• No se han encontrado resultados

33La realidad cambiante de Karl Pribram Su

Marilyn Ferguson

33La realidad cambiante de Karl Pribram Su

principio lo describe el biólogo Lyall Watson:

«Si se tira una china a un estanque producirá una serie de ondas regulares que avanzan en círculos concéntricos. Arrójense dos chinas idénticas en diferentes puntos del estanque y se tendrán dos series de ondas similares que avanzan hacia sí. Donde se encuentren, interferirán la una con la otra. Si la cresta de una choca con la cresta de la otra, trabajarán juntas y producirán una onda reforzada el doble de alta. Si la cresta de una coincide con el seno de otra, se anularán mutuamente y producirán un remanso de agua tranquila. De hecho se dan todas las combinaciones posibles de ambas, y el resultado final es un arreglo complejo de rizos conocido como pauta de interferencia.

»Las ondas luminosas se comportan de la misma manera. El tipo más puro de luz de que disponemos es la producida por un láser, que envía un rayo en el que todas las ondas son de una frecuencia, como las que hace una china ideal en un estanque perfecto. Cuando se tocan dos rayos láser, producen un patrón de interferencia de rizos claros y oscuros que pueden recogerse en una placa fotográfica. Y si uno de los rayos, en vez de proceder directamente del láser, se refleja de un objeto como el rostro humano, el patrón resultante será muy complejo, pero todavía se podrá registrar. El registro será un holograma del rostro.»

I luz cae en la placa fotográfica desde dos fuentes: desde el

propio objeto, y desde un rayo de referencia, desviado por un tipejo. Los remolinos aparentemente absurdos de la placa no se

piiroccn al objeto original, pero la imagen puede reconstruirse

con una fuente de luz coherente como la de un rayo láser. El

n'Miltudo es como una tridimensionalidad proyectada en el es- purio, a una distancia de la placa.

SI el holograma se rompe, cualquier trozo de él reconstruirá huía

III imagen.

IIIII K'S científico. Un puñado de ingenieros observaron que la hlrn

podía aplicarse en biología, y Bela Ulas, de los Laborato- i hit üi'll, especuló con esa posibilidad. También se le había ocu- i ihlo II (labor.

Pribram vio en el holograma un modelo apasionante de cómo puede almacenar memoria el cerebro. Al interpretar frecuencias y almacenar la imagen, no localizada, como el holograma, sino dispersa por todo el cerebro, tal vez intervenga también en las interacciones. En 1966 publicó su primer artículo en el que proponía una conexión. A lo largo de los años siguientes Pribram y otros investigadores descubrieron lo que parecían ser las estrategias neurales del cerebro para conocer, percibir, utili- zando computaciones matemáticas. Parece que para ver, oír, oler, gustar, el cerebro ejecuta cálculos complejos con las fre- cuencias de los datos que recibe. Estos procesos matemáticos apenas tienen relación de sentido común con el mundo real tal como lo percibimos.

Pribram cree que las intrincadas matemáticas pueden darse como un impulso nervioso que viaja por y entre las células a tra- vés de una red de fibras finas de las células. Las fibras se mueven en ondas lentas cuando el impulso cruza la célula y estas ondas pueden ejecutar la función calculadora. Al tomar un holograma, las ondas luminosas se codifican y el holograma resultante que se proyecta decodifica, o aclara, la imagen. Tal vez el cerebro decodifique así sus huellas de memoria almacenada. Otro rasgo del holograma es su eficacia. En un espacio diminuto pueden almacenarse miles de millones de bits de información. El modelo de la placa holográfica no tiene dimensión espacio-temporal. La imagen se almacena en cualquier sitio de la placa.

Era típico de Pribram tomar un nuevo hallazgo efectuado fuera de su campo para intentar comprender la memoria. A veces lo han criticado los neurólogos más convencionales, un grupo obtuso, muy especializado, por su atrevida especulación.

Pribram recuerda la observación de un investigador pionero de la memoria, Ewald Hering, de que en cierto momento de su vida todo científico tiene que tomar una decisión. «Empieza por interesarse por su trabajo y por lo que significan sus hallazgos —

decía Pribram—. Luego ha de elegir. Si empieza haciendo preguntas e intenta dar con respuestas para entender todo lo que significa, sus colegas creerán que está loco. Por otro lado, puede abandonar el intento de comprender lo que todo ello significa; no parecerá loco, y aprenderá cada vez más sobre cada vez menos.

»Hay que decidirse a tener el valor de parecer loco.»

En una reciente conferencia de Stanford, Pribram mantuvo un debate con un adversario de la teoría holográfica. Se vio efectivamente atacado en puntos técnicos que insinúan que la holografía del cerebro es casi con toda seguridad una variante de la holografía óptica antes que una analogía exacta. «Me defendí bastante bien, pero me cogieron en tales o cuales detalles», recuerda.

