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La seda de los perros

In document POEMAS ANIMALES (página 122-127)

Entre la arena y el barro nació un perro desollado. Las poblaciones, los villorrios y ciudades

Hervían en un caldo de horror y desidia,

Que sorbían todos en la vigilia para vomitarlo luego En las eléctricas ondas del sueño.

Hasta una playa de piedras subió un cuerpo lastimado y precioso. Una mujer que se abrió paso por las edades de la marea Arrastrando el sudario del horror y no hubo amor Para responder a su ofrenda.

Dormirá aún sobre las piedras. Seguirá durmiendo.

Entonces el perro debió errar en lo desaparecido, en el eriazo de un largo estío

Escarbó el perro sus edades, El hueso royó, las pellejas del amor Pegadas a las camisas y las blusas. Por las edades de la venda y la mordaza, Por la amarga seda de lo perdido, El perro desollado arrastró la lengua.

En las menguantes que gobernó la luna de sangre De su primera edad,

Bajo el paño confuso de los boldos y los bosques de pino, Corrió el perro tras la seda de las abejas.

Los campesinos de su estirpe murieron trillados Por las últimas yeguas y se perdieron en la niebla. Entonces como el hambre los aserraderos se levantaron

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Y los obreros se arrastraron en otra niebla hasta su barro Como perros.

En la segunda edad,

El perro se arrastró por su cuerpo, Se abrió la cabeza y cavó en la fosa Una entraña sucia y no halló Ni el hueso ni la muerte. Partió entonces a buscar el amor En la acidez mortal del cemento. Empujado por el apuro de los empleados, Erró por todas partes. En el aire viciado Había un olor a viejos ciudadanos desaparecidos. A veces caían desde el cielo

Y reventaban a su lado.

Se endureció la memoria como un cuero, Se desecó la memoria como el fango, Se amontonó como espuma en el resumidero Y se pegó al olvido como sarro.

Ardió el perro en los baldíos de la tercera edad de su seda.

El sol sangró quemando los restos de amor.

Erró el perro entre sus brasas y se durmió sobre la ceniza. Del amor, sólo quedó la baba espesa del deseo,

La sed fiera que no acabó cuando cesó de roerse, Echado con desidia en la tierra suelta del verano. Sangra el sol sobre los restos calcinados Y muerde y mastica su amargura En la cuarta edad de su delirio.

En el interior del estío piensa el perro en el amor Y desaparece.

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Murria

¿Por qué dejas que se cuele a través de las cortinas La eufórica luz de la tarde de perros?

La murria se derrama en la resina seca de los ojos. Frenético entre el hastío y el estío,

Colgado de las horas como un perro carbonizado Que cuelga de un triste pino,

Todo muy turbio y grosero.

Un sol sin rostro que se arrastra por tu cara como tiña, Que se encara con tu carne, que te muerde.

Un perro hecho de perro que te muerde.

Un sol de perro que se echa a morir en tu cabeza, Un puro ojo que se cierra en su murria acalorada. Y entre nosotros: el ruido puro o el sucio silencio. No ha sido otra cosa que lo mismo todo el día:

La mutilación de un cuerpo en la bruma de una espera, La celebración de un espasmo porvenir.

Sube desde la boca sanguinolenta del cerro Otro sol que se sacude y apoltrona.

La ceniza tibia se siembra por el cielo de la pieza Y llueve adentro como si se fuera el fuego desnudando. Este otro oscuro sol que se desnuda.

Este otro calor que se nos pega como sarna. Este sol hinchado de ácaros violentos. Certamen esta vez

Émulos de mula y noria y perros y en los perros, Perros estirados como arcos…

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Protegido por el cuero de los perros, entro como perro… Certamen esta vez,

Certamen:

Henchido de una mala gloria/como de asco y raciocinio Entro en su arena interminable.

Todos los cuerpos que convergen en la faena Me empujan en ella.

Es la medida de la queja y la queja Que mide su jadeo con arena:

Parcelas del amor amordazado del crepúsculo. Lo que hablamos luego,

Aquello que se quema con el polvo y los perros. Y qué más da que se queme aquello, que arda, Qué más da que arda;

Que dé de su flama cópulas, violentas cópulas Entre la tos y el estallido.

Lo que hablamos luego,

Aquello que se quema con el polvo y los perros. Noche que todo lo abrasas y lo tiñes con tu tizne. Todo un campo yermo

Por el que no correrán niños ni niñas ni sus fantasmas. Una dilatación de la costumbre,

La llana extensión lunar fatigando su especie en un abrazo. No tenemos palabra ni soplido ni leyenda para esta mala hora Que escarba en el olvido y horada la paciencia.

Mudos, solos y nada de nada, Pero con todo te doy lo que te quito.

Lo que allí se recrea, esa desapasionada acción Que no alcanza luto,

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Que fatiga párpado, que entre los párpados perece. Ese luto, lo que en ese duelo se ha jugado

Y lo que se ha perdido en la persecución de ese instante: El canto que intenta salvar

Con una estocada de aire El soplido que se ha dado.

No ha sido otra cosa que lo mismo toda la noche: El escarnecimiento de unos cuerpos en la brasa,

La celebración de sus gruñidos y ladridos desparramados En la ceniza.

¿Qué resta después de tanto desorden? Un estallido.

Y cuando amanece ¿qué se resiste a nuestro antojo de fuego? Las ganas de encender esa humedad,

De empujar el sueño en la sombra de otro sueño, De beberse en esa porfía los asuntos y el espanto.

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