CAPÍTULO V: Bases moleculares para estudios de expresión génica en
3. AGRONOMÍA DE LA ESPECIE.
3.4. Labores culturales
3.4.1. Fecha de siembra y dosis adecuada
Con respecto a las labores culturales, la elección de la fecha de siembra es un aspecto de manejo muy importante, ya que se relaciona directamente con el rendimiento del cultivo. Ésta ha sido fijada por varios autores, estando condicionada por la climatología de cada región. Algunos de estos trabajos como el texto “La zulla: la reina de las forrajeras de secano”, publicado en 1907 estableció como época más adecuada el otoño en los “países cálidos” y la primavera en los “menos cálidos” evitando en este último caso la muerte de plantas jóvenes a consecuencia de los fríos invernales. Posteriormente, Olives (1967) propuso los meses de octubre a diciembre, y estudios más recientes realizados por Bustamante et al. (2000) en la isla de Menorca establecieron como época de siembra a principios de septiembre para aprovechar al máximo las lluvias de otoño.
El pequeño tamaño de su semilla ha obligado tradicionalmente a realizar una buena preparación del suelo, persiguiendo dos objetivos principales: romper el subsuelo mediante una labor profunda, para que las raíces de las plantas puedan penetrar y preparar la parte superior del suelo para que la tierra quede suficientemente desmenuzada para recibir la semilla.
Se debe sembrar de 1 a 2 cm de profundidad sobre la base de un suelo franco y sin duda no más de 3 cm ya que el establecimiento de plantas se reduce significativamente cuando se siembra por debajo de esta profundidad (De Koning et al., 2008).
El peso de las semillas es variable, y esta variabilidad va a depender, entre otras cosas del genotipo, del manejo y del año agrícola en que se desarrolló el cultivo, de la zona o lugar de obtención de la semilla y de la climatología, por lo que la dosis de siembra (kg/ha) puede variar dentro de unos márgenes no muy amplios pero que tienen una gran importancia a causa del precio actual de la semilla (alrededor de 8 euros/kg). Por otro lado, la cantidad de semilla empleada en la siembra variará, según se trate de semilla descascarillada o con vaina. Para semilla descascarillada, las dosis recomendadas van desde los 5-10 kg/ha recomendados por De Koning et al. (2008), 10-15 kg/ha por Montes (1994) o de más de 25 kg/ha por Bustamante et al. (2000) y Anónimo (1907). Sulas y Ledda (2008) realizaron un estudio en el Norte de Cerdeña (Italia) para determinar los efectos de diferentes dosis de siembra (10, 20 y 30 kg/ha) en la producción de semilla y componentes de la zulla e identificar la densidad de plantas óptima. Los resultados obtenidos mostraron que no existían diferencias significativas entre las dosis de siembra utilizadas y confirmaron los obtenidos
por Douglas y Foote (1985) en Nueva Zelanda que tampoco observaron diferencias, tan sólo pequeñas ventajas al incrementar esta.
3.4.2. Fertilización del cultivo.
Varios estudios (Anónimo, 1907; Olives, 1967; Montes, 1994; Bustamante et al., 2000) relacionados con el abonado coinciden en la necesidad del aporte de fertilizantes antes de la siembra. Algunos autores han realizado investigaciones para determinar la respuesta de la zulla a los diferentes tipos de fertilizantes. Karlovsky et al. (1971) y Ratera et al. (1976) estudiaron las necesidades de fósforo, potasio y microelementos en zullares de tres años, situados sobre un suelo arcilloso que no había sido fertilizado anteriormente, en la provincia de Cádiz. En contra de lo esperado, no obtuvieron respuestas a estos elementos. Con respecto a las aportaciones de fósforo no se observaron diferencias en la producción de forraje y tampoco obtuvieron respuesta al abonado potásico, aunque esto fue explicado por el alto contenido de potasio del suelo (464 p.p.m.).
Los ensayos que fueron realizados por Dr. Mir Mateo en el Centro de Capacitación y Experiencias Agrarias de Menorca, revelaron también una falta de respuesta al fósforo y al potasio, para altos niveles de fertilización (dosis comprendidas entre 150 y 270 unidades de cada elemento). Anastasi y Santonoceto (2000), en un estudio más reciente evaluaron la respuesta a la fertilización fosfórica en el sur de Italia durante un periodo de dos años (1991-1992). Se compararon tres tratamientos de fertilización: 50, 100 y 150 kg/ha de P2O5 y un control sin fertilizar, en una combinación factorial con tres tratamientos de dosis de siembra: 25, 50 y 75 kg/ha de semillas respectivamente. En ese caso y en esas condiciones, los resultados obtenidos mostraron que el uso de cantidades reducidas de fertilizantes fosfóricos produjeron un incremento en el rendimiento de la materia seca comparado con el control sin fertilizar, especialmente en el estado de floración. Por otra parte, no se encontraron incrementos en la productividad al suministrar cantidades mayores de este tipo de fertilizantes. También obtuvieron una mayor producción al final del ensayo con el uso de cantidades superiores de semillas.
