Unas pocas horas, papel, lápiz e imaginación libre bastarán para convencer al lector de que son muchas las estructuras geométricas posibles para los hábitats del espacio. En el futuro lo más probable es que al diseñar el medio habitacional y el entorno, los pobladores del espacio aprovechen en buena medida los diferentes grados de libertad que representan la ausencia de gravedad, la diurnidad regulable y las favorables condiciones climáticas. La razón de que yo describa unas condiciones mucho más ceñidas al patrón terrestre estriba en que quienes hemos de decidir eventualmente qué prioridades fijar, habremos de hacerlo necesariamente en base a modos de vida conocidos y generalmente válidos para la mayoría de los pueblos de la Tierra. Nuestros descendientes, nacidos ya en un medio ingrávido y hechos al control estacional como algo absolutamente común en sus vidas, se revelarán indudablemente más imaginativos a la hora de hacer uso de esas circunstancias del modo más conveniente. Quienes vayan a poblar las primeras comunidades espaciales carecerán, claro está, de esta ventaja inicial; bastante chocante les resultará ya sin duda el desarrollo acelerado de los acontecimientos y la transición de un medio conocido y sobre todo «habitual» a otro absolutamente insólito; de ahí que acaso les resulte estimulante el saber que el futuro les depara unas condiciones de vida en cierto modo semejantes a las que conocieran en la Tierra.
En esta línea, es interesante considerar algunas de las posibilidades existentes con miras a modelar directamente ciertas porciones de la Tierra particularmente atractivas. Una zona de valles de unos tres kilómetros por treinta puede que parezca más bien modesta; con todo, se revela sorprendentemente grande en comparación con algunos de los lugares preferidos de la humanidad. La mayor parte de la isla de Bermuda, inclusive su encantadora Costa Sur, de resonancias tan británicas, podría ser reproducida con facilidad en aproximadamente la mitad tan sólo de uno de esos valles espaciales. Sin embargo, habrá que esperar a que la densidad demográfica haya descendido apreciablemente y a la disponibilidad abundante de agua procedente de los asteroides para que tal lujo pueda siquiera ser considerado. Conocemos una pequeña pero encantadora porción de la costa californiana, donde se encuentra por ejemplo la población de Carmelo, que goza de la especial predilección de artistas, escritores y visitantes en general. La superficie utilizable en una comunidad espacial de Isla Tres sería más de veinticinco veces mayor. Esperemos que al igual que hicieran nuestros antecesores en el continente, que con añoranza decidieron llamar «Nueva Inglaterra» a su frontera, por lo menos algunos de los colonos del espacio optarán por modelar sus cuidados y pueblos a imitación de las zonas más bellas de la Vieja Tierra.
Hace tan sólo un año me habría sido necesario escribir largo y tendido acerca de la estructura de los hábitats: sus cables de acero y aluminio, sus caparazones metálicos albergue de las fuerzas atmosféricas y de rotación, los solarios que permiten la entrada de la luz del Sol y que retienen la atmósfera, etc. Eso ya no es necesario actualmente: un nutrido número de ingenieros en diferentes organizaciones gubernamentales y privadas han verificado los cálculos pertinentes. Baste decir, pues, que las técnicas de construcción no son básicamente nuevas, sino más bien variaciones de los métodos aplicados en la Tierra para obras civiles y navales. La resistencia asignada al aluminio corresponde a algunas de sus aleaciones, bien conocidas, y los factores de seguridad introducidos concuerdan con los existentes en cualquier manual estándar de ingeniería. En cuanto a los cables de acero, las cifras manejadas son semejantes a las que están a la orden del día en la construcción de puentes colgantes, más elevadas pero ni siquiera de valor doble al común en obras terrestres de hace cincuenta años.
Sin embargo, hay un problema de física básica que merece ser discutido con más detalle, puesto que una de sus eventuales soluciones abre cierto número de posibilidades que acaso deseen explotar los futuros pobladores del espacio. Un cilindro espacial en rotación constituye un giroscopio, y tratándose de una comunidad espacial, un giroscopio de dimensiones ciertamente descomunales. Como aprendimos en la escuela, semejante aparato mantendrá constantemente la orientación de su eje de giro en relación con las distintas estrellas, siempre que su movimiento sea libre. En este principio se basa la brújula giroscópica. En el caso de un hábitat espacial, la acción giroscópica podría presentar problemas: el mero empleo de la luz solar, así como las necesarías disposiciones para obtener luz natural y para el ciclo alternativo día-noche exigen que la luz del sol llegue siempre paralelamente al eje del cilindro. Una forma de satisfacer esta condición, consiste en orientarlo perpendicularmente a la órbita de la comunidad alrededor del Sol y contar con un espejo muy ligero, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, que reflejaría dicha luz a lo largo del eje en cuestión.
