• No se han encontrado resultados

LAS CAUSAS DE LA PSICOSIS

In document Darian Leader - ¿Qué Es La Locura? (página 178-200)

¿Cuáles son las causas de la psicosis? ¿Por qué se vuelven psicóticas algunas personas y otras no? La psicosis es una es- tructura mental que se establece bastante pronto en la vida, probablemente en los primeros años. Esto no signiñca, por supuesto, que la persona vaya a volverse loca. Hay una dife- rencia, como hemos visto, entre ser psicótico y volverse psicó- tico. Para que se active la psicosis deben darse otros factores, que discutiremos en el próximo capítulo. Pero, ¿qué ocurre en esos primeros años para que se cree una estructura psi- cótica? La extensa documentación disponible acerca de esta cuestión ha dado muchas respuestas diferentes: defectos ge- néticos, desequilibrios químicos, una crianza deñciente de los hijos, madres depresivas, padres ausentes, aislamiento social, problemas de comunicación, etc.

Estas ideas se toman más o menos en serio dependiendo del clima cultural del momento. En la época en la que se cul- paba a los padres de todo, se les hubiera considerado la causa de la psicosis de sus hijos. Cuando se puso de moda el tema de los genes —como es el caso actualmente—, los culpables eran estos componentes biológicos. La mayoría de los resultados que acaparaban los titulares, añrmando que se había encontra- do el gen de la depresión maníaca o la esquizofrenia, han sido estrellas que se han apagado rápidamente. Además, los medios de comunicación casi nunca publican los detalles de resultados negativos o las retractaciones que les siguen. Otros «avances» biológicos que fueron noticia sugirieron que los psicóticos te- nían dañado el hígado, el cerebro, los ríñones y las funciones circulatorias, que tenían deficiencias de prácticamente to- das las vitaminas, que padecían desajustes hormonales y que

tenían enzimas defectuosas. A mediados de los años cincuen- ta, este ciclo de entusiasmo y decepción ya era la norma. En un artículo de la revista Science, un psiquiatra indicó que cada nueva generación de biólogos tenía que pasar por el adoctri- namiento y el desencanto. Pero, aun así, no se ha aprendido la lección y hoy en día sigue habiendo un apetito insaciable por las explicaciones biológicas.

Estas suelen incluir dos malentendidos básicos. Prime- ro, a menudo se observa que personas de distintas generacio- nes de la misma familia tienen idéntica «salud mental». Por tanto, debe ser algo genético, pero, para bien o para mal, no sólo heredamos los genes de nuestros padres, sino que tam- bién heredamos a nuestros padres. Un joven paciente para- noico apenas pronunció una frase: «Todo es una cuestión de física y química». Cuando el psiquiatra se reunió con los padres y les preguntó qué opinaban del estado de su hijo, la madre, tras un largo silencio, dijo: «Bueno, no sabemos nada al respecto. Para nosotros se trata sólo de una cuestión de física y química». El padre y el paciente repitieron en voz baja: «Sí, sólo es una cuestión de física y química». Crecer con un progenitor que tiene determinados problemas, por supuesto, tendrá un impacto en el niño, que puede acabar desarrollando algunos problemas él mismo. Esta dimensión de transmisión familiar se ignora por completo en los estudios genéticos, por lo general, como si pasáramos los primeros años de nuestra vida dentro de algún tipo de burbuja abstracta, sin contacto con nuestros seres queridos.

La presencia de un problema biológico, asimismo, no puede considerarse fuera de su contexto. Imaginemos que un niño nace con un problema especíñco genético o neurològi- co que le afecta, por ejemplo, al habla, la vista o el oído. Esto, claramente, tendrá algún impacto en el lugar que los padres han construido para el niño en sus fantasías. Antes y durante la gestación, los padres tienen ideas —conscientes e incons- cientes— sobre cómo será su hijo, qué aspecto tendrá, cómo se relacionarán con él. ¿Nos amará como nos amó (o no) uno

r

de nuestros padres? ¿Nos reconocerá como quizá no fuimos reconocidos por nuestros propios padres? Incluso hasta en un nivel tan básico como el físico, los padres tendrán ideas preconcebidas. Puede que imaginen el aspecto del feto y que se sorprendan durante la ecografía cuando se enfrenten a una discrepancia.

