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abía pasado una semana desde el extraño suceso en el vestíbulo del bloque de pisos y, desde ese día, Aurora había tenido la sensación de que la seguían.El sentimiento no la abandonaba ni de camino al instituto ni cuando regresaba, oprimiéndole el pecho y dibujando un nudo en su estómago.
se esforzaba en descubrir a su perseguidor, no lo conseguía. De nada servía detenerse en medio de la calle sin previo aviso para volverse sobre sí misma, ni esconderse en los portales para observar sobre su hombro con disimulo. Siempre que lo hacía, se encontraba sola en el camino.
La chica empezaba a pensar que todo aquello eran imaginaciones suyas y que haber soñado con Alberto la semana anterior la había alterado por
completo. Ahora hacía tiempo que no le sucedía y quizás esa mejoría que le parecía haber experimentado durante los últimos tiempos, era sólo un espejismo.
Pero aquella fría mañana de febrero, durante el trayecto hacia el instituto, la sensación fue mucho más intensa y sofocante; mucho más corpórea. Por eso, al llegar a su destino, Aurora corrió a refugiarse en el interior del edificio, pensando que, fuera quién fuese, no podría entrar sin llamar la atención.
El ajetreo de las clases, los cambios de aula para las asignaturas variables, el parloteo de sus compañeros... todas aquellas escenas cotidianas la ayudaron a olvidar momentáneamente su preocupación. Pero cuando el timbre que indicaba la hora del recreo hizo poner a todos sus compañeros en pie, el miedo regresó.
Aurora esperó a que todo el mundo saliera del aula. Quería ganar tiempo a cualquier precio
para no tener que salir del edificio. Cuando ya no quedaba nadie en clase, se dirigió al servicio y se encerró en uno de los compartimentos, dispuesta a quedarse allí durante los veinte minutos restantes.
Desafortunadamente, Rojo, la profesora de química que tenía fama de ser todo un sargento, entró en los lavabos y empezó a echar a las demás chicas que, como Aurora, estaban allí reunidas huyendo del frío de la calle.
―Chicas ―amenazó la profesora―, os quiero a todas fuera en cinco minutos. Y no valen excusas. Si tenéis frío, os ponéis una chaqueta.
Nadie protestó y, poco a poco, fueron saliendo todas.
Sin alternativas, Aurora hizo lo mismo. No podía contarle a la profesora que no quería salir porque tenía miedo de que alguien pudiera estar siguiéndola. Sabía perfectamente lo que aquello supondría. Y no quería más horas
de terapia.
Por suerte, con todo aquel embrollo había perdido suficiente tiempo y quedaban poco más de diez minutos para el fin del recreo. Saldría fuera y se quedaría sentada en los escalones de la entrada. Allí estaría bien porque, si algo la asustaba, podría correr con facilidad hacia el interior del edificio.
Pero, cuando cruzaba el vestíbulo de la planta baja, un leve movimiento entre las sombras que
se formaban en uno de los pasadizos laterales llamó su atención. Inconscientemente, giró la cabeza hacia allí, esperando ver a alguno de los profesores. En cambio, lo que se encontró fue que, entre la penumbra, brillaba el centelleo enigmático de unos ojos incoloros, que parecían desprovistos de vida.
Unos ojos vacíos.
Los mismos que había visto en el reflejo del espejo y que pertenecían a aquel chico con piel
de nieve.
Aurora soltó un chillido y dio media vuelta para subir corriendo las escaleras de vuelta hacia su clase. Al llegar allí, se arrinconó en una pared y se encogió sobre sí misma, hecha un ovillo. Esperaba, angustiada, que ese chico la siguiera hasta allí.
Pero no lo hizo.
Y cuando sus compañeros de clase regresaron, se la encontraron sollozando en un rincón.
Le costó un poco convencer a sus padres de que el incidente no había sido más que un suceso aislado. Su madre, muy preocupada por el hecho de que Aurora pudiera sufrir una recaída en su depresión, había insistido en que se cogiera unos días libres y había sacado el tema de retomar las visitas con la psicóloga, que ahora se limitaban a una sesión de control cada dos meses.
redondo. No quería volver a quedarse encerrada en casa como una enferma, para pasarse las horas muertas dándole vueltas a todo.
Además, después de que los nervios pasaran y una vez había podido analizar el suceso con calma, el miedo y la ansiedad se habían diluido para convertirse en mera curiosidad.
