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Título original: La Última alma ©2012 Anna Roldós Martínez Numero de asiento registral en la

Propiedad Intelectual

02/2012/4672

Publicado el 04/2013

Diseño de la portada: © Anna Roldós Martínez

Imagen de la portada: ©123RF.com

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total o parcial de ninguna parte de esta obra (incluidos el diseño y/o la imagen de portada) sin la autorización previa de los propietarios del copyright.

Para más información sobre la obra:

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La Última alma

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A todas las personas que han

creído en mí.

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~ Primera parte ~

El Portador de almas

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1. La chica que lloraba

A

urora se inclinó hacia delante, angustiada.

―¡Alberto! ―gritó, con desesperación.

Pero la imagen del chico que tenía delante se desvaneció en el aire antes de poder alcanzarlo y ella se encontró sentada en su cama, con la mano tendida al vacío.

La luz de la mañana entraba a raudales por la ventana indicando

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el inicio de un nuevo y radiante día. La chica parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la claridad y, al hacerlo, descubrió que su madre estaba junto a ella, con la mano derecha todavía puesta sobre la correa de la persiana.

―Buenos días ―la saludó la mujer―. ¿Has dormido bien?

Ella no respondió. En vez de eso, se la quedó mirando como quién mira a un fantasma y tras farfullar un par de palabras incoherentes se levantó de la cama,

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embutió los pies en las zapatillas y se metió en el baño cerrando de un portazo.

Como cada mañana, y después de permanecer media hora encerrada en el aseo, Aurora bajaría a la cocina, donde la esperaría el desayuno que había preparado su madre. Como cada mañana, ella sólo tendría que comérselo y dar las gracias, antes de salir a toda prisa para llegar a la hora.

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Pero aquella era una mañana diferente, porque Aurora había vuelto a soñar con Alberto.

Cuando entró en la cocina, su madre la observó preocupada. Ella ni se dio cuenta. Se limitó a dejar la mochila a un lado y se sentó en uno de los taburetes metálicos, echando un vistazo el conjunto de platos y botes distribuidos por encima de la mesa. No tenía hambre, pero como no le apetecía discutir por el tema de la comida le dio un sorbo al tazón de leche y mordió con

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cuidado la tostada con mantequilla. ―Hoy tienes buen aspecto ―oyó decirle a la mujer.

―Si tú lo dices...

―Y, además, te has puesto el jersey nuevo que te compré el otro día.

Aurora se encogió de hombros. Sólo era un jersey. Y estaba limpio.

―He pensado... ¿te apetecería ir a dar una vuelta por el centro, esta tarde? ―insistió su madre.

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ir a ningún lado. Como tampoco tenía ganas de hablar. Sólo quería que la dejaran sola con su pesar.

Apartó el tazón de leche, de mal humor, y se puso en pie de un salto.

―¿Quieres dejarme tranquila? ―le espetó a su madre, mientras cogía la chaqueta para abrigarse con ella―. Recuerda nuestro trato: tú no te metes en mis cosas y yo me porto bien y sigo con mi vida. Así que no me molestes. Si quieres ir al centro, ve tú sola. Y no te

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preocupes, no voy a cortarme las venas por haber soñado con él.

Y, sin esperar ninguna respuesta, se colgó la mochila a la espalda y salió corriendo de su casa.

Las lágrimas habían empezado a caer por su rostro antes de llegar al portal y Aurora sollozó, agazapada en el hueco de la escalera. No le gustaba tratar así a su madre pero había aprendido que era la única manera de alejarla de ella. Y aquella mañana la

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necesitaba especialmente lejos. No quería su compasión, era incluso más dolorosa que el hecho de haber soñado con Alberto.

Cuando se hubo calmado un poco, Aurora suspiró. El reloj que había colgado en la pared del vestíbulo marcaba las ocho y cuarenta y seis. Si no se daba prisa, iba a llegar tarde al instituto.

Se puso en pie y se acercó al espejo que decoraba la pared del fondo. Con la ayuda de un pañuelo

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de papel trató de borrar los signos de las lágrimas que acababa de derramar, pero la rojez de sus ojos no iba a desaparecer con tanta facilidad. Volvió a suspirar y se cargó de nuevo la mochila a la espalda. Antes de dirigirse a la puerta, observó una última vez el reflejo que le devolvía la superficie cristalina.

Desde hacía ya algún tiempo, le costaba reconocerse cuando se miraba en el espejo.

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Aurora siempre había lucido una larga melena ondulada, que su madre adoraba cepillar. Pero, en venganza por el hecho de que sus padres la hubiesen cambiado de instituto, se la había cortado ella misma. Ahora su pelo era poco más largo que el de la mayoría de chicos y las ondas que dibujaba conseguían que estuviera despeinado la mayor parte del tiempo.

O, quizás, era cosa de la edad. A veces, cuando pensaba en ello,

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Aurora tenía la sensación de haber pasado su último año de vida como en un sueño. Y cuando intentaba recordar algo relacionado con aquellos días, no conseguía encontrar más que vacío. Aun así, las manecillas del reloj habían seguido avanzando y los calendarios, perdiendo páginas. Y ahora, sin darse cuenta, estaba a un mes escaso de cumplir los diecisiete.

Un largo y entero año...

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recuerdos amargos, cuando un movimiento a sus espaldas llamó su atención. Levantó la mirada y, a través del reflejo, pudo ver que había alguien junto a la puerta de entrada.

Era un chico.

Entre asustada y abrumada, Aurora trató de identificarle, pero descubrió que no le había visto nunca antes. Se trataba de un joven un poco mayor que ella, más bien alto, pero de constitución delgada. Su piel era blanca, suave, casi

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delicada, apenas cubierta por cuatro pelos rebeldes que afloraban en la zona del bigote y la barbilla; sus mejillas, de un tono carmesí que contrastaba con su piel de nieve; la nariz, pequeña, como la boca; y los ojos... vacíos.

¿Vacíos?

Aurora se dio la vuelta para encararle. No tenía ni idea de qué iba a decirle una vez estuvieran frente a frente.

¿Quién eres? ¿Qué miras? ¿Buscas a alguien?

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Pero, de todos modos, no tuvo que preocuparse mucho por ello porque, al volverse, él ya no estaba. Había desaparecido. Como si jamás hubiese estado allí.

La muchacha miró

repetidamente a ambos lados. El portal seguía cerrado y en el tiempo que había tardado en darse la vuelta no había escuchado el característico chirrido de falta de aceite. Entonces... ¿Dónde estaba el chico? Porque allí no había ninguna otra salida ni recoveco en el que

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esconderse.

Indecisa, Aurora se acercó a la puerta y la abrió con cuidado. La calle estaba tan desierta como de costumbre. La oteó en ambas direcciones sin encontrar nada remarcable.

¿Cómo podía ser?

Estaba segura de que había visto a un chico junto al portal. Pero no había ni rastro de él.

El ruido de la persiana metálica de la tienda de la esquina le recordó que estaban a punto de

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dar las nueve. Ahora sí que iba a llegar tarde, no tenía tiempo para tonterías. Y olvidando por completo el suceso ocurrido, echó a correr en dirección al instituto.

