• No se han encontrado resultados

2. Las herramientas Retórica y Diálogo

2.1. Retórica

2.1.5. La Retórica en el Renacimiento

Una vez expuesto un breve esquema sobre la teoría de la Retórica en los aspectos que atañen principalmente al escritor, vamos a dar una mirada a lo que fue la Retórica en el Renacimiento. Por razones de espacio se imponen ciertas simplificaciones históricas, por lo cual pasaremos de la Retórica clásica a la del Renacimiento sin apenas tocar la Retórica en la Edad Media. San Jerónimo y San Agustín fueron, entre los Santos Padres, quienes sobresalieron en su intento de cristianizar la cultura

grecolatina254. El segundo de ellos fue muy importante desde el punto de vista de la

Retórica, pues dedica el libro IV del tratado De doctrina Christiana, para dar a conocer las reglas de la elocuencia; en él se basaron los humanistas para demostrar la necesidad de la Retórica y fue la guía que se empleó para la elaboración de textos en toda la Edad Media.

Durante este periodo se escribieron tratados enciclopédicos y la enseñanza se impartió en los conventos, catedrales y posteriormente, a medida que iban surgiendo, en las universidades. No es reseñable ningún cambio o modificación en la teoría Retórica pues los textos pasaron sin ser alterados debido a la gran veneración que se tenía por ellos. Los escritores medievales continuaron la tradición preceptiva que definía un conjunto de reglas que proveían un método y sistema definidos para hablar. Lo que sí es digno de anotar es la aparición de tres géneros especiales que sirvieron a

254 ¡Craso error!, pocas cosas le han hecho mayor daño al cristianismo como ésto. Tal vez lo peor fue intentar cristianizar los autores paganos despojándolos de toda idea contraria a la moral e interpretando, muchas veces de una manera muy retorcida, alegóricamente su mitología. La unión cultura pagana & fe cristiana hizo un gran mal al cristianismo y fue una de las protestas de los humanistas nórdicos (Wicliffe, Erasmo) y de la Reforma. Muy clara y certera la afirmación de J. L. Verdu (1973: 33): “Los Santos Padres intentaron injertar la religión cristiana

en un ambiente sociocultural pagano” y por intentar adaptar algunos aspectos de la cultura pagana torcieron en

muchas ocasiones el espíritu del cristianismo, como por ejemplo, uno de los más básicos: el cristianismo no es una religión sino una relación. No se puede mezclar agua y aceite.

168

sus objetivos: el ars dictaminis o género epistolar, el ars praedicandi o género de la predicación y el ars métrica o género de la versificación. J.J. Murphy resume así este periodo:

Cabe señalar, en conclusión, que la historia de las artes del discurso en la Edad Media, es, al menos en parte, la historia de la supervivencia de las obras clásicas. El autor antiguo más importante en este contexto es Cicerón, el reconocido magister

eloquentiae. Su influjo sobre el Medievo se debe sobre todo a dos de sus obras: De inventione, que escribió en la juventud, y la Rhetorica ad Herennium, más completa, de

la que se le suponía también autor. Quintiliano tuvo un breve período de auge en el siglo XII, pero hasta el XV no se extendió su influencia. La Rhetorica de Aristóteles circulaba en muchas copias, pero aparece como obra de “filosofía moral”, no como libro sobre el discurso; su ars poética permaneció casi ignorada. Así pues, las artes antigua y medieval aparecían a veces de la mano en el período que se extiende de San Agustín a Poggio (Murphy, 1986: 142).

