A medida que en el curso de varios años va adquiriendo forma ese primer nuevo mundo en el espacio, y se acerca el día de su «sellado» definitivo, la efemérides será sin duda planeada y debidamente celebrada. El oxígeno durante largo tiempo almacenado en forma líquida recibirá al fin entrada en la esfera y la presión en las zonas habitacionales y agrícolas, irá creciendo paulatinamente hasta alcanzar su valor final. Muchos de los obreros de la construcción trasladarán acaso su actividad a los nuevos pueblos, donde gozarán de un espacioso entorno donde ir completando apartamentos y demás edificaciones.
Un pequeño motor eléctrico del tamaño del que mueve un automóvil aplicará su energía a imprimir rotación al hábitat hasta que, por último, transcurridos algunos meses, la gravedad en el ecuador será terranormal. Para entonces, el suave verde de las plantas en crecimiento habrá convertido el valle en algo muy parecido a cualquier porción de tierra de cultivo en la primavera de nuestro propio planeta.
Con el reverdecimiento de Isla Uno y la recolección de sus primeras cosechas llegarán los primeros residentes duraderos y se presentará a los obreros allí detacados el momento de la gran decisión: regresar a la Tierra o quedarse para contribuir al crecimiento de las nuevas comunidades en el primer mundo humano permanente más allá de la Tierra. Muchos optarán por regresar a nuestro planeta para gastar y disfrutar de sus ahorros; otros puede que piensen que nada de lo que tenemos aquí les ofrece perspectivas tan estimulantes y originales como las que encierra la empresa de construir en L5. Si la naturaleza y la historia de los hombres pueden servir de guía, lo probable es que muchos vuelvan de visita a la Tierra, para partir nuevamente hacia la aventura.
Isla Uno, aunque de tamaño modesto, puede ser un lugar atractivo donde vivir y trabajar; la verdad es que serán pocas las comunidades que acumularán pobladores de tanto y tan variado talento y firme resolución. Pero, sean cuales sean los atractivos de Isla Uno, si ésta ha de ocupar definitivamente su sitio como parte del vasto mundo de los hombres, habrá de producir más y mejor que cualquier otro emplazamiento los productos urgentemente necesarios al resto de la familia humana.
Isla Uno contará con una notable ventaja económica en relación con una clase concreta de productos : aquellos cuya aplicación última se encuentran en el espacio libre o en una órbita alta en torno a nuestro planeta. Si pretendemos fabricarlos en éste y proceder seguidamente a su lanzamiento con destino extraterrestre, el coste implícito en términos de energía es verdaderamente enorme. Aquí en la Tierra adolecemos de «handicap gravitatorio», situados como estamos a los pies de una montaña gravitacional de casi 6.500 km de altura.
Para todos aquellos productos cuyo uso último ha de tener lugar en el espacio libre, es obvio que su producción en L5 nos ahorraría, por lo menos, los costes de su elevación al mismo; en suma, muchos dólares por kilo. Un obrero de L5 que rinda al nivel propio de sus colegas en la industria pesada (más de veinte toneladas por año), generará un valor de varios millones de dólares anuales, aparte el valor intrínseco de los bienes producidos, sólo por el hecho de eliminar los costes de transporte desde la Tierra. La estimación a lo «banquero suizo» es la más prudente que al efecto se nos puede ocurrir: valórense los bienes producidos, considerando para una industria competidora que debiera elevar sus productos desde la Tierra los costes más bajos posible de la operación; abstengámonos de suponer que pueda darse mayor productividad en el espacio, pese a que sabemos que las condiciones de ingravidez y la automatización han de favorecer por fuerza un mayor rendimiento; habiendo procedido así, y considerando que sólo la mitad de la población de Isla Uno se ocupa en trabajos fabriles, los productos de esta colonia espacial resultan aún de enorme valor: muchos miles de millones de dólares anuales, lo suficiente corno para amortizar la inversión en unos pocos años.
A la larga es posible que muchas materias primas o productos acabados puedan ser devueltos útil y económicamente a la superficie de la Tierra. Sin embargo, no me parece algo muy factible —por lo menos durante algún tiempo—, porque si las industrias emplazadas en L5 empiezan a fabricar bienes de aplicación en la Tierra, habrán renunciado a esa ventaja única de que gozan: el hallarse en la cumbre de esa montaña gravitatoria de 6.500 km, en cuya falda nos encontramos los demás. Por igual razón no veo el interés de producir bienes de gran valor y escaso peso en L5 en industrias beneficiadas por la ausencia de gravedad. En este caso me parece más sensato llevar las materias primas desde la Tierra a una órbita baja mediante el transbordador, devolviéndolas al planeta como productos acabados y por la misma vía, una vez haya tenido lugar su transformación a gravedad cero. Disponemos ya de varias estimaciones sobre el mercado total de productos de esta clase: vacunas, cristales puros y otras especialidades, y han llegado a la conclusión de que en el plazo de veinticinco años a partir de hoy será tan escasa la demanda
de semejantes exotismos que apenas si hará necesario el establecimiento de unos pocos vuelos del transbordador al año para satisfacerla plenamente.