Alternativamente, el eje del cilindro puede hallarse en el plano de la órbita. En un año, y dado que la comunidad se mueve con la Tierra alrededor del Sol, el eje debe girar una revolución completa. Con objeto de proveer a ese movimiento de rotación del eje del cilindro, que los físicos cinemáticos
denominan precesión, es necesario aplicar determinadas fuerzas, las cuales no es preciso que sean grandes, ya que el ritmo de precesión será lento: de un solo grado diario aproximadamente. Los cálculos efectuados al respecto muestran, efectivamente, que esas fuerzas serán de sólo una diezmillonésima del peso que tendría el cilindro en la Tierra. Habrá que recurrir a dos fuerzas iguales y opuestas, que pueden ser aplicadas sobre amortiguadores huecos en los extremos del cilindro; el esfuerzo soportado por dichos amortiguadores será pequeño en comparación con el que imponen las cargas de choque de una locomotora diesel o la toma de tierra de un aeroplano, con lo cual no es necesario que los amortiguadores sean especialmente resistentes, de modo que su construcción e instalación no habrá de presentar dificultades. Torres de compresión o tensión absorberán las fuerzas en cada extremo. La apariencia, pues, del conjunto no dejará de parecerse en su trama y sutileza a las acostumbradas antenas de radio de la Tierra.
Pero ¿de dónde podemos sacar la palanca necesaria para mover ese pequeño mundo? Una solución sencilla sería conectar las torres mencionadas a otro cilindro idéntico en masa y tamaño al primero. De esta manera cada uno de ellos podría proporcionar la fuerza que necesita el otro. Un hábitat puede situarse por encima del plano de traslación de la Tierra alrededor del Sol, y el otro justo por debajo del mismo. Podemos convencernos de la idoneidad de semejante solución, considerando que cuando dos cilindros giran en sentido opuesto, el valor global de su acción giroscópica es cero; en consecuencia no habrá oposición alguna a que puedan girar como par, de modo que una vez haya sido establecida esa lenta precesión, la conservarán eternamente sin que deba mediar corrección alguna.
O sea que, para satisfacer las ecuaciones de la mecánica, los pobladores del espacio pueden adoptar una estructura que vincula entre sí dos hábitats cilindricos para conformar una comunidad completa. No se necesitará energía alguna para establecer semejante disposición, ni habrá que contar con el impulso que puedan suministrar unos cohetes para poner en juego las fuerzas anteriormente mencionadas, así que la solución debiera revelarse poco costosa. Por otra parte, la pieza en tensión no necesita tener un diámetro mayor que el de una taza de té.
Si adoptan esta solución, los colonos descubrirán que lleva anejos algunos otros beneficios. El primero se refiere a la fase estacional: el programa establecido para los espejos de los respectivos hábitats gemelos será independiente, de modo que las estaciones que imperen en uno y otro pueden ser tan distintas como se les antoje a sus respectivos pobladores. En uno puede ser enero, en tanto que el otro goza de la calidez de junio. Otra posibilidad consiste en establecer un clima más bien extremo en uno de los hábitats, con máximos y mínimos quizá tan señalados como los de Nueva Inglaterra; veranos cálidos y limpios y nevados inviernos para la práctica del esquí y para gozar de unas «blancas Navidades» dickensianas. El otro hábitat, a sólo ochenta kilómetros de distancia, podría contar con un clima tan exuberante y tropical como el de Hawai. Si puede hacerse que el viaje de uno a otro hábitat resulte fácil y barato, es obvio que sus moradores contarán con nuevas y atractivas opciones con sólo cambiar de estación o de zona climática.