También destacan en este periodo otras dos cosas. Por un lado, la figura de Ramón Llull255 y, por el otro, la manera como se encontraron, —o redescubrieron como lo

llama Murphy (1986: 363)—, tanto una copia de la obra Institutio Oratoria de Quintiliano como, un quinquenio más tarde, un manuscrito que contenía cinco obras Retóricas ciceronianas que dieron comienzo a todo un proceso que, iniciando en Italia, se propagó a España y a los países del norte durante el periodo que nos ocupa. Encontramos el relato de los redescubrimientos en el epílogo del libro de Murphy:

En septiembre de 1416, tres viajeros italianos visitaron el monasterio de San Galo, en Suiza; eran Bartolomeo de Montepulciano, Cincio Romano y un antiguo secretario apostólico llamado Poggio Bracciolini […] Los tres venían de asistir al Concilio de Constanza, que había empezado en 1414 y debía prolongarse dos años más, hasta el 22 de abril de 1418, intentando acabar con el cisma de la Iglesia. […] Allí en San Galo, pero no en una biblioteca sino en un calabozo que, según Poggio, no era adecuado ni siquiera para un condenado a la pena capital, halló algo que, al parecer, ningún erudito interesado había visto durante casi seis siglos: una copia completa de la Institutio

255 Ramón Llull, Mallorca, 1232–1315, también conocido como Raimundo Lulio en castellano, fue un laico próximo a los franciscanos quien escribió cerca de 243 libros sobre diversas materias. Muchos protestantes ven en él a uno de los primeros misioneros españoles al mundo árabe pues destacó por su incansable labor por llevar el evangelio a este amado pueblo por vía del razonamiento y de forma pacífica.

169

oratoria de Quintiliano. […] Cinco años después del hallazgo en San Galo, hubo un

segundo redescubrimiento importante, ésta vez en la ciudad italiana de Lodi. El obispo Gerardo Landriani halló en la catedral un manuscrito que contenía cinco obras Retóricas ciceronianas: De inventione, Rhetorica ad Hereninium, Brutus, Orator y, por primera vez en siglos, un texto completo del De oratore (Murphy, 1986: 363-366).

El redescubrimiento de la obra reintrodujo en Europa occidental, de forma casi imprevista, una visión equilibrada de la Retórica y su propósito y se convirtió en una alternativa al modelo medieval.

Llegamos a la época que nos atañe donde eclosionó el individualismo, el naturalismo y la admiración por la antigüedad clásica que se venía gestando en los siglos oscuros. En ese momento el Humanismo quiere exaltar al hombre y en este lo más preciado es la palabra como efecto de la razón; de esta manera comienza a abrirse camino la Retórica nuevamente. José Rico Verdú nos da cuenta de una cita de Lorenzo Palmireno sobre lo que debía ser un humanista:

Hasta agora hauemos tratado de las habilidades de un buen Humanista, solo queda, que te quexaras como me he dexado la parte mas necessaria, y de que hoy se tiene mas cuenta, q(ue) es el modo de componer y hablar latín, según Cicerón, Paulo Manucio, Dionysio, Llambino, Lonardus Malespina, Sebastiano Corrado, y otros que bien lo hablan. Pero esto queda para aquella obra, donde lo trate ya en vn diálogo castellano: Llámese el libro, De imitatione Ciceronis (Palmireno, 1973: 27).

Si el hombre se convirtió en el centro de estudio —sin dejar de creer en Dios pues se consideraba creado por el Altísimo— con unas cualidades que lo distinguían de las demás criaturas, entonces lo más importante era la palabra como expresión del pensamiento. Y esa palabra debería usar como vehículo de expresión el latín por ser considerada la lengua más excelsa y sublime.

El proceso experimentado por la Retórica en la península a partir de este momento lo encontramos de la mano del profesor Verdú en su libro La Retórica española de los

siglos XVI y XVII:

La historia de la Retórica es la historia del Humanismo. Tiene sus comienzos en el reinado de los Reyes Católicos, su apogeo en la época de Carlos I y Felipe II, y su decadencia y codificación en las postrimerías del siglo XVI, de forma que a partir de la primera década del XVII ya no se da ningún tratado de Retórica original,

170

mecanizándose su enseñanza y perdiendo toda la vitalidad que poseía (Verdú, 1973: 11).

La Retórica es una de las facetas de la cultura renacentista, una faceta con gran influencia e importancia256 que, lamentablemente, ha sido poco estudiada257. James J.

