• No se han encontrado resultados

La vida como “masa global”

In document Homenaje a Michel Foucault ( ) (página 56-58)

De hecho, la hipótesis de un “biopoder”, como poder sobre la vida, aparece en la obra de Foucault en el cruce de diferentes análisis: en el enjambrazón de la psiquiatría en la constitución de un continuo de la anormalidad119; en la definición de la sexualidad como elemento fundamental de la toma de saber y de poder sobre los individuos120; y en la genealogía del tema de la defensa de la sociedad

116 Stépahane Legrand, La dirección de los recursos humanos. En: Le Magazine Littéraire, Nº 540 (Dossier: Fou-

cault, inédito), febrero de 2014. Traducción de Luis Alfonso Paláu Castaño, Medellín, 28 de marzo de 2014.

117 Filósofo francés, nació en 1975, fue estudiante del ENS y hoy profesor de filosofía. Autor del libro La normalidad

de la anomia: Foucault y el análisis de lo social, entre otras obras de literatura.

118 M. Foucault. Nacimiento de la biopolítica; Curso en el Colegio de Francia 1978-1979. Buenos Aires: Fondo de

cultura económica, 2007. p. 283.

119 M. Foucault. los Anormales; Curso en el Colegio de Francia 1974-1975. Buenos Aires: Fondo de cultura económica,

2000.

contra el enemigo interior121. Ahora bien, esos análisis convergen hacia un mismo problema: el de una sociedad cuyas relaciones de poder se definen a partir de la manera como ella se protege de las amenazas que ella misma engendra por la vida de su población, y busca su regularización y su optimización. El biopoder es en este sentido un poder que “se ejerce positivamente sobre la vida, que

emprende el administrarla, mejorarla, multiplicarla”122; o además cuyo “papel

más importante es el de asegurar, sostener, reforzar, multiplicar la vida”123. La biopolítica de las poblaciones, que se habría puesto en funcionamiento a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, no busca ya las multiplicidades humanas en tanto que sumas de cuerpos individuales disciplinables hasta en sus menores rodamientos, sino como “una masa global, afectada de procesos de conjunto que son propios de la vida, y que son procesos como el nacimiento, la muerte, la producción, la enfermedad”124, y frente a la cual deberán ser locali- zados dispositivos reguladores apoyados en las constantes estadísticas (tasas, medias, umbrales) observados a escala del territorio, para mantener una pobla- ción de seres vivos en el equilibrio deseado, acercándola a un estado juzgado como óptimo: “es sobre la vida ahora, y a todo lo largo de su desenvolvimiento, que el poder establece sus contactos”125.

Por acá se supone que entró por primera vez la existencia biológica en el campo de las preocupaciones posibles para un poder. Y es en este sentido que Foucault cree poder voltear la célebre fórmula de Aristóteles (según la cual el hombre era “por naturaleza” un animal político), para afirmar que “el hombre moderno” se ha vuelto “un animal en la política, del que su vida de ser viviente está en cuestión”126. Pero además, una tal biopolítica ya no se articula con la antigua noción de soberanía, emblemáticamente definida por el jus vitae necisque (derecho de vida y de muerte) del soberano, como derecho de hacer morir y de dejar vivir a sus súbditos, sino a su rigurosa inversión en un nuevo paradigma: el deber de hacer vivir y/o dejar morir.

Entonces, si es verdad que el poder para Foucault no consiste nunca sim- plemente en una conexión directa con los sujetos, sino más bien en dispositi- vos que permiten actuar sobre sus acciones posibles, ¿cuál será el dispositivo de poder susceptible –en el contexto biopolítico– de estructurar el campo de acción posible de las poblaciones con miras a hacerlas vivir o a dejarlas morir?

121 M. Foucault. ”Es necesario defender la sociedad”; Curso en el Colegio de Francia 1975-1976. Buenos Aires: Fondo

de cultura económica, 2000.

122 M. Foucault (1976). Historia de la sexualidad I: la Voluntad de saber. 123 Ibíd.

124 M. Foucault. ”Es necesario defender la sociedad”. p. 221.

125 M. Foucault (1976). Historia de la sexualidad I: la Voluntad de saber. 126 Ibíd.

La respuesta es que se trata del liberalismo, no como ideología científica más o menos fraudulenta (dicho sea de paso: lo que es más bien que menos) sino como tecnología de gobierno que dispone y encuadra un espacio específico de libertad, llamado “mercado”, que tiene la propiedad de seleccionar un cierto tipo de subjetividades y de maneras de vivir, y de eliminar o marginalizar a los otros mecánicamente, y que tiende, por demás, a generalizar la forma-mercado a todos los sectores de la existencia (políticas de salud, de educación, gestión de la criminalidad o de la matrimonialidad, etc.), recodificando por ahí la vida de las poblaciones en términos de “capital humano”. Dicho de otro modo: a la vez “generalizar la forma económica del mercado (…), generalizarla en el cuerpo social entero, y generalizarla hasta en todo el sistema social que, ordinariamen-

te, no pasa o no está sancionado por intercambios monetarios”127, e inducir en

los individuos una verdadera “subjetivación de la forma-empresa”, es decir: una incorporación de los dispositivos para actuar, vivir y pensar (a saber como puercos) conformes a la estructura del mercado, para volverse perfectos y pre- visibles “empresarios de sí mismos”128.

Añadamos que el reverso del liberalismo es el racismo, la otra cara de la misma pieza. Pues toda biopolítica se acompaña de una “tanatopolítica”, toda técnica administrativa de la vida, de un arte de gestionar la muerte. Siguiendo una hipótesis formulada por Foucault12914, el racismo biológico, en su forma es- pecíficamente moderna, es el que ha podido proveer al biopoder la legitimación de sus intervenciones coercitivas o asesinas, mientras que él se define por el imperativo de “hacer vivir”, de amplificar y de maximizar el capital biológico. “Esa es la primera función del racismo, fragmentar, hacer cesuras dentro de ese continuum biológico que aborda el biopoder”, corte en el límite “entre lo

que debe vivir y lo que debe morir”130. Así, como por ejemplo, en el caso del

prestidigitador, una mano impone políticas de austeridad drásticas, al mismo tiempo que reflota generosamente a los bancos; mientras que la otra expulsa a las poblaciones de indeseables o los modos de vida problemáticos y costosos. A uno le gustaría creer que –así como en el adagio evangélico– la mano izquierda no sabe lo que hace la derecha, pero evidentemente que se trata de dos manos derechas.

In document Homenaje a Michel Foucault ( ) (página 56-58)