CONSTRUCCIONES 2 4 1 riódicamente los diferentes usos a que los miembros de la familia se so-
17. LOS LADOS FUERTES
Un terapeuta atendió a los Bao, familia vietnamita compuesta por una madre, viuda que frisaba en los cuarenta años, y cuatro hijos pre- adolescentes; llevaban cuatro años en los Estados Unidos. La jerarquía de la familia se había distorsionado por una situación nada infrecuen- te: los niños habían adquirido mayor habilidad que su madre en el manejo del inglés y en el trámite de los problemas cotidianos de la nueva cultura. El terapeuta, Jay Lappin, quería poner de relieve los lados fuertes de la madre, pero no atinaba a descubrirlos; su descono- cimiento del inglés era un estorbo para la comunicación entre ambos. En un desesperado rapto de inspiración, enseñó a la familia el juego que consiste en mencionar nombres que se aplican en un campo defi- nido. Pero lo debían jugar en lengua vietnamita, bajo la dirección de la madre.
En el mes que siguió, este juego y las variaciones que fueron na- ciendo constituyeron el campo en que la madre enseñaba tanto a sus hijos como al terapeuta aspectos de la cultura, la geografía y la cocina de Vietnam. Al mismo tiempo, puesto que estaba obligada a hacer tra- ducciones para el terapeuta, mejoró su comprensión de la lengua in- glesa y de la cultura norteamericana. Los niños empezaron a recordar el vietnamita y utilizaban con orgullo la lengua recobrada, mientras que la señora Bao empezó a aplicar su nueva habilidad para instruir a los inmigrantes recién llegados para que supieran desenvolverse entre los vericuetos de la burocracia norteamericana de los institutos del bienestar social. Los Bao enseñaron al terapeuta algo fundamental en lerapia: cada familia posee en su propia cultura elementos que, si se los comprende y se los utiliza, se pueden convertir en instrumentos que permitan actualizar y amplir el repertorio de conductas de sus miem- bros.
Por desdicha, nosotros, los terapeutas, no hemos asimilado este axio- ma. Rendimos tributo, sí, a los lados fuertes de la familia y nos referi- mos a ellos como la matriz del desarrollo y la cura. Pero nuestra for- mación es la de detectives psicológicos. Tendemos, por instinto, a «pesquisar y destruir»: localizamos la perturbación psicológica, la cía-
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siñcamos y la erradicamos. Somos los «expertos»: el personal especia- lizado que obtuvo su credencial para defender lo normal mediante la elaboración y el sustento de una tipología que encuadra la atipicidad como enfermedad mental. Lo curioso es que este oficio ce pesquisar lo atípico se organiza por referencia a un modelo de normalidad • que, en el mejor de los casos, es vago e indiferenciado. Como el aprendiz de brujo, utilizamos una mezcla de sabiduría, tecnología e ignorancia. Pri- sioneros de las normas culturales prevalecientes en nuestro contexto institucional, investigamos la patología como un médico que intentara identificar un virus; de este modo definimos y redefinimos la atipici- dad. Cada tantos años, el movimiento de la salud mental pasa por un período ritual de revisión de sus categorías diagnósticas. Ciertas afec- ciones son expurgadas, y devueltas a la categoría de lo normal las con- ductas que les corresponden. El más reciente de estos rituales devol- vió la salud a todos los homosexuales que el día anterior habían estado relegados en los cuarteles de la enfermedad mental.
Los defectos de la familia
Por fortuna para la terapia de familia, los terapeutas no han sido capaces de elaborar categorías diagnósticas que les permitieran clasi- ficar como normales o como atípicas determinadas formas de familia; con un poco de suerte, nunca las elaboraremos. No obstante, nos ha es- torbado el difundido punto de vista que establece una polaridad entre «la familia» y «el individuo», que enfoca la vida como una lucha heroi- ca entre la parte y el todo. Los terapeutas de familia saben que el ser humano es un holón, pero en algún sentido la pertenencia indispensa- ble a ese holón se concibe como una derrota: una pérdida de indivi- dualidad.