Murphy ha encontrado que “desde el origen de la imprenta hasta 1500 (la época de los incunables), se publicaron al menos 117 obras Retóricas, principalmente en el continente” (Murphy, 1999: 49) y sostiene que “puede haber al menos mil autores renacentistas de obras Retóricas” (1999: 40). El artículo de Paul Oskar Kristeller incluido en la obra de J.J. Murphy nos deja ver la gran importancia de la Retórica en la cultura medieval y renacentista:

Espero haber dejado patente que la Retórica renacentista, si bien deudora de muy diversos antecedentes antiguos y medievales, tuvo una fisonomía propia. Ocupó un lugar muy importante en la civilización de su época, gracias a su función en la teoría y la práctica, en la educación y la literatura; pero también por su impacto sobre otros campos de la educación humanista y otros sectores de la educación y la cultura ajenos al dominio de los humanistas (Murphy, 1999: 11-31).

Para tener un conocimiento apropiado de la Retórica renacentista debemos recordar las fuentes antiguas. Durante la Edad Media, las fuentes básicas para la teoría general de la Retórica fueron el De inventione de Cicerón y la Rhetorica ad

Herennium, un Quintiliano mutilado y la Retórica de Aristóteles. El siglo XV añadió

las obras Retóricas más maduras de Cicerón, sobre todo el Orator y el De oratore. Estos textos ejercieron una gran influencia sobre el pensamiento y la literatura del Renacimiento. Los primeros humanistas transformaron la concepción medieval de la

256 Para Don Abbott “no es exagerado, tal vez, decir que el Renacimiento español fue realmente una edad de oro de la Retórica” (Don Abbott en Murphy, 1999: 132).

257 J.J. Murphy señala: “la Retórica del renacimiento debe de ser uno de los asuntos más mencionados y menos estudiados por la crítica moderna”(199: 43). Esta situación ha mejorado con las publicaciones, entre otras, de Antonio Martí, La preceptiva Retórica española en el siglo de Oro, (Madrid,1972); José Rico Verdú, La Retórica española

en los siglos XVI- XVII, (Madrid,1973); Luisa López Grigera, La Retórica en la España del Siglo de Oro,

(Salamanca,1994); Isabel Paraíso, Retóricas y poéticas españolas siglos XVI–XIX, (Valladolid, 2000); Luis Martínez Falero, Gramática, Retórica y dialéctica en el siglo XVI, (Logroño, 2009); Elena Artaza, El ars narrandi en el siglo XVI

español. Teoría y práctica, (Bilbao, 1989). También hay, como no, varios estudios monográficos, bien sea sobre la

obra en general de alguno de nuestros retóricos, bien sobre aspectos concretos de preceptiva; destacan en este sentido, entre otros, el de Félix González Olmedo sobre Antonio Nebrija (edit. Nacional, Madrid, 1942); el de C. Noreña sobre Juan Luis Vives (La Haya, Nijhoff, 1970); el de J.A. Moore sobre fray Luis de Granada (Boston, Twayne, 1977).

171 Retórica al convertirla en el tema central en un nuevo programa de educación.

Además de descubrir y valorar plenamente las obras de Cicerón, encontraron y editaron a Quintiliano, quien también fue ampliamente conocido y estudiado. Durante el Renacimiento, occidente accedió a todo el corpus de la literatura Retórica griega a través de los textos originales o de las traducciones latinas y vernáculas. La Retórica de Aristóteles fue apreciada y ampliamente estudiada.

En el siglo que nos compete y aun en los posteriores hubo tres influencias decisivas en la forma en que se desarrolló la Retórica en la península: el catolicismo, los diversos grupos heterodoxos que aparecieron como fruto de la lectura directa de las Escrituras y la palabra escrita. Sobre la primera, nos limitaremos a comentar que los textos clásicos fueron forzados en su mayoría por la religión católica a adaptarse a un molde “cristiano”; como los sermones del catolicismo eran una gran oportunidad de hablar en público, produjo una forma de oratoria deliberativa cuyo propósito era principalmente mantener una teología particular.