¿Quién era ese chico? ¿Y por qué la seguía? Porque, después de lo ocurrido, quedaba claro que era él quien la había estado siguiendo
todo aquel tiempo. ¿Y por qué le había visto desaparecer de aquel modo en la puerta de su casa? Por no hablar de esos ojos tan peculiares que tenía. Eran extraños, pero a la vez fascinantes. Aurora quería saber qué escondían.
Y por eso urdió un plan.
Al día siguiente, cuando terminaron las clases de la tarde, salió muy decidida del aula. A su alrededor se encontraban multitud de jóvenes que corrían eufóricos por el fin de la jornada. Caminó
entre ellos hasta la entrada del instituto y, sin mirar atrás, siguió adelante.
A medida que avanzaba y se iba quedando sola en la calle, regresó la sensación de tener a alguien tras ella. Era la oportunidad perfecta para desenmascararlo.
Repitió las mismas tácticas que había usado los días anteriores, pero esta vez con más determinación. Se volvió sobre su hombro más de veinte veces y trató de coger desprevenido a su
perseguidor dando vueltas en círculo para atraparle por la espalda.
Pero no obtuvo ningún resultado. Él era más rápido o, simplemente, no estaba donde ella creía que debía estar. Y, al llegar a su casa, las dudas sobre la existencia real de aquel chico volvieron a su mente.
Aurora lo había escuchado, había oído los pasos y el vaivén de su respiración tras ella y también había sentido su presencia física.
Pero la razón le decía que si realmente había alguien siguiéndola no podía desaparecer con aquella facilidad. Era imposible.
Enfurruñada, se metió en el portal y se recostó en la pared, echando la cabeza hacia atrás.
¿Qué más podía hacer para obligarle a mostrarse?
Se mordió el labio inferior, mientras pensaba. Pero no se le ocurría ninguna otra solución.
Suspiró con resignación.
hacer. Quizás tendría que esperar pacientemente a que él volviera a presentarse ante ella por voluntad propia, como había hecho la primera vez. Entonces podría preguntarle quién era y qué quería.
Fuera como fuese, no iba a rendirse.
Se disponía a abrir la puerta de entrada, cuando el ruido de un frenazo, seguido del de una bocina enfurecida, le hizo dar un respingo. Salió a toda prisa para comprobar qué había sucedido y vio un coche
que se alejaba a toda velocidad. El conductor había sacado la mano por la ventanilla e increpaba a un muchacho que acababa de cruzar la calle. Él se volvió apenas una fracción de segundo en dirección al vehículo, pero no respondió a los insultos, sino que siguió su camino sin inmutarse, andando cabizbajo y con las manos metidas en los bolsillos de unos pantalones que parecían sacados de un vertedero.
Fue entonces cuando le pudo ver el rostro.
Era él.
La misma piel pálida, el mismo pelo oscuro, rizado, revuelto. Los mismos ojos vacíos.
Aurora volvió a meterse en el portal por acto reflejo y contuvo la respiración, como si de aquel modo no pudiera ser vista. Aunque rápidamente se hizo cargo de la situación: ¡le había encontrado! Era él. El mismo al que había estado intentando descubrir durante toda la semana. El que la había estado siguiendo durante días. Le tenía
delante, a escasos metros. No podía dejarle escapar. No ahora.
Inspirando una gran bocanada de aire, sintiendo como una mezcla de miedo y excitación la recorrían por dentro, salió del portal con cuidado, tratando de no llamar mucho la atención.
No hizo caso de la voz de la conciencia que, en el fondo de su mente, le advertía de que aquello podía ser peligroso. Al fin y al cabo... no tenía ni idea de quién era ese chico. ¿Y si resultaba ser un
maníaco? ¿Y si había estado siguiéndola todo ese tiempo con alguna oscura intención?
Pero ahora la curiosidad era más fuerte que la razón. Ahora lo único que le importaba era saber quién era él.
Le siguió desde la distancia, a través de las calles de la ciudad. Aurora caminaba encogida, cubriéndose toda ella con la chaqueta para tratar de no ser vista. La mochila todavía colgaba de su
espalda y la bolsa de deporte de su hombro derecho; no había tenido tiempo de dejar sus pertenencias en casa. De vez en cuando se escondía en algún portal o disimulaba haciendo ver que observaba un escaparate. Algunos transeúntes la miraban como si estuviese loca, pero ella no les hacía ningún caso; sería mucho peor si él la descubría. Ni siquiera tenía idea de por qué le estaba siguiendo ahora. Quizás pensaba que saber de dónde era él le daría alguna pista sobre
sus motivos. O quizás haber invertido los papeles la hacía sentir un poco mejor consigo misma, un poco más segura.
Mientras avanzaban, había ido observando la figura del joven que la guiaba, sin saberlo, hacia el centro de la ciudad.
