POEMAS ANIMALES
Diseño de la colección Victor Hugo Pino Ediciones Nagauros, Otoño de 2018
Temuco Chile
Registro de propiedad intelectual Nro. A-292330 ISBN: 978-956-09127-1-8 Impreso en Talleres de Fugar
Impresores SPA Chile
Es menos natural ser hombre que ser simplemente.
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Materia vacía
El río del occidente se mueve en la memoria.
Las infinitas memorias del río extienden un negro sudario Y en sus orillas se congregan criaturas que platican. Hubiese querido teñirme con la sombra de sus palabras. Hablo de un encuentro posible a orillas del sonido.
Me arrastro por estas hojas cautivo. El sonido me adelgaza en lo que calla.
Una precaria adolescencia es la que me retiene, Una oscura casa habitada por el sueño de la madera, Por un niño de madera que erra en el bosque De una leyenda que se rompe.
Esta leyenda que se rompe no hará poesía.
I
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Cifras
En esta palabra que sostengo del cuello hay otra palabra oculta Y así como los que sobrevivieron salvaron del encierro Su animal lastimado,
Esta palabra que se sacude sostenida del cuello salvará de mí Un animal desconocido.
En la sombra que despliega el sol a nuestro paso Se oculta nuestra antigua voluntad de territorio:
Esto somos, eso podríamos haber sido, eso fuimos sobre la tierra, Bajo el sol, nada más que una sombra abierta por el sol.
Y así como los que sobrevivieron salvaron del encierro Su sombra lastimada,
Esta palabra que se sacude sostenida del cuello salvará de mí La sombra de un animal desconocido.
Cuando arrancamos un puñado de hierba Dejamos un testimonio en el cuerpo de la hierba. Y así como los cuerpos de los sobrevivientes Llevan los testimonios del horror y la violencia,
Esta palabra que se sacude sostenida del cuello dirá a pesar de mí, Los horrores y la violencia escritos
En el cuerpo de un animal desconocido.
Éste que mira el mar no imagina
Cuántas veces naufragó en el dominio iridiscente.
Y así como el cuerpo martirizado que el mar arrojó en la orilla Vino a recordarnos el horror y la violencia,
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Desde el fondo del mar hasta la orilla de una playa Para recordarnos el mismo horror y la misma violencia.
Esta noche mi voz se vicia y se deshace: Grito y estallido.
Una repentina inquietud preña la calma de perros:
Desciendo y caigo sobre el polvo de las palabras,
Con cada ladrido me sumerjo en el agua turbia del sonido, Me hundo con cada ladrido en el barro lento de los perros.
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No hay tragedia
El que arrastra ese pájaro incuestionable Es también un monje incuestionable En su atuendo de perro incuestionable. Su territorio es extenso y vaga en él
Guiado por una luz que parpadea allá en el cielo. Ojo y ojo no mueren en su sueño.
La materia de su búsqueda le es esquiva; Puesto que rechaza su cuerpo,
Que es el origen de toda religión. Errar es humano y por esta razón Los animales le tienen por ejemplo. Este hombre no da lugar a palabras Como duda, mucho menos equivocación.
Es el último de los hombres y es también el primero, Un pueblo que desaparece o el nacimiento de una leyenda.
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Dos animales
El ave
Desaprensión del ave
Apostada en el hervidero de la tarde. Muerde el ojo
La altura niña de sus alas.
Crispadero resulta La figura que inventa el ave
En la cavilación ajena de la tarde.
Y cuando dijiste que madura sería la lumbre, Que repetida es al ave,
Qué dijiste? Equis el ave
En la rompiente turbia del azul, Artefacto del cielo.
Remisión que no alcanza su estallido Y ensarta difícil aire en el aire.
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El pez
Presencia la del pez
En las cuestiones propias del agua. Mortal giro
En un nostálgico preámbulo de azules. Parámetro
Del nocturno ambulatorio del silencio. Clima del peso y del ahogo.
Pez, Que de frente,
Altera la metáfora del artefacto, Pez.
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Vacas
Mientras las vacas arrancan la hierba Tras la alambrada,
Niña la lluvia
Inquieta la paz de los turbios Charcos del camino.
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El cordero
No estoy preparado para esta fiesta. Huelo en el aire las afiladas palabras Que se cruzan los matarifes severos, Mientras fuman con olvido de sí mismos.
Yo, que estoy en mí mismo,
Que a mí mismo me recorro, imagino El reposo de los cuchillos,
La sensación ardorosa de los aliños Corriendo al encuentro de mi sangre.
Las correrías de los mocosos, Que empinados se amenazan En mortal juego de machitos, Me quiebra. Meo reiteradas veces Sobre el barro del corral.
Estoy solo en él y me inquietan
Las furtivas miradas de los convidados a mi sangre.
Yo, que vi la luz una mañana tibia,
La más genuina luz vi y no quise sus demonios, Ni pedí correr ni saltar con las otras crías
La extensión del campo tejida por el viento, que no quise; Ni pedí montar con arrebato violento a la hembra indócil
Para descargar en ella el pesado goterón y su veneno, queno quise; Ni pedí mirar el tamaño del rebaño
Empeñado año con año en la duración y el crecimiento. Nada de esto quise ni lo pedí,
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Sin embargo, todo esto me fue dado y fue la vida.
Habría que fingir mejor
Reiteradas veces el miedo cabrío, Habría que doblar ya las rodillas
Y dormirse, imaginar la otra orilla de la historia Y dejar para mañana esta fiesta
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Gato con cascabeles
Uno
Un perro me aguarda en el umbral de la vieja casa De mi padre.
Más allá de la media noche, el cielo se parte y revienta Sobre el barro negro que tiñe y humedece el pensamiento. Este perro es el pensamiento,
El pensar-perro al final de la noche. Echado, caído y callado,
Una sombra en la sombra de la media noche.
Dos
Sabía antaño escribir estos poemas. Afiebrado andaba la fiebre de las piedras, Trataba con las presencias del río,
Conocía sus números y me sumaba con ellos En la corriente oscura y ausente.
Los árboles alargaban hasta mí sus brazos antiguos Y un aire maduro venía a morderse en mi garganta.
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Tres
Esta noche no.
Al costado de la vereda, He visto un gato con cascabeles
Blanco, aterrado, recogido sobre la tierra.
Manos humanas han hecho real la fábula de las ratas. Entonces, urgentes chillidos y correrías
En los huecos confusos de la noche Me llenan de una rara murria la garganta, En estas malas horas al acecho de nada.
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Viaje hacia la hierba
A media calle, Tres caracoles
Se mueven hacia la hierba.
La mirada sobre ellos revela un terrible esfuerzo: La distancia considerable que compromete sus trabajos, El peso de sus moradas espirales.
Es muy tarde en la noche de mi regreso A los baldíos sucios de la casa.
Pequeño y torpe camino a la siga de mi sombra, Que juega bajo la luz anaranjada de las luminarias. No hay historia y sin esfuerzo alguno
Empujo la noche al interior de mi garganta. A media calle, Tres caracoles
Se arrastran sobre el asfalto.
Estelas tornasoladas tejen este viaje hacia la hierba, Cuya memoria secará el sol
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Los elefantes
No existen los elefantes. Pero debo tener en cuenta
Cómo me maravillan sus desplazamientos En la sabana africana;
Bajo el sol seco,
El desplazamiento plomizo de las manadas, El infrasonido.
Tengo una rara memoria que me reúne con sus periodos. Nada de exageración:
Los cazadores, los traficantes de marfil Me producen una extensa histeria; La angustia de la angustia,
El exterminio de una especie.
Todo esto me ocurre en una esquina sucia En este sucio campo de cruces.