En su formulación extrema, esta preferencia cultural y estética por el individuo concebido como un todo amenaza a la familia, que se con- sidera enemiga del individuo. Ashley Montagu define la familia como «una institución destinada a la producción sistemática de afecciones fí- sicas y mentales en sus miembros» Susan Sontag considera a la fami- lia nuclear moderna como «un desastre psicológico y moral (...) una cárcel de represión sexual, el campo para el despliegue de una incon- gruente laxitud moral, un museo de actitudes posesivas, una fábrica de sentimientos de culpa, una escuela de egoísmo».1
El individuo de nuestros días, que vive en una sociedad cada vez menos predecible, que se enfrenta a un mundo de una complejidad de- finitiva, expresa su lucha contra la sociedad en la relación con su propia familia, microcosmos de la sociedad global. El poeta Philip Larkin lo sintetiza así:
1. Jane Howard: Families, Nueva York, Berkley Books, 1980, pág. 58.
LOS LADOS FUERTES 261
Te hacen daño, mamá y papá. Así proceden, no queriendo quizá. Sobre ti derraman sus defectos
Y por tu amor inventan nuevos. A ellos mismos les hicieron daño
Tontainas vestidos a la antigua, Babosos, duros por momentos,
Y cuando no, acogotándose entre ellos. El hombre para el hombre siembra
Como escollo costero, naufragios. Así que puedas, rápido escapa
Y más vale que no tengas descendencia.2
El psiquiatra R. D. Laing se ha empeñado en una cruzada contra la familia en defensa del individuo. Señala: «La primera brutalidad a que es sometido el niño común es el. primer beso de la madre». Laing pinta su propia familia: «Hasta donde alcanza mi recuerdo, estuve ocu- pado en tratar de entender lo que ocurría entre esas personas. Si daba crédito a una, no podía creer en nadie más». Acerca de su padre, relata: «Mi padre consideraba que su padre había perpetrado durante años un lento y "sistemático" asesinato de su madre. La última vez que "se atre- vió a poner los pies en casa" (según contaban mis padres), la radio estaba encendida; se sentó y dijo a mi madre que la apagara. Mi padre dijo a mi madre que no hiciera nada de eso. El Viejo Pa, como llama- ban al padre de mi padre, dijo a mi madre que la apagara. Y así varias veces. Por último mi padre dijo: "Esta es mi casa y la radio seguirá encendida hasta que yo ordene lo contrario". El Viejo Pa dijo: "No hables así a su padre". Mi padre respondió: "¡Levántate y vete!". El Viejo Pa le recordó otra vez con quién estaba hablando. Mi padre replicó que lo sabía muy bien y que por eso mismo le decía que se levantara y se fuera. El Viejo Pa no hizo ademán de levantarse, ante lo cual mi padre arremetió contra él con intención de "agarrarlo por el pescuezo" y echarlo. Estalló la pelea. El Viejo Pa tenía más de cincuenta, mi padre más de treinta. La lucha prosiguió por toda la casa. Al fin, mi padre su- jetó al Viejo Pa cruzado de espaldas sobre la cama y le abofeteó el ros- tro hasta que manó sangre. Después lo llevó a empellones haste el baño, lo metió acuclillado en la bañera, abrió el grifo de agua fría; lo alzó luego, chorreando sangre y agua, lo llevó a empellones hasta la puerta, lo echó fuera y tras él le arrojó la gorra. Después se puso a la ventana y aguardó hasta ver cómo se las arreglaría para alejarse tam- baleante o arrastrándose. "Se alzó por sus propios medios muy bien", dijo papá. "Hay que tenerlo en línea"».3 Pero lo que Laing expone
2. Philip Larkin: «This Be The Verse», en High Windows, Londres, Faber and Faber, 1974, pág. 30.
262 TÉCNICAS DE TERAPIA FAMILIAR
aquí es una construcción en apoyo de su concepción del mundo. Presen- ta ciertos reducidos aspectos dé la experiencia familiar como si se tratara de universales que lo abarcaran todo. Es evidente que del mis- mo modo se habrían podido seleccionar otros aspectos de las interac- ciones entre los miembros de la familia.
El terapeuta de familia Andrew Ferber pinta a su familia con ras- gos igualmente unilaterales: «Betty, mi hermana, es cinco años menor que yo. Atractiva e inteligente, era, sin embargo, el chivo emisario de la familia. No le hacían caso, la rechazaban. Originariamente yo fui su torturador, y después su héroe y protector. Mi padre solía aliarse con- migo contra mi madre, a quien presentaban como retrasada y estúpida. Mí madre se aliaba conmigo contra mi padre, caracterizado como com- placiente consigo mismo y descuidado. Yo hacía de puente entre mi madre, mi padre y mi hermana. Fui criado como una estrella y un vanidoso, lo que me deleitaba. Era un monstruo encantador. Estábamos demasiado concentrados en nosotros mismos, aislados unos de los otros y de ambas familias extensas.4
Estas dos construcciones, basadas en recuerdos selectivos, repre- sentan la absorción de los dos psiquiatras por las normas de la cultura de que forman parte: es una cultura que tiende a poner de relieve las deficiencias y los rasgos atípicos, y que añora al caballero montado en blanco corcel que limpiará a la sociedad de sus dragones. La comple- jidad extrema del lugar que los seres humanos ocupan en el espacio y el tiempo es reducida a la simplicidad homérica del épico combate en que campea el héroe individual.
