• No se han encontrado resultados

La presencia del ministro de la eucaristía

In document La alegría de ser ministro (página 40-47)

Ahora trataremos muy descuidado de lo que descuidado de lo que implica ser ministro de la eucaristia. El misterio central de laeucaristía y de lo que nosotros, como ministros de la eucaristía, hacemos, es el mi sterio de la p re se ncia re al de Cristo re su ci tado. Pero ahora nos

referiremos a la presencia real de Cristo en el m i n i s t ro d e l a

e u c a r i s t í a y e n a q u e l l o s a l o s q u e distribuimos la comunión. Aquí se encuentra un profundo misterio de amor, un misterio de la divina pre sencia, que raramente se considera con la atención que merece.

La noción de la presencia "aparece" muy a menudo en las Sagradas Escrituras, tanto en el Antiguo Testa mento como en el Nuevo. En el Génesis, después de la desobediencia de Adán y Eva a Dios, se lee: "Oyeron, después los pasos del Señor que se paseaba por el jardín, a la hora de la brisa por la tarde. El hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín" (3, 8).

El Génesis no dice que Adán y Eva se escondieron de Dios, sino que se escondieron a sí mismos de la presencia del Señor Dios. Se dice así algo más personal e íntimo de la "presencia". La condición de pecado de la pareja los lleva a ocultarse no tanto de Dios, sino de su

“presencia”

En el Éxodo, esta noción de "presencia" toma un significado cada vez más fuerte. Por analogía, podemos ver aquí un prototipo del pan eucarístico que Jesús daría a su pueblo, la Iglesia. Mientras Moisés está en el monte Sinaí, Dios lo instruye, en detalle, sobre cómo el pueblo de Israel lo tiene que adorar. En las instrucciones se destacan estas palabras. "Y sobre la mesa tendrás siempre puestos ante mi presencia los panes de la ofrenda" (25, 30). Los "panes de la presencia" eran los panes que se colocaban ante Dios cada sábado, como sacrificio, y que después comían los sacerdotes.

Más tarde, Dios dice a Moisés:"Mi rostro irá contigo y no tendrás por qué preocuparte" (Éxodo 33, 14). Evidentemente, la "presencia" de Dios es un concepto personal, no solamente inspira el culto sino también una fuente de alivio y de consolación.

En el Crónicas 1 se dice: "Piensen en el Señor y en su poder, busquen siempre su presencia- (16,11). No se dice que debemos buscar al

Señor, sino su presencia. Hay algo importante en la presencia personal de Dios, algo más profundo, más rico, más significativo.

Al libro de las Crónicas hace eco el canto del Salmo: —Piensen en el

Señor y en su poder, busquen siempre su presencia" (105, 4).

En el Nuevo Testamento, en el evangelio de Lucas, el ángel se identifi ca ante María de la siguiente manera: "yo soy Gabriel, el que está en la presencia de Dios" (1, 19). Nuevamente, el ángel no dice simplemente que él está cerca de Dios, o en un lugar vecino a Dios. Él dice que "está en la presencia de Dios". La presencia de Dios es personal, parece tener una realidad en sí misma, como si Dios fuera demasiado omnipotente, pero la "presen cia" de Dios es algo que los ángeles y los seres humanos pueden registrar y experimentar.

En el evangelio de Juan, Nicodemo visita a Jesús de noche y dice: “Maestro, nosotros sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer señales milagrosas como las que haces tu, a no ser que Dios esté con él" (3, 2). El cuarto evangelio pone gran énfasis en la divinidad de Jesús, y ésta es una forma para probarla, que Nicodemo reconozca que Jesús de Nazaret está en la "presencia" de Dios ya antes de la muerte y resurrección. Esto explica por qué Jesús era capaz de hacer milagros.

presentó delante de mí un hombre con ropas muy brillantes" y le dijo que mandara a alguien a buscarlo. Cornelio concluye: "Ahora todos nosotros estamos reunidos a la presencia de Dios, para escuchar lo que el Señor te ha mandado decirnos" (10, 33).