Después apareció un joven y le preguntó cómo podía estar tan convencido. ¿Cómo podía seguir y aguantar argumentos bien razonados?

«Es muy sencillo —replicó Pribram — . Esto me ha estado ocurriendo desde que me metí en la ciencia, ¡y siempre he tenido razón!»

Si uno se halla en el filo, dijo, puede explicar cualquier cosa. «Si se supiera todo, no estaría en el filo.»

El famoso físico Niels Bohr dijo que cuando aparece, la gran innovación parece confusa y rara. Su descubridor sólo la enten- derá a medias y para todos los demás será un misterio. No hay ninguna esperanza para ninguna idea que no parezca extraña al principio.

Pribram ha dicho que nos encontramos en un período en el que sólo se premian las excelencias técnicas; de los investigadores no se espera que extrapolen, que piensen. «Los europeos tienen una orientación mucho más teórica. Los americanos comprueban las hipótesis en el mejor de los casos, olvidándose de que éstas se derivan de las tesis. Hasta en nuestra exitosa ciencia no solemos encontrarnos más que con una descripción del terreno.

»Eso le basta a mucha gente —dice Pribram—. Dicen "Bien, hemos respondido a la pregunta". Parecen no atreverse a intentar comprender, sobre todo si deben pisar terrenos en los que no Non

expertos técnicos completos. Temen que algo vaya mal con •U

ciencia.»

Pribram no da muestras de esa timidez. Se ha empeñado en entender mejor la física y se ha matriculado en unas clases de

métodos matemáticos avanzados para graduados. Si los hechos le conducen al abismo, irá bien informado. En 1970 o 1971 empezó a preocuparle una cuestión dolorosa y última. Si el cerebro conoce realmente reuniendo hologramas, transformando matemáticamente las frecuencias «de fuera», ¿quién interpreta los hologramas en el cerebro?

¿Quién conoce realmente? O, como dijo una vez san Fran- cisco de Asís, «Lo que estamos buscando es lo que está

mirando».

Una noche, durante un simposio que se celebraba en Minnesota, Pribram reflexionó que la respuesta podría estar en el ámbito de la psicología de la Gestalt, teoría que sostiene que lo que percibimos «ahí fuera» es lo mismo que procesa el cerebro, es isomórfico con él.

De repente exclamó: «¡Tal vez el mundo sea un holograma!». Se detuvo, un poco asustado por las implicaciones de lo que decía. ¿Eran hologramas los miembros de la audiencia, representaciones de frecuencias, interpretadas por su cerebro y por los cerebros de cada uno? Si la naturaleza de la realidad es por sí misma holográfica, y el cerebro opera holográficamente, resulta que el mundo es en verdad, como dicen las religiones orientales, maya: un espectáculo mágico. Su concreción es una ilusión.

Poco después pasó una semana con su hijo, físico, discutiendo sus ideas y buscando respuestas posibles en la física. Su hijo mencionó que un físico eminente, David Bohm, había estado pensando en términos parecidos. A los pocos días Pribram leyó copias de los artículos clave de Bohm en los que urgía un nuevo orden en la física. Pribram se sintió electrificado. Bohm estaba describiendo un universo holográfico.

Lo que parece ser un mundo estable, tangible, visible, audible, decía Bohm, es una ilusión. Es dinámico y caleidoscópico, v no está relamente «ahí». Lo que normalmente vemos es el orden explícito, desplegado, de las

cosas, como si viéramos una película. Pero hay un orden subyacente que es la madre y el padre de esta realidad de segunda generación. Denominaba a ese otro orden implicado o plegado. El orden implicado alberga

nuestra realidad, lo mismo que el ADN del núcleo de la célula contiene la vida potencial y dirige la naturaleza de su desplie- gue.

Bohm describe una gotita de tinta insoluble en glicerina. Si el líquido es removido lentamente por un aparato mecánico de suerte que no haya difusión, la gotita termina eventualmente en una hebra fina que se distribuye por todo el sistema, de tal manera que ya no es visible ni siquiera para el ojo. Si se invierte luego el aparato mecánico, la hebra volverá a unirse lentamente hasta que de repente se funde en una gotita invisible.

Antes de que se efectúe esta fusión puede decirse que la gotita está «plegada en» el líquido viscoso, mientras que después se vuelve a desplegar.

Imagínese a continuación que se han removido varias gotitas en el líquido un número diferente de veces y en posiciones distintas. Si las gotas de tinta se agitan continuamente y con bastante rapidez parecerá que una sola gota de tinta, de existencia permanente, se mueve continuamente por el líquido. No hay tal cosa. Otros ejemplos: una fila de luces eléctricas de un signo comercial que se encienden y apagan para dar la impresión de una flecha que pasa rápidamente, o un dibujo animado que produce la ilusión de un movimiento continuo.