Los aportes de la familia
En nuestros días los terapeutas de familia modifican sus perspectivas y procuran descubrir los aportes de la familia; aquellos de sus rasgos que pasan relativamente inadvertidos son los que aseguran la supervi- vencia en un mundo complejo: las interacciones que supor.en prodigar cuidados, velar por los demás, brindarles apoyo. Esto es parte de la realidad, y tanto lo es que se lo da por supuesto.
Contemplemos la fila de personas que aguardan para asistir a una función de matinée. Está llena de familias de todos los tamaños, con- figuraciones y colores. Observemos las pequeñas interacciones. La ne- grita de ocho años lleva un complicado peinado y con su brillante son- risa instruye a su hermanita, de tres, que recita el alfabeto al tiempo que su padre y su abuela hacen gestos de aprobación. Más lejos, una madre, una «rubia boba», espera a sus tres varoncitos, que tienen de seis a nueve años, y a su sobrínita de siete que vive con ella y es «como si fuera mía»: arregla el cabello de los niños en cuatro estilos muy
4. Andrew Ferber, Marilyn Mendclsohn y Augustinc Napier: The Book of Family
Therapy, Boston, Houghton Mifflin, 1972, págs. 90-91.
I.OS LADOS FUERTES 263
distintos entre sí. Observemos ahora al abuelo judío con su nieto de ocho años, que esperan aquí mismo con idéntico afán de asistir a la fun- ción. Y después de la película, escuchemos a los padres cuando tratan de explicar el final a sus hijos. ¿Cómo es posible que el joven héroe fuera hijo de aquel individuo maligno, y a pesar de ello resultara un buen muchacho?
La vida familiar no es tela para la épica. Pero es en sus pequeñas interacciones, que escapan al poder de síntesis de un Laing o una Son- tag, donde la familia demuestra lo que puede lograr.
Consideremos la familia Gage, de Worcester, como la pintó Jane Ho- ward: «Nick Gage —sus hermanas y parientes cercanos solían llamarlo por su nombre completo— llegó de Grecia a los Estados Unidos a los nueve años y con un firme propósito. Dotado para la matemática, que- ría ser ingeniero. Cuando ganó un concurso de ensayos cambió de idea y se decidió por una carrera de escritor. Empezó a ganar dinero. Tam- bién ayudaba a sus parientes que inmigraban. Estos cruzaban el Atlán- tico en número cada vez mayor y necesitaban de alguien que calcu- lara sus impuestos y les ayudara a superar otros obstáculos de la socie- dad norteamericana como obtener la carta de ciudadanía o la licencia de conductor. Alguien les tenía que interpretar el nuevo país. Ese era Nick.
»Así son las cosas todavía. "A nadie se le ocurriría adquirir una pro- piedad sin consultar antes a Nick", dijo un primo. Obtiene los documen- tos de inmigración, aconseja sobre los asuntos más diversos y trabaja tan duramente en sus propios proyectos que Papou dice temer que se arruine el cerebro...
»Su hermana Lilia, que ayuda a su marido a preparar la pizza, no se parece mucho a Nick, salvo por los ojos y el cabello, que lo tiene cas- taño claro lo mismo que él (...) Ocupa en su clan una posición tan cen- tral como su hermano y el padre de ambos. Procura un servicio del que ningún clan puede prescindir: es su central de operaciones. Es la que sabe en cualquier momento dónde anda cada uno de sus ochenta parien- tes más cercanos, y más o menos está al tanto de lo que se proponen hacer. Conoce quién está a punto de someterse a una operación, quién se compromete, se casa o se divorcia, quiénes enfrentan lo que ella llama "el problema con la escuela" y quién ha reservado pasajes para volar a Atenas o regresar de allí. En este clan siempre hay alguien que pre- para o que desempaca una valija repleta de presentes: sábanas, fun- das, toallas y abrisos para e1 otro lado del Atlántico; recipientes con asrua bendita y hechizos para pinchar en la ropa de los niños en preven- ción del mal de ojo, de este lado».5
Un aspecto diferente de las familias, aunque en cierto sentido seme- jante, nos ofrece la descripción que hace John Elderkin Bell de un peque- ño hospital del Camerún: «En esta sala de cuatro camas... las camas son estrechas, pero en una de ellas hay espacio para que un anciano y su
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mujer pasen la mayor parte del día sentados juntos. De tiempo en tiem- po ella se aleja para preparar un poco de alimento en una de las cocinas de los fondos del hospital. Hoy recibió un poco de guisado de un ancia- no cuya cama está del otro lado de la habitación. Le dio a entender por señas, porque no habla, que tenía de sobra; entonces ella tomó una escudilla y se sirvió una porción para sí y para su marido. Se sentaron juntos y comieron en silencio de la misma escudilla, cada uno con su cuchara. Es probable que permanecieran silenciosos porque el guisado había provenido originariamente de la mujer que ahora estaba sentada en el suelo junto a la cama contigua, comiendo lo mismo. Era la madre del niño estudiante que ocupaba esa cama.
