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Lewis Thomas: Live of a Cell, op cit.

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4. Lewis Thomas: Live of a Cell, op cit.

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Cada una de estas personas tiene una versión unilateral de la misma realidad. Tienen razón en lo que se refiere a su vivencia, y la realidad qUe defienden es la verdad. No obstante, en la unidad más amplia exis- ten muchas posibilidades además de ésas.

Todos los miembros de la cultura occidental están constreñidos por idéntica gramática secuencial. Tenderán a considerar que el silencio de la niña movía a los padres a responder, o que la prontitud de los padres silenciaba a aquélla. En cierto nivel, todas las personas saben que se trata de los dos lados de la misma moneda. Pero no conocen el modo de ver la moneda entera, y no sólo la cara o sólo la cruz. No saben cómo «dar la vuelta en círculo en torno del objeto y obtener una sobreimpo- sición de múltiples impresiones singulares» cuando forman parte del objeto mismo que deberían rodear.5 Esto exige un modo diferente de conocer.

Para promover este modo diferente de conocimiento, el terapeuta tiene que cuestionar la epistemología habitual de los miembros de la familia en tres aspectos. En primer lugar, cuestionará el problema: la certidumbre de la familia de que existe un paciente individualizado. En segundo lugar, cuestionará la idea lineal de que un miembro de la familia controla al sistema, cuando en verdad cada uno de los miembros sirve de contexto a los demás. En tercer lugar, cuestionará el modo en que la familia recorta los sucesos; para ello introducirá un marco tem- poral más amplio que enseñe a los miembros de la familia a considerar su conducta como parte de un todo más vasto.

Cuestionamienío del problema

El primer cuestionamiento del terapeuta a la certidumbre de que existiría un paciente individualizado, con independencia del contexto, puede ser simple y directo. Un paciente agitado y deprimido, el señor Smith, abrió la primera sesión de familia con Minuchin diciendo: «Yo soy el problema». «No esté tan seguro», fue la respuesta. El resto de la familia coincidía con la formulación del paciente: «Yo soy el mundo y soy el problema».6 En efecto, de hecho decían: «Tú estás deprimido y te sientes mal. Tú solo necesitas asistencia». El terapeuta de familia ob- servaba los mismos datos, pero los consideraba por referencia al modo en que las personas actúan y son activadas dentro de un sistema.

De manera semejante, cuando Gregory Abbott inició una sesión de terapia de familia con su mujer diciendo «Estoy deprimido», la primera pregunta del terapeuta no fue una admisión («¿Está usted deprimido?»), sino un cuestionamiento («¿Pat lo deprime a usted?»). Preguntas sim- ples de este tipo cuestionan el modo en que las personas experimentan la realidad. Introducen incertidumbre.

5. Lama Angarika Govinda: «Logic and Symbol in the Multi-Dimensional Con- cemion of.the.Universa» en Main Currents. vol. XXV, pág. 60.

6. Salvador Minuchin: Famities and Family Therapy, Cambridge, Harvard Uni- versity Press, 1974, pág. 159.

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La terapia parte del consenso, compartido por los miembros de la familia y el terapeuta, de que algo anda mal. La familia está en terapia porque su modo de ser ha resultado insuficiente y sus miembros desean buscar alternativas. Pero, adheridos como están a sus verdades habitua- les, ofrecerán resistencia a las alternativas aun en el mismo momento en que las buscan. El terapeuta, que ocupa la posición jerárquica del perito, puede, con una simple declaración (por ejemplo: «Veo en la familia factores que contradicen su opinión de que el enfermo sería usted»), arrojar una luz diferente sobre la experiencia compartida de que un individuo es el problema. La respuesta de la familia y del propio paciente individualizado puede consistir en reafirmar la realidad que sustentan: «El es el paciente».

En ciertas familias es evidente que una persona es la portadora de los síntomas. Por ejemplo, en las familias psicosomáticas o en las que tie- nen un miembro psicótico. En estos casos, el terapeuta puede utilizar la autoridad de su pericia y declarar que la experiencia que él tiene con familias de este tipo le ha enseñado que siempre participan en el mantenimiento del problema y a menudo lo hicieron en su origen. Agre- gará: «Sé que ustedes todavía no pueden verlo así, pero acepten por un tiempo lo que les digo, aunque sólo sea como un acto de fe». O indicará: «Conversen entre ustedes sobre el modo en que la familia sustenta o promueve el problema de Janie, porque saben más que yo acerca de ustedes mismos». O abordará la situación como una novela policial: «Ustedes tienen la clave. Los escucharé mientras la buscan». En ocasiones el terapeuta cuestionará extendiendo el problema a más de una persona: «Ustedes tienen un problema en la manera de relacionarse». Un progenitor que acudió con su hijo ingobernable será enfrentado con este reencuadramiento: «Usted y su hijo están envuel- tos en una lucha por el control». Un paciente individualizado será defi- nido, en algunos casos, como el que asiste a la familia, puesto que la atención que ésta le presta resguarda a los hermanos; o bien como el que distrae un problema existente entre otros miembros de la familia. El terapeuta puede trabajar con paradojas: introducirá confusión en la realidad de la familia proponiendo que el síntoma se mantenga, puesto que contribuye a la salud de la familia como un todo.