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El cocodrilo y la muerte
Por el ojo del cocodrilo
-Que es toda la historia del pantano, Más viejo él, como una máquina de guerra Que fabricó el tiempo y que luego confinó En el agua turbia del
Por el ojo del cocodrilo
Entra la muerte.
El cocodrilo lleva piedras en la entraña, Su hocico se alarga bajo el agua, prehistórico, Hermoso en la grosera forma de lo terrible. Tiene cordilleras en la superficie del lomo Cifrado por escamas,
Su cola gruesa y semejante a una verga de piedra esculpida Va y viene y lo lanza en las direcciones acuáticas.
Por el ojo,
Por el ojo del cocodrilo
Entra la muerte, viene a beber con los ciervos A la orilla del pantano.
El cocodrilo beberá de ellos, de sus cuellos Bellos, largos y perfectos;
Todo será
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Entonces la muerte saldrá por el ojo del cocodrilo Y se perderá bajo el sol que desfigura el fangal. Entonces el instinto estará en paz con sus demonios, La sangre dará fuga a la memoria.
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No habrá tragedia
Aquí el pez conoció al pez, Allá fue la fecundación.
Entre tanto, el cardumen giraba en otras discusiones, Relativas a la defensa del estado,
Al movimiento continuo en busca del marino alimento, Al cuidado celoso de los jóvenes.
Pez y pez fueron afortunados. Mientras la cópula,
Una gran boca dio rienda suelta a la sangre del cardumen, Mientras la fecundación,
La clausura de un pueblo.
Pez y pez están solos y se agitan en torno al frezadero No tienen preguntas, no saben hacerlas.
Tienen paciencia, la nerviosa paciencia de los peces, Que es vertiginosa como un ángulo de fuga.
Ella clava su ojo redondo en el redondo ojo del pez Y se dispone, abre su boca y se dispara;
Generosa lo parte, lo devora:
Una desolada cola sin cuerpo se precipita lenta Sobre el lecho arenoso del mar, seguida Por una estela rojiza de fragmentos de carne. Nerviosa y asesina da dos giros en torno a la escena Y se detiene en medio de una lluvia luminosa de escamas Y contempla, acaso dichosa el frezadero.
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Un nuevo giro,
Todavía otro más y se aleja.
Ocultos entre el coral palpitan los huevos,
Ocultos palpitan los huevos entre el coral, ocultos Palpitan.
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Celo, pasión y muerte
Tuve amoríos con la mar, entré en sus salados atavíos Y de la experiencia que surge de la pasión
Tuvimos peces.
En la paciencia que rompe el deseo, pusimos huevos. Cuajaron en su ámbito oscuro las tormentas.
Nos hicimos una choza entre las rocas y desnudos Conjuramos al olvido.
Puso escamas en mi cuerpo, hablábamos la lengua De las olas en el empeño de cerrar todo vestigio, En el empeño que quita de la orilla todo juramento, En el empeño que borra los más implacables dibujos Y arroja silencio sobre las huellas.
Puso escamas en mi cuerpo, me amó con la furia Que atormenta los embarcaderos y de la pasión Que sala las heridas,
Nacieron peces.
Han pasado unos años. Tal vez un océano de miseria Se derramó entre nosotros,
Tal vez la constelación de su lujuria se ha secado Sobre mi piel.
Pero en la ternura desordenada de sus jadeos estoy Todavía. Fui hermoso, como un náufrago orgulloso Fui su amante.
Puso escamas en mi cuerpo y de aquel encuentro Nacieron peces.
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Estoy viejo y cansado,
Estoy lejano y solo frente a la mar. He venido a preguntarle por mis hijos, He venido
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Como la arena cayendo
Precisamente cuando enterraba en la arena sus dedos Largos y delgados como raíces,
Vino del desorden de la marea, desde su brasa, Un animal afiebrado y hambriento, una bestia Triste y marina
Que se echó junto a ella
Como un trozo de fierro oxidado.
Sin asombro ella lo mira, baja por sus ojos, Por la roja trasparencia de los ojos
Hasta el fondo de la euforia y el fastidio.
Luego el tiempo, el viento mismo y la sal de sus cuchillos. Entonces levanta la hermosa cabeza y hunde la mirada En la lumbre infinita de la olas.
La oscura cabellera se derrama sobre los hombros desnudos Y heridos por el sol.
Como un trozo de fierro oxidado, El perro se sacude poseído por el recuerdo De violentas soledades por venir.
Pero mientras permanece así, mirándolo todo: un ave, La reverberación de una ola,
Los intensos metales que ondulan sobre el agua O sus mismas manos
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Este sórdido animal sin atavíos
Se arrima con horror al arco de su espalda.
Una palabra de ella lo conmueve y alza las orejas. Una cifra negra, emocionada y sorda
Que resplandece en el aire Como las olas y las aves,
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La locura de la luz
(Blanchot)La locura de la luz abrasó los ojos de la golondrina, Ave soberbia de este cielo soberbio,
Mientras volaba desquiciada entre los quicios del cerro. Las golondrinas son aves de alta velocidad,
Aceleradas sombras, rápidas estocadas En la carne del sol.
Las golondrinas son un derramamiento veloz Sobre la piel del aire.
Pájaros una y otra vez, alucinados pájaros, Perdidos en una rara matemática,
Pájaros irracionales, impensados pájaros. Aves siempre por venir; puro vuelo,
improvisado vuelo sobre este sudario iluminado, Incertidumbre pura su pura artesanía.
Las golondrinas asaltan el aire, lo hacen huir Lo llenan de pánico… Pero la luz.
Dispuesta a todo y en todo está la luz.
La luz incendia el aire y la golondrina ya no da con el aire. Su idea del mundo se detiene
Y es ciertamente un fastidio claro. La golondrina levanta el vuelo y cae
Se arrastra con soberbia, levanta el vuelo y cae otra vez. Levanta el vuelo y se lanza en línea recta contra la nada. Nunca las vi volar así,
Siempre las vi volar en la nada, Rompiendo la nada en cada giro.
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La locura de la luz quemó los ojos de la golondrina Y se destrozó volando contra los árboles.
Me quedé allí.
Reuní los pedazos del evento.
Me fui con los pedazos entre las manos, Luminosos todavía.
Me fui a tientas de regreso,
Pálido y con el estómago lleno de luz, Vomitando luz por todas partes.
35
No la distancia
De la boca de los árboles
A los ojos multiplicados de la hierba, Todas las velocidades.
De la constelación de las especies Al lienzo desplegado de las manadas, Toda una fabulación metafísica. El sol que se mira en la corriente del río.
Entre el cuerpo y la inquietud religiosa de los pájaros, Está la voz que los canta.
Está el canto que los roba del sonido Y los entrega a la caducidad de la forma, Al reposo de las cosas en las cosas. Los pájaros,
Habría que mirarlos, apreciarlos en el vuelo, Olvidarlos en la altura, porque todo es altura Cuando la imagen es solar
Y los pájaros figuran fundidos en su materia. Pensar en los animales,
Olvidarlos y crearse con ellos Al interior del tiempo y su memoria. Dejarlos al puro silencio.
Traicionar el canto,
Ser con ellos, no la distancia Ni el deseo.
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Nacimientos de agua
Este acontecimiento complejo que es el agua Brotando de la tierra,
Su rabiosa y serena transparencia, el sol. Este asunto de las piedras y la hierba, el bosque. Este árbol, cuya sombra me cubre y el asombro. Desde la altura de la roca la trama del viento Contra el cuerpo.
Y los pájaros que intensifican esta angustia solar. Pero la lluvia...
¿En dónde está la lluvia y su espejo roto? La cama que agita el contacto genital De los niños de sexo desconocido.
