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La pista segura

In document Verbitsky, Horacio Ezeiza (página 60-63)

Cuando se reincorporó, Favio miró alrededor. Calculó que estaba frente a tres millones de personas tan desorientadas como él y por primera vez en ese día no supo qué decirles. Las imágenes de los linchamientos que había visto en el palco lo deprimían. Buscó a alguien que le indicara qué debía hacer porque se sentía anonadado. No encontró a ninguno de los responsa- bles de la organización.

Dejó el palco y se dirigió hacia el Hotel Internacional. Tampoco allí estaban los organizadores. Agotado, entró en su habitación y se acostó. Golpearon a su puerta cuando aún no se había serenado.

– Están torturando a los detenidos, le dijo alguien. – ¿Qué detenidos?

– Los muchachos que llevaron al palco. Los están golpeando. Los van a matar 63.

Corrió 15 metros por el pasillo, hacia la izquierda de los ascensores. Frente a una habitación había varias personas que trataron de cerrarle el paso.

– Mira loco, yo soy Leonardo Favio. Abajo está todo el periodismo del mundo. A mí ustedes

no me paran.

Lo dejaron pasar. Golpeó la puerta. – Abran, gritaba.

– Favio, quédate tranquilo, entra solo, le contestaron desde adentro.

Cuando la puerta se entornó Favio la empujó con el hombro y quedó dentro de la habitación. En las paredes había sangre. Seis hombres jóvenes estaban parados contra la pared, con las manos en la nuca, y otros dos tendidos en la cama, boca abajo. Mientras un custodio les apuntaba con un arma, otros les pegaban con manoplas, culatas de pistolas, trozos de mangueras y caños de hierro. Favio creyó que uno estaba agonizando. Imperativo, exigió que parara el castigo.

– Ustedes la cortan aquí y yo me olvido de todo.

– ¿Cómo haces?

– Digo que los golpeó la multitud enardecida. Pero no los maten.

Consiguió convencerlos. Estaba mareado y tenía náuseas, pero atinó a pedir los nombres de los ocho. Así les salvó la vida.

– ¿ Vos cómo te llamas? – Víctor Daniel Mendoza.

Quiso anotar Víctor Daniel Mendoza en un papelito, pero no podía escribir. Alguien lo hizo por él. Cada uno dio su nombre: Luis Ernesto Pellizzón, José Britos, Juan Carlos Duarte, Alberto Formigo, Dardo José González, Juan José Pedrazza, José Almada64.

– A estos hijos de puta hay que reventarlos, amenazó uno de los torturadores. No se la van a

llevar de arriba.

Estaba descontrolado. Las rodillas de Favio se quebraban. Volvía la angustia. – O los atienden ya mismo o yo me mato, alcanzó a decir, ahora lloroso. – ¿ Vos te matas? preguntó azorado un hombre con una cadena en la mano.

– Esto no me lo olvido más. Quiero mirar de frente a mis hijos y si esto no se acaba ya mismo

no voy a poder.

Tal vez por el desconcierto, los apaciguó. Dejó plata para que les sirvieran café y cognac a los presos y salió de la habitación para buscar un médico. No había ninguno pero pudo tomar un cognac y escribir varias copias de la lista de nombres. Las fue repartiendo en la Planta Baja del hotel, una a cada rostro que le inspiró confianza.

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. Leonardo Favio, declaración indagatoria ante la Policía Federal. 64

Los cadenazos recomenzaron en cuanto Favio cerró la puerta. Mientras lo golpeaban en la cabeza y la espalda sus captores exigían que Formigo firmara que era comunista y que había sido sorprendido portando una ametralladora, datos visiblemente contradictorios. De González pretendían que se declarara miembro del ERP. A Pedrazza le decían: "Tosco te mandó a vos". Con Mendoza fueron menos sutiles. Lo acusaron a golpes de manopla de militar en el ERP y en el Partido Comunista.

– Ahora los llevamos al bosque y los regamos de plomo, le anunciaron a Almada.