Todas las presentaciones mencionadas impiden la respuesta de rutina al paciente individualizado como si él fuera un todo, una entidad autó- noma. El terapeuta cuestiona la definición que la familia ofrece del paciente como una persona poseída. Ahora bien, la familia ha solicitado terapia, justamente, porque fracasaron sus intentos de habérselas con el paciente; entonces el terapeuta no hace más que declarar lo que los miembros de la familia ya saben.

Cuestionamiento del control lineal

El terapeuta cuestiona la idea de que un solo miembro puede con- trolar el sistema familiar. Más bien cada persona es el contexto de las

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demás. En el caso del señor Smith, el paciente agitado y deprimido, Minuchin agregó, después de decirle «No esté tan seguro»: «Si la causa de sus problemas fuera otra persona, alguien de la familia, ¿quién cree usted que lo haría sentir tan deprimido?». Tampoco aquí introducía el terapeuta datos nuevos. Introducía, en cambio, un modo diferente de recortar la realidad.

La respuesta a la pregunta «¿Quién está envuelto con usted en una relación recíproca que alimenta sus síntomas?», suele ser alguna varia- ción sobre el tema «Mi enfermedad es mía». Es posible que una persona haga a su familia mil y un cargos, pero no le cederá el control de su síntoma. «Mi depresión es mía» es, en esencia, una afirmación de la integridad del yo. Además, sólo el individuo puede informar sobre lo que él vive. Aceptar que una depresión pertenece a una comunidad apa- recería como una renuncia a la integridad del yo. En consecuencia, el terapeuta tratará de instilar el reconocimiento de una comunidad de contexto, más que de propiedad.

En la familia Ibsen, que se componía del padre, la madre y un hijo de 26 años, aquejado por una sintomatología obsesiva grave, éste pasaba dos o tres horas por día en actos rituales antes de poder cortar una rebanada de pan. Por eso todas las noches su madre le cortaba el pan para el día siguiente. El terapeuta preguntó a la familia quién componía la música que todos ellos danzaban. Tras alguna vacilación, el joven dijo: «Creo que yo». El terapeuta le indicó que debía cambiar de lugar: no permanecer sentado entre sus padres, sino frente a ellos, porque de ese modo podía ver cómo ellos danzaban con su música. Después le pre- guntó si había advertido que su madre tenía la obsesión de cortar el pan para él todas las noches. Quizá, le dijo, era él, el hijo, quien dan- zaba con la música de ella. Este ataque a dos puntas, en secuencia, dirigido contra la concepción de un yo separado y discreto, desconcertó a la familia en su bien formulada idea sobre la posesión individual del problema. En un caso como éste, admitido por los padres que danzan con la música del hijo, y por el hijo que lo hace con la de su madre, puede ocurrir que el terapeuta desee confundirlos más señalando cómo la danza de la madre y el hijo protege al padre de tener que participar. Existe una técnica genérica para apuntalar el concepto de reciproci- dad: el terapeuta expone la conducta de un miembro de la familia y atribuye a otro la responsabilidad de esa conducta. Puede decir a un adolescente: «Actúas como un niño de cuatro años», y volverse después a los padres para preguntarles: «¿Cómo se arreglan para mantenerlo tan pequeñito?». O en otro caso: «Su esposa parece controlar todas las deci- siones en esta familia ¿Cómo consiguió echar sobre sus hombros todo ese trabajo?». En esta técnica, el terapeuta se alia de hecho con la persona a quien parece atacar. El miembro de la familia cuya conducta se expone como disfuncional no hace resistencia a esa exposición por el hecho de que la responsabilidad se atribuye a otro.

Esta misma técnica se puede utilizar para señalar una mejoría. «Aho- ra estás actuando como corresponde a tu edad», puede decir el terapeuta

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al niño y después estrechar la mano de los padres, señalando: «Es evidente que ustedes han hecho algo que permitió a John crecer. ¿Pue- den explicarlo? ¿Tienen conciencia del modo en que lo lograron?». Por esta vía, empujando a la familia a adueñarse del cambio de uno de sus miembros, el terapeuta insta al sistema como un todo a aceptar la idea de la reciprocidad de cada una de sus partes.