La pasión que desata el grito de los ebrios al amanecer. Y el jardín de la mujer con senos de un algodón siniestro. Los granizos que partieron la tarde
En dos mitades irreconciliables. La ciudad que crece muchas veces
En relación al hombre, la mujer y la lujuria.
Las rutas que en el cielo trazan los aviones y las aves. Y la corriente del río que arrastra la preñez de la muerte. El falo desolado de los adolescentes,
Su fascinación por el musgo y los insectos. La boca de cuatro labios de las adolescentes Que besa el tejido nocturno de la virginidad, La inquietud que les provoca el movimiento De los caracoles
Bajo el rocío.
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Que se multiplica en la garganta.
La mano que coge la moneda que se le ha dado La moneda que corta la mano que la ha cogido. Una repentina primavera sobre el cuerpo seco.
Unas palabras dichas con euforia a la sombra que nos mira. Las heridas que deja en la boca el infortunio.
Las huellas de la dicha en el barro de los ojos. El animal que forman las especies.
¿Pero por qué siempre esta pregunta?
Hay una fuente de agua fresca sobre el suelo que me llena La cabeza de árboles y de otros nombres inquietantes. Bebo en el cuenco de mis manos
El agua atávica de la vertiente:
¿Quién del otro lado bebe de mis labios Y me sonríe como entonces?
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La pregunta más antigua
El patio se llenó de animales.
Alguien trajo estos animales mientras yo dormía. El patio se llenó de animales.
Entre la casa y la cocina hay un mar de animales. Un mar de ojos redondos como bolas de vidrio Es la tierra gruesa de los bueyes.
Alguien trajo estos animales mientras yo dormía. Ya estarán al rojo las letras de fierro
Para quemar en ellos el dominio.
Un mar de ojos redondos como pozos oscuros Entre la casa y la cocina.
Qué es la vida
Sino un mar de ojos redondos como pozos oscuros Entre la casa y la cocina.
Un mar de animales tan temprano. Estas bestias, sus mugidos. Qué es la vida
Sino un mar de animales y la pregunta más antigua: ¿Cómo haré para cruzarlo?
Para sentarme a la mesa a desayunar con los abuelos y los tíos Y no me quede aquí para siempre.
II
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En la tienda de trapos carcomidos por el sol
Casi en el centro de la tienda de trapos carcomidos por el sol Se ha levantado un cuerpo
Y permanece dormido y palpitante entre sus trapos.
Debo alimentarme y por ello camino al mar. Entonces me invento una madre
Y bajo con ella a mariscar y conversamos.
Pero ella continúa diálogos que en otra época tuvimos Al acecho de moluscos fieros.
Debo irme antes de que anochezca
Y entonces la imagen de mi madre desaparece Al tiempo que enderezo mi cuerpo y me encamino De regreso a la tienda de trapos carcomidos por el sol.
Casi en el centro de la tienda, En el borde del fogón apagado
El cuerpo en sus trapos permanece erguido y palpitante. Enciendo el fuego y preparo mis alimentos.
Me alimento.
Y entonces como cada noche, Desde hace ya algún tiempo,
El rostro viejo abre sus ojos de piedra y los clava En el centro rojo de las brasas.
Conversamos,
Primero de las rocas,
Luego de las hierbas y de los árboles, De la aparición de los primeros animales, De la relación de los hombres con los ríos
42
Y de cómo las primeras familias
Asentaron sus campamentos a las orillas del mar. Y de aquellos que se internaron en el mar
En busca de peces más grandes,
Y entonces, también, de los primeros suicidas,
De aquellos que volaban y que cualquier mañana de aquellas Enfilaban llevados por el viento al horizonte,
De las aves que platicaban con los niños vigorosos
Y del olvido sinuoso que acompaña a la memoria aventajada.
Entonces robado en sus cifras, yo me quedo junto a él. Su relato desparrama entre nosotros un agua ciega, Abre una fisura en el aire
Por la que entran el jadeo del tiempo, el residuo y la sombra De palabras que alcanzan la carne del espectro que nombran.
Restos de fábulas; Cuajos de historias, Poemas animales.
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Los quicios de la imagen
Sangra mi sombra sobre la cama,
Luego se arrastra por la pared y mancha las cosas. Yo le tomo la mano, le palpo el hombro
Y el cuello le muerdo otra vez como si nada.
Después con la sangre dibujo en la pared una puerta. Sobre la cama dejo con euforia la carne y el pellejo, En la pared con mi sombra me reúno
Y ella de la mano me lleva por senderos
Que el joven padre no pensó en su inocente artesanía. El sendero llega hasta los rosales que antaño
Festejara mi madre con sus manos. Está mi madre allí como entonces, Muy bella y ensimismada en sus labores.
Mi sombra le habla al oído y ella atiende a lo que dice. Entonces corta el mejor botón de su crianza,
Dice mi nombre y el sonido desencaja los quicios de la imagen. La flor sangra en sus manos y me la da sonriendo. Intento besarla pero no puedo alcanzar su mejilla. La sombra tira de mi fantasma
Y al arrancar el tallo de sus dedos Gotas de rocío caen sobre la tierra.
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Paradoja del ojo
En la materia que inunda el sol, No por costumbre, ni por sorpresa, El más borracho de los ojos mira. Y mira como un órgano solo y sin Ganas de mirar. Todo lo apretaría,
Dice, hasta hacerlo desaparecer De pura rabia que me da la luz, de Pura luz que me da la rabia y las ganas De quemar lo que no arde.
Soy el animal más raro de todos: El ojo suelto, el no domesticado por Las fuerzas aéreas del domesticador, Oculto en la oscuridad de su reyno. Soy El más loco de los animales del templo. Y estoy sin dios ni párpado esperando Mi hora negra. No habrá gota que me salve De mi hora negra.
Todos los animales tienen su hora negra. Yo no soy especial. Me cago de miedo Cuando veo sangre, o semen mezclado Con sangre, que es lo mismo. Estoy Que no miro más y más vale que me cierre. Que me ponga duro o que me nuble. Que me arroje de pura angustia
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Metafísico de todos, el puto, el más abierto.
A do van los animales innobles como yo El ojo pródigo, el ojo descarriado, el ojo cojo, A dónde voy yo, el más cainita de los dos.
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Sueño con pájaros
Este que duerme sabe que los pájaros andan por ahí, Delirando.
Si el sueño mismo fuera un delirio y no se cansara, Tumbado como está, de las palabras
Andaría por ahí…
En el sueño como en la nada En busca del lugar y del momento.
Este que duerme sabe que los pájaros no conocen la nostalgia. Si la conocieran entonces no serían pájaros.
Este que duerme siente nostalgia de haber sido pájaro. El sueño termina cuando comienza el delirio,
Cuando los que duermen salen volando Por las ventanas hacia la nada
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El asunto
El asunto podría ser un poco más sencillo: Poner los ojos en el fuego
Y salir en busca de los amigos ebrios. La escritura ahueca el ala
Y da tres vuelos en la audacia del descampado. La silueta de un bar solo
Se empina:
Maquinaria atroz, pero bella/bellísima En su atuendo incuestionable.
Una mesa y unas sillas bastan para un ritual. Vasos, botellas y parroquianos,
Lo bastante ciegos para ignorarse un par de horas.
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El perro del acaso
¿Acaso perro debiera llamarte?
Copioso animal que te pones a fabular en las esquinas Como un predicador bañado por la luz
De las tristes luminarias de la cuadra.
El ansia y la noche son tu reino congelado, tu congelación. Con los ojos dispuestos en el cielo te pones a fabular. ¿Cómo debiera llamarte?
¿Acaso perro? ¿Acaso sombra?
¿Acaso sombra de la sombra?
