II. E L GENIO , PÁJARO SOLITARIO
4. La soledad
En virtud de la preeminencia y la naturaleza de su inteligencia el genio es tan distinto de los hombres vulgares que se ve conducido inevitablemente a la soledad, sólo mitigada por la compañía, a me- nudo únicamente posible a través de sus obras, de los que comparten su excelencia: hombres excepcionales por su pertenencia a la fratría de aquellos espíritus excelentes. El genio, en muchas ocasiones, no habla a los vivos sino a los muertos y a los no nacidos. La calidad de sus intuiciones y el modo en que éstas se suceden nada tienen en común con un pensamiento práctico, orientado por la voluntad, que guía las representaciones en la dirección de la conveniencia. De ahí que no resulte raro que el genio se sienta extraño entre los hombres y que éstos no encuentren mucho gusto en su compañía, aunque “la falta de sociabilidad no es culpa suya, ya que su caminar por este mundo se parece al de un paseante en una bella mañana –temprano, en la que entusiasmado observa la naturaleza en su pureza y esplen- dor. En tal consideración, que la sociedad no es capaz de alcanzar, éste se ha de mantener. Aquélla a lo más que llega es a parecerse a los campesinos que bajando la cabeza hacia la tierra labran el cam- po”54.
Sin embargo, paradójicamente, es esa clase de inteligencia pura y anormalmente excesiva, que por no atender a la voluntad y, por tan-
52 Cfr. PP I, 353; PP II, III, § 50, 71; PP II, III, § 50, 72. 53 Cfr. PP I, 359; PP I, 468.
to, tampoco a la persona, priva al genio de la comunicación y del trato del vulgo, un bien que pertenece a la humanidad55, en virtud
del cual los hombres adquieren un conocimiento que se acrecienta por la perfección del arte.
La soledad del genio se confirma por el hecho de que el trato en- tre personas con el fin de obtener, mediante la mutua cooperación, algún intercambio de conocimientos requiere una cierta reciprocidad e igualdad del intelecto. De ahí que el genio sólo frecuente la com- pañía de unos pocos distintos de la inmensa mayoría de los hombres con los cuales puede establecer conversación y trato, y todo con la mayor armonía. Por el contrario, los vínculos comerciales, sociales, familiares, maritales y profesionales se establecen mediante reglas que atañen a la voluntad. Son las relaciones que Schopenhauer de- nomina de fondo.
La soledad del genio es también símbolo de nobleza, de distin- ción, pues la genialidad es un privilegio que concedido por la natura- leza confiere lustre y hace sobresalir al que lo posee entre los demás hombres, “(...) ya que el intelecto es un elemento diferenciador y, por tanto, que separa; sus varios grados, más aún que los que esta- blece la instrucción, dan a cada uno un mundo diverso, de donde cada uno de nosotros no tiene más que semejantes, y en cuanto a los demás sólo puede hacerse entender por ellos a distancia y levantado la voz. Una gran diferencia en el grado de inteligencia y en la ilus- tración abre entre los hombres abismos que sólo puede llenar un gran corazón, pues éste es el único que identifica el yo con los de- más seres”56.
El genio no es hombre que guste de la compañía de otros. A cau- sa de la excelencia de su calidad intelectual, las formas y el disimulo que impone el trato con los demás hombres le desagradan profun- damente, pues la sociedad no admite aquella perfección y procura igualar a todos los miembros que pertenecen a ella. La soledad, en- tonces, se fomenta en virtud de un sentimiento aristocrático del ge- nio57 que sólo se halla consigo mismo y que por su superioridad
intelectual se sabe aislado y “se expone al odio, por lo menos al odio
55 Cfr. WWV, III, E, 31, II/3, 446; WWV, III, E, 31, II/3, 431. 56 WWV, I, E, 15, II/3, 161s; cfr. PP II, III, § 50, 72.
disimulado”58, lo cual le lleva a cultivar una profunda misantropía.
“La sociabilidad –dice Schopenhauer– pertenece a las inclinaciones peligrosas y perniciosas, porque nos pone en contacto con seres que, en gran mayoría, son moralmente malos e intelectualmente limitados o descentrados”59.
Hasta ahora se ha considerado la soledad como el estado en cierto modo no deseado al que se ve conducido el genio inevitablemente por la naturaleza del hombre vulgar y como signo de su distinción. Sin embargo, hay otro sentido de la soledad que se refiere al aparta- miento y la distancia de la gente, no a causa del vituperio, fruto de la ignorancia, de la envidia o de la misantropía aristocrática, sino como la vara para medir la excelencia de la inteligencia. El de Danzig en el ejemplo de un paraje desértico que propone para ilustrar los diversos grados de lo sublime hace un inciso a propósito de este asunto y sostiene que “la aptitud para soportar y amar la soledad es una medi- da de nuestro valor intelectual”60. En efecto, únicamente en soledad,
el hombre es libre y se encara consigo mismo, revelándosele su au- téntica valía61.
El genio, en virtud de la facultad de intuir las ideas cuya activi- dad no se debe al impulso de la voluntad, se basta en cierto sentido a sí mismo, no necesita de la compañía de los demás para cobrar mo- vimiento y así ahuyentar el tedio. Por la condición de su intelecto y de la naturaleza del mundo presente ante él se ve colmado, advierte que es un hombre completo y encuentra la tranquilidad del espíritu en el recogimiento, en el apartamiento. Pero la soledad no es sólo la medida de la valía de las inteligencias, sino además un bien de incal- culable valor que el genio busca con ahínco, ya que es la ausencia de compañía la que permite que vayan sazonando sus preciosos frutos. En cambio, a causa de la dirección subjetiva que sigue su espíritu al observar el mundo y que le priva del goce de la belleza, el hombre vulgar no soporta estar sólo. La inquietud, impronta de un ser guiado por un intelecto que sólo concibe objetos relativos, no se ve alimen-
58 WWV, II, E, 19, II/3, 257.
59 PP I, 452. Las meditaciones acerca de la soledad sirven a Schopenhauer para
hacer una declaración contra la hipocresía, la mentira y la injusticia mediante las que la sociedad se sostiene.
60 WWV, III, § 39, I/2, 240; cfr. PP I, 452. 61 Cfr. PP I, 447.
tada por la contemplación de las ideas, tan indiferente para la volun- tad. Schopenhauer asevera que “el más bello paisaje, cuando se con- templa solitario reviste para ellos un aspecto triste, oscuro, extraño, hostil”62. En definitiva, dominado por el sentimiento de su propia
persona, cuyo escaso valor le ha sido revelado en la soledad, el hombre común siempre desea la compañía de los otros para confor- mar una cierta sociedad que le provea de aquello de lo que está pri- vado.