Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones en Jesucristo, y que hoy nos bendice con el comienzo de un nuevo curso lectivo en esta Eucaristía. Es muy grande el honor y la alegría de esta celebración para mí, después de muchos años de ausencia. Quiero meditar con ustedes, brevemente, so- bre este inicio, que tiene la solemnidad de todos los comienzos humanos, en particular, el de la Eucaristía, en la que se encierran los tesoros de la salvación.
Jesucristo, principio y fin, alfa y omega de toda la obra del Padre, tiene su plenitud en su muerte y resurrección, en su Pascua.
Todo lo orientó a la entrega de sí al Padre, movido por el Espíritu Santo para recibir la gloria de la resurrección. Al entrar a este mundo di- jo: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad”. Durante sus años en el tiem- po no hizo otra cosa sino lo que el Padre quiso: “que no se haga mi vo- luntad sino la tuya”. Y en la Cruz, después de decir “En tus manos, Pa- dre, encomiendo mi espíritu”, concluyó exclamando “Todo está consu- mado”. Su filiación se manifestó en la tierra por la obediencia hasta la muerte de cruz, para que su amor se hiciera gloria del Padre y redención del mundo.
La Iglesia es Cuerpo Místico de Cristo. Su existencia es auténtica en la medida en que completa en su carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo. Por la vida de las virtudes –en primer lugar por la caridad–, que culmina en los sacramentos, debe existir “pascualmente”, por Cristo, con El y en El, porque el misterio de Cristo es misterio capital, que se debe
caristía debe ser culminación de la teología que poseíamos y fuente de la que deseamos adquirir.
Que María Santísima, que conoció la verdad de Cristo y su econo- mía salvífica como nadie, porque vivió como nadie la Pascua del Señor, nos enseñe a abrirnos al misterio por el camino pascual de la Eucaristía. Que sea la Madre de nuestra fe y nuestra teología, porque es Madre de nuestra Pascua y de nuestra Eucaristía.
ESTANISLAOE. KARLIC
10-03-2003 extender a todos los hombres, a quienes Cristo llama al Evangelio de las
bienaventuranzas que es el suyo.
Para la Iglesia, la Eucaristía es “la pascua sacramental”, la fuente y la culminación de toda su vida.
El cristiano es el sujeto que en su persona debe participar del misterio pascual de Cristo en la Iglesia. Lo hace por los sacramentos y las virtudes, en primer lugar por la Eucaristía, como dijimos sucede para la Iglesia.
De esta manera Cristo se hace contemporáneo a todos los tiempos. Cristo no es una memoria de simple recordación, sino de presencia real y operativa. Es el misterio de la encarnación redentora que se hace presen- te y extiende su obra salvadora en los hijos de Adán, para hacerlos miem- bros del Nuevo Adán, Jesucristo.
Esto se verifica en forma culminante, en la Eucaristía, que significa y realiza el misterio de la Pascua de Cristo para que sea participado por la carne de los hombres.
La fe y la teología, que es reflexión de la fe, son actos del cristiano, que lo deben expresar y realizar como miembro de Cristo Pascual.
La incorporación al Señor muerto y resucitado, que empieza por la fe y el bautismo y se robustece por la confirmación, debe culminar en la Eucaristía, en la pascua sacramental.
Lo mismo debe acontecer con la fe y la teología, que en la Eucaris- tía encuentran a Aquel que es la misma Palabra de Dios en su máxima re- velación y en la máxima donación de su Espíritu.
Si la fe es creer a Dios, creer en Dios, creer hacia Dios –credere Deo, credere Deum, credere in Deum–, la Eucaristía consiste en el encuentro más profundo con el Señor en su momento más sublime.
La teología es la profundización de la fe. Por lo tanto debe tener en el Cristo Pascual hecho Eucaristía su fuente y su culminación. En ella de- be encontrar iluminación e impulso del Espíritu de la Verdad, para intro- ducirse siempre más en el misterio insondable de Dios, en que se esclare- ce el misterio del hombre.
La fe y la teología son actos de conocimiento del misterio revelado, pero también son actos libres, actos de libertad, que sólo son perfectos en el amor, en la caridad. La Eucaristía, que nos hace partícipes de la caridad de Cristo como ningún otro sacramento, nos hace capaces de ahondar en la revelación con la intimidad del amor, que es la intimidad del amor es- ponsal de la Iglesia, del amor filial de Cristo. Creemos, pues, que esta Eu-
1. Trabajo preparado por el Profesor Dr. Marcelo González.
2. Para un cuadro de conjunto de la teología argentina postconciliar, cf. M. GONZÁLEZ, Aportes argentinos a un pensamiento teológico latinoamericano inculturado. Memoria, presen- te y perspectivas de un cauce teológico, Stromata 58 (2002) 39-205.