LA ALEGRÍA
DE SER
MINISTRO
DE
LA
EUCARISTIA
INTRODUCCIÓN
¡Usted es extraordinario!
¡Felicitaciones! El hecho de que esté leyendo este pequeño libro significa que usted es –o piensa ser- un ministro de la Eucaristía. Para ser más precisos, en el lenguaje oficial de la Iglesia, es –o está pensando ser- un “ministro extraordinario de la eucaristía”.
En 1973, los obispos diocesanos fueron autorizados a encargar a los laicos católicos distribuir la comunión durante la misa y llevarla a los enfermos y a los moribundos. En ciertas ocasiones, los ministros de la eucaristía también pueden presidir la distribución de la comunión en ausencia de un sacerdote. El nombramiento de un ministro extraordinario de la eucaristía puede ser permanente o limitado a un periodo determinado de tiempo.
The Harper Collins Encyclopedia of Catholicismo (La Enciclopedia Harper Collins del Catolicismo) explica: “El principio sobre el que se sostiene este ´ministerio extraordinario´ es delineado en el Código de Derecho Canónico de 1983 (canon 230.3), el cual establece que los laicos pueden ejercer el ministerio de la palabra, presidir oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y distribuir la sagrada comunión, siempre que la necesidad de la Iglesia lo requiera o que no se disponga de ministros ordenados”.
En los documentos oficiales de la Iglesia, el término “extraordinario” significa “fuera de lo ordinario”, siendo lo ordinario el caso de un sacerdote o un diacono. En cuento laico, es algo “fuera de lo ordinario” que usted distribuya la comunión a otras personas, con lo cual se convierte en un ministro extraordinario de la eucaristía. Pero hay otro significado de la palabra “extraordinario”, que también se puede aplicar a s caso.
Según el diccionario, “extraordinario” puede, además significar “excepcional” o “muy notable”. Este significado también calza perfectamente. Como voluntario para distribuir la comunión durante las misas, usted se pone al servicio de la fe de la comunidad. Siendo así, una persona muy excepcional. Como voluntario que está preparando para llevar la comunión a los enfermos, a los moribundos, a toda persona que por cualquier razón viva confinada en su casa, usted es una personas verdaderamente “muy notable”.
Como ministros extraordinario de la eucaristía –desde ahora se utilizará la formula breve “ministro de la eucaristía” –usted sirve a la comunidad de fe de una manera que es, al mismo tiempo, un gran privilegio y
una forma de humilde servicio. Usted puede distribuir a una forma de humilde servicio. Usted puede distribuir a otros el pan consagrado y/o el vino que se han convertido en el “cuerpo y sangre, alma y divinidad” de Cristo resucitado. Usted es ahora uno que sirve, un siervo, una persona cuyo objetivo es dar el alimento que sólo él puede dar.
La espiritualidad del ministro de la eucaristía se define por este ministerio especial, y este es el tema del presente libro. El rito con el cual se habilita a los ministros extraordinarios de la eucaristía se llama “Institución de los ministros extraordinarios para la distribución de la sagrada comunión”. El ritual tiene dos opciones, el “Rito dentro de la misa” y el “Rito dentro de una paraliturgia”. El sacerdote o diacono que preside la ceremonia se dirige a los candidatos con las siguientes palabras:
“Queridos hermanos: a nuestro (s) hermano (s) N. se le(s) va confiar el ministerio de poder comulgar la eucaristía por sí mismo(s), distribuirla a los demás, llevarla a los enfermos, administrar el viático. Tú querido hermano, que eres llamado a tan alto servicio en la Iglesia, debes procurar aventajar a los demás en el testimonio de fe y vida cristiana y vivir con más fervor este ministerio de unidad y de amor, pues nos hacemos un solo cuerpo los que participamos de un mismo pan y de un mismo cáliz. Al distribuir a los demás la eucaristía, ejercitarás la caridad fraterna, según el precepto del Señor, que dijo a sus discípulos, cuando les entregaba su cuerpo: ´Les doy un mandamiento nuevo´ que se amen unos a otros como yo os he amado”.
El objetivo de este libro es ofrecer algunos consejos y dar una visión de la espiritualidad de un ministro de la eucaristía, mostrando que en el corazón de ésta se halla el amor a Dios y al prójimo. Este libro no es un recetario ni una guía de cómo tiene que hacer las cosas el ministro de la eucaristía. Más bien, quiere ser alimento para el corazón y el alma de todo ministro, y animarlo a una intimidad más profunda con el Señor resucitado y presente en la eucaristía.
Idealmente, cuando usted termine de leer este libro, debería tener una mejor compresión de lo que significa ser ministro de la eucaristía y experimentar una alegría más profunda por serlo.
“El que come mi carne y bebe mi sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdaderamente comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que es vida, me envió y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mi”
.
La Eucaristía es un misterio alegre
En abril de 1994, el diario The New York Times y la cadena de televisión CBS encuestaron a un muestreo representativo de los católicos de los Estados Unidos. Entre los encuestados, un 34% afirmó que creía que el pan y el vino consagrados en la misa “se convertirán en el cuerpo y sangre de Cristo”. Pero el 63%, en cambio, dijo que creía que el pan y el vino consagrados eran solamente “recuerdos simbólicos de Jesús”. Solamente los católicos de más de 65 años, y en una mayoría mínima -51% contra 45%-, dijeron que en la misa el pan y el vino “se coinvertían en el cuerpo y en la sangre de Cristo”.
En 1977, una encuesta similar en las parroquias de la diócesis de Rolchester, en el estado de Nueva York, arrojo resultados similares. Entre el 60 y el 65% de los católicos encuestados afirmo que ellos no creían que el pan y el vino “se convierten en el cuerpo y en la sangre de Cristo”. Estos resultados se repetían con poca variación en las diversas parroquias y grupos de edad.
Parece que entre los cat0olicos de hoy existe una considerable confusión acerca de la comprensión de la eucaristía. Decir que el pan y el vino eucarísticos se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo no es una simple metáfora o analogía. El Catecismo de la Iglesia Católica no podía ser más claro: “En el corazón de la celebración eucarística se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierte en el cuerpo y sangre de Cristo. (…) Al convertirse misteriosamente en el cuerpo y sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación… ” (No. 1333).
Esta es la antigua fe de la Iglesia, la fe de los discípulos de Cristo desde los primeros días de la comunidad cristiana. En su primera carta a los corintios, que los especialistas afirman que se escribió hacia el año 54 después de Cristo, san Pablo recuerda a sus lectores: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es una comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es una comunión del cuerpo de Cristo?” (10,16).
No deberíamos ser demasiado severos con los católicos que no creen que el pan y el vino eucarísticos se convierten realmente en el “cuerpo y sangre, espíritu y divinidad” de Cristo. Quizá no solo ellos, sino ninguno de nosotros está bien informado acerca de la eucaristía como debería estarlo.
Quizá los católicos que o aceptan la descripción convencional de la eucaristía simplemente quieren ser honestos, y esa fórmula convencional ya no funciona mas para ellos. Y quizás aquellos de nosotros que sí la aceptamos, a veces nos preguntamos qué significan hoy esas palabras. En cuanto ministros de la eucaristía, es especialmente importante para nosotros tener una comprensión lo más exacta y completa que se pueda de la eucaristía.
Es probable que, por la repetición reiterativa de las palabras “cuerpo y sangre”, por la insistencia en que el pan y el vino se “convierten”, hayamos perdido contacto con la verdad más profunda de la eucaristía. Como todo lenguaje religioso, “cuerpo y alma de Cristo”” es un intento de poner en palabras humanas un misterio que la inteligencia humana jamás llegará a comprender totalmente. Quizá pueda ayudarnos dar unos pasos hacia atrás, detenernos en lo que estamos diciendo y ver si podemos inyectar nueva vida en las palabras tan usadas. Poco a poco,, podríamos encontramos frente al Gran Misterio, jamás dicho con más propiedad.