Dada la rotación de ambos cilindros en el espacio, paralelos entre sí y a sólo ochenta kilómetros de distancia uno de otro, sus habitantes podrán aprovecharse de la rotación que determina una gravedad terranormal en los valles del hábitat. En el caso de Isla Tres esa rotación es del orden de unos 600 km por hora. Imaginémonos ahora un sencillo vehículo, menos complicado incluso que un autobús de la Tierra: con numerosos y amplios asientos, pero desprovisto de motor y de tripulación. Cuando sus pasajeros lo aborden, descendiendo escaleras abajo desde sus habitáis como si en realidad fueran en busca del Metro, el vehículo permanecerá acoplado a la superficie externa del hábitat. Una vez cerradas sus puertas, un computador aguardará a que en el ciclo de rotación del cilindro se llegue al momento correcto para proceder a la liberación del vehículo. Moviéndose en el espacio en línea recta, con la velocidad tangencial del hábitat, el vehículo llegará al otro cilindro en menos de ocho minutos. Al ser liberado se le impartirá una ligera rotación que le hará dar media vuelta sobre sí mismo en el transcurso de los pocos minutos de su vuelo. Llegado al punto de destino hallará la superficie del segundo cilindro moviéndose a su misma velocidad, de manera que no tendrá dificultad alguna en atracar por simple acoplamiento en un embarcadero semejante al abandonado en origen. Tras unos pocos minutos en gravedad cero, los pasajeros verán restablecido su peso, podrán dejar sus respectivos asientos y, una vez tomado el «ascensor», ser transportados a un mundo enteramente diferente, quizá tanto como puedan serlo Polinesia y el Maine invernal. Este medio de transporte debiera resultar baratísimo, pues no implica consumo alguno de energía. Comprendo que ello resulta algo intranquilizador, como si se tratara de una pretensión de movimiento perpetuo; el caso es que es verdad: la transferencia de un cilindro a otro por medio de semejante vehículo no requerirá consumo de energía 1. Dada esta favorable circunstancia y la gran eficiencia de un vehículo que puede efectuar varios viajes en una hora, el coste del viaje ha de resultar irrisorio. Es fácil imaginarse a grupos de jóvenes de excursión a uno u otro
cilindro, armados de buen humor y portadores de esquíes, para la nieve o para el agua, según el clima elegido, y todo ello por el precio de un billete normal de autobús.
Muchos de los habitantes de Isla Tres se desplazarán diariamente entre sus hogares en los valles y sus lugares de trabajo en las ciudades o en las industrias ubicadas en las zonas agravitacionales.
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Vuelo magnético. Un imán en rápido movimiento induce polos simétricos en una superficie conductora y crea una fuerza
elevadora.
Gracias a los nuevos grados de libertad acordados por las particulares circunstancias de su nuevo mundo, podrán hacerlo de manera infinitamente más cómoda y relajada que sus homólogos terrestres.
Los valles formarán líneas naturales de comunicación entre las ciudades y los asentamientos suburbanos; ninguna comunidad distará más de dos kilómetros del centro de su valle. Para distancias así huelga decir que las bicicletas y los cochecitos eléctricos de velocidad similar serán más que suficientes. En los centros de los valles, en cambio, será natural contar con sistemas de transporte más rápido; también en este caso se ofrece una nueva opción.
En el curso de los diez últimos años, varios países han empezado a investigar lo que se ha dado en llamar «levitación magnética dinámica», consistente en la fuerza elevadora que se produce en un vehículo cuando éste ha sido equipado de imanes permanentes y «vuela» sobre una guía conductora 2. La tecnología de los superconductores, aplicada prácticamente sólo desde hace unos diez años, hace posible que un vehículo mantenga un intenso campo magnético de manera constante sin gasto de energía. Si un vehículo permanece inmóvil por encima de una pieza de aluminio, caerá sobre ella tan pronto sea desprovisto de sujeción; pero si se le imprime un movimiento hacia adelante, las corrientes inducidas por su campo en su desplazamiento generarán otro campo de signo contrario, de efecto siempre elevador. La levitación magnética dinámica presenta varias ventajas como sustituto de las ruedas y raíles en los sistemas de transporte: es eficiente, ofrece una traslación suave, sin sobresaltos, incluso a elevada velocidad y, sobre todo, no requiere de excesiva precisión en el emplazamiento y nivelación de la «pista». El sistema de levitación magnética, a veces llamado «maglev» o «magneplano» es intrínsecamente capaz de grandes velocidades, de trescientos a quinientos kilómetros por hora. En la Tierra son varios los factores que dificultan el logro de semejantes marcas, pues la fricción aerodinámica y el alto nivel de ruido producido por un tren sajando la atmósfera a nivel del mar y a esta velocidad constituyen obstáculos de importancia ciertamente mayor.
