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Larga historia

In document Apuntes Medicina Tradiocional Tomo2 (página 69-82)

El

dilema

una forma u otra, este aderezo se ha usado desde que la coca es conocida y usada por el hombre. La mayor parte de los científicos se inclinan a pensar que la llipta aumenta la liberación del alcaloide. Pero, como veremos más abajo, tenemos algunos datos conflictivos en este campo y hay quienes se atreven a decir que lo único que hace la substancia alcalina es mejorar el gusto de la coca.

Desde épocas inmemorables la coca ha sido reverenciada por los pueblos del área andina y es evidente que, en algunas culturas, llegó a ser considerada como una deidad. Formaba parte de multi- tud de ceremonias religiosas, ritos funerales y pases mágicos en casi todas las culturas precolombinas de esta región. Su efecto sobre el organismo humano aboliendo la fatiga, el dolor y el hambre, siempre fue considerado como un hecho sobrenatural y su culto no solamente tuvo una importancia religiosa, sino política al extremo que una de las emperatrices o coyas, la esposa del Inca Mayta Capac, adoptó el nombre sagrado de Mama Coca; y una hermana del Inca Huayna Capac, que ocupó el cargo de abadesa de la Casa de las Vírgenes del Sol en el Cuzco, también llevo ese nombre.

No se conoce mucho sobre el uso o abuso de la coca durante el período pre- incaico.

Uno de los hallazgos más frecuentes en las tumbas de esa prolongada época es la de pequeñas bolsas o "chuspas" llenas de las hojas sagradas que eran ofrendadas al difunto para reconfortarlo en su prolongado viaje al más allá. Era una costumbre funeraria bastante generalizada, frecuente en todas las clases sociales y económicas; pero de esto no podemos deducir con ningún grado de certeza si su consumo durante la vida era o no popular y cuán extendido estaba el hábito entre los ciudadanos comunes. En efecto, la misma costumbre funeraria era común en el pe- ríodo incaico; pero de todas las fuentes a nuestro alcance podemos deducir que el consumo de la coca durante la vida era un

privilegio muy exclusivo de la élite imperial y el ciudadano corriente solo podía consumida en circunstancias muy especiales.

Cuando Pizarro llegó al Perú, el prestigio mágico-religioso de la coca se encontraba probablemente en su mayor apogeo. Constituía una parte indispensable de todas las festividades religiosas, mágicas, civiles y funerarias. La buscaban los magos, adivinos y curanderos para usada en sus ceremonias, sortilegios y trucos mágicos. Era cultivada en huertas especialmente cuidadas y consideradas sagradas y, lo más importante de todo, su consumo humano estaba reservado al Inca y a los nobles que lo rodeaban o a los ciudadanos comunes que se hacían merecedores de ello.

Dentro del caos social que siguió a la Conquista, la coca se convirtió en el centro de una agitada discusión. Desprecia- da por lo españoles como un hábito repugnante y desagradable, las masas indígenas, hambrientas y fatigadas, vieron de pronto este manjar de emperadores a su fácil alcance. El desgraciado ciudadano autóctono, desposeído de patria, de dignidad humana, de familia, de religión, de cultura y de tradiciones, encontró en este obsequio de los dioses un remedio a su hambre, a su fatiga ya su humillación. Y su codicioso amo español descubrió rápidamente en la coca un barato sustituto del salario y de la alimentación del indio que lo servía. ¡El hábito de la coca se generalizó durante la colonia!

Este apunte representa el reiterado esfuerzo del autor, esta vez en una continuada edición complementada con-

mayor información, frente al serio problema socio-político y científico del hábito de la masticación de la coca en la cultura andina y su relación con la adicción a la cocaína y pasta básica de cocaína, grave y vigente flagelo en la cultura occidental. En el se hace una revisión del conocimiento etnológico sobre el hábito de la masticación de la coca en relación con sus roles social,

medicinal, estimulante y mágico, señalando la ausencia de razones científicas que apoyen leyes represivas y de erradicación, si se le considera en sí mismo y haciendo abstracción de su íntima conexión con el catastrófico problema de la cocaína.