Es importante entender que “cuerpo y sangre” es una frase semítica
que significa “toda la persona”. Cuando decimos que el pan y el vino se
convierten en el “cuerpo y sangre” de Cristo, decimos que el pan y el vino se convierten en “toda la persona” de Cristo. El catolicismo insiste en que, a continuación de la consagración, toda la persona de Cristo está presente tanto en el pan como en el vino. Solo una visión mental estrecha puede ver el pan solo como el cuerpo de Cristo y el vino como s sangre, como si las dos cosas se encontraran separadas.
Por esta razón, por generaciones, los católicos han recibido la comunión solamente en la forma de pan y sólo el sacerdote bebía del cáliz. Por esta misma razón, también hoy en día, en ciertas circunstancias, se puede recibir la comunión bebiendo sólo del cáliz, cuando una enfermedad impide deglutir la hostia, por ejemplo. También poco es extraño que los católicos reciban la comunión sólo con la hostia, también cuando tienen la posibilidad de beber el cáliz. En ambos casos, aun recibiendo solo el pan o solo el vino, se recibe verdadera y realmente “toda persona” de Cristo -”cuerpo y sangre, alma y divinidad”- en la comunión.
Quizás aquellos que dicen que no creen que el pan y el vino se convierten en “el cuerpo y la sangre” de Cristo, en realidad quiere decir que ya no le encuentran sentido a la frase “cuerpo y sangre”. Quizá piensan que no les queda de otra alternativa que aceptar esta frase en su sentido literal, con un significado físico que se acerca a lo espantoso. Nuestro tiempo ha sido tan influenciado por las ciencias humanas, incluyen do la sicología, que tal vez la frase “toda la persona” tendrá más sentido, y puede ser más aceptable a mucha gente. Si explicamos que “cuerpo y sangre” significa “toda la persona”, quizás ayudemos a clarificar el sentido de la presencia eucarística de Cristo.
Debemos recordar también que, en la eucaristía, nosotros no recibimos al Jesús histórico, de carne y sangre. Tanto repetimos la expresión “cuerpo y sangre”, sin explicarla, que ella no solamente puede haber desviado la correcta comprensión de la gente, sino que puede haber reforzado la idea de que el Cristo que recibimos en la comunión, en el pan y el vino consagrados, es el mismo Jesús que camino por los polvorientos caminos de Palestina o el mismo Jesús que colgó de la cruz. Esto, simplemente, no es verdad.
El Cristo que recibimos en la eucaristía es, verdaderamente, el mismo que vivió, enseño y murió en Palestina en el siglo primero. Pero, al mismo tiempo, es mucho más que eso. El Cristo que recibimos es el Cristo
resucitado que está con nosotros, vivo y activo en la Iglesia y en el mundo. Es
el “cuerpo y la sangre, alma y divinidad”, “toda la persona” de Cristo resucitado, el que recibimos en la sagrada comunión.
Con esta comprensión, nos encontramos de lleno en el centro de un grande y profundo misterio, una experiencia de la santidad trascendente, un evento sacro de dimensiones únicas. Si tuviéramos una idea de lo que está sucediendo con nosotros cuando recibimos la comunión y cuando, como ministro de la eucaristía, la damos a otros, caeríamos arrodillados, con nuestros rostros en tierra, maravillados y en adoración.
En la eucaristía nos encontramos en el corazón del misterio sobre el cual se funda la fe cristiana: la resurrección del Señor Jesús. “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucito”, dice san Pablo, “pero si Cristo no fue resucitado, nuestra predicción ya no contiene nada ni queda nada de lo que cree usted” (1Cor 15, 13-14).
En The resurrection of Jesus (Paulist Press, 1997), el teólogo Kenan B. Osborne, O.F.M., precisa que la resurrección de Jesús es, en definitiva, un misterio incomprensible:
Quien afirme comprender o precisar (la resurrección) no
puede decirse que haya comprendido o pueda enunciar lo infinito del misterio. La fe cristiana en la resurrección es un misterio de este tipo: no puede jamar ser comprendido completamente ni enunciado claramente. Los líderes de la Iglesia, sean eclesiásticos o teólogos, pueden solo señalar el misterio y describirlo de manera insuficiente.
Si decimos, por lo tanto, como debemos decir, que en la eucaristía recibimos la persona total de Cristo resucitado, nos encontramos cara a cara con un misterio sobrenatural de infinita trascendencia y sacralidad. ¿Cómo podemos no temblar –no en sentido figurado, sino literal- al pensar lo que el Señor resucitado hace por nosotros, dándosenos en la comunión? ¿Cómo no vamos a ver nuestro rol de ministros de la eucaristía como un privilegio asombroso?
No hay espacio para una actitud ligera frente a la eucaristía, aún dentro de la misa más informal. Solo hay espacio para la gratitud, el respeto y la acción de gracias. Las generaciones pasadas tenían un profundo respeto por la presencia del Cristo en la eucaristía en los altares y en los tabernáculos de sus parroquias, un sentido de gratitud y adoración que las generaciones recientes parecen haber perdido. Cuanto más reflexionemos sobre el misterio de la resurrección y su relación intima con el santísimo sacramento, tanto más adquiriremos un espíritu de admiración y de adoración a la eucaristía.
Aun hay más para vuestra reflexión acerca del misterio de la resurrección. ¿Qué podemos decir acerca del Cristo resucitado que recibimos en la santa comunión? Nosotros recibimos “el cuerpo y la sangre” o “toda la persona” del Cristo resucitado en la comunión. Pero, ¿Qué es una persona resucitada y que puede ser “el cuerpo y la sangre” de un ser en tal situación? ¿Qué es eso que recibimos como don y promesa de la vida eterna? El misterio no hace más que aumentar…
El padre Osborne nos ofrece una observación que puede ayudarnos: La resurrección de Jesús debe ser vista no solo como simple
vida después de la muerte. Más fundamental es el aspecto de vida en Dios, vida con Dios, vida en el amor y en él paz de Dios, después de la muerte. Es este “en Dios” y este “con Dios” lo que caracteriza la vida resucitada, más que el aspecto de vida después de la muerte. La hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín y Lázaro tuvieron vida después de la muerte. Pero ellos no tuvieron una vida “resucitada” o una vida humana distinta “con Dios” y “en Dios”. Diciendo esto quiero indicar que la naturaleza humana de Jesús, que, a través de la unión hipostática ya estaba “unida” a Dios, se hizo carne en una forma especial y más íntimamente ”unida” a Dios a) a través de los momentos de oración en su vida terrena, b)atreves de un evento especial llamado resurrección.
Y añade:
La acción de dios en el evento de la resurrección no fue solo el resurgir de Jesús de la muerte, fue solo el resurgir de Jesús de la muerte, fue más profundamente un surgir de la humanidad de Jesús a una intimidad con la vida de dios que, hasta ese momento, nunca había experimentado antes.
Cuando recibimos la sagrada comunión en ese momento, nosotros recibimos “toda la persona” de Cristo resucitado. Lo que consumimos es la “persona total” del hijo de dios, que llevo su humanidad y la nuestra a la más grande intimidad posible con Dios, a través de su resurrección.
Este es el Cristo resucitado que nosotros, los ministros de la eucaristía, damos a los demás. Si esta meditación en la profundidad de este misterio no nos lleva a una oración sin palabras, nada lo hará.
En la eucaristía, recibimos la persona total de Cristo resucitado. Pero recordemos lo que dice Jesús en el evangelio de Juan, en la narración de la resurrección de Lázaro: “Yo soy la resurrección…” (Jn 11,25).
Jesús resucitado es la resurrección misma, por lo tanto en la sagrada comunión recibimos el poder de la resurrección de Jesús, de manera tal que su resurrección y nuestra futura resurrección tienen un impacto en nosotros y en nuestra vida cotidiana. El divino misterio de la resurrección, esta gracia, esta vida especial “en Dios” y “por Dios”, nos alimenta aquí y ahora en la eucaristía. ¡Ya ahora nosotros experimentamos el futuro en la forma de nuestra propia resurrección en Cristo!