»Esta madre se había hecho espacio para ella bajo la cama de su hijo. Había tendido allí una estera para dormir, y del lado de la cabecera había guardado su recipiente para calentar agua, una linterna, un hor- nillo, una tetera y una fuente. A los pies, había colgado de los barrotes su abrigo de lana. Acababa de servir una porción de guisado a su hijo, quien se reclinaba en un almohadón bordado que ella había traído de su casa. Apoyaba la cabeza en un almohadoncillo de labor más delicada, también del hogar; en lo alto, en una alacena de hospital, había ordenado los platos que ambos utilizaban para comer.
«Junto a esta sala hay otra, también de cuatro camas, para niños. Cada uno estaba con su madre. Algunos, muy enfermos. La mayoría de las madres dormían en la cama del hijo para protegerlo, procurarle ca- lor, vigilarlo y prolongar la pauta hogareña en que la madre duerme con los niños pequeños».
En la sala contigua estaba internado un empleado público. «En la cama de al lado permanecía sentada su mujer embarazada que lo había acompañado desde que llegó una semana antes. Habían instalado una cuna para su bebé, y la hermana del padre acudía para ayudar a cuidar- lo (...) probablemente este hombre había solicitado un puesto en la administración pública tras obtener un título universitario, y no sólo por la remuneración, que es escasa, sino por la posibilidad de conseguir nombramientos para sus parientes y servir al público desde un puesto en que pudiera percibir emolumentos. Es tan fuerte la tradición de velar por los parientes que utilizar el puesto público para colocar a los miem- bros de la familia extensa se considera una acción ética, el cumplimiento de un deber moral. Tan escasa es la presión pública contra estas prácti- cas, que se asiste a una feroz competencia por los cargos públicos y el mantenimiento de puestos tan ventajosos.»6
Las pequeñas interacciones a que se asiste en esas salas, la prepa- ración del alimento, permanecer juntos sentados en silencio y el aban- dono de los quehaceres habituales para cuidar a un pariente que lo necesita, son otros tantos elementos corrientes en la vida familiar tal como se desenvuelve dondequiera. En este sentido, la familia de Nick 6 John E. Bell: The Family in the Hospital: Lessons from Developing Countries, Chevy Chase, Md, NIMH, 1969, págs. 3-6.
LOS LADOS FUERTES 265
Gage, de Worcester, es muy semejante a la familia de Minuchin, de la Argentina, de Israel y de los Estados Unidos; a las que Bell describe, de Camerún, y a la familia a la que regresó Betty MacDonald tras el fracaso de un infortunado matrimonio en lo peor de la crisis de 1930: «Es maravilloso saber que una puede volver a casa en cualquier mo- mento y desde cualquier parte, abrir simplemente la puerta y ser uno más. Que todos se correrán un poco para que una quepa y que desde ese día se compartirá todo. Cuando una comparte dinero, ropa y comida con una madre, un hermano y tres hermanas, la porción puede quedar escasa, pero al mismo tiempo del infortunio, la soledad y la angustia por el futuro, compartidos también con una madre, un hermano y tres her- manas, no es mucho, lo que le queda a una».7
Toda familia contiene elementos positivos. Estos se transmiten de la familia de origen a la nueva, y de ésta a la generación que sigue. A des- pecho de los errores, la infelicidad y el dolor, hay cosas placenteras: cónyuges e hijos se entregan unos a otros de una manera que promueve el crecimiento y procura apoyo, y que contribuye a afirmar el sentimien- to que cada uno tiene de su propia capacidad y valía. En ciertos aspectos todas las familias se asemejan a las de Laing y Ferber, pero también a la de Nick Gage. Parafraseando la fábula de Esopo: la familia es lo mejor y lo peor que tienen los seres humanos.
Esto ha cuestionado la tendencia de los terapeutas de familia a ilu- minar las deficiencias «construyendo una realidad». Han descubierto que el sondeo de los lados fuertes es esencial para combatir disfunciones de la familia. El trabajo de Virginia Satir, con su insistencia en el cre- cimiento, se orienta hacia la búsqueda de alternativas normales. Del mismo modo Ivan Nagy insiste en las connotaciones positivas y sondea el sistema de valores de la familia. Cari Whitaker, con su técnica de cues- tionar la posición de los miembros de la familia y de introducir difusión de roles, se inspira en la creencia de que este caos inducido por vía