El terapeuta individual dice al paciente: «Cambie usted. Trabaje con usted mismo para crecer. Mire hacia adentro y cambie lo que ahí en- cuentre». El terapeuta de familia hace una demanda en apariencia para- dójica: «Ayude al otro a cambiar». Pero como el cambio de una persona modifica por fuerza su contexto, el mensaje real es éste: «Ayude al otro a cambiar modificando el modo en que se relaciona con él». El concepto de causalidad pierde su aspereza, no se interpreta como acusación, abor- daje que supone la indivisibilidad de contexto y conducta. Tanto la asig- nación de responsabilidad como la consiguiente imputación de la culpa pasan a un segundo plano dentro de una imagen más compleja.

Cuestionamiento del modo de recortar los sucesos

El terapeuta cuestiona la epistemología de la familia introduciendo el concepto de un tiempo ampliado y encuadrando la conducta individual como parte de un todo más vasto. Aunque rara vez esta intervención alcanza su meta, que es modificar la epistemología de la familia, por este camino sus miembros pueden vislumbrar el hecho de que cada uno es una parte funcional y más u menos diferenciada de un todo.

En las familias, un individuo puede modificar su conducta por un tiempo sin afectar el organismo como un todo. Por ejemplo, en una sesión en que el terapeuta almuerza con la familia de un anoréxico, es posible que los padres oscilen, uno y otro, entre una posición exigente y una protectora. Pero el resultado será de completo equilibrio, que mantendrá al niño triangulado y sin comer.

En la familia Kellerman, al comienzo de la sesión el marido aparecía distante, impasible e inmóvil, mientras que la esposa reclamaba inti- midad. Cuando el terapeuta movió al marido a brindar intimidad, la esposa respondió con la fobia de ser tocada, manteniendo así la distancia anterior. La conducta individual se modifica de momento en momento, pero el sistema permanece idéntico.

El psicoanálisis tradicional, que cuestiona la idea del carácter volun- tario de la conducta, promueve la ilusión de un contexto interiorizado. La escuela interpersonal, la teoría del campo, de la Gestált, y la teoría relacional, mantienen el contexto afuera, como algo que limitaría la liber- tad del individuo sin cuestionar la individualidad misma. La terapia de

familia, que introduce al sí-mismo como un subsistema, abre la perspec- tiva para ver al individuo como parte de un organismo mayor.

Las técnicas que consisten en introducir un esquema más amplio son en general de índole cognitiva. El terapeuta puede indicar a los

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miembros de la familia que sus interacciones están gobernadas por reglas, de este modo: «Usted lleva diez años en esta misma danza dis- funcional. Lo ayudaré a contemplar las cosas bajo una luz diferente. Es posible que descubramos juntos otros modos de danzar».

Señalar el isomorfismo de las interacciones es útil para indicar que ja conducta de la familia obedece a reglas que están más allá del miem- bro individual. Por ejemplo, en una familia fusionada el hijo menor estornuda; la madre alcanza al padre un pañuelo destinado a él; la her- mana busca un pañuelo en su cartera. El terapeuta dice: «Caramba, miren cómo un estornudo activa a todo el mundo. Es una familia que hace servicial a la gente».

En otro caso, el padre descalifica a una hija pocos minutos después que todos los hermanos la atacaron. «He aquí una familia que fabrica un chivo emisario», dice el terapeuta.

El señor y la señora Abbott tenían algo más de treinta años. El ma- trimonio había permanecido separado durante un mes: el marido había dejado a su esposa y a dos hijos muy pequeños, mudándose a un depar- tamento con el propósito de «encontrarse a sí mismo». Pasados tres minutos de sesión, respondía a una declaración protectora del terapeuta.

Gregory: Parece usted muy compasivo. Siento su calidez y eso me hace

sentir más cómodo. Lo que me ocurre en este momento en mi rela- ción con Pat es que me siento menos deprimido después que me fui... estoy menos deprimido fuera de la casa.

Esta declaración se hacia desde la perspectiva de «Siento su calidez y eso me hace sentir más cómodo. Me siento menos deprimido». El marido se situaba en el centro de su realidad y contemplaba un universo que sólo existía porque lo observaba y reaccionaba frente a él.

Minuchin: ¿Quiere decir que Pat lo deprime a usted?