Una de las grandes cosas de la eucaristía es que, no importa que digamos de ella, inmediatamente nos sentimos obligados a decir más. Una verdad lleva a otra, y a otra. Como católicos, creemos que, en la comunión, recibimos alimento para toda nuestra persona a toda la persona de Cristo resucitado. El termino tradicional para indicar esto es “presencia real”. Pero los católicos creemos que Cristo también está presente en otras formas…
El Concilio Vaticano II, a mitad de los años ´60, declaró que Cristo está presente “no solo” en la persona del sacerdote que preside en nombre de Cristo, “pero de una manera especial en las en las especies eucarísticas”, es decir, en el pan y el vino consagrados. Cristo también está presente “en su palabra, porque es el mismo quien habla cuando las Sagradas Escrituras son leídas en la Iglesia”. Cristo está presente “cuando la Iglesia ora y canta, porque él ha prometido ´donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos” (Mt 18,20).
San Pablo dice: “Ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno en particular es miembro de el” (1 COR 12,27). A través del bautismo, hemos sido incorporados al cuerpo, una comunidad que existe en este mundo y en el próximo, tanto en el tiempo como en la eternidad. Porque somos el cuerpo de Cristo, Cristo está presente en la asamblea u en la reunión cuando nos juntamos para la misa. Cristo resucitado está presente en medio de nosotros, en la comunidad de fe, que él se hace presente en la eucaristía. Y al mismo tiempo, el se hace presente en medio de nosotros de una manera única a causa de su presencia real en el pan y el vino consagrados.
Por esto, la eucaristía no es una acción litúrgica para espectadores. Cada uno participa en el rito, la comuni dad entera celebra la eucaristía, en un sentido muy real toda la asamblea "dice misa". El sacerdote preside, sin duda alguna, y sólo él tiene la autoridad y el poder de consagrar el pan y el vino de manera tal que se convierten en "toda la
persona" de Cristo resucitado. Pero, teológicamente, no puede celebrar la eucaristía separado de la comunidad de fe en la cual Cristo está presente. Aún en la rara circunstancia en que el sacerdote diga misa sin ninguna persona presente, él la celebra en la unión espiritual con la Iglesia entera.
¿Qué importancia tiene esta visión para las activida des del ministro de la eucaristía? Dentro del contexto de la misa, su rol es obvio. Él o ella ayuda a distribuir la comunión, y el contexto comunitario o de asamblea es evidente para todos. En todo caso, los ministros que llevan la comunión a los presos y a los enfermos pue den aparecer como individuos que ejercen un ministe rio individual. Pero por el contrario, tales ministros de la eucaristía son representantes de la entera comunidad parroquial y como tales deben pensar acerca de sí mismos.
Un ministro de la eucaristía que lleva la comunión a un enfermo o a un recluso de la parroquia, lleva "toda la persona" o "el cuerpo y la sangre" de Cristo resucitado, el mismo Cristo que está en el centro de la comunidad parroquial y es su corazón. Por lo tanto, cuando llevamos la comunión a aquellos que no pueden ir a la Iglesia para la misa, nosotros les llevamos el Cristo resucitado que está presente de una manera muy especial en la hostia consagrada, pero también está presente en la comunidad de fe. También llevamos el Cristo presente en la palabra, cuando leemos los pasajes de la Biblia que son parte integrante del rito.
Cuando visitamos a un enfermo en su casa o en el hospital, es muy importante no ver este ministerio solamente como un servicio de la comunión a domicilio. Mas bien, como ministro de la eucaristía, usted lleva en su persona a toda la comunidad parroquial y a Cristo resucitad o que está presente allí. En un sentido muy real, en cuanto ministro de la eucaristía, usted se convierte en una especie de "sacramento", un transportador de la presencia amorosa de Dios hacia la persona a lleva la comunión.
El poeta católico francés de este siglo, León Bloy, dijo una vez: "La alegría es el signo más infalible de la presencia de Dios". Cierta gente parece que piensa que el signo más infalible de la presencia de Dios es una especie de seria solemnidad. Esta gente, la última cosa que quiere ver en la iglesia es una sonrisa, especialmente cuando se recibe la comunión. Si lo que dice León Bloy es correcto, la eucaristía es el misterio más alegre, y los ministros de la eucaristía tendrían que ser signos y portadores del gozo eucarístico.
deriva de una palabra griega que significa "dar gracias”. Como ministros de la eucaristía, estamos llamados a ser pers onas agradecidas, personas conscientes de cuanto tenemos que estar agradecidos por ser portadores de un tangible, aunque sereno, sentido de alegría que debe llegar a todos aquellos a quienes llevamos la comunión, tanto en la iglesia como cuando los visitamos en sus casas o en el hospital. Nada de seria solemnidad: en cuanto ministros de la eucaristía, nos hemos ofrecido para ser instrumentos y portadores de una profunda alegría, que sólo la eucaristía puede dar y alimentar, también a aquellos que están enfermos o moribundos.
G. K. Chesterton, un inglés convertido al catolicis mo, también de este siglo, hombre de una profunda alegría, concluía su obra clásica
Ortodoxia con estas palabras: "Había algo que era demasiado grande
para que Dios nos mostrara cuando él caminaba sobre nuestra tierra; yo, a veces, he imaginado que era su alegría".
La eucaristía es un misterio alegre. Es el alegre mis terio de la resurrección presente en la persona total del Cristo resucitado. Cuando llevamos la comunión a alguien, le llevamos a Cristo a esa persona, y cantamos el antiguo himno: "Baila, baila, donde quiera que estés. Yo soy el Señor de la danza, dijo él". Nosotros llevamos la alegría de Cristo resucitado en la eucaristía y la alegría de Cristo resucitado en el corazón del universo.
Thomas Merton, en su clásica obra Nuevas semillas de
contemplación, escribió que Dios nos invita "a olvidarnos
intencionadamente de nosotros mismos y a abandonar nuestra terrible solemnidad y participar en la danza general".
Cuando recibimos la comunión y cuando, como mi nistros, llevamos la comunión a otras personas, por ese mismo hecho, en nuestro corazón nosotros "nos olvidamos intencionadamente de nosotros mismos, abandonamos nuestra terrible solemnidad y participamos de la danza general". Porque en la eucaristía recibimos no solo el Cristo resucitado que se nos presenta ahora, recibimos también la gracia de la vida eterna, aunque todavía nos arrastramos en este tiempo y espacio. ¿No es este motivo para alegrarse?
Nos interesa qué tan ordinarias o solemnes sean las circunstancias: como ministros de la eucaristía, nosotros nos hacemos presentes a aquellos a quienes llevamos la eucaristía con una luz especial en nuestros ojos, la luz de Cristo resucitado, la luz del alegre misterio de la eucaristía.
No me avergüenzo del Evangelio. Es una fuerza de Dios y salvación para todos los que creen….
Rom. 1,16
La fe del ministro de la eucaristía
No pocas personas tienen una idea extraña de la fe. Algunos creen que signifi ca creer en algo "del más allá" se refiere, por supuesto, a Dios. Para esta gente, la fe significa la aceptación superior "más allá, entendiendo en realidad, “allá lejos, en el más allá” , más allá de las estrellas, más allá todavía. Infinitamente lejos.
El doctor Seuss, autor de The Cat in the hat, The 500 Hats of
Bartikimew Cubbins y otros clásicos modernos para chicos y para
jóvenes de corazón, escribió una vez
una oración. Esta oración claramente hace eco de un concepto de la fe como “creer en un ser supremo allá lejos”.- “La oración de un niño" del Dr. Seuss empieza así:
Desde aquí en la tierra,
Desde este mi pequeño lugar, Yo te busco a ti,
Allá en el espacio…
En cierto sentido, la oración del Dr. Seuss es apro piada porque refleja la noción infantil de Dios y de la fe. Pero la comprensión católica de la fe es muy diferente. Los católicos no se sienten a gusto con la idea de Dios como un "ser supremo", ni piensan que Dios está "allá arriba en el espacio", aunque, por supuesto, creen que está allá también. Por el contrario, la idea fundamental de Dios viene de Jesús – la revelación más completa de Dios en la historia de la humanidad–, quien nos enseña que Dios es, ante todo y sobre todas las cosas, nuestro Abba. Generalmente, los biblistas traducen esta palabra aramea como "Padre", aunque una traducción más apro piada sería "querido Papá".