Muerto el símbolo que me dabas con rabia, Te has entregado finalmente a la traición. Entonces seré tu perro
Y andaré al acecho de tus correrías Y no tendrás nombre para darme.
Perderé el cuerpo y sólo tendré ladridos para ti; Me pondré negro y vigilante,
En donde mees, mearé yo también para asediarte, Renunciaré a mi reino de dominación
Para disputar tu territorio, Te llenaré de incertidumbre; Sombra de la sombra, Seré tu sombra,
¿Qué nombre me darás cuando entonces te detengas Y te pongas a cavilar?
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El perro discurre
Uno
Encadenado a la maroma de vehículos El perro filosófico
No se anima a cruzar la calle. Para él el rojo
Y el amarillo
Y el verde nada señalan. A la altura de sus ojos,
Todo el instinto converge
En el plomizo suceder de cuerpos y de sombras, El río rudo de los ciudadanos discurre. El perro piensa, resiente y olisquea
Amargo y loco bajo el sol.
El perro también discurre. Se arrima a los matorrales
Con el esfuerzo solar del mediodía
Y discurre echado en el terrón podrido de la urbe. Sobre el asfalto luego, con rabia acecha y carga Contra las llantas cromadas de los autos, En las que intuye acaso la imagen de su enemigo. Ladra y ladra y ladra el perro
Contra estas impertinentes máquinas de la muerte
Que rajan con sus roncos motores su doméstica paciencia. Y les ladra el perro en sí, en su quicio ofuscado
A las fantasmales visiones que lo hostigan:
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Extrañas palabras y silbidos en los que ya no confía No por cautela o arrogancia:
Bajo el pelaje quemado por el frío Su carne cuestiona el firmamento, El pan que le tiran, el hastío,
La sed que alivia en los charcos de agua detenida,
Los otros hijos de perra que discurren con él en el parque.
Dos
A orillas de la laguna sucia del parque, Rodeada de edificios brillantes, Pero oscuros,
El perro filosófico
Persigue a las odiadas palomas de la paz. Les rinde combate,
Pero estas huyen en turba cobarde:
Una pared de palomas corta en diagonal y se desplaza A poca altura,
Mientras el perro filosófico Corre, salta y se encabrita
Poseído por la demencia de la guerra. Ladra ladridos de guerra,
Gruñe gruñidos injuriosos,
Pone en funcionamiento su aparato militar, Todo él como su ejército.
Solitario como un general mutilado por la locura Y la estupidez,
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La histeria de las cobardes palomas
Aletea atravesando el espejo de agua por sobre patos y cisnes Con un ruido seco de sábanas contra el viento.
Descienden las palomas y toman territorio en la otra orilla. El perro filosófico se detiene,
Enseña el pecho y observa con fiera serenidad. Ha ganado esta batalla,
Mas la guerra lo consume, La tiña le quema en el pecho, Sus condecoraciones.
Tres
Escondido entre los árboles Al acecho de nada
El perro filosófico extiende el hocico sobre la hierba.
Hay algo intenso en el canto de los pájaros, discurre el perro. Antaño se indisponía con el canto y ladraba,
Clavados los ojos en el follaje. En este preciso instante
Por entre las floraciones de los arbustos el perro discurre En la curva sonora de los llamados de amor
Que se hacen los pájaros, yendo y viniendo entre las ramas. De joven discurría el perro en la persecución
De las perras en celo,
Asido por una fiebre dichosa, los aromas de la hembra Reproducían en sus órganos el amor,
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La temporada de celo es calurosa como una herida Que arde tras las orejas.
Contrajo la tiña en un punto impreciso de su mala vida. Ahora, le rehúyen las perras jóvenes
Y las perras tiñosas en cambio
Tienen una mirada que figura los círculos de la muerte.
El amor y la muerte son el mismo animal,
Discurre el perro viejo.
Amo y lamo mis heridas supurantes Así como los pájaros
Intensifican el afán efusivo de sus cantos de amor.
Cuatro
Y porque en el cuero quemado arde la odiosa tiña ciudadana, El perro discurre
Entre la compasión y la ira
Que despierta en la gente que pasa a su lado, dormida. Él perro es a los hombres
Lo que los hombre son a su alma que discurre en la vigilia. Sabe el perro lo que sabe,
Conoce el perro y piensa,
Así como esos, que inmersos en el vino Saben lo que saben
Y cuajan lo que cuajan al fondo de la jarra y de la noche. Conoce el perro
Como se cuecen en su caldo
Esos que pasan tropezando con los fantasmas del amor. Hartos de ese conocimiento
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Caen de golpe y echan la pegajosa humanidad sobre el asfalto. Conoce el perro lo que sabe
Y se detiene junto a ellos, los mira y discurre.
Resplandecen en la noche las heridas de los borrachos Como un enjambre de rojas luciérnagas.
Dialogan como pobres locos dormidos
Y encienden a rasguños las mataduras del amor. El perro sabe lo que conoce y discurre.
Es considerado aunque no lo parezca, Y con su lengua lame las supuraciones… El perro sabe porque sabe
Que ninguno de ellos daría un peso Por un perro tiñoso como él. Ya limpias las heridas,
Deja el perro al borracho y discurre en la noche Entre los túneles morados de la tiña.
Cinco
Discurre el perro/el perro discurre
Y ladra:
Y sin embargo dudaría si soy perro todavía. Con el tiempo y la tiña
Es bueno desconfiar de la sombra, De los charcos
Y de los ventanales.
Y aunque me echen de los recintos Como se echa a un perro,
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Como se mira a un perro tiñoso Dudo,
Bajo el sol y la fiebre Dudo,
Desconfío de mi cuerpo maltratado y del mundo Que alumbran mis ojos alquitranados.
Soy más bien una enfermedad Que discurre en el vacío A la velocidad de la muerte.
Seis
Entrar por el ojo del sueño. Reconstruir la idea de mi especie.
Quitarme la tiña como quien escapa de sí mismo.
Lamer la piel desde la cola al lomo hasta que brille negra al sol.
Perros los colmillos relucientes, Fino el oído y poderoso el olfato, Las perras garras y el ladrido perro.
Perra el hambre hasta la semilla de la presa. La animalidad y la síntesis.
A lo lejos,
Las fogatas de esos otros animales iluminan el fiero crepúsculo;
En las praderas, La jauría discurre en movimiento de caza.
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Plano Secuencia
(Homenaje a A. Tarkovsky)Mengua el valle con la aparición de las bandadas. Pasa por el cielo un niño con alas de papel, Desde abajo,
La gente lo saluda.
Una pareja de enamorados se encamina hacia el bosque. Con lupas en sus manos, unos entendidos
Observan una flor amarilla. Los obreros levantan una torre.
Pasa por el cielo un niño con alas de papel. Desde abajo,
Los obreros lo saludan.
Los entendidos cortan la flor amarilla Y la ponen en un frasco.
Bebe de la vertiente un peregrino. Un perro filosofa bajo el pino mayor.
Unos hombres de sombrero arrastran una roca negra. Una mujer desnuda yace rodeada de muchachos. Un anciano orina sobre unos cardos maduros. Pasa por el cielo un niño con alas de papel. Desde abajo,
Los muchachos lo saludan.
Desde el bosque vienen unos enamorados. El perro filosófico ladra para nadie.
El peregrino defeca un poco más allá sus calamidades. La bandada de pájaros se arroja sobre la mujer desnuda. Los muchachos se precipitan sobre el anciano,
56
En el centro del valle, Los hombres se detienen,
Se quitan los sombreros y se abanican con ellos. Los entendidos se comen la flor amarilla. Los obreros se declaran en huelga, Algunos se arrojan desde la torre. Los enamorados se separan.
Ella engorda entre los matorrales, Él aguarda en una cueva. El peregrino se encamina hacia el norte Llevado por un presentimiento.