Afortunadamente, llegó justo a tiempo. El timbre de las nueve había tocado hacía cinco minutos y los últimos rezagados estaban entrando ya en clase. Se metió en el aula de 4º C y se dirigió hasta su pupitre, situado en un rincón de la última fila. Una vez allí, se dejó

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caer sobre la silla, cruzó los brazos encima de la mesa y hundió la cabeza en ellos.

Se sentía extraña y, para colmo, durante el trayecto hasta el colegio había tenido la sensación de que alguien la seguía. Sensación totalmente infundada, claro, porque, al volverse sobre su hombro, no había encontrado a nadie.

¿Imaginaciones suyas, como lo del espejo de su casa?

No estaba muy segura.

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clase, haciendo enmudecer a todos los chavales que chillaban y corrían de un lado para otro. Aurora seguía encogida sobre sí misma, pero nadie le dijo nada; ni siquiera el profesor. Todos sabían que aquella chica era especial, que había venido a ese instituto intentando olvidar un hecho terrible. Y, por eso, siempre la dejaban a un lado, como si estuviera envuelta con un halo protector o como si fuera de otro planeta.

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años, Aurora había probado el amargo sabor de la pérdida de un ser querido cuando un desafortunado accidente se había llevado la vida de Alberto, su chico, y la había sumergido en una depresión de la que ahora empezaba a salir.

Aurora había dejado de asistir a clase desde el mismo día del accidente, once meses antes. Y por eso, a pesar de los esfuerzos de sus padres y la comprensión de los profesores, le habían suspendido el

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curso. De ahí que la psicóloga insistiera en que repetir en un nuevo ambiente iba a ayudarla a salir del pozo. Y allí estaba, en su nuevo instituto, rodeada de extraños, esforzándose cada día en olvidar un suceso que la perseguía incluso en sueños y del que creía que jamás se podría recuperar.

Desechando los pensamientos negativos que poblaban su mente, Aurora levantó la cabeza y se dispuso a prestar atención al profesor. Se había propuesto hacer

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un esfuerzo para sacarse el curso. Pero tendría que ponerse las pilas. El primer trimestre había resultado ser un desastre y los exámenes del segundo estaban a la vuelta de la esquina.

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2. La Puerta en el almacén

H

abía pasado una semana desde el extraño suceso en el vestíbulo del bloque de pisos y, desde ese día, Aurora había tenido la sensación de que la seguían.

El sentimiento no la abandonaba ni de camino al instituto ni cuando regresaba, oprimiéndole el pecho y dibujando un nudo en su estómago.

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se esforzaba en descubrir a su perseguidor, no lo conseguía. De nada servía detenerse en medio de la calle sin previo aviso para volverse sobre sí misma, ni esconderse en los portales para observar sobre su hombro con disimulo. Siempre que lo hacía, se encontraba sola en el camino.

La chica empezaba a pensar que todo aquello eran imaginaciones suyas y que haber soñado con Alberto la semana anterior la había alterado por

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completo. Ahora hacía tiempo que no le sucedía y quizás esa mejoría que le parecía haber experimentado durante los últimos tiempos, era sólo un espejismo.

Pero aquella fría mañana de febrero, durante el trayecto hacia el instituto, la sensación fue mucho más intensa y sofocante; mucho más corpórea. Por eso, al llegar a su destino, Aurora corrió a refugiarse en el interior del edificio, pensando que, fuera quién fuese, no podría entrar sin llamar la atención.

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El ajetreo de las clases, los cambios de aula para las asignaturas variables, el parloteo de sus compañeros... todas aquellas escenas cotidianas la ayudaron a olvidar momentáneamente su preocupación. Pero cuando el timbre que indicaba la hora del recreo hizo poner a todos sus compañeros en pie, el miedo regresó.

Aurora esperó a que todo el mundo saliera del aula. Quería ganar tiempo a cualquier precio

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para no tener que salir del edificio. Cuando ya no quedaba nadie en clase, se dirigió al servicio y se encerró en uno de los compartimentos, dispuesta a quedarse allí durante los veinte minutos restantes.

Desafortunadamente, Rojo, la profesora de química que tenía fama de ser todo un sargento, entró en los lavabos y empezó a echar a las demás chicas que, como Aurora, estaban allí reunidas huyendo del frío de la calle.

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―Chicas ―amenazó la profesora―, os quiero a todas fuera en cinco minutos. Y no valen excusas. Si tenéis frío, os ponéis una chaqueta.

Nadie protestó y, poco a poco, fueron saliendo todas.

Sin alternativas, Aurora hizo lo mismo. No podía contarle a la profesora que no quería salir porque tenía miedo de que alguien pudiera estar siguiéndola. Sabía perfectamente lo que aquello supondría. Y no quería más horas

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de terapia.

Por suerte, con todo aquel embrollo había perdido suficiente tiempo y quedaban poco más de diez minutos para el fin del recreo. Saldría fuera y se quedaría sentada en los escalones de la entrada. Allí estaría bien porque, si algo la asustaba, podría correr con facilidad hacia el interior del edificio.

Pero, cuando cruzaba el vestíbulo de la planta baja, un leve movimiento entre las sombras que

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se formaban en uno de los pasadizos laterales llamó su atención. Inconscientemente, giró la cabeza hacia allí, esperando ver a alguno de los profesores. En cambio, lo que se encontró fue que, entre la penumbra, brillaba el centelleo enigmático de unos ojos incoloros, que parecían desprovistos de vida.

Unos ojos vacíos.

Los mismos que había visto en el reflejo del espejo y que pertenecían a aquel chico con piel

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de nieve.

Aurora soltó un chillido y dio media vuelta para subir corriendo las escaleras de vuelta hacia su clase. Al llegar allí, se arrinconó en una pared y se encogió sobre sí misma, hecha un ovillo. Esperaba, angustiada, que ese chico la siguiera hasta allí.

Pero no lo hizo.

Y cuando sus compañeros de clase regresaron, se la encontraron sollozando en un rincón.

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Le costó un poco convencer a sus padres de que el incidente no había sido más que un suceso aislado. Su madre, muy preocupada por el hecho de que Aurora pudiera sufrir una recaída en su depresión, había insistido en que se cogiera unos días libres y había sacado el tema de retomar las visitas con la psicóloga, que ahora se limitaban a una sesión de control cada dos meses.

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redondo. No quería volver a quedarse encerrada en casa como una enferma, para pasarse las horas muertas dándole vueltas a todo.

Además, después de que los nervios pasaran y una vez había podido analizar el suceso con calma, el miedo y la ansiedad se habían diluido para convertirse en mera curiosidad.

¿Quién era ese chico? ¿Y por qué la seguía? Porque, después de lo ocurrido, quedaba claro que era él quien la había estado siguiendo

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todo aquel tiempo. ¿Y por qué le había visto desaparecer de aquel modo en la puerta de su casa? Por no hablar de esos ojos tan peculiares que tenía. Eran extraños, pero a la vez fascinantes. Aurora quería saber qué escondían.

Y por eso urdió un plan.

Al día siguiente, cuando terminaron las clases de la tarde, salió muy decidida del aula. A su alrededor se encontraban multitud de jóvenes que corrían eufóricos por el fin de la jornada. Caminó

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entre ellos hasta la entrada del instituto y, sin mirar atrás, siguió adelante.

A medida que avanzaba y se iba quedando sola en la calle, regresó la sensación de tener a alguien tras ella. Era la oportunidad perfecta para desenmascararlo.