Pero esto, dando por descontado que, como ya afi r mó el teólogo santo Tomás de Aquino, lo primero que tenemos que decir de Dios es que no podemos decir nada. Dios es el misterio final, sobrepasando en mucho la capacidad del intelecto humano para comprenderlo. Una vez que reconocemos esto, de todos modos, santo Tomás dijo que podemos y debemos hacer nuestro débil esfuerzo humano para expresar quién es Dios para nosotros. Aquí aparece la figura de Jesús, que nos ense ña a llamar a Dios "nuestro querido Papá". Es como si Jesús hubiera dicho, "lo mejor que puedo hacer para explicar el divino misterio es utilizar la metáfora del querido Papá".
De todos modos, Dios es incomprensible. Así que sigamos con la mejor de las metáforas que tenemos, la de "querido Papá", una metáfora más adecuada que inadecuada. El misterio, por lo tanto, no es aplastante ni temible. Más bien, Dios es amor incondicional, completa confiable, fiel total. No solamente eso: nuestro o está "allá lejos en el espacio". Nuestro Dios está, como declaro san Agustín hace más de mil quinientos años, más cercano a nosotros mismos que nosotros mismos.
El padre Karl Rahner, probablemente el teólogo más s grande del siglo XX,-resumía toda la teología en una sola frase, “Dios vive en ti". Así es como Dios está cerca de nosotros, no “allá lejos en el espacio", sino "en ti".
Para el catolicismo, la fe no es creer en algo, es conocer a Alguien - Dios, nuestro querido Papá y Jesús, el hijo de Dios, el Cristo resucitado que vive en nosotros y en medio de de nosotros, que constituimos la comunidad de sus discípulos. En otras palabras, para el es fundamentalmente una relación personal, no un “viaje intelectual”; una relación personal, no un creer en algo porque "la Biblia" o "la Iglesia" dicen que hay que creer en eso. Fe es amorosa intimidad Cristo resucitado. Aquí y ahora. Ahora y aquí.
Todo esto es verdad. Al mismo tiempo, algo de lo contrario es cierto. Como ministros de la eucaristía, nosotros llevamos , en nuestro ministerio, el Cristo resucitado al pueblo para que este lo consuma y alimente sus cuerpos y sus almas. La eucaristía trata de la intimidad con lo divino en medio de lo humano. Pero así como el Cristo resucitado llega realmente a nosotros en la sagrada comunión, algo mucho más grande sucede, también. Algo realmente mucho más grande.
En Teoching a Stone to Talk, Annie Dillard, ganadora del premio Pulitzer, convertida al catolicismo, escribe:
¿Por qué nosotros, en las iglesias, parecemos despreocupados, como
descerebrados turistas del absoluto en un tur organizado?
En general, yo no encuentro cristianos, fuera de los de las catacumbas, con suficiente sensibilidad: ¿Tiene alguno la más pálida idea del tipo
de poder que invocamos alegremente? ¿0, Como yo sospecho, nadie
cree una palabra de lo que se dice? Las comunidades parecen formadas
por niños divirtiéndose en el piso con sus juegos de química mezclando una partida de nitroglicerina para hacerla estallar el domingo por la mañana. Es una locura llevar sombreros de paja o de paño; se debería
llevar cascos de seguridad. Habría que distribuir chalecos salvavidas y señales de luces, y por seguridad, nos deberían atar fuertemente o nuestros bancos.
Los ministros de la eucaristía, más que el pueblo en general, haríamos bien en cultivar tanto el sentido del humor de Annie Dillard como su percepción de lo movilizadora que es la experiencia que estamos descri-biendo. A veces, observando una celebración del domingo por la mañana o del sábado por la tarde, realmente parece que nadie cree en nada. Todo tiene un aire ficticio, y todo el mundo parece aburrido. Cada día se repite el teatro de la celebración del Cristo resucitado, del Señor del universo que se hace presente bajo las apariencias de pan y vino, que nosotros podemos
meter en la boca y tragar. Mucho aburrimiento. No pasa nada.
Haríamos bien, cada tanto, en pensar y meditar lo os que hacer. La fe de un ministro de la eucaristía debería ser una fe simple y compleja al mismo tiempo. Debería mezclar la intimidad de la eucaristía con una profunda percepción de la santidad y de la sacralidad eucarística que hace temblar la tierra. En la sagrada comunión, el Cristo resucitado se da a sí mismo como alimento. La intimidad de Cristo con su pueblo es más profunda que la de un hombre y una mujer cuando hacen el amor.
Al mismo tiempo, la eucaristía es un evento que, en lo espiritual, constituye una explosión omnipotente. Las metáforas de Annie Dillard respecto de los cascos de seguridad, chalecos salvavidas, señales de luces y atarnos a nuestros bancos, se ajustan a la perfección. Cuando nos reunimos para celebrar la eucaristía, alguien abrochar los cinturones de seguridad. Aburrimiento o monotonía es lo último que deberíamos sentir, incluso –o sobre todo-, cuando se trata de una ceremonia solemne.
También es verdad que una fe eucarística es algo más que la sola eucaristía. Cuando celebramos la eucaristía, celebramos la fe –la amorosa intimidad con Dios y con su pueblo- que nos esforzamos para vivir todos los días. Por eso, una fe eucarística es tan cotidiano por vivir nuestra fe lo que da el sentido profundo a la a la eucaristía. Si nosotros no nos esforzamos en vivir nuestra fe día a día, la participación en la misa dominical comenzará a perder sentido. Y por otro lado, celebramos la eucaristía para alimentar nuestra fe de cada día.
La novelista inglesa P. D. James, en su novela The Black Tower, tiene un personaje llamado Padre Baddeley que hace esta pequeña y perfecta observación: "Esta es verdaderamente la vida espiritual; las cosas ordinarias que uno hace día a día".
En la eucaristía, encontramos la máxima unión entre lo santo y lo ordinario. Como católicos, encontramos lo santo dentro de lo ordinario, porque esto es lo que fue y es la encarnación, la unión más perfecta de lo santo con lo ordinario, de la divinidad con la humanidad. De la misma manera, nuestra fe eucarística está cons tantemente condicionada por la misma unión, la perfecta transformación del pan de cada día y del vino en la persona total de Cristo resucitado. Este es el corazón de la fe eucarística en este mundo de lucha.
¿Hay algo verdaderamente excepcional en la fe de un ministro de la eucaristía, algo que haga nuestra fe de ministro diferente de la fe de los demás católicos? La respuesta es no. Absolutamente no. Y también
sí. La fe de un ministro de la eucaristía es la misma que com parten todos los miembros de la Iglesia. El hecho de que sea un ministro de la eucaristía no la cambia.
Al mismo tiempo, como toda relación humana es única, porque implica personas; de la misma manera la fe es única, porque cada persona es única y se relaciona con Dios con su propia personalidad. Agreguemos a esa personalidad única el hecho de ser ministros de la cebemos concluir que la fe de un ministro es --e es única su relación personal con la eucaristía.
Usted aporta al rol de ministro de la eucaristía su personalidad propia y única y su fe. Es tan importante ser consciente de la propia de la propia personalidad y estar en contacto con la propia fe, como el hacer todo lo que los ministros de la eucaristía deben hacer. Manténgase en contacto con Cristo resucitado, presente en su propia vida. Sea sensible a las formas muy especiales en que puede ser llamado a servir. Sea consciente de que puede llegar el momento en que será invitado a hacer algo especial, caminar un kilometro más a causa de su fe, por amor a su prójimo, para hacer aquello que, como ministro de la eucaristía único e irrepetible, solo usted puede hacer.