La plata del cognac y el café corrió la misma suerte que la pistola Tala 22, los 100 pesos y el pañuelo que le quitaron a Pedrazza; el reloj y los anteojos de Pellizzón; los 4.800 pesos y el encendedor de Almada; los 175.000 pesos que llevaba encima Britos y los documentos de todos. – Si les preguntan, ustedes dicen que el café estaba calentito y que gracias por el cognac, los instruyeron.

Favio buscó el auxilio de algún policía en el hotel, pero en el territorio de Osinde no encontró un solo uniformado. Al volver a la habitación sospechó que el reparto de golpes había continuado. Exigió que los presos pudieran sentarse y bajar los brazos, aguardó la llegada de una médica y recién entonces se fue a la Casa de Gobierno, donde lo esperaban Cámpora (h) y el ministro Righi, con quienes había hablado por teléfono.

Llegó a Buenos Aires cerca de las once de la noche y les narró lo que había visto.

A la una y media de la madrugada del 21 de junio, el invierno comenzó en la delegación Ezeiza de la Policía Federal con una llamada telefónica fuera de lo común, al 620-0119.

– Aquí el coronel Farías, del ministerio del Interior. Comuníqueme con el oficial a cargo 65.

El comisario Domingo Tesone acudió al teléfono:

– Le hablo por indicación del ministro del Interior. Escúcheme bien...

– Perdón coronel, pero antes debo verificar la autenticidad del llamado. ¿Dónde está usted? – Le habla el coronel Farías, número 38- 9027. Tengo órdenes urgentes del señor ministro.

Colgaron. Tesone disco. – Ahora sí señor, lo escucho.

– Debe constituirse de inmediato en el Hotel Internacional de Ezeiza. Con todas las

garantías del caso trasladar a los detenidos a la Jefatura de la Policía Federal. ¿Comprendido?

– Afirmativo señor.

Tesone indagó primero al encargado del hotel, Jesús Parrado.

– Las habitaciones del primer piso fueron reservadas por el Movimiento Nacional

Justicialista, a nombre del teniente coronel Osinde, informó Parrado.

En la habitación 115 había ocho personas, cuatro sobre una cama de dos plazas, dos sentadas en el suelo contra un placard y dos al pie de una ventana, inmóviles y doloridas. Le dijeron que no habían sido golpeados allí sino en las habitaciones contiguas.

Tesone las revisó. La 116 y la 117 estaban revueltas pero limpias. Las paredes y las camas de la 118 seguían salpicadas de sangre. Los médicos Jorge Mafoni, Alicia Cacopardo y Alicia Bali, de las ambulancias 3, 63 y 70 del Centro de Información para Emergencias y Catástrofes de la Municipalidad de Buenos Aires, les hicieron una primera curación. Los que estaban en mejores condiciones fueron trasladados a la sub jefatura de la Policía Federal, los demás a los hospitales Fernández y Ramos Mejía, donde contestaron las preguntas de los instructores policiales.

Cuando López Rega tuvo en sus manos el preciso informe policial exigió una respuesta de Osinde.

– Hay que contestar esto, trinó su voz aguda. Osinde redactó un primer descargo. No fue

personal a mis órdenes el que llevó a los provocadores al hotel, y cuando me enteré solicité que los identificaran y los evacuaran a un hospital, mintió.

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Ciro Ahumada adornó la fábula de su jefe. Se quejó por la "inconsciencia estúpida" de quienes trasladaron a los presos al hotel. "Podrían haberlo hecho en cualquier otro lugar, pero eligieron justamente ese, y con la mala fe de aprovechar las circunstancias de que no se encontrase ninguna persona que pudiese evitarlo puesto que cada uno estaba en sus puestos de responsabilidad". Ni se molestó en explicar como tuvieron acceso al sector reservado del hotel si no formaban parte de la comisión organizadora66.

"¿Quienes fueron?", concluyó. "No será difícil localizarlos. Se tiene la pista segura". Ni el coronel Osinde ni el capitán Ahumada la siguieron, porque sabían adonde llevaba.

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In document Verbitsky, Horacio Ezeiza (página 60-63)