De igual manera son ilusorios toda substancia y movimiento aparentes. Surgen de otro orden, más primario, del universo. Bohm llama a este fenómeno holomovimiento.

Desde Galileo, dice, hemos estado mirando la naturaleza a través de lentes; nuestro mismo acto de objetivación, como ocurre en el microscopio electrónico, altera lo que queremos ver. Queremos encontrar sus bordes, que se detengan un momento, cuando su verdadera naturaleza está en otro orden de realidad, en otra dimensión, donde no hay cosas. Es como si

38

una imagen en la resolución, pero la mancha es una representación más exacta. La mancha es en sí misma la realidad básica.

A Pribram se le ocurrió que las matemáticas del cerebro podían incluir también una lente. Estas transformaciones matemáticas hacen objetos de contornos borrosos o frecuencias, con-

39

virtiéndolos en sonidos, colores y sensaciones kinésicas, en olores y gustos.

«Tal vez la realidad no sea lo que vemos con nuestros ojos —dice Pribram — . Si no tuviésemos esa lente, las matemáticas efectuadas por nuestro cerebro, tal vez conociéramos un mundo organizado en el campo de la frecuencia. Ni espacio ni tiempo, sólo acontecimientos. ¿Puede leerse la realidad en esta esfera?»

Pribram sugirió que las experiencias trascendentales, los estados místicos, pueden permitirnos el acceso directo ocasio- nal a esa esfera. Cierto, los informes subjetivos de esos estados suenan a menudo como descripciones de realidad cuántica, coincidencia que ha llevado a varios físicos a especulaciones similares. Al puentear nuestro modo perceptivo normal, constrictivo, lo que Aldous Huxley denominaba el valor reductor, podemos sintonizarnos con la fuente o matriz de la realidad.

Y los modelos de interferencia neural del cerebro, sus procesos matemáticos, pueden ser idénticos al estado primario del universo. O sea, nuestros procesos mentales están hechos efectivamente del mismo material que el principio organizador. Físicos y astrónomos han observado a veces que la verdadera naturaleza del universo es inmaterial, que es de orden. Einstein tenía un temor místico frente a esta armonía. El astrónomo James Jeans dijo que el universo se parece más a un gran pensamiento que a una gran máquina, y el astrónomo Arthur Edding- ton dijo: «El material del universo es material mental». Más recientemente, el cibernético David Foster ha descrito «un universo inteligente» cuya concreción aparente la generan efectivamente datos cósmicos procedentes de una fuente organizada, incognoscible.

En resumidas cuentas, la superteoría holográfica dice que

nuestros cerebros construyen matemáticamente una realidad «dura» al interpretar frecuencias procedentes de una dimensión

que trasciende el tiempo y el espacio. El cerebro es un holograma que interpreta un universo holográfico.

40

Pribram admite a veces, de forma comprometida, «espero que se den cuenta de que yo no entiendo nada de esto.» Esta confesión provoca generalmente un suspiro de alivio hasta en

41

las audiencias más científicas, donde todos, salvo los físicos, que saben más, habían estado intentando aplicar procesos mentales lineales, lógicos, a una dimensión no lineal. No puede utilizarse un razonamiento de causa y efecto para comprender acontecimientos desvinculados del tiempo y del espacio.

Los fenómenos físicos no son más que subproductos de la matriz simultánea en todas partes. Los cerebros individuales son trocitos de un holograma mayor. En ciertas circunstancias tienen acceso a toda la información existente en el sistema cibernético total. La sincronicidad, las ocurrencias incidentales que parecen tener cierta finalidad o conexión superior, se adapta también al modelo holográfico. Esas coincidencias significativas se derivan de la índole finalizada, pautada, organizada, de la matriz. La psicokinesis, la mente que afecta a la materia, puede ser un resultado natural de la interacción a nivel primario. El modelo holográfico resuelve un viejo enigma en psi: la incapacidad de la instrumentación para rastrear la aparente transferencia de energía en telepatía, curación, clarividencia. Si estos acontecimientos ocurren en una dimensión que trasciende el tiempo y el espacio, no es necesario que la energía viaje de aquí hasta allí. Como dijo un investigador, «no hay ningún allí».

Durante años, las personas interesadas por los fenómenos de la mente humana venían prediciendo que surgiría una teoría importante; que tiraría de las matemáticas para establecer lo sobrenatural como parte de la naturaleza.

El modelo holográfico es una de esas teorías integrales que abarca toda la vida salvaje de la ciencia y del espíritu. Quizá sea el paradigma paradójico, sin límites, por el que ha estado clamando nuestra ciencia.