Ahora la coca constituye, más que un mero estimulante cuya posible acción dañina nunca ha sido realmente probada, un medio esencial de integración social y de solidaridad humana en el medio andino. El uso de la coca entre los nativos andinos tiene muy importante significación social. En el ande, la coca es usada en ceremonias sociales y ritos colectivos con modalidades prescritas por reglas éticas y sociales. Rodeada por el ceremonial, formalidades y controles ejercidos por la comunidad, la coca raramente es objeto de abuso o uso descontrolado que pueda causar daño a la salud del individuo. Esto también ocurre con el uso del alcohol en grupos sociales occidentales considerados como bien equilibrados por nuestros iguales. En las relaciones sociales de la cultura andina, la coca es un obsequio que significa amistad y generosidad. El acto de compartir la coca y masticarla conjuntamente con otros es un hecho muy importante que sella la relación de confraternidad y confianza entre los participantes. Por otro lado, en la medicina tradicional no hay otro remedio con tantos y tan vastos usos y su efectividad ha sido probada muchas veces, de acuerdo con varios autores; en este sentido, la coca es uno de los componentes más destacados de la psicoterapia popular nativa, constituyéndose en indispensable elemento de apoyo para la seguridad emocional del hombre del ande.

Por todo ello, se puede concluir inicialmente manifestando que los factores que han motivado la condenación de la hoja de coca como tal, a lo largo de las cuatro últimas centurias, no tienen ninguna robustez científica ni han existido jamás dentro de la cultura andina. Siempre ha habido intereses originados en el conflicto del ande con la cultura occidental.

Lo aquí expuesto es en realidad un punto de vista un tanto individual, pero es

también una recopilación de opiniones diversas que inciden sobre el mismo problema.

El hombre de todas las culturas busca y encuentra diversas formas de estimularse, ya sea por medio de sustancias diversas (café, te, betel, alcohol, tabaco, coca, etc.) o por otros medios (baile, música, televisión, cine, velocidad, etc.), sin considerar si esto causa o no daño. En el ande tenemos la coca, cuyo consumo desde el punto de vista sociológico ha planteado siempre problemas en la homogenización utópica de la cultura peruana.

Durante la época colonial, desde que fue identificada por la clase dominante española como un factor esencial en el ritual mágico y religioso de la cultura andina, la coca fue perseguida como una "hierba diabólica" que era necesario extirpar para asegurar la salvación de las almas indígenas. Cuando la ciencia re- emplazó a la teología en las mentes de nuestra clase dominante, se abandonó la búsqueda de la salvación sustituyéndola por la búsqueda de la salud. La palestra teológica se transformó en palestra médica.

Los enemigos de la coca propusieron, primero su extirpación porque su uso ritual y religioso dificultaba la conversión de los indígenas al cristianismo. Siglos más tarde, porque contribuía al crimen y a la degeneración racial de los indios. Contemporáneamente, porque le hace daño al campesino indígena y es fuente de abuso en los países desarrollados.

La coca tiene 4000 años de antigüedad en el ande y, a pesar de todas las persecuciones, sigue formando parte de la cultura autóctona. En ese contexto, nunca ha producido daño ni ha sido materia de abuso

Por una razón o por otra; por consideraciones religiosas, mágicas, higiénicas, médicas o antropológicas, la coca ha sido perseguida, pero también ha sido defendida.

Defensores y abolicionistas, como bien dice Mayer, tienen una utópica imagen de sí mismos como" defensores" del indígena frente a la agresión, frente a la explotación, frente a la opresión de la civilización occidental. Los que proponen la abolición de la coca se sienten salvadores del habitante andino porque pretenden liberarlo de las lacras de su propia cultura. Desde luego, liberarlo supone "blanquearlo", supone hacerlo menos indígena, menos autóctono. Supone que es

un niño indefenso, que necesita protección contra sí mismo. Supone revalorar al hombre andino con criterio foráneo e "integrarlo" a la nación Peruana como individuo, pero no como cultura total. Esto puede parecer razonable dentro de determinados círculos. Puede ser deseable, lógico y plausible; pero no necesariamente está justificado dentro del respeto a los derechos humanos y a la libre determi- nación de los pueblos y de las culturas.

Por otro lado, quienes defienden el derecho del hombre andino a continuar usando la coca, defienden automáticamente el derecho de la cultura andina dentro de una visión quizás idealista y utópica. Un respeto pluralista intercultural que estamos muy lejos de alcanzar. Y al adoptar esta posición tolerante y benévola respecto de otras tendencias, de otros conceptos estéticos, morales y sociales, corren el riesgo de contribuir a la proliferación y supervivencia de quienes explotan al indígena a través de la coca, de quienes promueven el uso de la coca fuera de los controles sociales y culturales que canalizan su uso normal y de quienes llevan el uso de este estimulante fuera de sus causas legendarios y tradicionales, contribuyendo a la desintegración social de otras culturas. ¡Es un dilema gigantesco!