La bandada de pájaros vuela hacia el norte Movida por el cambio de estación.
Los entendidos han echado raíces y florecen amarillos. A lo lejos aparecen nuevos entendidos.
Un grupo de muchachos contempla fascinado El esqueleto blanco de una mujer.
Un anciano pasa con una flor de cardo en el ojal. El perro filosófico lame sus heridas y reflexiona. Los enamorados separados se reúnen.
Ella trae un crío en los brazos. Él trae en su mano los ojos Que le arrancó al caballo
Que habita en la cabeza de los sonámbulos.
Se toman de la mano y caminan hacia el centro del valle. Los hombres se calzan sus sombreros
Y danzan junto a la roca El valle se llena de gente.
El niño es consagrado en presencia de la multitud. Pasa por el cielo un niño con alas de papel. Desde abajo,
57
Entonces vuela más alto y se pierde contra el sol. Una lenta lluvia de cenizas cae sobre la cría y la cubre. La gente se retira silenciosa.
Los enamorados recogen la criatura que llora. Ella lo amanta, él entrega a los hombres Los ojos sangrientos que arrancó al caballo Que habitaba en su cabeza.
Los hombres arrastran de regreso la roca El perro filosófico ladra,
Se pierde ladrando en un bosque cubierto de cenizas.
58
Las miserias del afecto
No se enamoran los animales, Con indiferencia se dan al afecto
Cuando el tiempo gira otra vez entre sus órganos Bajo la mirada severa de la muerte.
No se enamoran los animales,
No padecen esta triste enfermedad cotidiana. No se miran al espejo los animales
Y por lo mismo sus extravíos no tienen En su naturaleza el efecto de la piedad Por sí mismos. No se perdonan los animales, Son pacientes como el ojo que no está Mirando nada bajo el párpado dormido. No se enamoran,
No hablan mal de nadie, ni escriben,
En contra del otro. No proceden sórdidamente, No se contagian del asco
De insignificantes vidas sin asunto; Y por lo mismo no saben los animales Hasta qué punto se aman los unos a los otros. No se enamoran los animales,
No saben decirle al otro cómo hay que hacerlo Ni qué hace falta para morir dignamente; Hacen lo necesario para que las palabras No tengan lugar en sus universos. La vida de los otros es la vida de los otros:
59
Lo amorosamente desconocido. No se enamoran,
Son imperfectos y simples Como el agua o la tierra.
El fuego es para ellos otro animal, Otro animal, el viento;
Otro animal, la lluvia. No se enamoran los animales.
60
Consagratoria y fabulaciones
El día y sus horas de perro.
Amontonamientos de miel oscura en los extremos del ojo. El día y sus flores de cardo
Como corazones arrancados de cuajo de sus cuevas, Como manojos de nervios arrojados sobre la mesa, Como una garganta que se encoge y se detiene.
El día, un aire de lepra corriendo en todas direcciones, La miserable higiene
Que progresa en todas partes.
Los bosques que se paralizan bajo el aullido. El día y sus fatales caballos magros.
El día, mujeres atravesadas con alambres y con fierros, Cubiertas de latón.
El día, el trayecto de una bestia roja, hambrienta Por la peatonal.
El día y sus transparentes gusanos sudando En las esquinas.
El día, la asfixia creciente y los peces que acechan Desde los árboles.
El día, la epilepsia del perro, los coágulos Entre los pliegues del culo.
El día ha roto su metáfora.
El día y su religión con anzuelos y con palas y martillos: Un crucificado en cada árbol, cada árbol es una cruz y el parque, Un campo de cruces.
El día y sus inventarios y registros Y máquinas de escribir asuntos.
61
El día, los ojos del niño que mira al cielo:
Ejércitos fabulosos libran batallas en alguna parte de la galaxia Y una multitud de cadáveres desborda la memoria del río. El día y sus velocidades: las fugas, el ano de la muerte Maravilloso como la rosa anterior al suicidio. El día de ayer, su matemática, su sintaxis convulsa Como de cascada o río y epilepsia.
El día y sus animales abiertos
Como plazas públicas o como colegios a medio día. El día y la acidez del ebrio bajo el sol, pero así también Los agrios desprendimientos que ocurren en los paraderos. Y la forma del reloj cuando lo sacuden los demonios opacos Que habitan en el apuro de los baños públicos.
El día y los espectros que sueñan Con desapariciones soberbias.
El día y la proclamación de sus pájaros.
Y entro en el rayado de sus calles como en una catedral, Cuya carne exudara materias sexuales,
Emanaciones de amor, densas como la miel de los muertos. Y entro en la confabulación de sus esquinas
Como en una tierra oscura y medieval, Como en un campo de cruces de piedra.
III
65
Lo animal
Dichoso el animal que es apenas celoso De sí mismo y en sí mismo encuentra lo Que animales más amargos han perdido.
Lo animal no lamenta la locura animal En la que sacudido, sin atavíos ni tristezas, Desatiende su costumbre y se deja en ella. No pule el hábito ni hace de él experiencia. Pulido como está, todo en él ya es experiencia De sí mismo en lo mismo.
Es lo que es sin el trabajo de ser otra cosa o no ser. Nada hay callado en su interior ni grita como un estúpido. Locura de no verse, de estar en la vida
Sin la ansiedad de ser para la muerte.
No hubo tragedia, no hay tragedia, no la habrá.
Los nombres y sus tiempos no se le pudren en la garganta. No hace cálculos escondido tras el espejo imaginario. No busca afanoso un lugar en la realidad.
No se niega ni se afirma. No se escapa de sí mismo. No se extraña.
Sin dioses, sin héroes ni fantasmas,
Sin fe en el mañana y sin la desgracia de la nostalgia: Echado en el ahora sobre el mundo, el animal En la hermosa soberbia del instinto.
66
Frente a los árboles
Así estuvo mirando el matrimonio de los árboles Conjurados contra el cuajo del olvido. Había como una mueca de dolor viviendo entre nosotros Y las primeras lluvias que teñían de serpiente las mañanas. El primer rumor fatigado en nuestro pecho.
La congelación del pensamiento frente a una imagen Ahíta de sin embargo.
Y su capricho era quemarse con el sol, Deshojarse y mover con canto la rama desnuda. Y quién Iba a pensarlo por nosotros
Si nosotros vibrábamos al borde de otro espejo Como lo que deja brillando una queja
Entre dos cuerpos que se han religado entre la hierba. Y es posible que herirse de esta forma, De esta forma que se introduce
Y se clava muy afuera del abrazo y el fuego, Sea el agua cristalizada del principio.
Se dice que de este pliegue congelado en el instante
No quedará nada,
Salvo el fluir indiferente de una murria oscura y rara Como el humo ausente que se confunde con el aire, Como la ceniza que el agua disuelve para siempre, Como la hierba que el sol seca y con ella el tiempo Que no pudo atrapar lo verde.
67
Qué importa todo esto y lo otro...
Se lo dice a los árboles que repiten un murmullo Que antes le fuera grato e inquietante.
Lo dice porque el viento hace con ellos algo Que no puede decir.
Y al decirlo algo debiese florecer,
Pero al decirlo persiste una extensión de hierba y de silencio Semejante al silencio cuajado entre los árboles.
68
Casi no he mirado por la ventana ...
Casi no he mirado por la ventana el día de hoy.
Este día se ha cerrado en torno mío y yo me he plegado En su oscuridad.
La oscuridad como una miel sofocante Se ha derramado en torno mío y yo Me he sofocado
En su sustancia.
Casi no he mirado en el nudo negro de este fastidio. Este día me he desplazado indiferente en todas direcciones. Como apremiado por una vaga idea
De lo que habita en la indiferencia de este encierro. ¿Qué ocultan estas paredes?
