CAPÍTULO 2: LA PROBLEMÁTICA TEMPORAL
2.2. Teorías acerca del tiempo
2.2.2. Enfoques discursivos
2.2.2.1. La teoría de Weinrich
La teoría de Weinrich plantea un desplazamiento de un análisis exclusivamente temporalista a una mirada comunicativa de la dimensión temporal en la construcción discursiva. Su propuesta es un enfoque enunciativo que analiza la presencia del sujeto y su subjetividad en el uso de la lengua, a partir de considerar que el lenguaje pone a disposición del sujeto hablante palabras, formas y estructuras para construir su mensaje. En función de comprender la elección que un sujeto hace de una determinada forma verbal, es necesario considerar que el hablante no trata de ubicar un suceso específico en algún punto del eje temporal-cronológico (presente, pasado o futuro), sino que realiza una determinada construcción de su mensaje con el fin de comunicarse. Así, lo que ubica este autor en primer plano es la situación enunciativa de comunicación, en la que se actualiza el lenguaje.
Según este estudioso, el tiempo no es una categoría lingüística. Por tanto, los tiempos verbales no deben analizarse considerando el tiempo ni el aspecto. Para analizarlos plantea una perspectiva discursiva, basada en la distinción de las formas verbales de acuerdo con el uso que le dé el productor del texto
La propuesta teórica de Weinrich se distancia de las clasificaciones que presenta la gramática tradicional –donde se diferencian tiempos simples y tiempos compuestos- y organiza los tiempos verbales en dos grandes grupos: los verbos del grupo I son los que predominan en la lírica, el drama, el ensayo biográfico, la crítica literaria y el tratado
72
filosófico; mientras que los verbos del grupo II son los que tienen predominio en las novelas cortas, los cuentos y la novela, con excepción de los diálogos intercalados. Destaca que el grupo de tiempos verbales II son los que forman parte de las situaciones comunicativas narrativas y que también se narra fuera de la literatura, dado que narrar es un comportamiento característico del ser humano. Una cuestión fundamental es que diferencia el mundo de la narración del otro, que es el mundo “verdadero” (1968: 88). Esta distinción entre dos planos ya se encontraba en la propuesta de Benveniste (1965).
En tal sentido, Weinrich distingue tres dimensiones que están relacionadas con la situación comunicativa:
a. la actitud comunicativa del hablante, que divide entre mundo comentado y mundo narrado;
b. la perspectiva comunicativa, a partir de la cual presenta tiempos de grado cero (sin perspectiva o, específicamente, con perspectiva “cero”) y tiempos con perspectiva (prospectivos o retrospectivos); y,
c. el relieve, correspondiente al primer y segundo plano, pertinentes en el mundo narrado.
De acuerdo con Weinrich, “la concordancia de los tiempos, que con tanta obstinación se encuentra en los idiomas más diversos, es económica a extremo” (1968: 71). Explica el autor que los tiempos del Grupo II –mundo narrado- son señales lingüísticas de que el contenido del texto debe ser comprendido como relato, en el que la situación narrada se presenta “relajada”. En cambio, los tiempos del Grupo I exponen una situación “tensa” porque el hablante está involucrado cuando “comenta el mundo”. Es importante observar que para todos los tiempos del mundo narrado –Grupo II-,
el hablante adopta el papel de narrador invitando al oyente a convertirse en escucha, con lo que toda la situación comunicativa se desplaza a otro plano. Esto no significa desplazamiento de la acción al pasado, sino a otro plano de la conciencia, situado más allá de la cotidiana temporalidad (1968: 78).
Su propuesta considera dos dimensiones de la lengua: la sintagmática y la paradigmática, con lo cual a una forma temporal le corresponde una estructura paradigmática que constituye con los demás tiempos de la lengua un subsistema sintáctico (paradigma). Postula que un hablante que cuenta con el conocimiento suficiente de su lengua, dispone de este subsistema en su memoria. En la cadena sintagmática estos signos se relacionan entre sí con otros. Así, entonces, se plantea que en el proceso de comunicación la forma temporal es un signo que establece una red de relaciones con otros que forman parte de un paradigma.
73
Por otra parte, explica Weinrich que el narrador-enunciador emplea el pasado para presentar su historia pero, cuando intenta comprender o interpretar lo que cuenta, hace uso de los tiempos comentativos. En tal sentido, afirma que:
El pasado que comento es siempre mi pasado y una porción de mi existencia. Y precisamente porque me afecta a mí lo comento. Aunque haya quedado atrás, es posible que para mí esté más cerca que cosas presentes que no comento o cosas futuras que narro (1968: 104).
Teniendo en cuenta la primera dimensión –mundo comentado y mundo narrado-, Weinrich separa los tiempos, de acuerdo con la dimensión paradigmática y sintagmática y con la concordantia temporum, en dos grupos, tal como se muestra en la Tabla 2:
Grupo temporal I Grupo temporal II
cantará Cantaría
habrá cantado habría cantado
va a cantar iba a cantar
acaba de cantar acababa de cantar
ha cantado había cantado
hubo cantado
canta cantaba
cantó
Tabla 2
Los tiempos que se consignan en el grupo II son los tiempos de la narración o del mundo narrado, mientras que los del primer grupo no sirven para narrar el mundo sino que se utilizan para observarlo y comentarlo y, por ello, constituyen los tiempos del mundo comentado o tiempos del discurso. Como señala Weinrich,
El hablante está comprometido: tiene que mover y tiene que reaccionar y su discurso es un fragmento de acción que modifica el mundo en un ápice y que, a su vez, empeña al hablante también en un ápice (1968:69).