Es el grave dilema sociopolítico. Siempre que en el choque de culturas la coca pudo ser utilizada como elemento de dominación, se produjeron abusos. La coca se ha usado por largos siglos para mantener sumisos y humillados a los trabajadores andinos. La coca se ha usado por cientos de años para negociar el salario, para crear dependencia, para acentuar la opresión. La coca se ha convertido en herramienta del cruel binomio opresor oprimido que caracteriza nuestra sociedad, simplemente porque la importancia cultural que tiene para los usuarios la convierte en instrumento de explotación. Por otro lado, es evidente que el uso de la coca y sus derivados, desarraigados de su contexto cul- tural Y divorciados de las pautas morales que controlan su uso, se ha convertido en una seria amenza para otras culturas.

El consumo de las hojas de coca forma parte extremadamente importante de la cultura indígena. No solamente como estimulante preferido (de manera similar al té, café, tabaco o alcohol en nuestra cultura), sino como pivote sobre el que giran una serie de elementos culturales en la economía, la medicina, la magia y las relaciones humanas del mundo andino autóctono. Desde el punto de vista sociológico, la coca es para el indígena mu-

chísimo más importante de lo que son el tabaco y el alcohol para el hombre sofisticado de Lima.

Por esto, consciente del des- conocimiento real de aquellos malos efectos de que habla la leyenda negra de la coca, una ciudadanía equilibrada y respetuosa de los derechos de todos los sectores que la integran no debe mirar con ligereza que se considere al consumidor de hojas de coca como un degenerado o un criminal.

Como se repite muchas veces, en la medicina tradicional no existe remedio que tenga usos tan amplios y cuya efectividad haya sido tantas veces comprobada (Cáceres, Gagliano, Hulshof). Se usa con éxito para el dolor de muela, de estómago, dolores reumáticos, enfriamientos, emplastos en heridas, diarrea, etc.

Como sabemos, la hoja de coca no solamente contiene cocaína. Además, tiene un total de catorce alcaloides, taninos, vita- minas, salicilatos y otras substancias que contribuyen a su benéfica acción medicinal. Una pequeña porción de hojas majadas puesta en la cavidad de una muela cariada es remedio inmediato contra los dolores dentales. Las gárgaras con una infusión concentrada de coca quitan el dolor de garganta y alivian la ronquera. Un supo- sitorio de hojas alivia las molestias de las hemorroides.

Lo mismo puede decirse de su acción analgésica en forma de emplasto sobre quemaduras y heridas donde, además, la acción de los taninos contribuye a la cicatrización y a la protección antiséptica. Es también evidente su acción contra los dolores artríticos y fibrosíticos a la dosis (ingerida) de dos gramos diarios. Su leve pero efectiva acción antidepresiva y su claro efecto antifatigante tampoco necesitan enfatizarse, al lado de sus buenos resultados en el mal de altura.

Se usa también para una serie de molestias gastro intestinales: dolor de estómago, diarreas, indigestión, cólicos Y otros disturbios, pero es interesante anotar,

como enfatiza Plowman en su estupenda monografía etnobotánica (The Etnobotany of coca. 1984), que no existe hasta ahora una explicación clara de la acción beneficiosa de la coca sobre el aparato digestivo. Decir que estos efectos son debidos únicamente a la acción anestésica de la cocaína es tratar puerilmente de simplificar el problema y olvidar que la coca tiene una apreciable concentración de salicilato de metilo que tiene efectos simila- res; y que F. Montesinos, 1965, ha señalado que la ecgonina, otro de los alcaloides de la coca, tiene una acción directa sobre el músculo liso intestinal.

Además de esto, por razones de índole cultural, la coca es utilizada para ritos y rezos relacionados con el tratamiento de síndromes psiconeurológicos de connotación psicosomática donde juega un rol esencialmente mágico. Se usa en el diagnóstico y pronóstico (adivinación) a través de la lectura de las hojas. Desde luego, esta función depende mucho de la sinceridad y del conocimiento mutuo, y por lo tanto de la pertenencia al grupo étnico. Además, es muy efectiva en la curación de las enfermedades cuyo origen se atribuye a causas mágicas.

En el seno de la cosmovisión andina y en relación a su rol religioso y mágico, la coca se usa para crear solida- ridad en el grupo, amistad, cordialidad, sabiduría, valor y armonía con el mundo sobrenatural. El hallpay, que es el "chacchado" en común, se realiza con frecuencia variable. Es en realidad una forma de comunión, por lo social, por lo sagrado y porque santifica la reciprocidad en presencia de las deidades, como parte fundamental del orden cósmico. Los

K'intus son las hojas de coca escogidas que

se soplan antes de mascar, al momento de hacer una invocación. Soplar los K'intus es parte de la "etiqueta", parte de los buenos modales de la coca, y la invocación pronunciada es el elemento indispensable del significado mítico y místico del acto del

hallpay. Esta invocación o pukuy expresa

la relación entre el hombre y los seres espirituales que constituyen el alma de los elementos geográficos que rodean al

hombre andino. La integración de la organización de espacio, sociedad y religión en un solo concepto, se realiza en el alma indígena durante esta ceremonia.