Antes de considerar las principales industrias de L5, podemos preguntarnos si alguno de los beneficios que reporte la propia construcción de Isla Uno se hará evidente en el curso de la misma. Pueden ser, ciertamente, muchos, y en mi opinión mayoritariamente de carácter científico. Una vez hayan quedado establecidas la base lunar y la estación de construcción en L5, con todos los medios necesarios para el sostenimiento de su personal, para el transporte y las comunicaciones, se revelarán asimismo ideales para numerosos trabajos ajenos a la construcción de Isla Uno. La investigación científica, por ejemplo, puede llevarse a cabo a coste muchísimo más bajo que con el recurso forzado de esas delicadísimas y exquisitamente complejas piezas de «joyería orbital» que ahora nos vemos obligados a mandar al espacio para que las funciones puedan desarrollarse de manera automática. Me imagino que entre las ocho o diez personas al servicio de la minería y transporte del destacamento lunar habrá varios geólogos y científicos varios. Estos especialistas podrían dedicar la mitad de su tiempo a tareas prácticas, como muestreo de la superficie lunar, valoración e identificación de minerales y planificación de nuevas prospecciones; el resto de sus horas puede invertirse en trabajos teóricos e investigación pura. Al igual que ocurre en la Tierra, entre ambas actividades sólo habría una diferencia de matiz, y además se potenciarían mutuamente, pues los conocimientos ganados en una área pueden revelarse eminentemente útiles en la otra. En L5 y para cuando el personal destacado haya adquirido un censo de varios millares, incluso antes de que sea construida Isla Uno, no es difícil que se encuentren de cincuenta a cien científicos principal o enteramente dedicados a la investigación pura. Puede que los haya interesados en la recogida y puesta al día de información proveniente de enormes telescopios espaciales, sitos a suficiente distancia de la estación como para no verse afectados por el ajetreado tránsito a que dará lugar, pero lo bastante cerca para ser accesibles en pocos minutos.
Sería sorprendente que del aluminio y demás metales producidos en la estación no se dedicara un pequeño porcentaje a fines estrictamente científicos, el primero de los cuales bien pudiera ser la construcción de grandes telescopios ópticos o radiofónicos. No creo que tales proyectos científicos, aunque se beneficiarían considerablemente de ser incluidos de alguna manera en el programa general de construcción, gocen jamás de un presupuesto suficiente como para poder contribuir a mitigar los dispendios de la operación global; pero sus objetivos científicos podrían conseguirse a coste mucho más reducido precisamente por la propia existencia de la estación constructora de Isla Uno.
Para los científicos, Isla Uno constituiría una auténtica bonanza. Los programas de investigación espacial, incluso aquellos en los que intervienen satélites no tripulados, cuestan varias decenas o centenares de millones de dólares. Por contra, el coste de enviar un científico a L5 podría ser de tan sólo unos pocos centenares de miles. En este sentido calculamos el «precio del billete», considerando como transporte de pasajeros el transbordador espacial existente, atendiendo a la cifras publicadas por la NASA sobre el coste de sus vuelos y suponiendo que la transferencia desde una órbita baja hasta L5, se efectúe por medio de un remolcador a cohetes convencional cuyo más importante combustible es oxígeno líquido obtenido en L5 como subproducto del procesado de las tierras lunares.
Con los años, cuando se hayan desarrollado vehículos más eficientes, cabe esperar que el pasaje de la Tierra a L5 se abarate notablemente, llegando a valer tan sólo unos pocos miles de dólares.
Los estudios más recientes concuerdan en que en los primeros días de la formación de la capacidad productiva en L5 resultará más económico importar alimentos de la Tierra que la implantación de una agricultura. Con todo, para cuando la fuerza laboral ascienda a varios millares de personas, su sustento desde la Tierra empezará a forzar la capacidad del HLV derivado del transbordador, dada la frecuencia de vuelo ajustada al «modelo de tráfico» contemplado. De ahí que se haya calculado el balance entre mantenimiento terrestre y recursos agrícolas propios, los cuales han sido objeto de detallados estudios. Parece, pues, seguro que para cuando exista Isla Uno los habitantes del espacio obtendrán por sí mismos la mayor parte de sus alimentos. Argumentos muy similares son los que se esgrimen cuando los planificadores fijan los turnos de trabajo de los primeros obreros ds la construcción espacial. Se estima que empezaremos por residencias de unos meses hasta un año, que gradualmente serán ampliadas a dos o tres y, en este caso, en compañía de los familiares. Está claro que el cómputo de permanencias, el lujo o comodidad de la estación y los salarios abonados deberán establecerse con gran cuidado tras mucho más estudio.