Sobre la segunda influencia positiva en el resurgir de nuestra disciplina de estudio, recordemos que algunas de las figuras representativas de los heterodoxos eran hombres cultos, por lo cual conocían y usaron la Retórica para elaborar sus escritos, como es el caso de nuestro autor, y con ello dieron un gran impulso al renacimiento de la Retórica. Además, hemos visto que la Retórica ha sido una disciplina que, algunas veces ha sido incomprendida o mal usada, porque algunos de los autores no reunían en su carácter ese “bene” que señalamos o porque no habían aprendido la técnica de manera correcta y solo se apoyaban en un talento natural en el uso del lenguaje. En varias de esas personas sobresalientes entre los heterodoxos encontramos que, además de ser hombres cultos poseían esa integridad de carácter necesaria a los buenos

retores258. Por más de dos milenios la Retórica había sido el código fundamental desde

el cual se generaba todo texto y ahora, al regresar a los clásicos, no solo iban a ser

258 La Retórica fue “Pieza fundamental en la preparación del ciudadano en el mundo greco-romano, del cristiano en la Edad Media, y del hombre sabio (elocuente y virtuoso) en el mundo moderno” (López, Grigera, Luisa, 1994: 9) y esto hizo que en el Renacimiento ocupara un lugar central en la cultura como hábito del pensamiento que determinaba la forma en que se enfocaba el conocimiento.

172

estudiados sino también imitados. Hombres ilustres de esta época escribieron tratados de Retórica, podemos citar, entre otros259, a Erasmo de Rotterdam, Antonio Nebrija,

Juan Luis Vives260, Miguel de Salinas, fray Luis de Granada y al Brocense.

La tercera influencia capital en el resurgir de la Retórica en la época que nos ocupa fue la aparición de la imprenta. La Retórica está condicionada por el idioma y la época en que se practica. Con la aparición de la imprenta, la necesidad de ayudar a los oradores y escritores en su propósito de comunicar usando bien el lenguaje se hizo mayor, por lo que aparecieron varios tratados sobre Retórica. Algunos autores escribieron sobre la necesidad de emplear un lenguaje diferente al hablado cuando de escribir se trataba, tal como lo hace notar Villalón en El Scholástico:

Deve cada qual de considerar que deue de auer diferençia entre el comun hablar nuestro y el escrevir: porque nescesaria cosa es que las clausulas y vocablos que pone el escriptor lleven consigo alguna maior dificultad y agudeza ascondida: y no serían tenidas en tanto si llevas en aquella claridad y façilidad que llevan aquellas palabras que se dizen hablando ordinariamente: porque de yr algo más delicadas dan çierta auctoridad a la escriptura, y hazen que el lector vaya más atento y sobre si. Y así considerasse mejor y Tomásse injenio y doctrina del que escrive: y aunque con algun trabajo rescibe gran deleite en alcanzar las cosas dificultosas (Villalón, 1982: 40).

Al igual que Villalón, otros escritores mostraron su preocupación por el empleo del lenguaje a la hora de escribir: Pedro de Navarra y Lobrit en Diálogos de la

differencia del hablar al escribir (1565) y Pedro de Torquemada con Tratado llamado Manual de escribientes (1552). Esta diferencia entre el lenguaje hablado y el escrito

hizo que los autores se volvieran a fijar en los tratados de Retórica de la antigüedad, buscando principalmente en las obras de Aristóteles, Cicerón y Quintiliano. En este

259 Don Abbott en artículo recogido por J.J. Murphy señala al crítico inglés George Saintsbury quien escribiendo sobre Marcelino Menéndez y Pelayo dice: “observó que el Renacimiento había “suministrado al Señor Menéndez una multitud aceptablemente considerable de retóricos humanistas para llenar las noventa páginas de su capítulo noveno” (Saintsbury, 1999: 121–132).