En un hábitat espacial la levitación magnética se nos ofrece con todas sus ventajas, pues el vacío elevado le proporciona las mejores condiciones operativas, y el magneplano puede desplazarse sin fricción y sin ruido a grandes velocidades. Es probable que los residentes en el espacio, una vez llegados a una estación distante como mucho dos kilómetros de sus respectivos hogares, se desplacen en ellos al paso moderado de sus cochecitos eléctricos, los cuales se desplazarán automáticamente a lo largo de las pistas para bicicletas tras el señuelo de un cable conductor subterráneo. Una vez en el interior de la estación del magneplano, los viajeros descenderán a través de la coraza del hábitat para embarcarse en el vehículo eléctrico de punto. Este cerrará sus puertas, un diafragma sellará la entrada, y el magneplano empezará a acelerar a pocos metros por debajo de la superficie del valle, para alcanzar en silencio una velocidad de quinientos kilómetros por hora en menos de un minuto. Poco después iniciará su deceleración para detenerse en la parada urbana o, si ha sido programado para hacerlo en la estación
agravitacional próxima al soporte hueco del casquete, discurrirá gracias a su impulso elevador magnético hasta la cara externa del hemisferio para detenerse finalmente en un punto a partir del cual podrá proseguirse viaje sin el concurso de vehículo alguno, en el vuelo de deriva que permite la ausencia de gravedad. Con ilimitada energía eléctrica a bajo coste suministrada por la estación solar del hábitat y mediante control por ordenador de sus movimientos, es probable que esos eficaces vehículos puedan operar con intervalos de sólo unos pocos minutos, de modo que quienes deban desplazarse a las industrias o al hogar, de regreso de éstas, no tendrán que preocuparse de horario alguno al serles posible el traslado en cualquier momento.
En un capítulo anterior se ha sugerido un método para el transporte desde una comunidad cualquiera del personal empleado en un complejo industrial, que podría estar situado a ciento cincuenta kilómetros de aquélla. Las razones de semejante alejamiento podrían deberse a la conveniencia de aislar el hábitat del calor de desecho irradiado por una unidad con elevado consumo de energía, cuando no, sencillamente, a la disponibilidad de personal que libremente ha decidido asentarse en lugares diversos, de climatología distinta y, por consiguiente, puede que muy alejados entre sí.
Algo semejante podría aplicarse al transporte a larga distancia. Una esfera muy parecida a la mencionada de circunvalación para líneas de cercanías, aunque quizá de menor cabida, podría proporcionar condiciones óptimas de lujo y comodidad. Mientras es acelerada, la esfera puede recibir cierto impulso de rotación que le imponga una mínima gravitación a fin de simplificar algunas funciones prácticas, tales como el comer y la visita a los lavabos. Me hace gracia el comentario de Arthur Clarke acerca de la alternativa: aceleración y deceleración rápidas con gravedad cero entre las dos: «La mitad del tiempo el lavabo está fuera de alcance; la otra mitad, fuera de uso 3.»
Como hemos visto en la Tierra, las velocidades propias de los reactores comerciales son del todo adecuadas para los viajes intercontinentales pero, lamentablemente, las condiciones en que semejantes viajes tienen lugar son más bien incómodas: los factores aerodinámicos y la necesidad de contar con una tripulación a bordo —que atienda a las variaciones del tiempo, a los fallos mecánicos y a la compleja operación de la toma de tierra— imponen la necesidad de diseñar aeronaves demasiado grandes para resultar acogedoras y demasiado atestadas para ofrecer verdadero descanso.
Para un vuelo como el de Nueva York a Los Angeles, pero en una «esfera portadora» eléctricamente acelerada que comunique las diferentes colonias espaciales, llegar a la velocidad de crucero llevará sólo un minutos aproximadamente. El resto del vuelo no supondrá gasto alguno, salvo, claro está, el de amortización del coste inicial del vehículo y su mantenimiento, además del que contempla el capítulo de la alimentación y servicio de cabina. Una gran diferencia entre el vuelo atmosférico y el que tiene lugar en el vacío consiste en que en el espacio no debemos preocuparnos por la velocidad del sonido. Se podrá viajar a velocidades superiores a las del Concorde, sin que ello suponga contaminación alguna de la atmósfera ni estampidos por causa de la barrera del sonido. Aun teniendo en cuenta los costes implícitos en la construcción del vehículo en cuestión, así como determinados factores de carga, utilización y programas de amortización similares a los calculados para los reactores comerciales de la Tierra, resulta que el vuelo en semejante esfera podría salir a la quinta parte, por pasajero-kilómetro, de lo que cuesta actualmente un viaje en un reactor moderno como el Lockheed L-1011, por ejemplo. Parece raro que la esfera portadora pueda ser un vehículo comparativamente mucho más sencillo, pero los hechos cantan: carece de motores, de complejos instrumentos electrónicos y de elaboradas estructuras que tengan que vérselas con esfuerzos impuestos por la atmósfera. Y, además, no habrá consumo alguno de carburantes, cada vez más escasos.
Es interesante considerar qué significará tal eficiencia para los desplazamientos a corta distancia. En una esfera de circunvalación, por ejemplo, por menos de lo que cuesta tomar un taxi en la Tierra, un hombre podría llevar a su esposa a cenar a otra comunidad; unos pocos minutos en el cochecito eléctrico, cinco minutos en el magneplano, media hora de vuelo en una esfera portadora, y la pareja se encontraría en otro hábitat, elegido entre docenas existentes en un radio reducido del propio. Ello podría