Estas paredes no ocultan nada.
De hecho no hay paredes, sólo el miedo a que no las haya. De hecho solo el miedo a que el encierro
Sea una fuga interminable. El mundo amplio
Vaciado en la ausencia Se repite negativo,
Ciego y breve en la luz que se amontona En la superficie de los muros.
Vuelvo del día a la cadena ligera De la noria nocturna.
Camino del alba
69
Fragmentos
Uno
Duerme sobresaltado en el interior de un huevo Un hombre que será pájaro un día.
Sus brazos, que un día serán alas, se doblan Uno contra otro y sus ojos,
Que un día verán la alta marea del océano, abrazan El sueño del aire.
Dos
La tierra que amó el murmullo de la azada Viste la humedad de los zarzales.
En el cristal que la retiene en la retina Se inquieta el agua que mojó el interior De otras mañanas.
Tres
Y cómo cuajan las amargas
Hojas amontonadas sobre la mesa de la tierra. Palabras para nadie
70
Del viento indiferente. Así cuajan las miradas
Sujetas al vacío desapasionado de las tardes, Caminadas en busca de una puerta o un muro, Pero nunca las dos cosas en un solo espacio definitivo. A menudo es eso: tragedia.
O es eso y nada más: una puerta que es un muro O un muro que es una puerta
71
Agosto de 2004
El fuego en fuga me refriega su ceniza y me olvida
La llovizna que amontona con apremio su breve indiferencia. Y me escabullo indiferente por entre la humedad y la bruma De esta ciudad que desconozco.
La llovizna seca los ojos del fuego, Lo deja ciego masticando
La engañosa transparencia que lo devuelve Al embrujo en que se abrazan sus lenguas. Como si acertara en ese empeño
Se duerme como un niño
Sofocado al interior de un sueño de ceniza.
Como un niño que nombra la bruma innombrable, El fuego se quema bajo el alfabeto opaco de la llovizna. Lo que imanta la indiferencia es más veloz
Que ese vértigo,
El golpe que ata lo lejano, más veloz Que el vértigo de ese vértigo:
Lo que se disuelve cuando alguien da consigo mismo En una calle oscura, más veloz todavía
72
El inmerso
Si la lejanía fuera madre de lo oscuro que no nombra Entonces en la raíz de la materia
Habría motivo para lo que nombro. Pero desconozco con fiebre y desconozco Mi abierta manía de río entre lo seco.
Si lo que nombro pertenece a lo que se esconde, Entonces a qué decir con tanto apuro.
A qué decir -me digo- y diciéndolo, me disimulo Como un ánima entre los árboles.
Si en lo espeso lo huérfano evita morder el cuajo de la luz, Si el pez espeso espanta los espasmos de su huerfanía Y se distrae en el asombro como multiplicado por sí mismo, A qué viene este aire, la aparición de la sombra,
El hijo abierto del sol.
Todo esto es un número que se humedece y disuelve Cuando intento asir su costumbre,
Cuando salto sobre su espacio Como en un sueño de mí mismo.
73
Persiste lo mudo
Atardece liviano entre las hojas del ciruelo.
Como una mixtura de hielo en la mano que socava el silencio Las formas que no piensan callan la única palabra.
No hay un abrazo en la hebra que hilvana las horas. Todo está callado.
Un rumor de llovizna no haría tambalear este silencio. Y sin embargo,
Entrego esta cabeza al ahogo
Como porfiando por un hálito de verbo Entre lo mudo.
Pero si por este apremio Vine a nombrar lo que se evade Lo que evadiéndose oprime
Contra las sordas sentencias del sol Mi cuerpo gastado.
Atardecen los silencios livianos entre las hojas del ciruelo. Atardece la sustancia vacua que sostiene con su agobio Lo que el ojo retiene con crueldad.
Y con ello se queman las sombras Cubiertas
74
In illo tempore
De las cosas que presiento, De lo que intuyo con zozobra Estoy elucubrando.
Confundo imágenes con escenas Que ya no sé decir bien qué cosa son Y qué significan.
Una secuencia anterior a una tormenta Sigue siendo la intimidad
De la más simple tristeza O por lo menos,
Luego de tantos años de implacable retórica, Su alegoría:
Bajo el parrón, El agua que junta la artesa
Se inquieta al contacto de las primeras gotas Que arroja desde muy alto la tormenta,
Desfigurando la cara del niño Que se miraba en ese espejo.
75
Celebración del espanto
El tiempo resuelto en su fórmula infinita.
Algo que se nombra y que al fondo se retiene.
Lo que resta en la superficie que se extiende es el sonido Sin idea.
No existe retraído en su forma el tiempo. En todo se deja la piel y fluye desollado. La nada será la huella callada de su grito, Ausente en sí mismo,
Su presencia se disimula en el murmullo De la exacta forma en la que existe. No hay duda, no la hay en toda la extensión Saturada de esta imagen vacía.
La imagen es la profundidad desaguada, Un barro residual y primigenio, la memoria En la que se ahogan
Los otros y las cosas.
Qué hacer con este lento desasosiego, con la violenta murria Que muerde el pensamiento.
El esfuerzo sucio de los días es un barro Que no cuaja en las manos y se escurre En gruesos goterones que lastiman la voz: Este trapo viciado de la memoria y el canto, Su estallido.
Si lo cierto es que nada se escurre, Si la nada inquieta se evade en las cosas
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Tiñéndolas con el tizne pesado de la ausencia, No sabremos entonces cómo.
Pero algo de esto habrá de consumirnos Algún día con su eco gastado.
Una palabra en la que resplandezca
La totalidad de nuestro absurdo resonará en el aire. Mientras tanto, escarba con sigilo al interior del miedo Las formas del espanto en el sonido,
El tiempo resonando en el espacio,
77
Al oído de la nada
La fatigosa jornada de los envenenados
Se parece mucho al tiempo revelado en su costumbre, Como una roca.
Estar imbuido de una saturación de ecos, De espectros sonoros, del polvo grave del sonido En desmedida suspensión,
Se parece a esa marea congelada,
Cautiva en sí misma, retirándose del tiempo, Como las piedras.
Esa hostilidad con la que se niegan Las concreciones ausentes de nosotros O los ausentes que vueltos sobre su materia Son ausencia,
Como una piedra.
No se parecen los envenenados a nada de esto. Entran al amanecer con sus hígados marchitos Y niegan como si recibiesen del tiempo una sal Para avivar su pasión escarnecida, su fiebre,
Para escarnecer la quieta restriega de los elementos, Como un canto rodado.
Son piedras los que al fuego tienen por amigo, Son piedras y golpean el labio de la nada.
78
El robo de la luz
Pongo en escena un árbol bajo cuya sombra Desaparece una formación de luz,
Una figuración de luz
Que no se corresponde con la oscuridad Que le sirve de cuadro.
Es que el árbol no es árbol cuando lo incorporo,
Es una cosa que defino más por su sombra que por su idea. Desaparece en la sombra
Lo que me interesa, La luz que no fue figura,
Mínima huella que me sustrae a la sombra, Como si lo roto que deja fuese mi aparición En la escena.
Aparecer justo en el lugar
Donde acaba de irse lo que esperábamos, Estar impensados en el sitio donde, Por desesperación más que por pasión, Se muerde el pensamiento,
Es quizá mi lugar remoto, mi lejanía definitiva, Irreductible al peso que agrava
El relato de nuestro origen.
Yo quiero un árbol y una sombra por esa luz Que no sabemos decir
Y que no sabiendo decirla viene a ser lo único que tenemos, Porque nos ha robado.
79
Sobre la nada
En función de un desvarío he mirado el humo que oculta Mi exquisita muerte de elefante. Los años de la oruga, La dedicación de los árboles
Es pura desmesura.