Todo en él era extraño. A pesar de que tenía el aspecto de un chico normal y corriente, Aurora sabía que no lo era, y no sólo por sus ropas. Avanzaba como un autómata sin prestar atención a
nada, con los hombros caídos y las manos metidas en los bolsillos de unos pantalones de raso viejos, gastados y sucios. Había llegado a pensar que el joven tenía algún tipo de retraso, pero se había deshecho de aquella idea en cuanto había visto que, de vez en cuando, se detenía, levantaba la vista y luego se giraba hacia ella. La primera vez había faltado sólo un segundo para que no la viera. Pero las demás, ella había estado alerta y había podido evitarlo a tiempo.
Pero, de hecho, lo que más llamaba la atención en él y lo que le hacía parecer más raro eran aquellos extraños ojos, que daban la sensación de estar vacíos de vida. La chica ya había podido comprobar que no era sólo la falta de color lo que le daba esa impresión, sino el hecho de mirar dentro de ellos y no encontrar nada: ni calidez, ni sentimientos, ni emociones. Nada.
Y aquello, en vez de asustarla, la fascinaba y la entristecía a la
vez.
El trayecto duró casi veinte minutos. Aurora vivía en la parte más exterior de la ciudad y el paseo la había conducido hasta el mismo centro. Y ya empezaba a sospechar el destino de aquel joven: la biblioteca.
El edificio, situado al final de una larga avenida, se erguía solitario y gris. Era una construcción clásica, de más de cien años de antigüedad, que, a pesar de haber sido restaurada para
acoger la biblioteca, seguía ofreciendo un aspecto lúgubre y sobrio.
Aurora se había detenido en el cruce de una de las calles que desembocaba en la avenida, observando al chico avanzar hasta la puerta de la biblioteca, sin atreverse a salir al descubierto por miedo a ser vista. No fue hasta que él hubo entrado en el edificio y ella se hubo cerciorado de que no iba a salir momentos después, que se atrevió a salir de su escondite.
Había decidido que aquel sería un buen lugar para abordarle. En la biblioteca no podría hacerle daño porque estarían rodeados de gente. Allí podría preguntarle sin tapujos el motivo por el que la seguía.
La puerta de la biblioteca chirrió cuando Aurora la empujó y eso la asustó. Con el corazón latiendo a mil por hora, se introdujo en la amplia sala que se abría ante ella. Toda la planta baja estaba
constituida por una sola habitación. Frente a la entrada se situaba la recepción, una isla circular en la que trabajaban dos mujeres. A ambos lados de la misma se abrían dos caminos entre las estanterías, que conducían al centro de la estancia. Allí, en medio de todas la hileras de libros, había situadas unas cuantas mesas, que a esa hora empezaban a llenarse de niños y jóvenes que salían de la escuela.
Saludó con un gesto de cabeza a las bibliotecarias y se encaminó
por el pasillo de la derecha.
El lugar, iluminado por decenas de fluorescentes que cubrían el techo y por la luz de la tarde que se colaba por los amplios ventanales, estaba sumido en un silencio sepulcral. Aurora volvía a sentir el corazón retumbando dentro de su pecho. Estudió las mesas con detenimiento, paseando su mirada por cada una de ellas, pero no vio al chico por ninguna parte.
¿Dónde se había metido? Estaba segura que le había visto
entrar y aquella era la única sala que había.
De pronto, se sobresaltó al descubrir una sombra entre las estanterías más apartadas, pero suspiró aliviada al ver que se trataba de un anciano que intentaba alcanzar un libro de la última estantería.
Fue entonces cuando le vio a él, de camino al final de ese mismo pasillo.
Aurora sintió el subidón de adrenalina.
Era ahora o nunca.
Sin pensárselo dos veces, se dirigió hacia allí.
El miedo la recorría por dentro y se le hacía difícil respirar. La biblioteca le parecía mucho más siniestra que de costumbre, llena de sombras espeluznantes y de rincones extrañamente oscuros. Las hileras de estanterías la envolvían, haciéndole sentir que se perdía por un laberinto de libros. No fueron más de treinta segundos, pero a Aurora le pareció que aquel
trayecto era el más largo que había hecho en toda su vida.
Al final llegó un punto donde las estanterías cesaban. En aquel rincón, escondido entre los libros, había una puerta que ahora estaba entreabierta. Aurora pudo ver claramente la señal de prohibido el paso que colgaba de la madera, pero hizo caso omiso, pues estaba claro que el chico había entrado por ahí. Miró en derredor, para asegurarse de que nadie la veía, y se escabulló hacia el interior,
cerrando tras ella.