Los problemas con que nos enfrentamos ahora en la Tierra, debido al rápido agotamiento de los combustibles convencionales, han sido descritos ya en los primeros capítulos. Existen fuentes naturales de energía que ahora no explotamos plenamente y que podrían beneficiarnos en el sentido de ampliar las reservas que aún nos restan. Se trata de la energía geotérmica, hidroeléctrica, cólica, de las mareas y de
la solar. Todas esas «exóticas» fuentes de energía presentan, no obstante, serias limitaciones. Bien no cabe depender plenamente de ellas, bien el coste en capital de su utilización es demasiado elevado, o (como ocurre particularmente con la energía hidroeléctrica) su ulterior explotación sólo puede llevarse a cabo a un grave coste desde el punto de vista ambientalista y ecológico.
Dos fuentes de energía para el futuro son actualmente objeto de intensivo estudio: la fisión nuclear, particularmente en forma de reactores rápidos líquido-metálicos, y la fusión de hidrógeno, bien por contención magnética de un plasma, bien por implosión de pequeños comprimidos de deuteriotritio mediante rayos láser. Sería temerario intentar siquiera adivinar las probabilidades de que uno u otro de estos métodos se revelan económicamente viables. Los reactores rápidos ejercerían ciertamente impacto en el medio ambiente y afectarían a la vez las tensiones políticas existentes en el mundo de una manera que sólo nos cabe vislumbrar. Mejor que tratar de acertar cuan aceptables, cuan útiles o cuan económicos pueden ser uno de esos métodos o ambos, me limitaré a decir que se trata de nuevas vías abiertas por una tecnología muy elevada y compleja a la sazón en curso de intensiva investigación. Por el momento, al menos 700 millones de dólares federales son invertidos anualmente en trabajos de investigación nuclear sólo en nuestro país 1. De esta cantidad la mayor parte se dedica a la fisión; menos a la fusión. Una de las dificultades entrañadas por el reactor rápido estriba en que el «tiempo de duplicación» necesario para convertir elementos no fisionables en combustible nuclear útil se estima de por lo menos diez o doce años, en tanto que la necesidad mundial de nuevas fuentes de energía se duplica en un plazo mucho más breve. En lo que se refiere a la fusión nuclear, la mayoría de científicos responsables que trabajan en ese campo vacilan a la hora de proclamar su viabilidad económica, incluso si se logra que funcione, antes de treinta y cinco años. No me parece muy probable (y expreso ahora mi punto de vista estrictamente personal) que ninguna de las dos opciones consiga reducir de manera importante el coste de la energía eléctrica; los defensores de ambos planes suelen aducir, a lo más, que un día se encontrarán a la par —económicamente— con los combustibles fósiles actualmente en uso 2.
Acaso de manera sorprendente, parece ser que Isla Uno puede hallarse en una particular situación, muy favorable, para proporcionarnos a los terrestres una energía alternativa que puede ser más sencilla, más barata y más aceptable desde el punto ambientalista que cualquiera de las otras dos. La instalación productora espacial lo podría conseguir mediante la construcción de Estaciones Satélites de Energía Solar (Satellite Solar Power Stations: SSPS). Se trata de un concepto originado en la década de los sesenta, cuyo más activo paladín ha sido el doctor Peter Glaser, de la Arthur D. Little Company, Cambridge, Massachusetts 3. El plan consiste en situar en órbita geosincrónica, por encima de un punto fijo de la Tierra, una gran estación de energía solar; dicha energía podría ser convertida en microondas, que serían dirigidas seguidamente en denso haz a una antena fija en la superficie del planeta.