Repitió las mismas tácticas que había usado los días anteriores, pero esta vez con más determinación. Se volvió sobre su hombro más de veinte veces y trató de coger desprevenido a su

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perseguidor dando vueltas en círculo para atraparle por la espalda.

Pero no obtuvo ningún resultado. Él era más rápido o, simplemente, no estaba donde ella creía que debía estar. Y, al llegar a su casa, las dudas sobre la existencia real de aquel chico volvieron a su mente.

Aurora lo había escuchado, había oído los pasos y el vaivén de su respiración tras ella y también había sentido su presencia física.

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Pero la razón le decía que si realmente había alguien siguiéndola no podía desaparecer con aquella facilidad. Era imposible.

Enfurruñada, se metió en el portal y se recostó en la pared, echando la cabeza hacia atrás.

¿Qué más podía hacer para obligarle a mostrarse?

Se mordió el labio inferior, mientras pensaba. Pero no se le ocurría ninguna otra solución.

Suspiró con resignación.

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hacer. Quizás tendría que esperar pacientemente a que él volviera a presentarse ante ella por voluntad propia, como había hecho la primera vez. Entonces podría preguntarle quién era y qué quería.

Fuera como fuese, no iba a rendirse.

Se disponía a abrir la puerta de entrada, cuando el ruido de un frenazo, seguido del de una bocina enfurecida, le hizo dar un respingo. Salió a toda prisa para comprobar qué había sucedido y vio un coche

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que se alejaba a toda velocidad. El conductor había sacado la mano por la ventanilla e increpaba a un muchacho que acababa de cruzar la calle. Él se volvió apenas una fracción de segundo en dirección al vehículo, pero no respondió a los insultos, sino que siguió su camino sin inmutarse, andando cabizbajo y con las manos metidas en los bolsillos de unos pantalones que parecían sacados de un vertedero.

Fue entonces cuando le pudo ver el rostro.

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Era él.

La misma piel pálida, el mismo pelo oscuro, rizado, revuelto. Los mismos ojos vacíos.

Aurora volvió a meterse en el portal por acto reflejo y contuvo la respiración, como si de aquel modo no pudiera ser vista. Aunque rápidamente se hizo cargo de la situación: ¡le había encontrado! Era él. El mismo al que había estado intentando descubrir durante toda la semana. El que la había estado siguiendo durante días. Le tenía

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delante, a escasos metros. No podía dejarle escapar. No ahora.

Inspirando una gran bocanada de aire, sintiendo como una mezcla de miedo y excitación la recorrían por dentro, salió del portal con cuidado, tratando de no llamar mucho la atención.

No hizo caso de la voz de la conciencia que, en el fondo de su mente, le advertía de que aquello podía ser peligroso. Al fin y al cabo... no tenía ni idea de quién era ese chico. ¿Y si resultaba ser un

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maníaco? ¿Y si había estado siguiéndola todo ese tiempo con alguna oscura intención?

Pero ahora la curiosidad era más fuerte que la razón. Ahora lo único que le importaba era saber quién era él.

Le siguió desde la distancia, a través de las calles de la ciudad. Aurora caminaba encogida, cubriéndose toda ella con la chaqueta para tratar de no ser vista. La mochila todavía colgaba de su

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espalda y la bolsa de deporte de su hombro derecho; no había tenido tiempo de dejar sus pertenencias en casa. De vez en cuando se escondía en algún portal o disimulaba haciendo ver que observaba un escaparate. Algunos transeúntes la miraban como si estuviese loca, pero ella no les hacía ningún caso; sería mucho peor si él la descubría. Ni siquiera tenía idea de por qué le estaba siguiendo ahora. Quizás pensaba que saber de dónde era él le daría alguna pista sobre

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sus motivos. O quizás haber invertido los papeles la hacía sentir un poco mejor consigo misma, un poco más segura.

Mientras avanzaban, había ido observando la figura del joven que la guiaba, sin saberlo, hacia el centro de la ciudad.

Todo en él era extraño. A pesar de que tenía el aspecto de un chico normal y corriente, Aurora sabía que no lo era, y no sólo por sus ropas. Avanzaba como un autómata sin prestar atención a

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nada, con los hombros caídos y las manos metidas en los bolsillos de unos pantalones de raso viejos, gastados y sucios. Había llegado a pensar que el joven tenía algún tipo de retraso, pero se había deshecho de aquella idea en cuanto había visto que, de vez en cuando, se detenía, levantaba la vista y luego se giraba hacia ella. La primera vez había faltado sólo un segundo para que no la viera. Pero las demás, ella había estado alerta y había podido evitarlo a tiempo.

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Pero, de hecho, lo que más llamaba la atención en él y lo que le hacía parecer más raro eran aquellos extraños ojos, que daban la sensación de estar vacíos de vida. La chica ya había podido comprobar que no era sólo la falta de color lo que le daba esa impresión, sino el hecho de mirar dentro de ellos y no encontrar nada: ni calidez, ni sentimientos, ni emociones. Nada.

Y aquello, en vez de asustarla, la fascinaba y la entristecía a la

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vez.

El trayecto duró casi veinte minutos. Aurora vivía en la parte más exterior de la ciudad y el paseo la había conducido hasta el mismo centro. Y ya empezaba a sospechar el destino de aquel joven: la biblioteca.

El edificio, situado al final de una larga avenida, se erguía solitario y gris. Era una construcción clásica, de más de cien años de antigüedad, que, a pesar de haber sido restaurada para

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acoger la biblioteca, seguía ofreciendo un aspecto lúgubre y sobrio.

Aurora se había detenido en el cruce de una de las calles que desembocaba en la avenida, observando al chico avanzar hasta la puerta de la biblioteca, sin atreverse a salir al descubierto por miedo a ser vista. No fue hasta que él hubo entrado en el edificio y ella se hubo cerciorado de que no iba a salir momentos después, que se atrevió a salir de su escondite.

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Había decidido que aquel sería un buen lugar para abordarle. En la biblioteca no podría hacerle daño porque estarían rodeados de gente. Allí podría preguntarle sin tapujos el motivo por el que la seguía.

La puerta de la biblioteca chirrió cuando Aurora la empujó y eso la asustó. Con el corazón latiendo a mil por hora, se introdujo en la amplia sala que se abría ante ella. Toda la planta baja estaba

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constituida por una sola habitación. Frente a la entrada se situaba la recepción, una isla circular en la que trabajaban dos mujeres. A ambos lados de la misma se abrían dos caminos entre las estanterías, que conducían al centro de la estancia. Allí, en medio de todas la hileras de libros, había situadas unas cuantas mesas, que a esa hora empezaban a llenarse de niños y jóvenes que salían de la escuela.

Saludó con un gesto de cabeza a las bibliotecarias y se encaminó

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por el pasillo de la derecha.

El lugar, iluminado por decenas de fluorescentes que cubrían el techo y por la luz de la tarde que se colaba por los amplios ventanales, estaba sumido en un silencio sepulcral. Aurora volvía a sentir el corazón retumbando dentro de su pecho. Estudió las mesas con detenimiento, paseando su mirada por cada una de ellas, pero no vio al chico por ninguna parte.

¿Dónde se había metido? Estaba segura que le había visto

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entrar y aquella era la única sala que había.