Si el ministro de la eucaristía tiene un talento especial para dar al mundo, quizá sa el de ser, sobre todo, consciente en todo momento presencia de Cristo resucitado en su corazón y también, siempre y al mismo tiempo, en lo más profundo del corazón de la gente.
Este capítulo comenzó observando cómo la gente puede tener ideas raras sobre la fe. Otra idea extraña sería la de afirmar que la fe
es incompatible con los
cuestionamientos y la incertidumbre. Una idea semejante de la fe hace evidente esa extraña noción de que una fe autentica es una “fe
ciega”. La fe es cualquier
cosa, menos ciega. La fe real no solo es compatible con los cuestionamientos y la incertidumbre, sino que es tam bién inseparable de ellos. Una fe real se hace pre guntas y conoce la falta de certezas. Esto es especialmente verdadero cuando se trata de la fe eucarística.
A veces los ministros de la eucaristía tienen pregun tas que, hace tiempo, eran más bien preguntas del clero que de los laicos. El estar tan cerca de los elementos de la eucaristía, del pan y del vino, que la fe nos dice convertidos en la persona total y completa de Cristo, nos puede cuestionar, porque nos hemos hecho muy fami liares con ellos. El manejar tan a menudo hostias y vino consagrados nos lleva a pensar que lo que nosotros tenemos en las manos es nada más que galletitas de harina y simple vino. Nos podemos encontrar descon -certados frente al misterio. ¿Cómo puede esta galletita de pan ser la persona total de Cristo resucitado? ¿Cómo puede ser que lo que parece ser vino sea el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad del Señor
Jesús resucitado?
La fe de los católicos, y de un modo particular la fe de un ministro de la eucaristía, no tiene miedo de ha cerse estas preguntas, de hacer frente a estos cuestionamientos. No deberíamos temer estas preguntas porque el enfrentarlas y buscar respuestas sólo puede aumentar nuestra fe, profundizar el misterio y llevarnos a una actitud más orante hacia la eucaristía.
Lo que para todo el mundo parece sólo una ordina ria galletita de pan y una simple copa de vino es, en realidad, algo completamente distinto. ¿Cómo puede ser esto? Es la misma pregunta que le hizo la gente a Jesús, cuando él insistía en decirles que les daría a comer su carne y a beber su sangre (cf. Juan 6, 52). Es una pregunta valida, pero sólo la fe —la intimidad personal con Cristo- tiene una respuesta, una respuesta que sólo el corazón puede escuchar.
¿Cómo puede este hombre tan común ser el Hijo de Dios? Sólo la fe, el encuentro personal que lleva a una relación personal con el , puede dar una respuesta a esta pregunta. Una vez que esa relación personal existe, ya no es necesaria una clara respuesta científi ca a la pregunta. El problema continúa fl otando en el ámbito de la inteligencia, pero el corazón le susurra a esta última:”no te preocupes
El amor es la única respuesta. Nada puede probarse y nada puede negarse. El amor es todo”.
Andrés dijo: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de
cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es esto para tanta gente?".
Jesús les dijo:"Hagan que se sienten los hombres". Pues había
mucho pasto en este lugar. Y se sentaron los hombres en número de unos cinco mil. Entonces Jesús tomó los panes, dio gracias y los repartió a todos los que estaban allí sentados. Lo mismo hizo con los pescados, y todos recibieron cuanto quisieron (Juan 6. 9-1 l).
¿Cómo hizo Jesús para dividir cinco panes de cebada y dos pescados, para saciar a cinco mil hombres? Especulaciones sin fin sobre el lenguaje figurado y las metáforas para probar que no fue así. Nosotros no sabemos cómo, pero sabemos que Jesús lo hizo. ¿Cómo hace Jesús para
compartir con nosotros el misterio de su personalidad resucitada, que aparece como pan y vino? Nosotros no sabemos cómo, pero sabemos que él lo hace. Los cuestionamientos no cesan, pero casi siempre ya no son importantes.
De vez en cuando, cada tanto, es oportuno tomar un libro sobre la eucaristía, leer algo inteligible y teológico para aumentar nuestra comprensión del misterio que jamás llegaremos a agotar. (Ver la bibliografía al final de este libro.) Decir que la eucaristía es un "misterio" no significa cultivar el anti intelectualismo. Es una manera de despertar el corazón.
La fe de un ministro de la eucaristía puede crecer y profundizarse de varias formas, y una, no la última, es la lectura de poesías. En verdad, es bueno para un ministro de la eucaristía tener un corazón de poeta, porque la eucaristía tiene en sí misma afinidad con la poesía de muchas maneras. Así como la poesía comprende senti do, belleza, profundidad de pensamiento, humor y muchas otras cosas, compuestas en versos de palabras comunes, del mismo modo la eucaristía comprende la vida divina en lo ordinario del pan y del vino.
Tome, por ejemplo, el delicioso poema del católico norteamericano ShermanAlexie,en su libro The Summer of Block Widows, (Hanging Loose Press, 1996), del cual un ministro de la eucaristía puede aprender algo más acerca de la eucaristía:
"Tambor como amor, miedo y oración": Entonces ella me dice
que Jesús está todavía aquí porque Jesús
estuvo una vez aquí y partes de Jesús
todavía flotan en el aire.
Ella me dice que el ADN de Jesús Es parte del ADN colectivo.
Ella me dice que todos somos parte De Jesús, todos somos en parte
Jesús. Ella me dice que tengo que respirar hondo Durante, las tormentas
Porque a veces puedes gustar a Jesús En una buena, fuerte lluvia.
La fe de un mini stro de l a eu cari stía es, en un mi crocosmos, la fe de toda l a Igle si a. Él e s un a persona ínti mame nte re laci on ad a con Cri sto resucitad o como toda la Ig lesia e stá re laci on ad a con el mismo C risto resucitad o. Ese e s el miste ri o,
en el coraz ón en el cual se mue ve el mi sterio de l a eucaristí a, su se r y su hace r. Guard e este secre to, como una mone da preciosa, en su b ol sill o. Gu arde este se creto en su coraz ón .
En su obra póstuma, Diario de un ermitaño, Diarios 1964-1965 (Lumen, 1998), Tomás Merton escribió algunas palabras que suenan como música de campanas para un ministro de la eucaristía. Merton escribió el 6 de enero de 1965:
…Descendí hasta el manantial; lo encontré sin Dificultad. Maravillosa agua clara que brotaba con fuerza desde la hendidura de la roca mohosa. La bebí en el cuenco de mis manos y súbitamente advertí que hacía años, tal vez veinticinco o treinta, que no probaba agua así. Absolutamente pura, clara y dulce, con la frescura del agua intacta. Sin química.
Miré hacia el cielo alto y a las copas de los arboles Sin hojas brillando al sol, y fue un momento de Lucidez angelical. Pronuncié los salmos de tercia Con gran júbilo, desbordante, como si la tierra, los Bosques y el manantial estuviesen alabando a Dios A través de mí, nuevamente el sentido de la trans-parencia angélica en todo: luz pura, simple y total.
Tomás Merton describió estos momentos como los más eucarísticos, en una forma pura y original. Son eucarísticos porque evocan lo santo en medio de lo ordinario, lo sagrado en medio de la creación, que es lo que es la eucaristía: lo santo, lo fuerte, en el centro exacto, en lo ordinario de nuestras vidas. Idealmente, una cosa que la eucaristía debería hacer por nuestra fe es capacitarnos para reconocer más a menudo lo santo en medio de lo ordinario de la vida. Con Merton, como ministros de la eucaristía, deberíamos “especializarnos” en ver a Dios en todas partes y en permitir que todo lo creado alabe a Dios a través de nosotros.