El terapeuta respondió con un enunciado acerca de relaciones. Entre éste, y el enunciado del paciente, había un abismo epistemológico. En el universo de Gregory existía una frontera nítida entre él y el mundo circundante: si un árbol caía en el bosque y él no estaba presente, el árbol no había caído. La realidad de Gregory era el mapa registrado por sus sentidos y que él reconceptualizaba. La pregunta del terapeuta, «¿Pat lo deprime a usted?», cuestionaba la epistemología de Gregory, puesto que venía a significar: «Usted no es un todo; es una parte de su contexto». El enunciado del terapeuta, formulado forzosamente en un lenguaje secuen- c¡al. no se refería aún a un holón, pero ampliaba el universo de Gregory Para que incluyera un contexto de interacción: Pat

El resto de la sesión tuvo como eje el intento del terapeuta de ero- sionar la certidumbre con que la pareja concebía la realidad de su rela- ción individual; con ese propósito introdujo la idea de las interacciones complementarias entre partes de un holón.

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Gregory: No le atribuyo a ella esa responsabilidad, usted sabe; no la

echo sobre sus hombros. Me siento deprimido y me sentí realmente deprimido durante algún tiempo en la situación.

Minuchin: ¡Un momento! Usted ha dicho que se sentía deprimido en su

casa; se fue, y ahora está menos deprimido. Usted, de hecho, afirma que Pat lo deprime.

Gregory: No, en verdad asumo la responsabilidad de mi depresión. No

se la puedo atribuir.

Minuchin: Siga por un momento mi exposición. Usted está deprimido y

Pat no lo ayuda con su depresión.

Gregory: Eso es.

Minuchin: ¿Por qué no lo ayuda Pat?

Gregory: Mi impresión es que muchas de mis necesidades no me eran

satisfechas. Me sentía muy frustrado. Me sentía muy desprovisto. Gregory «se apropiaba» de su depresión como de un timbre de honor. No obstante llevar diez años de casado, se consideraba desprovisto de contexto familiar; ni su esposa ni sus hijos eran responsables de su depresión ni la promovían. El terapeuta se acomodó a Gregory, aceptan- do su creencia de ser un todo, pero le sugirió que su depresión tenía un contexto familiar: Pat no era la causa, pero, puesto que no lo ayudaba, su falta de respuesta promovía su estado. El universo de Gregory se había ampliado para incluir al menos la interacción con su esposa. La respuesta de Gregory fue una obra maestra de enunciados «Yo me sien- to», pero aceptó el hecho de que pudiera responder a un influjo de fuera.

Minuchin: ¿Puede usted ser más concreto? No sé de qué modo Pat no

lo ayuda.

Gregory: Habíamos planeado pasar unas vacaciones en Florida en di-

ciembre, y tuvimos muchos problemas sobre el modo en que parti- ríamos y si buscaríamos quien cuidara de los niños.

Minuchin: ¿Usted deseaba salir de vacaciones con Pat solamente, sin los

hijos?

Gregory: Sí, con Pat sola. Lo más que hemos salido fueron tres o cua-

tro días en una o dos ocasiones, y yo deseaba que nos tomáramos un tiempo más largo y fuéramos a Florida. Por ejemplo, una semana.

Minuchin (a Pat): ¿Cómo veía usted ese proyecto?

Pat: En primer lugar, quiero interrumpirte, porque hemos salido por

más tiempo que tres o cuatro días, y además, en ese caso, deseabas hacerlo por diez días. Todas estas cosas me resultan muy difíciles porque es muy penoso para mí dejar a las criaturas a esta edad, no sé si me ocurrirá lo mismo más adelante, y al propio tiempo quería ir porque ál deseaba hacerlo y había sido tema de discusión durante mucho tiempo. Pero me resultaba muy difícil abandonarlos.

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La de Pat era una realidad de respuestas. Prisionera de la necesidad de asignar prioridades a las demandas de sus hijos y a las de su marido, se sentía explotada. En esta familia, el subsistema conyugal y el paren- tai, que no incluía al padre, estaban en conflicto.

Minuchin: ¿Entonces también usted está deprimida?

pat: Ahora estoy muy deprimida. Lo he estado desde que él se fue. Minuchin: ¿Qué hace Gregory que a usted la deprima?

Pat: A menudo habla de irse. Y mi sentimiento es que no me quiere

por mí misma. Es como si hablara de una manera muy distante... dijera «Quiero tener expansiones y disfrutar, cuidar de mí mismo, hacer cosas atrayentes y pasarlo bien, y si no es contigo, será con alguna otra».

Minuchin: Deseo forzarlos a que piensen en términos concretos. (^4 Par.)

¿Qué hace él que a usted le dé la sensación de tener ganas de recha- zarlo? (.4 Gregory.) ¿Qué hace ella que a usted le den ganas de aban- donar el hogar? Conversen entre ustedes sobre esto.

En el penoso vacío de la separación, ambos cónyuges reforzaban su visión «yoica» del mundo. El terapeuta les pidió que cada uno conside- rara al otro como su contexto, y puso en marcha una interacción entre los cónyuges.

Pat (a Gregory): Me hablas como si expusieras el caso de alguna otra