De pronto, se sobresaltó al descubrir una sombra entre las estanterías más apartadas, pero suspiró aliviada al ver que se trataba de un anciano que intentaba alcanzar un libro de la última estantería.

Fue entonces cuando le vio a él, de camino al final de ese mismo pasillo.

Aurora sintió el subidón de adrenalina.

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Era ahora o nunca.

Sin pensárselo dos veces, se dirigió hacia allí.

El miedo la recorría por dentro y se le hacía difícil respirar. La biblioteca le parecía mucho más siniestra que de costumbre, llena de sombras espeluznantes y de rincones extrañamente oscuros. Las hileras de estanterías la envolvían, haciéndole sentir que se perdía por un laberinto de libros. No fueron más de treinta segundos, pero a Aurora le pareció que aquel

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trayecto era el más largo que había hecho en toda su vida.

Al final llegó un punto donde las estanterías cesaban. En aquel rincón, escondido entre los libros, había una puerta que ahora estaba entreabierta. Aurora pudo ver claramente la señal de prohibido el paso que colgaba de la madera, pero hizo caso omiso, pues estaba claro que el chico había entrado por ahí. Miró en derredor, para asegurarse de que nadie la veía, y se escabulló hacia el interior,

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cerrando tras ella.

Dentro se encontró unas escaleras al final de las cuales se extendía un pasillo largo, iluminado solamente por luces de emergencia que apenas reducían la espesa oscuridad. Avanzó casi a tientas con el corazón en un puño. El lugar olía a humedad y, además, hacía un calor sofocante, que contrastaba especialmente con el frío de la calle. A cada nuevo paso, Aurora sentía que le faltaba el aire.

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aquel lugar se había convertido en un blanco fácil. Barajó la posibilidad de dar media vuelta y regresar por donde había venido. Pero la descartó casi al instante. Había algo que la empujaba a seguir adelante, a pesar del peligro. Era como si aquel desconocido estuviese ejerciendo un magnetismo incontrolable sobre ella. Necesitaba saber quién era. Necesitaba saber por qué la seguía. Y también por qué sus ojos parecían muertos.

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Una nueva puerta la aguardaba al final del pasillo. Todas las demás estaban cerradas con llave, según había podido comprobar. Había un cartel colgado en la madera, pero en la oscuridad no lo podía leer. Sacó su móvil y lo iluminó con la luz de la pantalla.

―Al-ma-cén ―leyó, en un susurro.

“¿Qué se supone que hace un chico en el almacén de la biblioteca?” se preguntó, sin salir de su asombro.

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No entendía nada. Y quería respuestas. Así que, tragando saliva, empujó la puerta con suavidad.

La habitación, a diferencia del pasillo, estaba iluminada por la luz pálida que entraba a través de dos claraboyas situadas en lo alto de la pared. Aurora pudo ver que allí dentro se encontraba un pequeño trastero, lleno de objetos viejos, cajas, muebles y demás, todo cubierto por sábanas y, al menos, un dedo de polvo. Daba la impresión

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de que nadie había estado allí desde hacía años. Sólo las pisadas marcadas en la suciedad del suelo delataban la presencia de un intruso en la sala.

La chica miró a ambos lados, sintiendo todo el cuerpo en tensión. Estaba claro que el joven debía seguir allí dentro, escondido en algún rincón, pues no había más puerta que la que ella había usado.

Tragó saliva.

―Sé... sé que estás ahí ―tartamudeó, tratando de parecer

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segura de sí misma. Pero sólo consiguió que le saliera un suave murmuro.

No hubo respuesta. Ningún ruido, ningún movimiento.

El miedo la volvió a atrapar ¿Y si el chico salía disparado hacia ella? ¿Y si era una trampa?

―¡Sal! ―ordenó, esta vez con un poco más de autoridad.

Pero tampoco sucedió nada. Después de unos instantes de duda y al ver que el tiempo seguía pasando y no ocurría nada, Aurora

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se aventuró a inspeccionar la estancia. Levantó algunas sábanas, apartó algunos muebles, observó cada rincón. Y, para su sorpresa, se encontró con que allí no había nadie. La habitación estaba completamente vacía.

¿Tendría el chico la llave de alguna de las otras habitaciones y se habría escondido en una de ellas? Parecía lo más probable, pero... estaban las pisadas. Aurora volvió a la entrada de la habitación y trató de distinguir sus huellas de

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las otras. Fue fácil pues ella tenía el pie bastante más pequeño. Siguió el rastro a través de la sala hasta un rincón al que no había prestado mucha atención. En él solo había una cajonera vieja y roída, que se había estropeado por la humedad, y un espejo, tan grande como toda ella y que en algún momento debía haber sido una espléndida pieza de arte. El marco estaba tallado en forma de extrañas criaturas y chapado en lo que debía haber sido oro; pero ahora cada uno de esos

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pequeños recovecos estaba lleno de suciedad.

Aunque lo más llamativo era el cristal. A pesar de los años que debía tener la reliquia, seguía intacto, sin ningún rasguño y sin ninguna mancha. La superficie permanecía pulida como el primer día.

Aurora sintió una enorme curiosidad hacia el objeto y, por acto reflejo, acarició el vidrio con suavidad.

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sentir que, al hacerlo, sus dedos se habían fundido con la superficie y la habían atravesado.

Incrédula, volvió a repetir la operación.

Su mano se hundió en la superficie cristalina.

―¿Qué demonios es esto? ―exclamó retirándose, una vez más.

Pero, esta vez, no pudo. Su mano se había quedado atrapada dentro del espejo. Trató de estirarla, valiéndose de su otra

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mano, pero lo único que consiguió fue que ésta se hundiera más, llevándose también su otro brazo.

Se echó hacia atrás gritando de miedo. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no podía hacer nada contra el espejo, que la succionaba hacia su interior.

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3. Udegelia

S

onaba una melodía suave, tan triste que Aurora pensó que el corazón se le rompería en mil pedazos.

Miró a su alrededor. Todo estaba oscuro y vacío pero, a pesar de ello, la chica podía ver esa negrura que la envolvía y observar su propio cuerpo. No sabía muy bien por qué, pero estaba tranquila. Ya no había ni rastro del miedo ni

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de la angustia que la habían acechado durante la persecución en la biblioteca, ni tampoco del mal rato que había pasado al sentirse atrapada por el espejo. Todo aquello ya quedaba muy atrás en el tiempo.

Sin saber muy bien adónde ir, la joven empezó a andar con pasos ágiles, a través de la oscuridad. El ruido que producían los tacones de sus botas camperas se esparcía por la infinidad que la rodeaba, devolviéndole un eco apagado.

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Caminó y caminó, sin detenerse, y tampoco sin dudar del camino que había tomado. Solamente cesó sus pasos cuando estuvo en el punto justo donde quería estar; algo que sólo ella sabía pues en aquella sala sin luz que parecía extenderse hasta el infinito era imposible orientarse y todos los sitios tenían exactamente el mismo aspecto.

Y entonces, una vez allí, una figura empezó a tomar forma ante ella.

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parpadeo de luz; una luz pálida y efímera, que parecía tan fría como la misma nieve. Después, como si aquella luz la hubiese reconocido, se tornó cálida como la del sol y se produjo un destello más intenso. Y al final de ese destello apareció una persona.