Los tiempos del mundo comentado marcan el compromiso, ya que generan en el oyente una actitud receptiva, tensa, atenta. A este grupo pertenecen todas las situaciones comunicativas que no sean relatos. Los tiempos que corresponden son el presente del modo indicativo, el pretérito perfecto compuesto y el futuro simple.
En cambio, los tiempos del mundo narrado implican una invitación al oyente para escuchar una historia y relajarse. Se utilizan en todos los tipos de relato, sean literarios o no, que se refieran a hechos ya ocurridos. Los tiempos que constituyen este mundo son: el pretérito perfecto simple, el pretérito imperfecto, el pretérito pluscuamperfecto y el futuro
74
perfecto del modo indicativo. No se considera el condicional compuesto y los tiempos del modo subjuntivo porque dependen de los verbos de la oración principal que están conjugados en modo indicativo. En tal sentido, este sistema temporal se basa en el eje del desarrollo textual–oral o escrito-.
En cuanto a los tiempos de la segunda dimensión que considera Weinrich (op. cit.), en el marco de la perspectiva comunicativa, el autor plantea que en el mundo comentado funcionan el presente, que se identifica con la focalización cero; el pretérito perfecto simple, que es retrospectivo y el futuro, que es el tiempo prospectivo. En cambio, en el mundo narrado hay dos tiempos para la perspectiva cero: el pretérito imperfecto y el pretérito perfecto compuesto. Mientras que el pretérito pluscuamperfecto funciona como retrospectivo, el futuro de pretérito constituye la perspectiva prospectiva. Los tiempos del mundo narrado representan el plano de la conciencia, que se ubica más allá de la temporalidad cotidiana.
Así, esta propuesta contempla que existe un proceso temporal a partir del cual un tiempo de uno de los “mundos” se use en el otro y pueda adquirir valores que no poseía en el mundo al que pertenecía –por ejemplo, emplear el presente por el pasado, o el futuro por el condicional como podemos observar en el siguiente enunciado: María dijo que llegaría a eso de las diez de la noche de su trabajo-. Este proceso es denominado metáfora temporal. Podemos ilustrar este concepto con un texto de Cortázar en el que se presenta una narración en presente:
16.LA NIÑA ESTÁ SENTADA en las losas de la plaza, jugando con otros niños que se pasan de mano en mano un trocito de cuerda, un fósforo quemado, sumando o restando misteriosos trueques. […] es un infierno donde los condenados no han pecado ni saben siquiera que están en el infierno, están ahí renovándose desde siempre, viendo irse a unos pocos capaces de franquear las vallas de las castas y las distancias y la explotación y las enfermedades, cerrando el círculo familiar para que los más pequeños no se alejen demasiado y no se los traigan aplastados por un camión o violados por un borracho (1999: 123-146).
Respecto de la tercera dimensión, que Weinrich llama “relieve” (op. cit.), es la que se emplea para proyectar en un primer plano algunos contenidos y dejar otros en un segundo plano. Esta función se vincula con la noción de aspecto, pero el autor la rechaza porque considera que lo aspectual se configura en la “microsintaxis”. Según él, las funciones temporales deben relacionarse con el texto y con la situación comunicativa. Esta propuesta teórica es importante porque sienta las bases del tipo de análisis discursivo de los tiempos verbales, focalizando la atención en el uso que hace el hablante. En tal sentido, encontramos un mundo narrado, que corresponde al “primer plano”, en el que se emplea el pretérito perfecto simple; y un mundo comentado, correspondiente
75
al “segundo plano”, en el que se utilizan el pretérito imperfecto y el pretérito pluscuamperfecto para hacer referencia a descripciones, circunstancias secundarias, reflexiones, comentarios, etc., como podemos observar en el siguiente ejemplo:
17. Ufanamente, casi con orgullo, Leopoldo Ralón empujó la puerta giratoria y efectuó por enésima vez su triunfal entrada en la biblioteca. Recorrió las mesas, con un amplio y cansado vistazo, en busca de un lugar cómodo y tranquilo; saludó a dos o tres conocidos con su resignado gesto habitual de «pues bien, aquí me tienen de nuevo en la tarea», y avanzó sin prisa, seguro de sí mismo, abriéndose paso por medio de repetidos «con permiso, con permiso», que sus labios no pronunciaban, pero que eran fáciles de adivinar en su expresión amable y conciliadora. Tuvo la fortuna de encontrar su lugar preferido. Le gustaba sentarse frente a la puerta de calle, lo que le ofrecía la oportunidad de hacer un descanso en sus fatigosas investigaciones cada vez que entraba una persona. Cuando ésta era del género femenino, Leopoldo dejaba momentáneamente el libro y se dedicaba a observarla con su penetración de costumbre, con esa mirada llena del brillo que da la inteligencia alerta. (Monterroso, 1998: 58).