Después de este encuentro con un mensajero de Dios, probablemente un ángel, Cornelio entiende que su encuentro con Pedro y la reunión de todos los allí presentes están "en la presencia de Dios". Lucas, el autor de los Hechos, sabe que cuando la comunidad se reúne no lo hace simplemente para hablar o para predi car algo de Dios. La comunidad se reúne en "la presencia" del Señor como algo muy personal, real, y que manifiesta cuán cerca está Dios de nosotros.

La idea de la presencia de Dios se expande también a nuestro ministerio. Cuando hacemos por los demás algo en nombre de Jesús, lo hacemos en unión con la presencia personal de Dios. "No somos como tantos otros, que hacen dinero de la palabra de Dios. Habla mos con sinceridad, y anunciamos a Cristo de parte de Dios y en su presencia" (2 Cor 2, 17).

Desde este punto de vista, tenemos una mayor com prensión de lo que es ser ministros de la eucaristía. Nosotros ofrecemos a la gente la persona total de Cristo resucitado, misteriosa pero verdaderamente presente en la sagrada comunión. Pero llevamos con nosotros. En un nivel aún más fundamental, la divina presencia. En cuanto ministros de la eucaristía, nosotros somos "per sonas enviadas por Dios y que están en su presencia".

Todo lo dicho en los capítulos anteriores de este libro encuentra su lugar aquí y tiene su propia realidad dentro de este concepto de la presencia divina. En cuanto ministros de la eucaristía, estamos en la presencia de Dios y llevamos esa presencia en nuestro ministerio, cuyas características son alegría, fe, esperanza y amor.

Cada ministro de la eucaristía es un individuo único, y por supuesto cada uno llevará a su manera la divina presencia. Cada ministro, a su manera, dará un sentido de alegría a su ministerio, al compartir el gran misterio de la eucaristía. También cuando el ministro lleve la comunión en lugares donde reina la enfermedad o la anti - cipación de la muerte, esta profunda alegría estará ali mentando su deseo de llevar alivio, salud, consolación. La alegría de la eucaristía es más profunda que cualquier tristeza, mucho más profunda que cualquier gozo, y lleva la promesa de la vida eterna.

Nuestra presencia, en cuanto ministros de la euca ristía, lleva alegría porque donde está presente Cristo resucitado, allí hay alegría. Cuando llevamos la eucaristía, a veces, no podemos ayudar, pero llevamos simplemente con estar allí. Porque con nuestra pr (,un cia llevamos la presencia de Cristo resucitado. E ,t.¡ alu g r í a n o e s s i m p l e o p t i mi s m o ex a g e r a d o. L a m 1 w. mana de la eucaristía y que caracteriza la presem m dl -1 ministro de la eucaristía, es una alegría profunda, j,j, permanece firme aun en las situaciones más dcse,,[)(,i.i das. Es la alegría que han experimentado los santos cuan do iban a ser martirizados por la fe. Es la alegría de los cristianos comunes, que permanecen fi eles a sus con-, promisos también cuando el futuro se ve negro. "Esas no son nubes en el horizonte", canta John Stewart, "son las sombras de las alas de los ángeles".

Dicho esto, podemos considerar algunas palabras de Juan Pablo lV'¡No hay ley que te obligue a sonreír! ¡Pero puedes hacer el regalo de tu sonrisa...!".

Alguien dijo una vez: "Un católico triste, es un triste católico". Aun en ocasiones solemnes y serias, no debería haber nada triste en la actuación y conducta de un ministro de la eucaristía. Fuimos llamados a ser portadores de la alegría de Cristo, también a los que están en cama, enfermos o moribundos, y hasta en los funerales. Esto no significa que debamos parecer ridículos, desconsiderados, sino que indica que debemos evitar que otros puedan pensar que somos tristes en nuestra fe. Entre toda la gente, la presencia de un ministro de la eucaristía debería comunicar una alegría profundamente enraizada.