A la corta o a la larga, la fe depende de que seamos eucarísticos en todo lo que hacemos, esto es de, de que seamos personas muy agradecidas. En su canción “Botswana”, el compositor y cantante John Stewart canta “Oh, la fe es un fuego que se aviva con el aire de la gratitud”. Esto es tener una fe eucarística, avivar el fuego de la fe con el aire de la gratitud.
La fe de un ministro de la eucaristía encuentra un sinfín de motivos para dar gracias. “Y todo lo que puedan decir no hacer, háganlo en el nombre del Señor Jesús, -dice la carta a los Colosenses- dando gracias a Dios Padre por medio de él.” Hay que notar que San Pablo, autor de la carta a los Colosenses, no dice que debemos dar gracias solamente cuando las cosas salen como
nosotros queremos, solamente cuando la vida es una fuente de felicidad. Él dice simplemente que nosotros debemos hacer todo en el nombre del Señor del Señor Jesús y dar gracias a Dios. Estas palaras son importantes para un ministro de la eucaristía, cuya espiritualidad se basa en la eucaristía, en el dar gracias.
Cuando el enfermo, que este enfermo en el nombre del Señor Jesús, y de gracias mientras tratas de sanarse. Cuando está bien, que este bien en el nombre del Señor Jesús, y de gracias mientras va a sus quehaceres cotidianos. Cuando esté desempleado, que esté desempleado en el nombre del Señor Jesús, y de gracias mientras busca trabajo. Cuando las cosas le salen mal, que se sienta mal en el nombre del Señor Jesús mientras trata de hacer planes nuevos. Todas las cosas sobre la tierra llevan una bendición, este es el punto. Todas las cosas llevan una bendición, si nosotros estamos abiertos a la bendición y dispuestos a recibirla. Cuando damos gracias en medio de lo que nos sucede, nosotros reconocemos la bendición y anunciamos nuestra disposición a recibirla.
Es fácil quejarnos, por supuesto; nos damos cuenta de que es fácil gemir y lloriquear, también durante nuestras oraciones. Hasta puede ser que especialmente durante la oración. Sentir lástima de uno mismo es casi un pasatiempo nacional. Una fe eucarística, por el contrario, es una fe que busca bendecir en todo y en cada cosa, y da gracias aun antes de ver o saber que lo que va a suceder será una bendición. Este es, al menos, el ideal que un ministro de la eucaristía debe procurar.
Que el Dios de toda esperanza los colme de Gozo y paz en el camino de la fe y haga crecer
en ustedes la esperanza por el poder del Espíritu Santo
La esperanza del ministro en la Eucaristía
Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve, largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado, con gozo y deleite que no puede tener fin.
Teresa de Ávila, en
Exclamaciones,
15.4.Escuchen no sólo con los oídos, sino también con el corazón. Escuchen no sólo con oídos sino también con el corazón. Escuchen.
La esperanza, como la fe, es una de las tres virtudes llamadas “teologales”. La tercera de la caridad, o el amor, que queremos en el capítulo IV. Fe, esperanza y caridad son virtudes “teologales” porque tienen que ver directamente nuestra relación con Dios. En los tres casos, de todos modos, cada virtud tiene también profundas implicancias para nuestras relaciones con la gente. Porque, como vimos en el capítulo de la fe, no podemos separar nuestra relación con Dios de nuestra relación con el prójimo.
Es particularmente apropiado hablar de la esperanza en la vida de un ministro de la eucaristía, porque la eucaristía nutre la esperanza de una manera muy especial. Cuando celebramos la eucaristía es una experiencia del futuro irrumpiendo ahora en nuestras vidas. Experimentamos los comienzos, ya ahora, de la gracia de la resurrección de Cristo, al cual estamos unidos por el bautismo. La eucaristía alimenta la esperanza dándonos la gracia de nuestra futura resurrección. ¿Qué mejor motivo para esperar que éste?
Cuando una comunidad de fe se reúne para la misa, celebra la fe, la esperanza y la caridad como una forma de vida. Los fieles se reúnen no para adorarse los unos a los otros, sino para adorar sólo a Dios. Este es un punto importante en un tiempo en el cual la eclesiología y teología corrientes de la
Iglesia, y consecuentemente sus liturgias y hasta la arquitectura interior de los templos, parece sugerir que la comunidad de los fieles se repliega sobre sí misma en las eucaristías. Por supuesto que las relaciones entre los fieles son importantes, pero es nuestra fe- nuestra relación compartida con Cristo resucitado- la que nos reúnes para la liturgia; entonces nuestro culto alimenta nuestra vida como parroquia y nuestra iglesia. Y ahora, les pido un poco de paciencia. Por necesidad, lo que sigue le parecerá abstracto, en algunos aspectos. Recuerden que, cuando recibimos a sagrada comunión, nosotros recibimos toda la persona de Cristo resucitado. Por lo tanto, comemos y bebemos nuestro destino final. La resurrección de Cristo nos alimenta ahora y aquí, y al mismo tiempo nosotros somos alimentados por esa vida eterna la cual hemos sido destinados compartir plenamente como miembros de cuerpo de Cristo. De esta manera, en la eucaristía celebramos y alimentamos la esperanza, esperanza no sólo para esta vida sino también para la vida eterna.
¿Qué les parece esto para ampliar la mente? En cuanto ministros de la eucaristía, nosotros compartimos con otros el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado, el alimento de la vida eterna. Por lo tanto, compartimos la esperanza y alimentamos, tanto para esta vida como para la eterna. De pronto, un texto de san Pablo adquiere un significado más profundo:”La salvación que se nos dio, la debemos esperar. Pero ver lo que se espera, ya no es esperar; ¿cómo se podría esperar lo que se ve? Pues bien, esperar cosas que no vemos significa tanto constancia como esperar” (Romanos 8,24-25).
“Les diré algo—el que habla es un hombre de unos sesenta años, ministro de la eucaristía en una parroquia de Ohio--: cuando llevo la comunión a un enfermo grave o un moribundo, vivo una experiencia muy profunda. Rezo unos minutos antes de salir, rezo también después de salir, en el viaje. Esta experiencia me marca profundamente. Esa gente recibe la comunión como la cosa más extraordinaria que les puede suceder. A veces se sienten tan felices que hasta lloran. Vuelven a esperar, que era justamente lo que se estaba debilitando antes de recibir la comunión. Ellos no tienen ese aspecto dormido y apático que a menudo vemos en los que reciben la comunión en las iglesias. Los enfermos y los moribundos saben lo que es la comunión. Yo he aprendido mucho de ellos.”
La esperanza es admirable, hasta asombrosa, cuando es real. No es simple optimismo, una mera cuestión de estar siempre, psicológica o emocionalmente, tratando de cruzar a la verdad del sol. “En tanto y en cuanto las cosas son realmente posibles—escribió G.K Chesterton-, la esperanza son puras palabras y lugares comunes; cuando las cosas se vuelven desesperadas, la esperanza comienza a ser verdaderamente fuerte.”
La esperanza puede y debe existir en todas las circunstancias. Pero se hace más reconocible y llega a su grado de máxima realidad cuando la vida
parece a su grado de máxima realidad cuando la vida parece más desolada. “Tú puedes sobrevivir la noche más oscura canta John Stewart-recordando el sol.” Es en las noches más oscuras cuando la esperanza puede brillar al máximo. Por eso, es en los enfermos y en los moribundos donde se ve más claramente el poder de la eucaristía para alimentar la esperanza.
Cuando estamos enfermos o en peligro de muerte, nosotros recobramos la esperanza por la eucaristía, justo en el mo mento en que la vida parece que ya no tiene esperanza. Recobramos la esperanza, y la nueva vida que ella da emana del rito sacramental, aunque parece ser, para los no creyentes, como un piadoso silbido en la noche. Pocas palabras, un trozo de pan, unas gotas de vino. Pero las palabras, el pan y el vino son sólo la superficie aparente de la realidad de la cual son portadoras, una realidad que sólo la fe cristiana -amorosa inti midad con Dios en Cristo- puede percibir.