Dentro se encontró unas escaleras al final de las cuales se extendía un pasillo largo, iluminado solamente por luces de emergencia que apenas reducían la espesa oscuridad. Avanzó casi a tientas con el corazón en un puño. El lugar olía a humedad y, además, hacía un calor sofocante, que contrastaba especialmente con el frío de la calle. A cada nuevo paso, Aurora sentía que le faltaba el aire.
aquel lugar se había convertido en un blanco fácil. Barajó la posibilidad de dar media vuelta y regresar por donde había venido. Pero la descartó casi al instante. Había algo que la empujaba a seguir adelante, a pesar del peligro. Era como si aquel desconocido estuviese ejerciendo un magnetismo incontrolable sobre ella. Necesitaba saber quién era. Necesitaba saber por qué la seguía. Y también por qué sus ojos parecían muertos.
Una nueva puerta la aguardaba al final del pasillo. Todas las demás estaban cerradas con llave, según había podido comprobar. Había un cartel colgado en la madera, pero en la oscuridad no lo podía leer. Sacó su móvil y lo iluminó con la luz de la pantalla.
―Al-ma-cén ―leyó, en un susurro.
“¿Qué se supone que hace un chico en el almacén de la biblioteca?” se preguntó, sin salir de su asombro.
No entendía nada. Y quería respuestas. Así que, tragando saliva, empujó la puerta con suavidad.
La habitación, a diferencia del pasillo, estaba iluminada por la luz pálida que entraba a través de dos claraboyas situadas en lo alto de la pared. Aurora pudo ver que allí dentro se encontraba un pequeño trastero, lleno de objetos viejos, cajas, muebles y demás, todo cubierto por sábanas y, al menos, un dedo de polvo. Daba la impresión
de que nadie había estado allí desde hacía años. Sólo las pisadas marcadas en la suciedad del suelo delataban la presencia de un intruso en la sala.
La chica miró a ambos lados, sintiendo todo el cuerpo en tensión. Estaba claro que el joven debía seguir allí dentro, escondido en algún rincón, pues no había más puerta que la que ella había usado.
Tragó saliva.
―Sé... sé que estás ahí ―tartamudeó, tratando de parecer
segura de sí misma. Pero sólo consiguió que le saliera un suave murmuro.
No hubo respuesta. Ningún ruido, ningún movimiento.
El miedo la volvió a atrapar ¿Y si el chico salía disparado hacia ella? ¿Y si era una trampa?
―¡Sal! ―ordenó, esta vez con un poco más de autoridad.
Pero tampoco sucedió nada. Después de unos instantes de duda y al ver que el tiempo seguía pasando y no ocurría nada, Aurora
se aventuró a inspeccionar la estancia. Levantó algunas sábanas, apartó algunos muebles, observó cada rincón. Y, para su sorpresa, se encontró con que allí no había nadie. La habitación estaba completamente vacía.
¿Tendría el chico la llave de alguna de las otras habitaciones y se habría escondido en una de ellas? Parecía lo más probable, pero... estaban las pisadas. Aurora volvió a la entrada de la habitación y trató de distinguir sus huellas de
las otras. Fue fácil pues ella tenía el pie bastante más pequeño. Siguió el rastro a través de la sala hasta un rincón al que no había prestado mucha atención. En él solo había una cajonera vieja y roída, que se había estropeado por la humedad, y un espejo, tan grande como toda ella y que en algún momento debía haber sido una espléndida pieza de arte. El marco estaba tallado en forma de extrañas criaturas y chapado en lo que debía haber sido oro; pero ahora cada uno de esos
pequeños recovecos estaba lleno de suciedad.
Aunque lo más llamativo era el cristal. A pesar de los años que debía tener la reliquia, seguía intacto, sin ningún rasguño y sin ninguna mancha. La superficie permanecía pulida como el primer día.
Aurora sintió una enorme curiosidad hacia el objeto y, por acto reflejo, acarició el vidrio con suavidad.
sentir que, al hacerlo, sus dedos se habían fundido con la superficie y la habían atravesado.
Incrédula, volvió a repetir la operación.
Su mano se hundió en la superficie cristalina.
―¿Qué demonios es esto? ―exclamó retirándose, una vez más.
Pero, esta vez, no pudo. Su mano se había quedado atrapada dentro del espejo. Trató de estirarla, valiéndose de su otra
mano, pero lo único que consiguió fue que ésta se hundiera más, llevándose también su otro brazo.
Se echó hacia atrás gritando de miedo. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no podía hacer nada contra el espejo, que la succionaba hacia su interior.