No hubo un día en su boca que no fuera como una palabra Abierta por insectos y sin embargo hubo una boca
Que mordía la ingle del sol. Era la mujer del alba
Que bruñía su faz como gritando a los cuatro puntos De una oscuridad sin nombre.
Como en la mitad de un túnel quebrado a la mitad,
Así gritaba mi madre y no se le oía aferrada con su cuchilla A la seda de la cebolla,
Al metal sangriento del cilantro, Al llanto callado, como un pedazo De vidrio maravilloso,
Hendiendo su mejilla helada, una lágrima. Mientras en la radio
Las guitarras de Eduardo y Gastón preguntan por el sol, El sol descongela las láminas de escarcha,
Mas no la escarcha con la que canta mi madre. Me escabullo en la mañana hacia el bosque y la dejo Preguntando en su canto escandaloso:
¿Qué pasó con el sol,
80
Yo me voy cantando, pero no pregunto.
Yo, que a media mañana me dejaba quemar por el sol Y mi madre,
81
La noche desnuda
A Concepción BertonePor algo que el viento oculta bajo su movimiento, Está la noche arrodillada en un rincón de la calle. No podemos ocultarnos de lo que es más callado y breve Que nosotros.
De lo que es, a pesar de nuestro amor O el barro de nuestros ojos, más vacío. No se puede,
Digámoslo de una vez, Decir lo que no habla. Nuestra lengua brutal No sirve, está perdida,
De nada en nada aparece como abrasándose, Mordiéndose el cuello a sí misma.
Lo que tuvo, nunca lo tuvo y su danza se fue abriendo Hasta ser toda ella
El ritmo, en cuyas espirales sin centro se fue cerrando El cuerpo precioso de semejante olvido.
Yo soy la memoria de una lluvia que tal vez Está lloviendo todavía.
Y a veces creo de verdad que era yo, Pero sabré mañana que era la lluvia. Lloverá todavía cuando lo olvide, cuando Los atuendos de otro invierno no sean la llave Para entrar en el dominio de la lluvia,
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Canto a pesar de este exilio. Me oxido besado por su materia. La maternidad fiera de cantos fieros Que se oxidan abiertos al aire. Y hay un saber que el aire desparrama De mi mano abierta:
La mano de la noche se cierra y se lleva
Su cuerpo; los signos, que son la carne de su cuerpo, Se los lleva.
Palabras transfiguradas por un gesto suyo sorpresivo… La llave se lleva.
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El señor de la casa
Vivo a gusto en mi casa de cobre magullado,
Con mis leones oxidados por el orín. No miro la cara del otro. Su queja de paja.
Me veo musitando con dulzura en la puerta de mi casa vieja. Lo sé por los abiertos depósitos de miseria en el cielo De la ciudad.
Lo sé porque me olvido de todo y me anudo la corbata Con soberbia.
Mi casa de cobre y mis leones no hacen emblema. Se suman y se cierran al amanecer
Y al amanecer hay mucho grito en todas partes. No se puede pensar
En las flores violadas por el perro de piedra que me ladra. El ultraje de las hijas del sol
Inflama la altura ácida de los ojos, que buscan entre los gritos El último párpado:
El beso tibio de los gusanos Penetrando para siempre en la luz.
84
Perros
Al fondo de mi cabeza hay perros que ladran. Hay un oro que baña la sombra cuando ladran, Algo que sin embargo sigue arrastrando el canto Hacia el hocico.
La saña y el metal que empuja el sonido hiriendo con aullido Lo callado.
Hay una arena que escarban, una arena magra y sin orilla. Un movimiento de perros fastidia y arrastra una carroña. Hay una sombra, una punta sorda que lastima el sonido. No tienen cuerpo y sin embargo pesan y entran
Ladrando en mi boca. Son como una luz que agobia el sueño. Son como el acero de la vigilia. Son sonando el agua grave, La hierba fiera que mordiendo el párpado afiebra la garganta. Son los perros del acaso movidos por la mano,
Sus cuerpos encendidos por el celo.
La carne que muerden es mi carne y lo que tragan, Mi cuerpo escupido por la noche.
Hay una ceniza blanca en la vigilia,
Un viento que no ama arrastra sobre el cuerpo los ladridos. Quejas que jadeando son agua de palabra, espuma de sonido, Baba animal que moja el polvo quieto.
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Hay al fondo de la noche perros que ladran. Hay un ojo abierto que ladra, un ojo
Atravesando un flujo ciego,
86
El animal de la lluvia
Llueve cuando estoy ahí mirando cómo todo se nubla Y entonces,
Como invitado a vivirme, doy conmigo de nuevo y estamos Tú y yo
Como si no hubiera nadie,
Como si todo de pronto hubiera abandonado Y se secara en el espacio.
Este procedimiento sin objeto en el que estar Equivale al peso relativo de la sombra. Yo busco estar y vuelvo a dudar del artificio.
Cuando las palabras entregadas a su vicio se despierten Y no esté mi boca ni mi gesto,
Cómo hará el poema para nombrarme.
Porque el animal cuaja con ira en el animal, no son dos, Nada lo separa de sí mismo,
Es un todo que excluye la nada. La palabra no fue ciudad ni poema,
Nadie domesticó su modo y su costumbre; estaba sola Y en todas partes como en la nada mirando cómo sucede Lo que no existe.
Corre un viento abrasado de gusanos y llueve. Comido por el sonido desordenado de la lluvia Me dejo abrasar
Y me separo. Mi voz,
Mi voz arrimó su rumor al aguacero Y cayó mordiendo.
87
El frío ardiente de las tardes de marzo
El frío ardiente de las tardes de marzo Es ese lugar en el que adeuda el silencio. Pero el mismo empeño lo devuelve al sonido Y el frío ardiente de las tardes de marzo
Restituye el vacío, el mismo cuerpo a la duración. La repetición insinúa un movimiento.
Muerden en sí mismos y callan porque sí Los que abrazados al engaño del espejo
Caen fatigados en la fuente espantosa de la noche. No había devuelto al rumor la pasión encadenada De gusanos y sin embargo estaba allí;
Conminado por el ánimo de las supuestas ánimas Que lo viven por defecto cuando el sueño.
Y mirado en las avenidas imposibles, fabulado El pensamiento, el cuerpo entero orlado y suave, Se deja tomar por la ficción del aire y camina. Ardió la tarde desde entonces.
Lastimado el ojo por el frío, se arrastra buscando forma En la ceniza.
Cuál es el regreso y la palabra, La fuga sostenida.
88
Mordidos
La ventana está abierta y mueve los sucios visillos Una aparición de niebla que crispa los ojos. El cuerpo en tanto se transparenta mordido, Mordido por el aire, repetidas veces mordido. Dice la sombra que el cuerpo entonces cae Y se deja coger por lo otro que se abre.
Las voces vienen de las fisuras que lastiman el espacio Y como un derramamiento de sombra en la oscuridad Hay espacio para la voz.
En tanto el cuerpo se aparece allí mordido, Mordido por la voz, repetidas veces mordido. No sabemos lo que se cuentan unas a otras las voces Ni en qué momento las voces vuelven a ser la voz, Como una rasgadura en el hábito del espacio. Solo y en ese polvo de conocimiento
Ha cedido al decir y vuelve a dejarse. Y si la noche es el cuerpo,
La noche nombrará lo que sabe mordida, Mordida por el aire, repetidas veces mordida.
89
Territorios
He tornado al latido escandaloso El músculo todo,
Rojo aquel que tengo mirando Los animales bajo la lluvia.
-Llueve sobre los animales,
Me he estado repitiendo, Hinchando los pulmones Y espirando como si se tratase De romper el vidrio ventanal,
Como si ante un precipicio me hallara.