―¡Aurora! ―dijo el chico que acababa de materializarse ante ella. Ella le miró. Se trataba de un joven, de edad parecida a la suya, muy alto y de constitución fuerte y ancha, de pelo castaño y mirada

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dulce. Le reconoció al instante y aquello la dejó sin palabras.

Él pareció malinterpretar aquel silencio.

―Aurora, ¿no me reconoces? Soy yo, ¡Alberto!

Aquellas palabras la pusieron aún más tensa. ¡Claro que le había reconocido! Pero aquello no tenía sentido. Alberto... Alberto estaba muerto. No podía ser que ahora se apareciese delante de ella como por arte de magia. A menos... a menos que...

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Negó con la cabeza al mismo tiempo que se mordía el labio inferior, para contener las lágrimas.

De repente se sentía confusa y mareada, como si acabase de despertar de un trance. ¿Qué era ese lugar tan extraño? ¿Y cómo había llegado hasta él?

Las palabras del chico, que sonaron demasiado cerca, la hicieron volver a la realidad:

―¿Qué haces aquí? ―le oyó decir―. No puede ser que tú también hayas... No, eso no puede

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ser, además, tu cuerpo... Tú estás viva.

―¡Cállate! ―le chilló ella, de improvisto. Él retrocedió. ―¡Tú no puedes ser mi Alberto, porqué está muerto! Eres el chico que me seguía, ¿verdad? ¿Qué clase de truco has usado, desgraciado? ¡No te perdonaré nunca que uses su rostro! ―dijo ella, furiosa.

Luego, fuera de control, intentó apartarle de un empujón. Pero en vez de chocar contra su cuerpo, pasó a través de él y cayó de bruces

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al suelo. Se removió, gimiendo, pues se había lastimado en la caída. Aunque rápidamente se dio la vuelta y se quedó mirando al chico, entre asustada y fascinada.

Él sólo pudo devolverle una mirada de profunda tristeza.

―No puedes hacerme nada. No tengo cuerpo, soy sólo un alma.

Entonces ella comprendió. ¡De verdad era Alberto! O, al menos, lo que quedaba de él. ¿Habían muerto los dos para estar juntos al fin? Ella nunca había creído en el cielo ni en

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las rencarnaciones, pero se alegraba de haberse equivocado.

Trató de ponerse en pie lo más rápido que pudo. Pero, al dar un paso al frente, su pie se hundió en el suelo. Sin entender muy bien qué ocurría, intentó liberarse de aquella trampa. Pero sus manos también habían quedado atrapadas en la negrura. Frenética, se debatió para alejarse, pero no lo consiguió. La oscuridad la envolvía por momentos. Y todo lo que pudo oír antes de desaparecer, fue la voz de

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Alberto que le decía:

―¡Huye, Aurora! ¡Corre! ¡No dejes que te atrapen!

Cuando despertó, estaba tendida en el suelo.

Trató de levantarse. Tenía todo el cuerpo entumecido y adolorido y, además, la cabeza le daba vueltas de una manera espantosa. Cuando lo hubo conseguido, dio un vistazo a su alrededor.

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pequeñísima, poco más grande que la cabina de un ascensor. La habitación estaba iluminada por la luz que se filtraba a través de las dos grandes ventanas que ocupaban dos de las cuatro paredes. En la otra, estaba la puerta. Y en la última, el espejo.

El mismo espejo que había visto antes, pero que ahora ya no estaba lleno de polvo ni poseía ninguna marca que delatara el paso del tiempo. Aunque aquella no era la única diferencia. Había algo más,

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algo que hacía de aquél un objeto siniestro.

Y es que su fino cristal ya no devolvía el reflejo de Aurora ni de la sala en la que se encontraba, sino que mostraba una habitación llena de objetos cubiertos de polvo.

El almacén.

La chica pudo sentir que su corazón daba un vuelco. Casi por instinto, se echó encima del espejo, con la intención de cruzar aquella extraña puerta y volver a la biblioteca. Pero lo único que

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consiguió fue darse un golpe contra el cristal.

―¿Qué...? ―fue todo lo que pudo decir.

Palpó con suavidad el objeto que tenía delante. Era sólido; nada que ver con lo que había ocurrido en el otro lado, en el que su mano se había fundido con el cristal y lo había atravesado. Acarició toda su superficie en busca del punto flaco que le permitiera volver. Analizó también las tallas del marco, una por una. Debía haber alguna manilla

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o algún mecanismo para abrir el cristal.

Pero no dio con él.

Enfurecida, pegó un puñetazo al espejo, que se tambaleó, sin llegar a caerse. No entendía qué clase de puerta le permitía entrar, pero luego no la dejaba salir.

―Que no cunda el pánico ―se dijo a sí misma.

Había otra puerta. Y lo más seguro era que condujera a otra de las habitaciones que había en el pasadizo de la biblioteca. Si no

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podía volver atrás, seguiría hacia delante y buscaría otra salida. Así que, sin pensárselo dos veces, dio media vuelta e hizo girar la manilla. Se le escapó un chillido agudo al cruzar el umbral y descubrir que ante ella se extendía un claro rodeado por un espeso bosque.

Entre asustada y sorprendida se volvió hacia la pequeña construcción de la que acababa de salir y, a través de la puerta que había dejado abierta de par en par, observó de nuevo el espejo que

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había en el interior y que le devolvía la imagen del almacén dónde había estado momentos antes.

No lo había soñado.

Así pues, ¿cómo podía ser que ahora se encontrara en medio de un bosque si se suponía que estaba dentro de la biblioteca, en el centro de la ciudad?

Las lágrimas empezaron a descender por sus mejillas, lentamente primero, con más fuerza después. Sin entender nada de lo que estaba ocurriendo, Aurora se

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arrodilló, haciéndose un ovillo consigo misma, y empezó a sollozar. Sólo quería que todo terminara, despertar en su cama y descubrir que aquella locura que la rodeaba no había sido más que una pesadilla.

Ni ella misma supo cuanto tiempo estuvo agazapada en el suelo. Quizás fueron sólo segundos o quizás fueron horas. Fuera como fuese, al final, el sonido de unos pasos que se acercaban le hizo

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levantar la cabeza.

Ante ella se encontró al chico de los ojos vacíos.

―Tú... ―susurró.

Era la primera vez que le veía tan de cerca.

Pudo comprobar que realmente era alto, mucho más que ella, tal y cómo le había parecido la primera vez que habían cruzado la mirada a través del espejo. Pero aquello no le hacía peligroso. Al contrario: tenía un aspecto más bien desgarbado, de larguirucho. El

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típico muchacho que crece demasiado y se vuelve torpe.

Además, visto al natural, la palidez de su piel se hacía mucho más evidente. Era casi enfermiza, como si le hubiesen robado el sano color de la vida. Algo parecido a lo que ocurría con sus ojos, que, por más que se buscara en ellos, uno simplemente se hundía en dos pozos de nada.

Se encontraba perdida en un trance, preguntándose cuál era el secreto que escondían esos ojos,

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cuando la voz de él la sacó de sus cavilaciones:

―No deberías haberme seguido ―dijo, con palabras suaves, monocordes. Su mirada, aunque vacía de emoción, parecía mostrar algo de pena―. Pero ahora ya estás aquí y por eso tendrás que venir conmigo.