En cuanto a posibles respuestas de la zulla a la aplicación de nitrógeno, no se conocen resultados de ensayos realizados en el Sur de España y la única referencia conocida es la de Mir Mateo en Menorca. La producción de forraje verde por hectárea fue determinada para el primer año y el segundo año del cultivo. Diferentes dosis de kg N/ha (0, 20 y 40) fueron aplicadas y se obtuvieron
diferencias en la producción forrajera, mostrando que la zulla tuvo una reacción al aporte de fertilizante nitrogenado (Gónzalez de Tánago et al., 1981).
3.4.3. Problemas de estreses bióticos.
La zulla es planta generalmente poco afectada por plagas y enfermedades, señalando Pecchioni en su obra “La Industria Agraria” que el único enemigo de la zulla era el frío. En el texto “La zulla: la reina de las leguminosas forrajeras”, se puso de manifiesto que podía ser dañada por parásitas e insectos. Se enumeraban tres patologías principales como las ocasionadas por Uromyces
appendiculaturs, Erysiphe martii y Cercospora ariminensis y se hacía mención del Oidium leucoconium, de un cladosporium y una Phoma hedysari. Olives (1967) también hace referencia a
plagas de gorgojos, caracoles, babosas, Agrotis segettis y Prodenia litura. En Australia, donde la zulla es ampliamente cultivada, la información referente a plagas y enfermedades ha sido limitada, mencionando a Bruchophagus roddi, Helicoverpa species, Halotydeus destructor, Rhizoctonia
solana, Phoma blight y el oidio (De Konning et al., 2008), siendo este último un problema muy
común en Italia.
Sin embargo, recientes estudios han puesto de manifiesto que la zulla puede ser atacada por la planta parásita Orobanche crenata Forsk. (jopo) (Figura 9), principal limitante de muchas de las leguminosas de grano cultivadas tradicionalmente en el sur de España (Córdoba et al., 2008).
Orobanche pertenece a la familia Orobanchaceae que se caracteriza por estar constituido por
plantas sin clorofila. Es el género que contiene más especies dentro de la familia, parasitando tanto a especies cultivadas como silvestres. Engloba más de 100 especies, pero solamente cinco de ellas afectan gravemente a cultivos: O. aegyptiaca, O. crenata, O. cumana, O. minor y O. ramosa (García- Torres, 1993; Parker y Riches, 1993).
Para el control del jopo se han desarrollado varias estrategias. Entre estas figuran, las culturales [rotaciones de cultivos , adelantar o retrasar la fecha de siembra, la solarización, etc (Krishnamurthy y Rao, 1976; Mauromicale et al., 2001; Pérez de Luque et al., 2004; Grenz et al., 2005)], las de tipo químico [aplicación de herbicidas convencionales, estimuladores de la germinación (Jacobsohn y Kelman, 1980; Sauerborn et al., 1989; Jurado-Éxposito et al., 1999; Galindo et al., 2002; Nadal et
al., 2005)], el control biológico [utilización de insectos, hongos (Thomas et al., 1999; Norambuena et al., 2001)] y la mejora por resistencia, que es hasta el momento la más económica, fiable, y
respetuosa con el medio ambiente de todas. Desafortunadamente, en general, la resistencia a O.
crenata es escasa y de naturaleza compleja en la familia de las leguminosas (Cubero y Hernández,
1991), lo que dificulta los trabajos de mejora por resistencia a jopo en estos cultivos.
Diferentes niveles de resistencia a Orobanche spp. han sido descritos en melón, berejena, colza, tabaco, mostaza y tomate (Kasrawi y Abu-Irmaile, 1989). En habas se ha detectado un cierto nivel de resistencia a O. crenata (Nassib et al., 1978; Cubero y Moreno, 1979), siendo dicho nivel bastante alto en una línea egipcia. En este caso la resistencia parece estar asociada con la forma del crecimiento de la raíz (Nassib et al., 1982) pero tal sugerencia no ha tenido confirmación.
Teniendo en cuenta el problema que representa para muchas leguminosas esta planta parásita sería necesario conocer la susceptibilidad-tolerancia-resistencia de la zulla a esta, previo a su implantación como alternativa de cultivo, pues podría ocurrir una situación similar a la acontecida en el guisante en Andalucía en el año 1996. En 1995/96 la superficie cultivada de guisante fue aproximadamente de 32.000 ha, disminuyendo a partir de esos años a menos de 8.000 ha. Severos ataques de jopo fueron los principales responsables de este descenso (Rubiales et al., 1999). Estos serios contratiempos suponen un abandono del cultivo por los agricultores, situación que es de difícil cambio.