Qué manera es esta de partir En cuatro partes la razón. Voy a patadas con los muebles No puede ser que me empoce ciego En el hueco desolado de las habitaciones
Contando con los dedos los animales bajo la lluvia; Amargo y terco,
Con el ojo elegiaco,
IV
93
Poema Rocío
Estoy mirando el suelo, el pasto,
La aparición de la escarcha sobre las hojas de la hierba. Es el fuego exacto del rocío.
El aire sangra sobre las formas acuchillado por la luz.
Los oscuros animales de la aurora recogidos en el frío
Entran dolorosamente en el aire y del aire cuelgan rabiosamente.
Estoy mirando el suelo, el pasto estoy mirando, La confrontación de las aguas.
Y en las ráfagas profundas de agua profunda y en el fuego Entiendo que ella y yo no alcanzamos a oír el canto de las ballenas.
Desollada por el llanto ella
Habrá visto nacer el sol abrazada a la ceniza.
Y entonces algo callado habrá entrado en la fuente muda del rocío. Alguien o algo, cómo saberlo,
Se habrá parado en su cabeza para arrancarle de cuajo La desordenada cabellera.
No todos pueden disfrazar el alma, maquillarla, Alcanzar así los extremos cristalizados de la locura. Esto no importa ya.
Como animales quebrados
Estiramos nuestros cuerpos buscando la orilla y el agua, Herimos el tiempo hastiados de tanto fatigar y nos vamos; Clavados en el silbido congelado de un lenguaje
94
Así nos vamos, en medio en un vaho de fantasmas,
De fantasmas que desde el fondo vienen gimiendo.
¿Y Rocío?
Si me preguntan cómo, responderé hasta cuándo. Si me preguntan por qué diré hasta cuándo, Hasta cuándo la dejarán así:
El estómago mordido por insectos.
Hasta cuando dejarán que el rocío se preñe del vacío… No la dejen así.
Quemada la paciencia, cerradas las ventanas, abierto el corazón Para que en él desoven los últimos peces,
Los taciturnos peces, el canto y el rocío.
Ahora todo es después.
Allá, Donde queman hierba los espectros soberbios,
En los suburbios negros de la ciudad abierta en su vientre, Ahora, Todo es después.
Borrada de los asuntos desde ahora y en más,
Como una flor recogida del rocío, perfumada y húmeda, Todo es después.
Ceñida por un pavoroso coro de vírgenes que deliran aterradas, Soñada por jóvenes tristes, insoportables en su tristeza Agitada y ciega,
Todo es después.
Condenada por la nada a morder con nausea La boca animal de la realidad,
Todo es después, Todo es después…
95
No la dejen así...
No hay qué decir, porque todo está callado, Todo es después.
Estoy mirando el suelo, la tierra estoy mirando: Los ojos encogidos en el rostro aprietan la belleza feroz De los charcos congelados.
A los lejos escucho los lamentos,
Sombras que vagan consumidas por sombras terribles Buscando en la bruma el imposible rostro,
Pero no hay qué encontrar, Todo está callado, Todo es después.
Vamos entonces a la orilla, al filo del oleaje, Vamos a escuchar el canto de las ballenas.
96
Las ballenas jorobadas adoptan una posición vertical con su cabeza hacia abajo al momento de cantar. Producen ruidos sordos, como el de la octava más grave del órgano de tubo de una catedral, dando paso a gemidos lastimeros y a un chillido como el que produce el aire al escaparse de un globo al estirarle el cuello. Con las notas van cons-truyendo frases y estribillos. El canto de las ballenas puede ser el más largo y el más complejo en el reino animal. Todas las ballenas entonan un canto que va evolucionando. Su sonido puede viajar kiló-metros en las profundidades…
97
Cómo será vivir así, Si vivir así
Quiere decir
Sumido en la memoria extendida del océano Como las ballenas.
Cómo será vivir así Cómo las ballenas.
98
Cómo será saber así, Si saber así
Quiere decir
Saber hablar con el pasado, Saber escribir este canto, Cantarlo Como las ballenas.
Cómo será saber así,
Cómo las ballenas.
Hablar con el pasado Como las ballenas.
Escribir el canto, Cantarlo
99
Pero
Qué canta Qué canta Qué canta
100
I
¿Cuál es la imagen de lo enorme? ¿Cuál es la voz que porta lo irrepresentable?
En lo profundo de lo enorme está lo enorme.
El canto de la ballena es la llave que esconde esta desmesura. Ingrávida canta la ballena y aparta con canto la espesura: Y no hay espanto como éste, el de la ballena extendida En su caos y en su mesura…
Lo abierto lo cierra ella,
Lo cerrado se abre cuando pasa
Y asomada al aire escupe al aire el aire mojado. Dura suspendida en el aire la ballena. La espuma celebra esta aparición:
La ballena entrando compacta y sublime en la luz. La luz se cubre de agua, el agua se llena de luz, El aire entra mojado en el aire,
El aire entra mojado en el cuerpo de la ballena. El sol,
El tremendo sol tendría que reconocer En este acontecimiento de sangre
Que lo enorme respira y que hay vida doliendo En el frío mudo
101
II
La ballena llena la luz. Tu ojo no puede contener La luz que llena la ballena. No lo entiende el ojo.
No sabe el ojo portar el absoluto. Y entonces ¿qué es la ballena?
¿Cómo sabe uno que lo uno excede en aire al aire? ¿Que lo uno ahoga en sangre lo uno?
¿Que hay un uno que duele con sus músculos la vida, El aire con todos sus ahogos?
¿Cómo sabe uno que hay espacio para tanto
Sin que este tanto se parta con el espanto de tanto aire Contenido en la elegancia de su especie?
El aire florece afiebrado sobre el agua,
102
III
Una gran ballena cubierta de raras flores abiertas en la luz Entra nuevamente en el ahogo.
La obra de la sangre en la carne sostuvo en el aire esta forma, Pero la forma cubierta de cristales
No tiene lugar en el aire.
Una obra de sangre obra la noche Sobre la negra mar
Y es el canto su sangre.
¿Pero cómo puede ser posible que tanto ahogo cante? ¿Será posible que el canto del ahogo
Pueble la noche absoluta y fría del océano? ¿La negra noche del océano con su sangre negra? ¿El negro hielo de un canto hecho
Con los espasmos del principio?
La densa materia la preña el canto de la ballena,
El frío cerrado y oscuro lo enciende el canto de la ballena Y algo sangra en el interminable silencio del océano.
103
IV
¿Pero cómo el oído sabría que algo canta En la profundidad abisal?
Lo que gime y extiende su gemido Más allá del oído saturado del mundo, Lo que en ese enorme afuera canta
¿Cantará adentro si es que el adentro se abre
Y el exceso desordena estas regiones mudas, Llenas de terror,
Cargadas de llanto, graves y oprimidas regiones del canto? Sustancia sorda hay adentro
104
V
Un gemido sube y explota se transforma en memoria Y se aleja
Abandonando su recuerdo.
Un gemido sube y explota se transforma en memoria Y se aleja
Abandonando su recuerdo.
Un gemido sube y explota se transforma en memoria Y se aleja
Abandonando su recuerdo. Se perderá al fin el canto de la ballena. Su duración mojará el mar,
La sangre que sostiene la forma de su canto Dejará en los límites de su forma el brillo Y la paciente edad del silencio.
Y lo que sabe el canto… Porque estoy pensando
En el saber del canto de la ballena…
Pero lo que el pensamiento muerde está vacío. Mientras el canto de la ballena se llena de gemidos, De fantasmas que cantan se llena el canto de la ballena, De sombras que desde la sombra vienen gimiendo.