Unas pocas palabras, un trozo de pan y unas gotas de vino: para la persona con poca o ninguna experien cia de esa amorosa intimidad con Dios, no pueden ser otra cosa. Pero las palabras, el pan y el vino ya no son meras palabras, ya no es sólo pan o vino: misteriosa mente, llevan el amor que hace girar y centellear el cos mos en un admirable orden, el amor que hace pulsar la vida en nuestros corazones ahora y para siempre, en un mundo sin fin, en esta vida y en la próxima.
Cuando llevamos la comunión a una persona enfer ma o moribunda, compartimos con ella el conocimien to que proviene de una esperanza auténtica. El poeta y místico inglés del siglo XVIII, William Blake, lo dijo mejor que nadie. Dijo que morir es sólo pasar de una habi -tación a la otra, y él mismo murió cantando, literalmen te. Cuando llevamos la sagrada comunión, nosotros llevamos este conocimiento, algo de la luz del espíritu, que alimenta la esperanza de la manera más real posible, una esperanza que va más allá de esta vida. Esta es la dimensión más profunda de nuestro ministerio eucar ístico.
Pero normalmente, distribuimos la comunión a gente que no está enferma ni moribunda. Damos la comu nión al común de la gente en lo cotidiano y ordinario de sus vidas. La gente a la que distribuimos la comunión es bastante respetuosa, aunque aparentemente parecen apáticos, como ese ministro de la eucaristía de Ohio hacía ver. De todos modos, no habría que sacar conclusiones demasiado rápido.
Es bueno que un ministro de la eucaristía cultive la habilidad de mirar más allá de las apariencias, más allá de las perspectivas superficiales, especialmente cuando se refiere a otras personas. La gente que se pone en fila para recibir la comunión durante la misa puede
parecer, debemos admitirlo, respetuosamente indiferente. Avan zan en la fi la y, cuando llegan adelante, extienden la mano o ponen la lengua para recibir la comunión. Quizá se hacen un poco a un lado, se persignan y vuelven a sus bancos. Parece gente muy ordinaria. Pero no se engañe.
¿Quién es esa persona común que avanza en la fila, extiende la mano o pone la lengua para recibir la comu nión y después se va? Esta es una persona que, al menos alguna vez, quizás a menudo, lucha sin esperanza. Él o ella tiene más que angustia para soportar. ¿Quién es esa persona? Es una joven madre con niños pequeños que la distraen y uno más en camino. Él tiene hijos adoles centes que andan por la calle hasta muy tarde por la noche, y mantienen a su padre sin poder pegar un ojo, por la gran preocupación. Ella es una mujer desempleada, que no sabe de dónde llegará el dinero para pagar el próximo alquiler, y si llegará. Él es el marido de una alcohólica. Ella parece que tiene buen pasar, pero su esposo jamás la acompaña a la Iglesia. ¿Quién sabe qué angustia se anida en ella?
Su madre tiene cáncer. Su hijo ha sido echado de la escuela por posesión de drogas. Su hija adolescente está embarazada. Su esposa tiene la enfermedad de Alzheimer. Su doctor le ha dicho, hace unos días, que el hijo que esperan nacerá con defectos genéticos. Él es un alcohó lico y no lo admite. Ella fue abusada sexualmente cuando era niña. Él es un hombre cuyo hijo adolescente fuma y él se pregunta qué hizo mal como padre. La lista es infinita. Grandes o chicas, todos tenemos nuestras cruces para llevar.
Todos tenemos nuestras cruces. Como ministro de la eucaristía, puede usted imaginar a todas las personas que están en la fila para comulgar, como si llevaran pesadas cruces en sus hombros, arrastrándolas por el pasillo mientras se acercan al altar. Nadie puede ver sus cruces, pero son reales, tan reales como que Dios creó el mundo. Usen su imaginación. Usen los ojos de la fe. No tendrán difi cultad en creer que cada persona que se acerca a comulgar lleva una cruz y necesita esperanza, un poco de esperanza para superar el día a día, la semana que le espera. Vienen a misa, se acercan a uste -des para comulgar, para recibir "una transfusión de es peranza", si quieren llamarlo así.
Guarden esto en su mente mientras colocan el gran misterio, la persona entera de Cristo resucitado, en sus manos o en su lengua.
Tengan esto en su mente mientras comparten el cáliz o vaso que ya no contiene vino, sino el gran misterio, toda la persona completa de Cris to resucitado. A cada persona, díganle "el cuerpo de Cristo" o "la sangre de Cristo", pero no sólo con los labios. Digan esas palabras con su corazón. Traten de hacer contacto con ellos con los ojos. Compartan el Cristo en ustedes mismos, también. Que las palabras que pronuncian sean una oración, no sólo palabras di chas de un modo rutinario, siempre el mismo bla, bla, bla. En cuanto ministros de la eucaristía, ustedes son ministros de la esperanza. Den esperanza cuando ofrezcan a cada persona el Señor Jesús resucitado, "cuerpo y sangre, alma y divinidad". Háganlo.
En la liturgia latina, cuando el sacerdote daba la co munión, decía a cada persona: "Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiar animan tuam in vitam aeternam. Amén". Que signifi ca: "Que el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo guarden tu alma para la vida eterna. Amén". Ahora, en la misa en lengua vernácula, el sacerdote o el ministro de la eucaristía dicen simplemente:"el cuerpo de Cristo" o "la sangre de Cristo—. El signifi cado explícito en la misa en latín y en la
nueva fórmula abreviada es el mismo, son palabras de espe ranza. Cuando pronuncie esas pocas palabras, ustedes ya sabrán que su mensaje es una oración, como la que se decía en la antigua fórmula en latín. Son menos palabras, pero es la misma oración.
Dice un antiguo proverbio inglés: "Cuando no hay esperanza, se quiebra el corazón". Cuando decimos que los ministros de la eucaristía son ministros de la esperanza, queremos significar algo muy importante. Todos andan con el corazón roto. Los niños rompen el corazón de sus padres, los padres, los de sus hijos. Maridos y mujeres se rompen el corazón mutuamente. Tarde temprano, de una manera u otra, se vive la experiencia del corazón roto. En este sentido, la eucaristía da una esperanza que sana los corazones rotos. En verdad, a veces lo único que evita que las personas a quienes distribuimos la comunión tengan el corazón completamente roto es el sacramento que les ofrecemos, un sacramento que les da una esperanza que cura.
Tristan Bernard (1866-1947) fue un gran dramatur go y novelista francés. Durante la Segunda Guerra Mundial, Bernard y su esposa fueron llevados por la Gestapo. "Se terminó el tiempo del miedo", dijo Bernard cuando fueron arrestados. "Ahora empieza el tiempo de la es peranza."
A veces nos olvidamos de que la eucaristía es una recreación de la Última Cena que Jesús compartió con sus discípulos en el umbral de su terrible sufrimiento y muerte. Nos olvidamos de que en la
eucaristía, como en la vida cristiana en su totalidad, no podemos separar muerte y resurrección. En la eucaristía recibi mos la persona total de Cristo resucitado. Pero com partimos también su muerte en la cruz. Como Jesús compartió el sacramento de la esperanza al borde de lo que parecía ser una situación desesperada, del mis mo modo, cuando celebramos la eucaristía, no debe mos esperar que el resultado sea una vida en el jardín de las delicias.
La esperanza que compartimos como ministros de la eucaristía no es una aspirina espiritual para curar los dolores de cabeza de la vida. Por el contrario, cuando damos la comunión a nuestros hermanos, les ofrece- mas la esperanza y el alimento que necesitan para "continuar aguantando", para mantener la vida en medio de cualquier difi cultad que el día ponga en su umbral y hacerlo, al menos, con un poco de paz y de tranquilidad.