La presencia que lleva el ministro de la eucaristía, la divina presencia, es una presencia que comunica y ali menta la fe. Esta presencia da nueva vida a la relación de quien se comunica con Cristo; aauellos a quienes noso- tros llegamos con nuestro ministerio reciben fuerza espiritual y alimento de la eucaristía, por supuesto, pero también reciben fuerza para su fe por la presencia del ministro.

El simple hecho de ser M inictrn r.- eucaristía y

estar allí, es una fuerza y apoyo para la fe de quien reci be la comunión. Nuestro compromiso, nuestra fi delidad, nuestra disponibilidad para estar allí donde sea necesario, nuestro deseo de compartir nuestro mismo ser y nuestro tiempo con otros, todo esto alimenta y da nueva fuerza a la fe de quienes servimos como minis tros de la eucaristía.

Al fin de los años sesenta, Peter L. Berger, un soció lego protestante, hacía notar en su libro The Socred anopy que, en nuestra sociedad, la gente que sigue de corazón su fe cristiana se

convierte, en términos sociológicos, en "personas disidentes". Esto significa que nuestro modo de pensar se desvía del pensamiento social mente predominante. En una sociedad en la cual las co sas tienen la prioridad, nosotros damos el lugar de honor a las personas. En una sociedad donde son comunes las soluciones violentas a los confl ictos, nosotros preferimos usar la fuerza como último medio y con mucha reluctancia. En una sociedad en la cual se juzga a la gente por su poder económico, nosotros respetamos la dignidad de todos sin mirar su estatus socioeconómico. En una sociedad en la que los seres humanos tienen poco valor antes de nacer y cuando son cric —m,, nosotros les damos el mismo valor a todos lo-, -,ui (—. humanos desde antes de nacer hasta su muerte iiat iii .¡l

Cuando alimentamos la fe de aquellos a los que -,ur vimos a través de nuestro ministerio, no estamos iiii,is1i nando un castillo en el aire, sin relación con la vida b, cada día. Más bien, alimentamos la fe que nos ha( u -i nosotros y a ellos "personas disidentes- en medio d,

nuestra sociedad. En algunos países, donde las Fuerzas políticas desprecian la libertad religiosa, los ministros de la eucaristía pueden llegar a poner en peligro sus vidas. En esas naciones, la presencia de los ministros de la eucaristía representa un peligro para el poder políti - co que teme las consecuencias prácticas de la fe cristiana.

La presencia del ministro de la eucaristía es, de ma nera muy especial, la presencia de Cristo. Esto es ver dad, no debido a una especial virtud o santidad de los ministros de la eucaristía, sino por la misión, el testimonio y el don de la eucaristía que llevan.Aquí sólo cabe la humildad. Es cierto que condividen con otros el Cristo eucarístico, pero eso sólo lo han recibido como un regalo. Llevan la presencia de Cristo, que se dona a sí mismo a todos con igualdad.

Como ministros de la eucaristía, nuestra misión es ser las manos de Cristo para que él pueda llegar a ali mentar la fe de aquellos a los que él quiere donarse. Cuando nos pemitimos ser instrumento de Cristo, nos convertimos en un medio por el cual Cristo sostiene y anima la intimidad con él, que es el fundamento de lo que entendemos por "fe". Condividir la Sagrada Comu nión con otros, es permitir al Cristo resucitado tocar los corazones de su pueblo de la manera más íntima posible.

"testigo" es alguien que da evidencia o se hace presente como signo. En este caso, en cuanto ministro de la eucaristía, somos signo de la misma eucaristía, don de Cristo resucitado para su pueblo, don de sí mismo, "cuerpo y sangre, alma y divinidad". Porque somos un signo de la eucaristía, es también un signo todo el pueblo de Dios, la Iglesia. En cuanto ministros de la eucaristía, representamos la fe de la comunidad local, la parroquia, tanto como la de la Iglesia universal.

Podría parecer que este no es el lugar adecuado para tratar sobre el modo de vestir del ministro de la euca ristía, pero por el rol como testigo está condicionado por su apariencia. Puede parecer obvio que, cuando actuamos como ministros de la eucaristía, nosotros ten gamos que vestir convenientemente. Pero se da el caso que, sin pensar, los ministros de la eucaristía distribuyamos la comunión sin la vestimenta adecuada.