La amenaza implícita en aquellas palabras hizo que Aurora recordara el sueño que acababa de tener, en el que Alberto la había advertido sobre unos supuestos

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perseguidores. Y el momento de ensoñación se truncó.

No estaba segura que las palabras de su chico hubiesen sido algo más que el producto de su imaginación. Pero la realidad a su alrededor se estaba tambaleando lo suficiente como para tomar en serio cualquier advertencia. Por eso, se supo en pie casi de golpe y, sin tan siquiera estudiar la situación, echó a correr hacia el bosque.

Su gesto había cogido por sorpresa al chico de los ojos vacíos

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y eso le dio un buen margen. De todos modos estaba convencida de que, tarde o temprano, terminaría atrapándola.

Cuando ya no pudo correr más, Aurora se detuvo y se escondió entre unos arbustos. Allí agazapada, se permitió el lujo de descansar un poco y, una vez hubo recuperado el aliento, trató de guardar silencio y aguzar el oído para determinar si el chico la seguía de cerca.

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pareció escuchar nada que no fueran los propios crujidos del bosque.

Descolgándose la mochila de la espalda, buscó el móvil en el bolsillo delantero para llamar a su madre. No estaba muy segura de qué iba a contarle y, además, estaba convencida de que toda aquella historia supondría un retroceso en su recuperación. Lo más probable era que sus padres perderían la confianza en ella durante un tiempo y quisieran que retomara las visitas

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con la psicóloga. Pero no había alternativa. Aurora tenía miedo de que aquel chico la encontrara y, por otro lado, no sabía cómo salir de allí, especialmente porque no tenía ni idea de dónde se encontraba.

Desafortunadamente, la pantalla del teléfono indicaba que no había cobertura.

La chica se puso tensa. Apagó el aparato y volvió a conectarlo. Pero el resultado fue el mismo. Cobertura cero, sin señal. Sabía que en los lugares apartados

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aquello era el pan de cada día, pero se suponía que estaba cerca de la biblioteca, en el centro de la ciudad. Por más que hubiese corrido durante un trecho, no podía estar tan lejos de la civilización como para no tener cobertura en el móvil.

Frustrada, inspiró profundamente y se abrazó fuerte a sus piernas, apoyando la barbilla en las rodillas.

¿Qué iba a hacer ahora?

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un escalofrío la recorrió de arriba abajo. El bosque que la rodeaba tenía un aspecto siniestro. A pesar de que aún era de día, la luz del sol era blanquecina por la niebla que cubría el cielo; además, las espesas ramas de los árboles se entrecruzaban formando un techo vegetal que apenas dejaba pasar unos pocos rayos, sumiendo el bosque en una tenue oscuridad.

Se sentía confusa y sola. El miedo se mezclaba con la tristeza y el dolor, sumergiendo su corazón en

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la más terrible oscuridad. Solamente quería quedarse allí y esperar a que alguien la rescatara.

Pero el móvil no funcionaba y nadie sabía dónde estaba ella. Nadie vendría a buscarla. Debía seguir adelante, a pesar de todo; tenía que encontrar un teléfono y llamar a su madre, pues, si no lo hacía, nadie lo haría por ella.

Suspirando, Aurora se levantó y se cargó mejor las bolsas a la espalda. Después, echó a andar de nuevo, abriéndose paso a través de

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los árboles. En realidad, no había ningún camino dibujado en el suelo y continuamente tenía que esquivar obstáculos, apartar ramas o desenredarse de las zarzas que se le enganchaban en la ropa.

Por eso, cuando al fin dio con un claro, no pudo evitar suspirar, aliviada.

Observó el sitio con detenimiento: era un lugar amplio, desde el cual se podía ver el cielo sin las molestas ramas. El suelo estaba libre de las hojas marrones y

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rojizas que cubrían el bosque, y que producían unos escalofriantes crujidos al ser pisadas. Parecía un lugar tranquilo.

Aurora vio un árbol caído al otro lado. Con paso firme se dirigió hacia el tronco y se dejó caer sobre él, exhausta; tenía que descansar un rato, antes de retomar el camino.

Pero al hacerlo se oyó un gemido.

La chica se levantó de sopetón. Aquel sonido, parecido al maullido de un gato enfurecido,

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provenía del lugar dónde se había sentado. Con el corazón disparado, observó el tronco con detenimiento. Se detuvo al ver la criatura que reposaba encima del árbol y que se lamía una cola con fervor.

―¿Qué...? ―murmuró ella, atónita.

El animal levantó la vista y le dirigió una mirada fría que, a pesar de todo, le pareció muy tierna a Aurora. Tras la sorpresa inicial, la chica no pudo evitar una sonrisa.

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sentado sobre tu cola? ―dijo, acercándose de nuevo para observarlo mejor.

Se trataba de un animal un tanto peculiar que ella no había visto jamás. A primera vista podía parecer un conejo o una ardilla, o incluso un gato, pero sus orejas tenían un tamaño tan desproporcionado que hacían que el animal pudiese envolverse en ellas. Su pelaje era de color anaranjado y tenía aspecto de ser tan suave como el algodón. Y sus ojos, tiernos y

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dóciles, eran de color verde esmeralda.

Parecía, claramente, un peluche.

Y aquello hizo que Aurora no pudiera evitar la tentación de acariciarle la cabecita, a pesar de lo temerario que podía resultar acercarse a un animal desconocido.

De todos modos, la respuesta de él fue la de cerrar los ojos y mover las orejas, demostrando lo encantado que estaba ante las atenciones ajenas.

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―¡Qué animal más gracioso! ―sonrió ella.

Y entonces, él abrió los ojos y dijo:

―Bonyur.

La chica ahogó un grito y, por instinto, apartó al animal haciendo que éste cayera al suelo. Él, que se había puesto en pie rascándose el trasero con la pata delantera, le dirigió una mirada de reproche; parecía profundamente ofendido.

Y entonces volvió a hablar. Aurora tardó unos instantes en

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reaccionar. El shock que le había producido escuchar las palabras del animal la había dejado totalmente fuera de lugar. Al prestar un poco más de atención, se dio cuenta de que el lenguaje que utilizaba parecía algún derivado del francés, pues, aunque no conseguía entender el significado general, si reconocía algunas palabras.

―Je... Je ne comprand pas... No te entiendo ―tartamudeó ella.

El animal la miró fijamente, ladeando la cabeza, con un gesto

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muy gracioso. Luego se puso a cuatro patas y dio un par de saltos hasta situarse frente a ella.

Sin salir de su asombro, Aurora había podido observar que el bicho tenía dos largas colas de ardilla.

“¿Veo visiones?” pensó.

Pero no tuvo tiempo de averiguarlo porque el animal posó su mirada esmeralda en la de ella. Y cuando sus miradas se cruzaron, sintió un cosquilleo en su interior; una sensación agradable que le

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recordaba vagamente a cuando era niña y su madre le acariciaba el pelo.

“¿Me entiendes ahora?”.

Aquellas palabras la sacaron de su ensimismamiento. ¿Lo había oído de verdad? No, más bien había sido como un pensamiento. Miró a su alrededor, frunciendo el ceño.

“¡Aquí! ¡A tus pies!”.

Ahora si lo había oído bien, aunque quizás oír no sería la palabra exacta. Había sentido esas palabras dentro de ella. ¿Telepatía?

