en conversación con Nazario (véanse Anexos).

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El mismo McNamara cuenta que, junto a Nacho Canut en 1975, iban a “clubes gais”, a mostrar su “rollo” (sic), antes de que personajes como las Costus o Almodóvar se uniesen al grupo (Gallero, 1991: 316).

196 Además de la presencia expresa de homosexuales, esta primera etapa la movida estuvo marcada estéticamente por referentes homoeróticos, como los cantantes Lou Reed, Marc Bolan, Freddie Mercury o David Bowie, el artista Andy Warhol o el escritor Oscar Wilde354, y por la recuperación de iconos y motivos propios del franquismo según la tradición camp –cantantes de copla, religión católica, parafernalia religiosa y toros, entre otros– (Mira, 2004: 521, 522).

Conforme pasaron los años y la movida amplió su grado de visibilidad social, el componente homosexual de la misma se fue difuminando en un ambiente de libertad sexual en el que la ambigüedad llegó a ser la norma tanto para homosexuales como para heterosexuales355. Entonces, el modelo identitario descrito anteriormente se convirtió en el patrón estético general. Debido al rechazo de las etiquetas y las categorías sexuales tradicionales que se produjo en el marco de la movida, quedó permitido a los heterosexuales jugar al “disfraz” y a la indefinición adoptando una actitud extravagante y barroca, propia de la “pluma” homosexual, lo cual sirvió para igualar, al menos en apariencia, los dos mundos (Aliaga, 1997: 56). Todo ello provocó que la homosexualidad como categoría específica perdiese el papel protagonista que tuvo en los inicios de la movida y quedase disuelta en una ambigüedad general (Mira, 2002: 536; 2004: 520).

La ambigüedad tuvo resultados positivos, ya que gracias a ella la homosexualidad quedó incorporada a la nueva ola como un componente ornamental más, de modo que elementos tradicionalmente homoeróticos –como los citados anteriormente– alcanzaron una gran visibilidad. Sin embargo, que la homosexualidad perdiese parte de su identidad provocó también que los problemas que afectaban

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Según Borja Casani, otro componente estético fundamental fue la influencia del punk londinense (Gallero, 1991: 11). Sin embargo, en opinión de Paloma Chamorro, el punk español se diferenció del británico en que aquí el “no futuro”, proclama fundacional de este movimiento, se entendió como un juego, no tanto como la crítica social o la constatación de un estado de las cosas que convenía cambiar (Gallero, 1991: 185). El español fue un punk más estético, más alegre y vital (Vidal, 1989: 37), que optó por la apariencia, más que por la profundidad del mensaje. En todo caso, esta actitud frívola no solo fue característica de la primera etapa de la movida, sino una constante a lo largo de los años.

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La ambigüedad sexual de la movida, y el estatus subterráneo que alcanzó la homosexualidad en ella, explica que apenas se le preste atención al hablar de ella en algunos estudios, como el de Collado (1994), y en otros se trate como un detalle poco significativo (Gallero, 1991). Al mismo tiempo es también indicativo de la facilidad que tuvo para apropiarse de la movida el alcalde de Madrid Tierno Galván, autor de comentarios homófobos unos años antes (Aliaga - Cortés, 1997: 57; Llamas - Vidarte, 2001: 93; Mira, 2004: 422; Goytisolo, 2003: 101-113).

197 particularmente a los gais y las lesbianas, como su represión legal o el sida, pasasen desapercibidos356.