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LA OBRA MISIONERA COMO FUERZA CREADORA DE HISTORIA

No debe ser motivo de sorpresa el que este virus aterrador, el Cristianismo, haya evocado ciertas reacciones cuando ha sido inyectado bajo la piel e incluso en el corazón de una cultura pagana. No es tan sólo una novedad, sino un enigma; al mismo tiempo consumidor e insaciable. Ya no es más un caso de sueños agrada- bles por parte de los filósofos. Es asunto de sí o no. No significa el riesgo de la muerte eterna. Y sí significa una transformación certera de la carne y el alma que es espeluznante para ambas.

se halla atado a la naturaleza. Vive por su ciclo y en general por aquello que con- cierne a la naturaleza, a sus dictados, y a partir de la experiencia de un ordena- miento social dado por la naturaleza. La sociedad tribal – o la familia, la casta, el estado – determina su vida. Y éstas, una vez más, se dirigen hacia el sol y la lluvia, a la posición de las estrellas, a la vida y la muerte, a las estaciones y hacia las leyes que gobiernan la fertilidad de la tierra. El hombre, como comunidad lo mismo que como individuo, sabe que se halla cautivo en esta gran asociación. Tiene su pequeño pero importante lugar en ella. Impulsado por las fuerzas que honra como dioses, también puede influenciarlas en alguna medida por medio de sacrificios y accio- nes mágicas. Pero su esfera de influencia es sumamente limitada. Hay muy poco espacio para la acción en el círculo de la fortuna. Aquel que conozca su limitación y viva por las leyes del ‘Todo’ divino ten- drá una vida determinada y armoniosa. Las grandes culturas naturalistas y aún más las primitivas culturas tribales, nos dan justamente la impresión de una gran armonía, en un grado infinitamente mayor que aquellas que ahora conoce- mos.36

Grecia y Roma, espiritualmente diri-

gidas por Grecia, son diferentes. Esto es cierto, al menos en la superficie. Ambas culturas están imbuidas mucho más pro- fundamente en el antiguo naturalismo de lo que se suponía, por ejemplo, para el Renacimiento y el Clasicismo. Pero todas las culturas se caracterizan y guían por un delgado estrato superior. Este estrato se ha liberado, desde cerca del 1000 a.C., del poder de la naturaleza. El hombre mismo se convirtió en la medida de las cosas. La acción – se debe incluir el proceso de pen- samiento – gana grandes victorias a expensas de la fortuna. Este enorme cam- bio en el origen dentro de la historia del proceso de llegar a ser por parte del hom- bre ya no puede deshacerse, y su influen- cia puede sentirse hasta nuestros días. Nuestro mundo moderno es inconcebible sin Grecia. Uno incluso podría pregun- tarse si se puede pensar en la influencia de la proclamación de Cristo en el mundo sin el trasfondo de la emancipación greco- rromana. Y no obstante esta emancipa- ción no condujo a un cambio en el fundamento de la estructura de vida. Estas culturas nunca se apartaron de la existencia bajo las fuerzas naturales.

Pues el Logos griego busca su funda- mento y justificación (que son su grandeza y profundidad) en las fuer- zas que sostienen el mundo mítico en su orden eterno, y que también rodean con fuerzas superiores el poderoso espíritu humano en sí.37 Sin embargo, ha habido conflictos, de

36.En relación con esto y con la tota- lidad de este capítulo, ver mi libro,

Christus en de Machten, Nijkerk,

1953 (En inglés: Christ and the

Powers, Scottdale, 1962), donde se

desarrollan estos temas a través de la exégesis del concepto de los ‘poderes’ en Pablo. También existe la versión en español titulada

Cristo y los Poderes, Editorial TELL,

Grand Rapids, Mi., 49506, 1985.

37.F. Gogarten, Verhängnis und Hoff-

nung der Neuzeit: Die Säkulari- sierung als theologisches Problem,

los cuales, el ejemplo mejor conocido es el conflicto alrededor de Sócrates. Pero incluso los pensadores más emancipados se acomodaron a sí mismos una y otra vez, si no al pensamiento de la gente, al menos a la estructura de vida sobre la cual se basaba. No podían hacer otra cosa, puesto que la emancipación del hombre con respecto a la naturaleza no presenta en sí misma ninguna posibilidad alterna- tiva sobre la cual se pueda edificar la vida. Esto depende del poder sobre el cual se oriente el hombre finito, y sobre el cual descansa para poder liberarse de las fuer- zas de la naturaleza. Las culturas de Gre- cia y Roma no encontraron tal punto de referencia nuevo, común y sobrehumano. Al final, la vida se determinaba otra vez por las leyes de la polis griega o por el estado romano. Es verdad que éstas, en una medida mayor que en las culturas más antiguas, fueron consideradas como un objeto de la actividad del hombre, pero fueron aún experimentadas fundamental- mente como fuerzas de la naturaleza. De cualquier forma, la Ilustración griega no penetró esto, aunque el naturalismo no representó un obstáculo para la Ilustra- ción.

Sin embargo, debemos tener cuidado; no vaya a ser que juzguemos esta forma de vida naturalista tan sólo de una manera negativa. Dondequiera que el Dios, quien está por encima de todas las fuerzas y quien controla todas las fuerzas, no sea conocido, la predeterminación del hombre en los eventos de la naturaleza es la garantía de que la vida no va a terminar en un caos. La emancipación de la natura- leza por parte del hombre es algo fatal si es un fin en sí misma. Eventualmente arrastrará al hombre hacia un vacío, una

vida desintegrada. En la Biblia, el paga- nismo naturalista se aprecia positiva- mente en más de un sitio. Esto es más obvio en Gálatas 4:1-3 donde el hombre es incluido entre los ‘poderes’ como un menor que debe permanecer bajo custo- dios y supervisión en tanto que Cristo no lo levante a la vida adulta. Más débil, pero igual de positivo, es Rom. 3:25 que des- cribe la era pre-cristiana como ‘en su paciencia’, y Hechos 17:26s., que declara que Dios ‘ha prefijado’, para todas las naciones, ‘el orden de los tiempos y los límites de su habitación; para que bus- quen a Dios, si en alguna manera, pal- pando, puedan hallarle’.

La Obra Misionera Conduce a la