A primera vista, el plan parece poco práctico. Sin necesidad de proceder a cálculos complicados, la mayoría de ingenieros estimarían que la ineficiencia inherente a los procesos de conversión, transmisión y reconversión sería tan elevada que semejante estación no podría ser jamás económicamente viable. Curiosamente, el problema de la transmisión parece perfectamente soluble. La investigación en el terreno de la transmisión de microondas de elevada energía ha demostrado experimentalmente que la transferencia puede efectuarse con una eficacia global rayana en el 55 por ciento 4, 5. La cifra necesaria para garantizar la viabilidad no es mucho mayor, de modo que con algo más de progreso —al cual estamos ineludiblemente abocados—, la meta es del todo alcanzable. Los problemas ecológicos de la transmisión de energía por microondas deberán ser cuidadosamente estudiados, aunque se nos antojan mucho más leves que los relativos a la generación de desechos radiactivos en las plantas nucleares, sean de fusión o de fisión. El haz de microondas llegaría a la Tierra con una anchura de aproximadamente siete kilómetros. Su intensidad sería modesta, menos de la mitad de la luz del sol, y a diferencia de ésta, sería constante, día, noche, con cielo claro o lluvioso; vendría, además, en una forma lista para su conversión en corriente continua con una pérdida de sólo un 10 por ciento. La zona de antenas de la Tierra estaría debidamente delimitada y vallada, de modo que por fuera de ella la intensidad de la corriente de microondas apenas sería mayor que la que desprende uno de esos hornos modernos que la utilizan, con la puerta cerrada. Uno o dos kilómetros más lejos apenas sería perceptible. Aunque dicho haz distaría de ser un «rayo de la muerte», procede efectuar estudios que nos aseguren de la inocuidad del mismo a largo plazo para las aves que aniden en la antena o en las proximidades de la misma, y también de que no va a afectar las comunicaciones radiofónicas de los aviones que involuntariamente atraviesen el espacio aéreo afectado.
La energía solar procedente de satélites presentaría notables ventajas con respecto a sus posibles competidores, aparte de la fundamental, ya mencionada, de no generar desechos radiactivos. Dado que la conversión de la energía de las microondas en corriente continua no representa problema alguno y puede llevarse a cabo con gran eficiencia, sólo una mínima cantidad de la energía total resultaría liberada
como calor en la biosfera. Por contra, las estaciones de energía que utilizan combustible fósil o nuclear liberan hasta una vez y media más de la energía útil producida.
El mercado abierto a las nuevas estaciones de energía para cuando Isla Uno pueda revelarse productiva, ha sido estimado por varios especialistas. Considerando únicamente Estados Unidos, y suponiendo que rijan aún criterios conservacionistas, se necesitarán 65.000 megavatios anuales, en términos de nueva capacidad generadora, para el año 1990, y mucho más aún cada año del decenio siguiente. A título de comparación, pensemos que la red energética más grande que nos cabe ver recorriendo las carreteras del país es del orden de unos 1.000 megavatios. El coste de nuevas instalaciones activadas por carbón asciende aproximadamente a medio millón de dólares por megavatio; y las plantas nucleares son mucho más caras. En consecuencia, el mercado potencial para nuevas instalaciones generadoras, sólo en Estados Unidos y considerando precios propios de las activadas por carbón, será de unos 33 mil millones de dólares para 1990. Una estación satélite de energía solar no requiere combustible, de manera que su valor en el mercado puede ser similar al de una estación hidroeléctrica de tamaño semejante. Una de las más grandes y modernas de esta clase en el mundo occidental es la Quebec Hydro en Churchill Falls, Canadá. Su precio por kilovatio es de aproximadamente tres veces el de una termoeléctrica de carbón, pero dado que no require combustible puede suministrar electricidad a precio muy bajo. Sobre esta base, el mercado para nuevas estaciones satélites de energía solar en Estados Unidos hacia finales de siglo se estima fácilmente en más de 100 mil millones de dólares anuales. Tratándose de una fuente de energía que requiere de una considerable inversión para su puesta en marcha, el potencial de crecimiento a largo plazo resulta muy importante. La idea de las SSPS (Satellite Solar Power Stations: Estaciones Satélites de Energía Eléc-trica), resulta bien calificada también bajo ese concepto. En el caso extremo (ciertamente no realizable en la práctica) de que la energía SSPS fuera la única disponible en Estados Unidos para el año 2000, la superficie necesaria para la instalación de las antenas ascendería a tan sólo un 0,2 por ciento del área continental del país; es decir, aproximadamente un quinto de la ya dedicada a las carreteras. A diferencia de éstas, no obstante, las antenas SSPS podrían ser colocadas en zonas remotas, donde no constituyeran desdoro alguno visual. Serían casi totalmente transparentes a la luz solar y bloquearían las microondas dirigidas contra el terreno a sus pies, de modo que éste podría ser utilizado para el pastoreo.
Por contra, si fueran usadas baterías solares en la superficie de la Tierra a fin de suministrar toda la energía que necesitamos, tendríamos que cubrir con ellas una superficie cuarenta veces mayor con pantallas opacas, es decir, el 8 por ciento de la superficie continental de Estados Unidos. La razón estriba en que la eficiencia de conversión eléctrica de las células solares es de aproximadamente el 16 % (en lugar del 80 %) y que el promedio anual de intensidad solar en Estados Unidos es de sólo una octava parte del existente en el espacio.