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Sin terminar de creérselo miró hacia el suelo y todo lo que pudo ver fue al pequeño animal.

“Sí, soy yo quien te habla. ¿Por qué te parece tan raro? ¡Como si no hubieses visto a un wingli antes!” la voz seguía resonando dentro de su cabeza.

―¿Qué... qué eres?

El animal miró a Aurora con su expresión entrañable y alzó levemente una oreja.

“¿De verdad que soy el primer wingli que ves?”

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Pero Aurora no respondió. En vez de eso se puso las manos en las orejas y cerró los ojos.

―¡Deja de hacer eso! “Pero si yo sólo...”.

El animal tuvo que dejar la frase a medias, porque Aurora había echado a correr hacia la espesura.

El pequeño wingli se había internado en el bosque siguiendo los pasos de Aurora y no tardó en dar con ella. La encontró

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acurrucada a los pies de un gran roble, con la cabeza hundida en sus manos.

Al oír los pasos del animal, Aurora levantó la mirada lentamente. Sus ojos color café estaban ahora enrojecidos de tanto llorar, como sus mejillas. Se frotó las lágrimas una vez más y miró al wingli con los ojos entrecerrados.

―¿Qué quieres? ―murmuró, con la voz ahogada.

“Vienes del Otro Lado, ¿verdad? Cruzaste la Puerta”.

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Aquel pensamiento había resonado una vez más en su cabeza pero, esta vez, Aurora no se había molestado por ello. Estaba demasiado cansada para darle importancia.

―¿La Puerta?

“El espejo. Vienes de la Tierra. Eres una maraya”.

Aurora recordó el espejo. Las dos caras del espejo. Una en la biblioteca y la otra en aquella pequeña construcción que había en el claro del bosque. Las dos caras...

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La Tierra....

“Un momento” pensó ella “¿Ha dicho la Tierra? ¿Y la Puerta? Quiere esto decir que...”

―¿Dónde estoy? ―dijo en voz alta, terminando el rumbo que habían tomado sus pensamientos.

El wingli ladeó la cabeza y a Aurora le pareció ver cierta tristeza en aquel gesto.

“En Udegelia, el país de los brujos”.

Aquellas palabras, lejos de hacerla sentir más confusa, se le

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antojaron terriblemente reales. Ahora todo se volvía más nítido, más claro, con más sentido. Brujos. Brujos era sinónimo de magia y, aunque Aurora no creía en la magia, estaba segura que lo que había visto esos últimos días lo había sido.

La chica sacudió la cabeza. ―Pero en qué estoy pensando ―murmuró. A pesar de que aquella le parecía la explicación más lógica, su parte racional seguía sin poder creérsela. ¿Magia? ¡Eso era imposible!

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Un pensamiento del wingli la devolvió a la realidad:

“¿Escapaste de él?”

Aurora fijó la mirada de nuevo en los ojos verdes del animal. Sabía muy bien a quién se refería.

―Yo... yo no... ―tartamudeó. No, en realidad no había escapado, pues él no había llegado a cogerla. Pero Aurora tenía la certeza que eso sólo era cuestión de tiempo.

La chica se llevó la mano a la cabeza y gimió.

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―¡No entiendo nada! ―se quejó, en voz alta.

“Si te sirve de consuelo, te diré que eres la única que ha conseguido huir del Portador de almas”.

―¿El Portador de almas? “El chico que te perseguía. Se llama Zac, pero aquí todo el mundo le conoce con ese sobrenombre”.

Así que se llamaba Zac...

―¿Tú sabes por qué me perseguía?

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Doctor”.

―El Doctor ―repitió ella, como si tratara de memorizar aquel nombre.

“Si. Es el sobrenombre que se le da a Lord Kermiyak, soberano del Udegelia”

―¿El rey?

“Si quieres llamarlo así...” ―¿Y qué tiene que ver el rey en todo esto?

El wingli se encogió un poco, como queriendo decir que no tenía ni idea.

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“Lo siento, pero no estoy hecho para pensar. Sólo para ser un animalillo gracioso”

Aurora sonrió.

―Lo siento. No quería parecer grosera con tantas preguntar, pero...

“Tranquila, lo entiendo. Supongo que todo esto debe ser algo difícil para ti”.

Aurora suspiró.

―Gracias por preocuparte por mí. Y por cierto, me llamo Aurora.

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Yo me llamo Shiu”

Aurora no entendió muy bien aquellas palabras, pero se limitó a sonreír. Nada tenía sentido en aquel lugar y por lo tanto, no hacía falta buscar explicaciones lógicas.

―Bueno, ahora sólo me queda encontrar la salida ―dijo ella, poniéndose en pie y sacudiéndose las hojas que se habían enganchado en sus pantalones―. ¿Tú sabes dónde está?

“¿La salida?”

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forma de salir ¿no? Tengo que volver a casa, mis padres deben estar preocupados. Si el espejo sólo es de ida, debe haber alguno de vuelta.

El wingli llamado Shiu la miró fijamente y esta vez Aurora sí pudo ver claramente que la observaba con profunda tristeza.

―¿Por qué me miras así? ―quiso saber.

“No hay salida, Aurora. La Puerta está sellada.”

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4. Pueblofrontera

A

urora se removió inquieta. Se encontraba tumbada en el suelo, hecha un ovillo sobre sí misma, tiritando de frío a pesar de las capas de ropa que se había echado encima, usando las prendas de deporte como manta. Hacía ya unas horas que la oscuridad había caído sobre el bosque y el wingli le había aconsejado pasar la noche allí, antes de seguir con la marcha.

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Pero aquello de dormir en el suelo no estaba hecho para ella. Era incómodo, duro y frío. Además, le traía horribles recuerdos sobre la acampada dónde había conocido a Alberto.

Suspiró una vez más. No podía dormir, su mente trabajaba a toda velocidad, procesando toda la información que Shiu le había dado aquella tarde.

La Puerta estaba sellada.

Aquella revelación había caído sobre Aurora como un jarro

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de agua fría. Primero se había negado a creerlo. Pero, ante el relato que le había explicado Shiu, no había tenido más remedio que aceptar la evidencia: no había forma de salir de Udegelia.

El wingli le había contado la historia del país de los brujos y el misterio de la Puerta: aquel lugar donde se encontraba no era sino otro mundo, quizás otra realidad; un lugar situado en otra dimensión. Su historia se remontaba al siglo XIII, cuando la Santa Inquisición había

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confabulado un maléfico plan para eliminar a todos los brujos y brujas y combatir así la herejía.

Aurora no había podido evitar llevarse una terrible sorpresa, llegado a ese punto, pero Shiu le había recordado que la historia siempre la escriben los ganadores y que, por lo tanto, era normal que la existencia de la magia se hubiese reducido a dar argumento a un montón de libros infantiles.

A la Iglesia no le gustaban los brujos, pues, según ellos, estaban

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poseídos por el diablo y realizaban hechizos satánicos y magia negra. Nada más lejos de la realidad. La capacidad de usar la magia era un don innato que poseían algunas personas, independientemente de su fe o su ascendencia. Había incluso creyentes fervientes que poseían esa capacidad y el hecho de poder realizar hechizos no les alejaba de su fe.