Un joven ministro de la eucaristía vestía unos jeans cortados tipo short y una remera con un agujero, en la misa del sábado por la tarde. Era un día de verano, verdaderamente cálido y húmedo, pero esa vestimenta no era la adecuada.

Una señora de media edad llevaba unos pantalones manchados y una remera descolorida con la publicidad de su club favorito. No era apropiado.

Un joven ministro de la eucaristía, con toda la buena intención, se

presentó junto al lecho de una anciana hospitalizada. Vestía ropas de trabajo, sucias de grasa, vaqueros descoloridos y con agujeros y un gorrito manchado de sudor. Una total falta de gusto.

Cuando actuamos como ministros de la eucar i,,t i.i, nuestra

manera de vestir manifi esta a todos nue,,ti(, sentido de la dignidad y del decoro y el respeto que tenemos por la eucaristía. El traje masculino de etiqueta o el vestido largo de las damas –a menos que nos encontremos en una misa de esponsales o en la fi esta que le sigue– son ropas tan inapropiadas como aquellas que nos pondríamos para hacer la limpieza en nuestra casa. En la mayoría de los casos, hay que vestir con esmero, limpieza y modestia de manera tal que se refleje el respeto por la eucaristía. Deben evitarse los extre mos de la formalidad y de la informalidad.Y por supuesto, siempre presentables, con las manos y las uñas linipias.Todo esto es parte del testimonio de la eucaristía.

Como ministros de la eucaristía, el amor que poda mos demostrar es fundamental para la presencia tan especial que llevamos. Nuestra presencia no se (¡el)(,

caracterizar por un sentimentalismo superfi cial ni por sólo piadosas palabras. G. K. Chesterton dijo una gran verdad, comentando que el camino para llegar a amar algo es darse cuenta de que eso se nos puede perder.

El modo de presentarse como ministros de la euca ristía debe estar inspirado por el amor del que habla Chesterton. Nuestro amor será real si estamos condicionados por la certeza de que la persona a la cual llevamos la comunión "se puede perder". Es para pensar lo. Cuando tornamos a una persona por descontado, ¿no sucede que actuamos olvidándonos que esa persona "se nos podría perder"? Si recordamos que las personas son mortales, tendremos más fuerza para quererlas. Nos será más fácil ser pacientes, aun con las personas más difíciles. La persona de Cristo resucitado, que llevamos como ministros, tanto como sacramento como en el sentido de presencia personal, es una presencia caracterizada por un profundo amor espiritual, no romántico, sino concreto. La mejor descripción si - gue siendo la de san Pablo a los corintios:

El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar

ni se hace el importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio

interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvido las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El

amor todo disculpa; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. El amor nunca pasará (13, 4-7).

La presencia que damos a nuestro rol como minis tros de la eucaristía se fundamenta en este tipo de amor, un amor que tiene sentido y es práctico. Es un amor que, según el pensamiento de santo Tomás de Aquino, busca, sobre todas las cosas, el bien del otro. Este es el amor que nosotros llevamos en todas las situaciones en las que actuamos como ministros de la eucaristía, sea durante las misas, sea cuando llevamos la comunión a los enfermos en sus casas o en los hospitales.

Unas palabras del salmo 105,4 son la oracion idea del ministro de la eucaristía: "Piensen en el Seno y en su poder, busquen siempre su presencia". Esto es lo que nos lleva a la eucaristía, el deseo de "pensar- en el Seno y en su poder" y el deseo de "buscar siempre su prsencia".

Como ministros de la eucaristía, servimos a la ' s~(,i ii que siente

un hambre muy grande y que debe ser- ,' 1,1 da por toda la persona de Cristo resucitado. Ser-Vi~"1( ).,

a quienes sienten una sed muy profunda y que deben ser alimentados con su presencia. Este es nuestro nu nisterio. Este es nuestro privilegio.

In document La alegría de ser ministro (página 40-47)

Documento similar