La anécdota de Tristan Bernard es una bella imagen de lo que la eucaristía debe ser para nosotros. Nos debe ayudar a poner el miedo a las espaldas y vivir con esperanza, aun cuando las perspectivas sean las más tristes. Este cambio del miedo a la esperanza es el corazón de lo que tenemos que hacer como ministros de la euca ristía, y debería ser el centro de cómo entender nuestra personalidad de ministros. Cuando distribuimos la comunión durante la misa, o la llevamos a quienes no participan en ella, debemos tratar de ayudarlos a ser un poco menos miedosos y tener un poco más de espe ranza. Esa debería ser nuestra oración antes, durante y después del rito de la comunión. Un poco menos de miedo, un poco más de esperanza.
En los evangelios, Jesús exhorta a menudo a sus discípulos a vencer el miedo y confi ar en el amor de su Padre. La narración de la tempestad del lago calmada es, quizás, el paradigma de todas aquellas situaciones de nuestra vida en las cuales nosotros tenemos miedo y perdemos la esperanza:
"Un día subió Jesús a una barca con sus discípulos. Les dijo: `pasemos a la otra orilla del lago'. Y ellos remaron mar adentro. Mientras navegaban, Jesús se durmió. De repente, una tempestad se
desencadenó sobre el lago, y la barca se fue llenando de agua, a tal punto que peligraban. Se acercaron a él y lo despertaron: 'Maestro. Maestro, estamos perdidos'. Jesús se levantó y amenazó al viento y a las olas encrespadas; éstas se tranquilizaron y todo quedó en calma. Después les dijo: '¿Dónde está la fe de ustedes?"'
(Lucas 8, 22-25).
"Que no haya en ustedes ni angustia ni miedo", dice Jesús en el evangelio de san Juan ( 14, 27).
En cuanto ministros de la eucaristía, este ministerio de Jesús de desterrar el miedo y estimular la fe, la con fianza, la esperanza y la paz, es ahora nuestro ministerio. A quienes distribuimos la comunión, les ofrecemos la fuente máxima de la esperanza, "toda la persona" de Cristo resucitado que alimenta la confi anza y la esperanza.
No desestimemos la importancia de este ministerio de la esperanza. No se trata de un pío lugar común. Cuando hablamos de la esperanza, hablamos de la vida misma, porque no existe la vida donde no hay esperanza. Recuerde que en "El infierno" de Dante, sobre la puerta de entrada está escrito: "Pierdan toda esperanza aque llos que entran aquí" (111, 1.9). Desde la perspectiva de Dante, el infi erno es la falta de esperanza. En un sentido muy real, entonces, cuando nosotros compartimos con otros el sacramento de la esperanza, la eucaristía, los ayudamos a evitar el infierno de la desesperanza.
Es extraño, pero es a menudo la gente joven la que tiene dificultad con la esperanza, mientras que los adul os y los ancianos la comprenden y sienten alegría. En Charles Dickens (1906), G. K. Chesterton escribió:
...la juventud es el tiempo en el cual el hombre puede ser
desesperado. El fin de cada episodio es el fi n del mundo. Pero la fuerza de esperar en todo, el conocimiento que el alma sobrevive a sus aventuras ¡lego en la madurez; Dios ha guardado ese buen vino hasta este momento. Es en las es-paldas de los ancianos que deberían brotar las alas de mariposa.
Como ministros de la eucaristía, podemos estar in clinados a tener menos simpatía, compasión y comprensión con los adolescentes y los jóvenes. Es relativamente fácil dar la comunión con una sonrisa y un signo de amabilidad a una persona mayor que, suponemos, nece sita
nuestro aliento y la gracia del sacramento de una manera especial. De hecho, con vestidos extraños y con peinados raros, son los adolescentes los que pueden encontrarse al borde de la desesperación; así que es necesario hacer un esfuerzo extra para darles la esperanza y la paz de Cristo cuando se acercan a co mulgar.
La esperanza del ministro de la eucaristía es la mis ma esperanza de la eucaristía, que viene del poder de la resurrección, que nosotros compartimos cuando damos la comunión a los demás. Nuestra fe y nuestra esperanza, de todos modos, se alimentan de la caridad, o el amor, que es la realidad fundamental y centro de la creación, la más profunda en toda persona, la realidad esencial en la cual "vivimos, nos movemos y existimos" (Hechos 17, 28).
Después que comieron, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. Este contesto: “Si, Señor, tu sabes que te quiero”. Jesús dijo: “Apacienta mis corderos”. Y le preguntó por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Pedro volvió a contestar: “Sí,
Señor, tu sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida mis ovejas”. Insistió Jesús por tercera Vez: “Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?”. Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba
Por tercera vez si lo quería. Le contestó: “Señor, tu sabes todo, tú sabes que te quiero” Entonces, Jesús le dijo “Apacienta mis ovejas”
Juan 21,15-17
El amor
del
ministro de la eucaristía
“Amor” es una palabra ordinaria. Es difícil tener una idea cabal de su significado por todas las maneras en que la gente usa y abusa de ella. Frederick Buechner, en su obra, Wisful Thinking: A Theological ABC (Harper & Row, 1973), hace algunas observaciones substanciales sobre el “amor”:
Perderte en los brazos del otro, o en la compañis del otro, o en el sufrimiento por todos los hombres que sufren, incluidos aquellos que te han hecho sufrir: perderte a ti mismo de este modo es encontraste. De eso se trata. Eso es amor…
En el sentido cristiano, el amor no es primeramente una emoción, sino un acto de voluntad. Cuando Jesús dice que tenemos que amar a nuestro prójimo, no dice que tenemos que amarlo en el sentido de sentir por él algo emocional e íntimo…En las palabras de Jesús, se nos dice que podemos amar al prójimo sin necesariamente gustar de él. El hecho de que nos guste puede hacer de nuestro amor un sentimentalismo sobreprotector en un lugar de una honesta amistad.
La tendencia es buscar otra palabra para evitar las confusiones. Hace tiempo, “caridad” era la palabra, pero hoy ya no corre. Una primera definición actual de “caridad” en el diccionario es: “el suministro de ayuda o alivio al pobre”. Yendo a su raíz latina, caritas, caridad se mismo modo al amor de los unos a los otros. Este es el teologal, fe, esperanza y amor/caridad.
Este es el amor que san Pablo tiene en mente en su famoso himno a la caridad en la primera carta a los Corintios: “Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor, las tres. Pero la mayor de las tres es el amor” (13.13).
En cuanto ministros de la eucaristía, estamos llamados a amar como Jesús amaba. ¿Pero qué quiere indicar esto en términos prácticos y, específicamente, en el contexto de nuestro ministerio eucarístico? Una cosa cierta: no significa que nosotros hayamos sido llamados a ser “amigotes” de todo el mundo.
A veces, los ministros de la eucaristía, especialmente cuando son facultados para presidir las paraliturgias y celebraciones en ausencia del sacerdote, siguen los modales de los sacerdotes, que, por ejemplo, empiezan la misma con ¡Buenos días!” y concluyen con “Tengan un feliz día” ya no tienen un significado suficiente fuerte para los fieles, de modo que se necesita suplir estas palabras tradicionales con un palabrerío secular. A veces, estos sacerdotes salpican, aquí y allá, la misa con palabras graciosas, o modifican o substituyen las oraciones rituales con oraciones rituales con oraciones espontáneas para hacer la misa más “natural” o “pertinente”.
Esta forma de llevar adelante una misa o una paraliturgia de comunión no es, en verdad, mejor que otras. Puede ser muy amigable, pero no es una forma más desarrollada de adoración y no comunica el amor de Dios de una manera más efectiva. Sólo hace que la eucaristía sea más trivial. Sea que los ministros de la eucaristía ayuden a dar la comunión en la misa, sea que dirijan una liturgia de comunión en ausencia del sacerdote, no deben jamás sentir la necesidad de entretener o entusiasmar a la gente que va a comulgar.
No es tarea del ministro de la eucaristía el ganarse la asamblea con discursos amenos, jocosos o graciosos, con frases ingeniosas y centelleantes. El ideal es llegar a ser "transparentes" al ritual, servir al