260 Don Abbott nos da cuenta de como Vives “denuncio el escolasticismo como una gangrena” y una “pestilencia” que “por espacio de quinientos años y más inficionaron las mentes de los hombres” (Abott, 1999: 122). Por lo que se necesitaba para combatir esa infección un nuevo acercamiento a la enseñanza, de las artes y ciencias por medio de la Retórica. En su artículo el profesor Abbott muestra como los retóricos españoles intentaron reestructurar la Retórica y cita tres figuras de la época: Juan Luis Vives, Juan Huarte de San Juan y Baltasar Gracián.

173 apartado aparecen numerosos escritores que elaboran tratados de Retórica para ayudar a los escritores a componer sus obras con el propósito de influir sobre el lector “gracias al intelecto y a la voluntad racional de quien la utiliza” (Ferreras, J., 2008: 116). Destaca en este periodo, como ya lo hemos señalado, la Retórica de Herenio, texto muy apreciado el cual sirvió como base para la creación de nuevos manuales que se adaptaban mejor a las necesidades del momento. Se podría preguntar, ¿Cuáles fueron las Retóricas conocidas por Juan de Valdés en el momento de elaboración del

DDC? Antonio Sancho Royo nos ofrece una respuesta muy concreta:

El panorama retórico español de aquel momento estaba dominado casi en exclusividad hasta la fecha por la Retórica tradicional grecorromana, o más bien, romana y basada fundamentalmente en Cicerón (ya sea con su obra De inventione o Rhetorica nova, como también se le conocía, o con la Rhetorica ad Herennium, o Rhetorica uetus, que por entonces pasaba por ser obra de Cicerón) y Quintiliano (con su obra Institutio

Oratoria, auténtico vademécum de la Retórica clásica tradicional). A estos autores

habría que añadir Aristóteles, si bien valorado más desde una óptica ética, política y filosófica (dialéctica) que desde la exclusividad de sus obras Retóricas, La Retórica y

La Poética (Sancho Royo, 1997: 8,9).

Siguiendo el orden cronológico de edición de los tratados retóricos (ver apéndice C), aparte de los anteriormente reseñados en la nota, podemos afirmar que Valdés conocía las Retóricas de Rodolfo Agrícola, Fernando Manzanares, Trapezuntius y Erasmo. Para la profesora Luisa López Grigera261 “es probable que conociera la

traducción latina de La Retórica de Aristóteles y el tratado de Demetrio Sobre el

Estilo donde se hace referencia al diálogo”.

El orador, como hemos visto, debía ser una persona formada con el propósito de alcanzar su objetivo por medio de su discurso o escrito. No importa que tuviese un talento natural en el uso de la lengua, por lo cual se escribieron varios tratados para instruir a los interesados. Si bien el profesor José Rico Verdú (1973: 250–263) nos presenta, en la tercera parte de su libro, un resumen de las doctrinas Retóricas en el Siglo de Oro, hemos escogido como ejemplo un esquema de Luisa López Grigera

174

(1994:1 8-19) de lo que era un tratado de Retórica clásica que anexamos en el Apéndice C. No era el único modelo o esquema que se seguía. Los diferentes autores que escribieron tratados sobre el tema agregaron o quitaron algunos elementos, pero en términos generales el modelo presentado era el más usado.

Como el propósito principal al escribir una obra literaria en el Renacimiento no era tanto lo que hoy llamamos originalidad, sino el trasmitir belleza, armonía y mostrar funcionalidad en la composición (sobre todo si se trataba de una obra con una intención didáctico-moral), los escritores acudían a diferentes fuentes para componer un texto. Como vimos anteriormente, doña Luisa López Grigera (1994: Apéndice) presenta dos listas muy completas de obras usadas para la composición Retórica en el Renacimiento, a partir de las cuales los maestros recomendaban a sus alumnos elaborar sus propios catálogos de citas de autores para usarlas en el momento de la