El caso fue que, engañando a un grupo de brujos egocéntricos y avariciosos con promesas de poder

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y riquezas, dicho Tribunal consiguió que se creara la Puerta, una abertura interdimensional que llevaba a otra realidad. En ese nuevo mundo, y gracias a su magia, esos mismos brujos crearon el bello reino de Udegelia y, después, hicieron correr la voz de que aquel idílico paraíso había nacido con el fin de que los brujos pudieran practicar su magia sin perjudicar a los marayas, que eran aquellos que no poseían el Don.

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Puerta estaba sellada con un conjuro y, una vez dentro de Udegelia, ya no se podía regresar a la Tierra.

Muchos fueron los que cayeron en la trampa. Los demás fueron perseguidos y exterminados. Igual que lo fueron los brujos que habían creado Udegelia.

Shiu también le había contado que después de aquello, Udegelia se había convertido en un reino prospero, lleno de vida y que, a la larga, los brujos terminaron por

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agradecer aquel infortunio que les había separado del resto de los humanos.

Hasta que llegó Lord Kermiyak.

Nadie sabía de dónde había salido. Poco a poco fue ganando poder y, antes de que nadie se diera cuenta, ya gozaba de la vida eterna gracias a oscuros conjuros de magia negra que usaban el poder de almas humanas.

A partir de ahí, ya nadie pudo detenerlo, y fueron muchos los que

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lo intentaron. El Doctor siguió robando almas a los brujos y conjurando el poder oscuro para conquistar toda Udegelia. Y, de ese modo, se hizo con el dominio de todas las tierras y se convirtió en su soberano.

Aurora había quedado tan conmocionada por el relato que, hasta un buen rato después, no había caído en la cuenta. La imagen de unos ojos incoloros se dibujó en su mente.

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puede cruzar la Puerta? ―le había dicho a Shiu.

Pero ante eso, el wingli no había sabido qué responder. Quizás era la misma brujería oscura que el Doctor había usado en sus anteriores hazañas.

Después de eso, Aurora había insistido en la necesidad de encontrar un pueblo y buscar a alguien que todavía dominase la magia, para pedirle que intentara abrir la Puerta por ella.

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convencerla de que no iba a servir de nada dar con algún brujo o con alguna bruja. El encantamiento que le habían echado a aquel espejo era demasiado complejo para cualquier practicante de nivel elemental y en Udegelia ya no quedaban brujos de rango alto, porque el Doctor se había encargado de eliminarlos a todos.

Pero ella había insistido e insistido, hasta convencerlo. Y al final, el pequeño wingli no había tenido más remedio que aceptar.

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Juntos habían recorrido el bosque hasta que había caído la noche. Después, Shiu se había negado a dar un paso más, pues el lugar se volvía peligroso con la caída del sol.

―Dormiremos ―había sentenciado el animalillo―. Apenas quedan unos kilómetros. Mañana por la mañana, terminaremos el recorrido con calma.

Aurora suspiró, resignada. La noche se le estaba haciendo eterna.

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Se levantó y apiló un poco mejor las hojas que se esparcían por el suelo, de manera que formó un lecho más mullido para descansar. Sobre el mismo, tendió un par de prendas. Luego se acomodó sobre ellas y se cubrió con la toalla que usaba en las clases de gimnasia. Sin hacer ruido, estiró los brazos y cogió al wingli, que dormía a pierna suelta a un metro escaso de donde estaba ella.

El animal no protestó. De hecho, apenas se movió. Solamente

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ronroneó y se acurrucó mejor en la curva de la barriga de Aurora.

“¡Qué calentito!” pensó ella, mientras echaba un vistazo al cielo, completamente estrellado y coronado por una luna rojiza que parecía un mal augurio.

Aurora pensó en sus padres y en Alberto, y en todo aquel embrollo en el que se había metido y la había llevado a aquel lugar sin sentido. ¿Podía ser que aquello estuviese ocurriendo de verdad? ¿No sería todo una alucinación o

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una broma de mal gusto? De todos modos, no tenía respuesta para aquellas preguntas. Y, al final, se quedó dormida sin querer.

La despertaron los rayos de sol que, a pesar de las ramas, se filtraban hasta llegar al suelo donde dormía plácidamente.

―Mamá, no levantes la persiana todavía... ―murmuró ella, medio dormida.

Lentamente abrió los ojos y se encontró con un pequeño animalillo

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de pelo anaranjado y ojos esmeralda que le miraba fijamente.

“¡Despierta, dormilona!” oyó dentro de su cabeza.

―Shiu... ―murmuró, al reconocerle.

Se frotó las legañas. Poco a poco, los recuerdos de lo que había sucedido el día anterior fueron regresando a su mente. No había sido un sueño, estaba de verdad atrapada en Udegelia. Suspiró, desanimada, mientras se incorporaba hasta quedar sentada

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sobre el lecho. Al hacerlo, el rugir de sus tripas le recordó que no había comido nada desde el mediodía anterior.

―Uf ―se quejó―, tengo tanta hambre... Me comería cualquier cosa.

“Pues me temo que tendrás que esperar. Quiero que te quedes aquí mientras me adentro en el pueblo. Los marayas no son bien recibidos en Udegelia y tú llevas una ropa demasiado extravagante. ¡No pasaríamos inadvertidos ni con

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magia!”

―Pero... ―empezó a decir ella, que no veía el momento de poder hablar con alguien.

“Tranquila, conozco una anciana que vive aquí. Ella nos podrá ayudar. Además, es una buena hechicera.”

―¿Hechicera? ¿Por qué no lo decías antes? ¡Quizás pueda ayudarme!

“No te lo he dicho porque sabía cómo te pondrías. No sé qué piensa ella de todo esto y tampoco

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creo que tenga poder suficiente para hacer lo que pides. ¡Si fuera tan fácil, lo habrían hecho muchos antes que ella! Además, tampoco sé si querrá ayudarte. Piensa que el Doctor debe andar buscándote y si te encuentra en su casa, la matará. ¿Entiendes?

Ella hizo que sí.

“Y ahora, espérame aquí. No tardaré mucho, pero, por si acaso, mantente oculta y que nadie te vea”.

La chica asintió y Shiu se alejó dando pequeños saltos, mientras

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arrastraba sus enormes orejas por el suelo.

Shiu tardó lo que pareció una eternidad y cuando regresó llevaba algo atado al cuello. Al observarlo mejor, Aurora descubrió que se trataba de una cuerda que terminaba en un pequeño paquete envuelto, que el wingli arrastraba tras él.

Iba a preguntarle de qué se trataba, pero cómo si le leyera la mente, él se le adelantó:

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encima. Es una capa. Tendremos que cruzar el pueblo para llegar a casa de Nuba.”

Aurora hizo lo que el wingli le mandaba. Se acercó un poco más a él y deshizo el nudo que sostenía el paquete alrededor de su cuello. Luego, desenvolvió el bulto y desplegó la capa, para echársela por encima.

Una vez se hubo cubierto con la tela, se puso en pie y salió del matorral.

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equipaje aquí. Abulta mucho y llama la atención”.

―Pero... ¡son mis cosas! No puedo perderlas.

“No te preocupes. Vendremos a por ellas cuando haya pasado el peligro”.

La chica le dirigió una mirada dubitativa, pero terminó haciendo lo que se le pedía: recogió todas sus pertenencias, las guardó dentro de la bolsa de deporte y la escondió junto a la mochila entre los matorrales. Solamente conservó el

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