Su poder explicatorio enriquece y amplía muchas discipli- nas, dando sentido a viejos fenómenos y planteando nuevas y urgentes cuestiones. La teoría lleva implícita la asunción de que los estados armónicos, coherentes, de la conciencia están más sintonizados con el nivel primario de la realidad, una

42

dimensión de orden y armonía. Esta sintonización se vería estorbada por la ira, la angustia y el miedo, y facilitada por el amor y la empatia. Hay implicaciones para el aprendizaje, los entornos, las fami- lias, las artes, la religión y la filosofía, la curación y la autocura- ción. ¿Qué es lo que nos fragmenta? ¿Que nos hace un todo?

Estas descripciones de una sensación de flujo, de coopera- ción con el universo, en el proceso creador, en los rendimientos atléticos extraordinarios y a veces en la vida cotidiana, ¿significan nuestra unión con la fuente?

Un número cada vez mayor de individuos están experimentando con los estados alterados de la conciencia. ¿Están creando una sociedad más coherente, resonante, introduciendo orden en el gran holograma social, como cristales de simiente? Quizá sea éste el misterioso proceso de la evolución de la conciencia.

El modelo holográfico ayuda también a explicar el extraño poder de la imagen, por qué los acontecimientos se ven afecta- dos por lo que imaginamos, por lo que visualizamos. Tal vez pueda hacerse real la imagen retenida en un estado trascen- dental.

Keith Floyd, psicólogo del Virginia Intermont College, dijo lo siguiente acerca de la posibilidad holográfica: «En contra de lo que todo el mundo sabe que es así, quizá no sea el cerebro el que produce la conciencia, sino más bien la conciencia la que crea la apariencia del cerebro, la materia, el espacio, el tiempo y todo lo que nos gusta interpretar como universo físico».

Cuando está cambiando un paradigma, indicó Pribram, la ciencia se ve a menudo forzada a reexaminar conceptos anteriores. Leibniz, el filósofo y matemático del siglo XVII

cuyo descubrimiento del cálculo integral hizo posible la holografía, postulaba un universo de mónadas, unidades que incorporan la información del todo. Leibniz sostenía que el comportamiento delicadamente ordenado de la luz indicaba un subyacente orden radical, pautado, de la realidad.

43

Existen numerosos casos de pensadores antiguos que explican lo que en su época debería ser inexplicable. Antiguos místicos, por ejemplo, describieron correctamente la función de la glándula pineal siglos antes de que lo confirmase la ciencia. «¿Cómo surgieron ideas como ésta siglos antes de que tuviésemos las herramientas para comprenderlas? —se pregunta Pri- bram—. Tal vez en el estado holográfico, la esfera de la frecuencia, hace 4.000 años es mañana.»

De modo semejante dijo Hcnri Bergson en 1907 que la realidad última es una red subyacente de conexión y que el cerebro tamiza la realidad mayor. En 1929 Alfred North Whitehead, matemático y filósofo, describió la naturaleza como un gran nexo expandente de acontecimientos que están más allá de la percepción sensorial. Nosotros sólo imaginamos que la materia y el espíritu son diferentes, cuando, en realidad, están entrelazados.

Bergson afirmaba que los artistas, como los místicos, tienen acceso al élan vital, al subyacente impulso creador. Los poemas de T. S. Eliot, están cuajados de imágenes holográficas: «El punto quieto del mundo dando vueltas», que no es ni carne ni sin carne, ni detención ni movimiento; «y no lo llaméis fijeza, donde se aúnan pasado y futuro. Salvo el punto, el punto quieto / no habrá danza, y solamente existe la danza».

El místico alemán Eckhart dijo que «Dios aparece y desaparece (es y no es)». David Hume, filósofo del siglo XVIII,

se anticipó a la teoría del holomovimiento de David Bohm al decir que el ser humano no es más que un haz de percepciones «que se sucedían unas a otras con increíble rapidez y están en perpetuo flujo y movimiento». Rumi, el místico sufí, dijo que «las mentes de los hombres perciben causas secundarias, pero sólo los profe- las perciben la acción de la Primera Causa».

Y quizá sea una sutra budista la descripción antigua más extraordinaria de la realidad holográfica:

44

«En el cielo de Indra se dice que hay una red de perlas dispuesta de tal manera que si miras a una ves a todas las demás reflejadas en ella. Del mismo modo, cada objeto del mundo no es solamente él mismo, sino que implica a todo otro objeto, y de hecho es cada uno de los otros objetos.»

Desde el desarrollo gradual de la síntesis de Pribram sobre el cerebro holográfico con el universo holográfico de David Bohm su idea ha estimulado el interés de los filósofos y de las