En la cultura andina, los lugares no son simples accidentes geográficos. Cada lugar físico tiene un espíritu. Cada sitio es un ser sagrado y la relación entre el hombre y la tierra es una continua interacción entre seres humanos y entes espirituales. La coca forja un lazo íntimo entre el hombre y los espíritus del mundo geográfico, entre lo humano y lo sagrado. Esto hace de ella un elemento esencial de la cultura y la impregna de significado simbólico. Sere- nados ya los crudelísimos conflictos de la destrucción de idolatrías en el siglo XVII, la coca resistió todos los embates de la incomprensión y del tiempo. Amparada ahora por la libertad de cultos y sumergida en el sincretismo andino, la implicancia de la hierba sagrada de los incas en la vida religiosa del andino es tal, que se puede de- cir que no hay uso de la coca que no esté consagrado o condenado por el mito Y la tradición.

Para el andino, la coca convierte todo lo presente en sagrado al impregnarlo y amalgamarlo con el pasado mítico y original. Es un elemento de contacto entre el pasado, el presente y el futuro, entre lo de aquí y lo de más allá, entre lo natural y lo sobrenatural, entre los humanos y sus deidades. Dentro del pensamiento religioso del hombre andino y dentro de su peculiar aplicación de la justicia, la sanción mágica compensa la ausencia de sanción física o legal. El depositario de la magia en la comunidad, el paqo o el altomisayoc, usa la coca para proyectar castigos míticos dentro de un complicado mecanismo de justicia y de control social que permite sancionar al que viola una norma de la colectividad. La coca crea así una atmósfera sagrada, ritual, que unifica y cohesiona al grupo. Es el elemento que actúa como sello en el pacto de colaboración entre los dioses y los hombres.

La coca tiene pues valores biológicos, psicológicos, sociales,

económicos y mágicos que la hacen un ele- mento de comunicación total que enlaza al hombre del ande con todo lo que le rodea: familia, sociedad, geografía, mundo sobrenatural y tiempo. Constituye, en el Perú profundo, el elemento central, el eslabón principal de la cosmovisión y del mundo ritual.

Hasta hace cuarenta años, cuando la llegada de un andino a las zonas costeñas era un acto individual y esporádico y el recién bajado se hallaba solitario y desarraigado en el seno de nuestra cultura occidental, la coca quedaba generalmente atrás, la coca no crea dependencia. Pero a partir de entonces, la traslación del andino hacia las grandes ciudades costeñas se ha hecho masiva y la coca ha venido con los grupos y las familias inmigrantes. Juan Ossio ha señalado con claridad que en los pueblos jóvenes (barrios marginales) que circundan Lima y que generalmente se han construido en laderas de colinas, es frecuente oír hablar que los cerros están vi- vos y de que, de no hacerles sus ofrendas de coca y otros ingredientes, el cerro causará enfermedades al romper las zanjas para hacer los cimientos. Prácticas curativas y adivinatorias, contextos culturales de inter- acción social, de reciprocidad con el trabajo y en el placer, en fin, todo el complejo cultural donde la coca constituye un eslabón importantísimo, ya bajó a la costa acompañando a la cultura andina que invade ahora nuestras ciudades.

No obstante todo ello, sin estudiar el fenómeno, sin estudiar la interacción de estos hechos sociológicos, por simple decreto, se prohibió el comercio de la coca "por debajo de los 1,500 metros de altura", como si se tratara de un simple hecho geográfico y como si esta medida fuese realmente un obstáculo insalvable para la continuación de un hábito ancestral que ha resistido cien ataques peores que éste.

La erradicación del hábito de la coca significaría minar la esencia de la cultura andina y la estructura misma de grupo oprimido. Significaría clavar una punta de lanza en el corazón del ande cultural. Significaría el comienzo del fin, el

Apocalipsis de la forma de ser de la sociedad milenaria del Perú profundo, el desborde de la occidentalización indiscriminada y total de los más profundos estratos de nuestra cultura autóctona. Esto puede ser bueno, puede ser malo o puede ser indiferente.

Pero todos sabemos que ni en el Perú ni en ninguna parte del mundo se

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