Por muy amables y cariñosos que sean los padres, el pro- blema biológico puede influir en la reacción ante su hijo, y los niños, que tienen una sensibilidad especial para las interac- ciones emocionales, pueden detectarlo rápidamente. Si ese niño posteriormente desarrolla una psicosis, el investigador puede asumir que el problema biológico es la causa de la psi- cosis, en lugar de considerar la psicosis como un posible efecto de las reacciones de los padres al problema. Esta tensión entre las ideas de los padres acerca de su hijo y la realidad, marcada por el problema biológico, puede impactar significativamente en las primeras interacciones, condicionadas también por los comentarios de los abuelos, personal médico, etc.

El otro malentendido tiene que ver con la composición del gen. A pesar de la reconvención de muchos investigado- res, la opinión común respecto al gen sigue siendo que se tra- ta de un «carácter unitario», un único elemento que sería el responsable de rasgos ñsiológicos o de comportamiento es- pecíficos. Los teorizadores de la eugenesia de principios del siglo xx sostenían que genes especíñcos podían ser los causan- tes del nomadismo, el crimen, el desempleo, la indolencia y un estilo de vida disoluto, y éstos, a su vez, estaban vincula- dos a la «mala sangre» de los judíos, los negros y los enfer- mos mentales. La noción de caracteres unitarios era un rasgo fundamental de esas teorías hereditarias, y se desmintió más o menos hace un siglo, cuando se descubrió que no hay una simple correspondencia unívoca entre una característica vi- sible y un gen que la produzca. Al contrario, una característica sería el resultados de muchos genes diferentes en un siste- ma, reaccionando el uno con el otro y ambos con el entorno. En los años veinte ya se sabía que genes diferentes podían

influir en la misma característica, igual que un único gen po- día influir en distintas características. A pesar de estos he- chos, la teoría del carácter unitario todavía impregna la visión contemporánea de la causalidad genética, y a comienzos de los años noventa, los biólogos sugirieron buscar otro término, puesto que existía una tendencia a malinterpretar la palabra «gen». Se veía a los genes como agentes causales aislados, y no como partes de complejas redes de interacciones biológi- cas que, normalmente, dependían en gran medida de lo que ocurría alrededor. Muchos biólogos reconocían que la vieja oposición entre naturaleza y educación no podía seguir como hasta ese momento. De hecho, el intento por hacer a un gen responsable, separándolo de todo lo demás que pudiera tener algo que ver con la vida humana, tiene algo de psicòtico, como si una sola entidad pudiera ser considerada culpable, igual que en la paranoia se designa a un único organismo como el causante de todos los problemas de una persona.

El rígido posicionamiento de un único factor causal es una marca distintiva del pensamiento psicòtico. La culpa se asigna a un único organismo perseguidor en la paranoia o, en casos de melancolía, a uno mismo, por algún acto que uno ha realiza- do o no en el pasado, como si se tratara de una sola acción, de un solo detalle, de una causa que pudiera explicar todo, como una piedra ñlosofal. Este estilo de razonamiento, por supues- to, está presente en muchos tipos de investigación científica, y puede contrastarse con el estilo más obsesivo que se ve con frecuencia en las revistas médicas. En la conclusión del estu- dio habrá un párrafo que muestre la indecisión de los autores y cómo indican que puede tratarse de un factor, pero también podría tratarse de otro, etc., en un ciclo infinito de procrasti- nacióny duda. ¡Qué atractiva debe de parecería certeza psicò- tica con su fijación en causas únicas! Y esto, sin duda, explica la popularidad de los discursos psicóticos en los medios de comunicación científicos y en los comités de subvenciones. La perspectiva de Lacan era diferente, y, como muchos de los psiquiatras de su época, distinguía cuidadosamente entre

las condiciones de la psicosis y las causas del desencadena- miento de la psicosis. Si la condición básica en este caso era que la metáfora paterna no se había producido, podían estar en juego diversos factores. El advenimiento de la psicosis no podía preverse, y uno sólo podía trabajar hacia atrás después, estudiando la historia personal del individuo para hallar las pistas que mostrarían cómo se fue estableciendo la psicosis. Así que, ¿cuáles podían ser estos factores?, ¿qué puede poner en entredicho la metáfora paterna o hacerla imposible? Tras explorar estas cuestiones, en el próximo capítulo estudiaremos las circunstancias específicas que en efecto pueden desenca- denar una psicosis.

* * *

Hemos visto cómo existen dos momentos cruciales en la in- fancia de cada persona. Primero, cuando el niño se pregunta por las ausencias de la madre: ¿Adonde va? ¿Volverá? ¿Por qué me abandona? Los niños, con frecuencia, simbolizan estas au- sencias mediante juegos, como el famoso «Fort/Da» descrito por Freud, del que hablamos en el capítulo Se usan muñecas, sonajeros, chupetes u otros objetos para recrear las secuencias de aparición y desaparición, y el niño organiza idas y venidas, presencias y ausencias. Juegos como el cucú-tras o el escondite pronto permitirán versiones más elaboradas de estos temas.

