Los años de infancia de Rosarito se corresponden con las presidencias de Avellaneda y Roca. Conoce la época de afianzamiento del orden institucional liderado por el liberalismo vernáculo que mantenía líneas de continuidad con el viejo unitarismo. Esta es una etapa que marca, sobre todo a partir del roquismo, el comienzo de un profundo proceso de cambios estructurales para el país. El autor José Luis Romero identifica esta nueva etapa como la “era aluvial”, en alusión a la masiva oleada de inmigrantes que llega al país y que paulatinamente van modificando aspectos y estructuras sociales, culturales, económicas y políticas del país criollo.
Lejos de la ciudad cosmopolita que empezaba a ser Buenos Aires, la infancia de Ro- sario transcurrió entre las provincias de La Rioja y de San Juan. La niña vivió en el pueblo
riojano de Atile hasta aproximadamente los 11 años, ya que luego fue enviada por su familia a San Juan para que culminara sus estudios primarios en una escuela particular.
La niñez de Rosario estuvo contenida en el Valle de Malanzán; el contacto con la naturaleza dejó rastros que anclaron profundamente en sus concepciones pedagógicas. Ro- sario fue una eterna enamorada de su tierra natal; en su madurez, siguiendo los pasos de su admirado coterráneo Joaquín V. González, intentó descubrir, por medio del contacto con el entorno social, cultural y natural, la esencia y las raíces de la identidad nacional.
En ese ambiente social y natural, la escuela, como bastión cultural, ocupó un lugar central en su vida. Creció dentro de una escuela, de modo que se transformó para ella en un lugar cotidiano, en donde aprendía y acompañaba la labor de su tía, Jesusa Peñaloza de Ocampo, maestra y directora de la primera escuela del pueblo.
La niña Rosario prosiguió luego sus estudios en San Juan, en una escuela católica, has- ta que su familia se resignó a aceptar la enseñanza laica y pudo ingresar a la Escuela Normal de La Rioja, en ese entonces dirigida por maestras norteamericanas.
A Rosario le tocó vivir de cerca la disyuntiva que dividía a la sociedad de la época: enseñanza laica o enseñanza católica. Rosario decía que ella podría haber sido una de las pri- meras alumnas de la Escuela Normal de La Rioja, que se fundó en 1884: “pero formada en un hogar cristiano, vino el temor a la enseñanza laica, acrecentado por una pastoral del Obispo, que excomulgaba a los padres que enviasen allí a sus hijos” (Vera Peñaloza, 1915: 18).
Respecto de la enseñanza de la religión en las escuelas estatales cabe señalar que, en las escuelas –particularmente en las provincias– era comprendida dentro del programa escolar. Esta situación fue incuestionable hasta la década del ochenta, cuando comienza un fuerte debate entre ciertos sectores liberales y los católicos conservadores. En general, las provincias tuvieron una posición más cercana al conservadurismo en las cuestiones religiosas.
En los años en que se comenzó a instalar el debate acerca de la laicidad, la escuela pública deja de ser una opción válida para la familia de Rosario, y esta decide enviarla a terminar sus estudios en una escuela particular en la cual se impartía instrucción y religión católica.
No obstante, si bien la familia Peñaloza Ocampo era fervientemente católica, poco tiempo después acepta la idea de la laicidad. Es así como Rosario pudo ingresar como alum- na de la Escuela Normal de la Rioja. Allí, en 1888, se graduó de maestra.
Rosario comentaba que: “Estos dos tipos de escuelas subdividieron la sociedad entre los conservadores de tradiciones y costumbres y los que pensaban que el progreso exige transformaciones, división que fue desapareciendo poco a poco hasta que nadie puso reparos para realizar estudios normales u ocupar un sitio en sus aulas” (Vera Peñaloza, 1915: 18).
Pero en los inicios de los años ochenta el tema de la laicidad fue divisoria de aguas para la sociedad argentina: por un lado estaban los católicos conservadores y por el otro los liberales laicistas. Vale aclarar que tal antagonismo, que se observó en relación con la cuestión religiosa, en realidad encubría otros posicionamientos en torno a diversos intereses políticos, sociales y económicos (Cucuzza, 1986).
En los años de la organización y la conformación del Estado moderno, el país no con- taba con maestros capacitados para asumir la tarea civilizadora. En ese momento, el propio
Sarmiento plantea la necesidad de comenzar a formar cuadros docentes. Entre las políticas más inmediatas se trajo de los Estados Unidos mayoritariamente maestras tituladas para di- rigir y fundar escuelas a lo largo del territorio argentino. Las maestras norteamericanas que llegaron a nuestro país representaban un modelo de mujer absolutamente contrapuesto a la mujer argentina de la época: eran liberales, solteras, protestantes, intelectuales e indepen- dientes económicamente. Estas docentes traían una formación pedagógica muy pragmática pero de vanguardia en nuestro contexto. Su labor concitó fuertes debates en la sociedad de la época, que se dirimían entre un vehemente rechazo y una resignada aceptación.
Entre estas maestras norteamericanas, en 1883, llega Sara C. de Eccleston, la forma- dora de kindergarterianas, que va a tener una gran influencia en la carrera de Rosario Vera Peñaloza. En la Escuela Normal de Paraná, Sara Eccleston funda un Kindergarten e inicia la formación de maestras especializadas en la filosofía y didáctica froebeliana.
Los primeros docentes argentinos fueron alumnos de maestras estadounidenses con- tratadas por Sarmiento. En la Escuela Normal de La Rioja estaban las norteamericanas An- nette Haven y Berenice Avery. Al respecto, Rosario Peñaloza admitía que recibió de “maestras norteamericanas los principios que reglamentan la docencia; que no podían ser otros sino la de didáctica general correspondientes a cualquier medio escolar” (Vera Peñaloza, 1940: 19).
Como podrá observarse, en sus primeros años de formación, Rosario fue una testigo privilegiada de los vaivenes de la educación argentina. Sus principios familiares se vieron confrontados con los “progresos educativos” de la época. Estos debates y polémicas que se suscitaban en la sociedad de la época van contribuyendo a que la joven Rosario vaya adop- tando una postura más pragmática.