Si el primer período es en el que el niño hace preguntas sobre las idas y venidas de la madre, el segundo se refiere a la interpretación de estos ritmos. La fase inicial aquí es de se- ducción, mientras el niño intenta convertirse en lo que cree que su madre pretende. Puede que esto implique portarse muy bien o muy mal, ser extrovertido o tímido, hacerla rabiar o ser obediente. Sin embargo, pronto se dará cuenta de que no se saldrá con la suya, de que hay algo, más allá de la madre, a lo que nunca podrá acceder y que satisfacerla no sólo está prohi- bido, sino que es imposible. Este espacio más allá de la madre está conectado con el padre, o con cualquier ente que tenga

un papel comparable: puede tratarse de un abuelo o cualquier otro familiar, un amigo de la familia o, incluso, una profesión, como hemos visto anteriormente.

Reconocer este hecho puede tener un efecto mediador en el niño, que le indica que no puede ser todo para la madre: algo más tira de ella, algo que tiene control sobre ella. Inten- tar analizar detenidamente lo que la madre es para el padre y lo que el padre es para la madre se convierte en un momento doloroso y crítico de la infancia. Aveces, como hemos visto, el niño emplea un elemento de fuera de la familia que le ayu- da en este proceso, como los animales totémicos de una fobia. Esto permitirá al niño salir de un mundo con tres lugares (el niño, la madre y el objeto imaginado de interés de la madre) y pasar a un espacio más complejo, que se abre al mundo social. El hecho de que haya algo más allá de la madre introduce un vacío, como la pieza que falta en esos juegos y que le permiten a uno deslizar las ñchas para construir una forma o imagen. Sin este hueco, las piezas están bloqueadas y no se pueden mover. Por tanto, es crucial cómo reconoce y registra esto el niño, y dependerá en gran parte de cómo lo transmite la madre, cómo habla de su mundo y cómo sitúa al padre dentro de él.

Lo que importa no es lo fuerte o capaz que sea en reali- dad el padre, sino cómo lo representa la madre en su discurso, cómo lo posiciona. Cuando habla, ¿le da el mismo valor que al resto de las cosas de las que habla o le da una posición privi- legiada?, ¿es respetado o constantemente menospreciado? El punto de referencia puede estar en a otras figuras, como he- mos visto, siempre que indique que el niño no lo es todo para la madre y que un ente externo tiene influencia o control sobre ella. Se trata de un proceso mediante el cual el niño se vuelve consciente del hecho de que la madre tiene carencias. Y éste es un momento de suma importancia, en el que pueden surgir problemas. Si la madre se identiñca con la ley, ¿cómo puede considerar el niño que está sujeta a la ley?

Una de mis pacientes describió el nacimiento de sus hijos como si se hubieran tratado de nacimientos divinos: el padre 183

ni siquiera llegó a ser mencionado. Cuando le pregunté por las concepciones y los embarazos, me dio muchos detalles, pero ni una sola referencia al hombre que la había fecundado. Era como si hubiera creado a los niños ella sola. Es un rasgo común en madres de sujetos psicóticos, como si sus propios cuerpos fueran los responsables de la gestación y el nacimien- to de sus hijos. En cierto sentido, por supuesto, ésta es una verdad biológica, pero excluye no sólo la parte biológica del padre, también la función simbólica del padre en la configu- ración que precedió la llegada del niño al mundo, que no es menos significativa.

La tendencia actual en psicología sobre la teoría de las «otras mentes» malinterpreta esta cuestión fundamental. Se considera que el desarrollo del niño pivota en torno al momento en el que se da cuenta de que la madre puede te- ner una mente propia, diferente de la suya, que puede pensar cosas diferentes. En un famoso experimento, se mostró a unos niños una bolsa de golosinas y su contenido. Se sacó a algu- nos niños de la habitación y se colocó un cocodrilo de plástico en la bolsa de golosinas delante de los niños que se quedaron en la habitación. Entonces, quienes conducían el experimen- to preguntaron a los niños: ¿esperaban que los otros niños, al volver, se sorprendieran al ver el contenido del la bolsa? ¿Atribuirían sus propias creencias a los otros niños o, por el contrario, comprenderían que tenían «otras mentes»?

Por supuesto, los que experimentaban no prestaron aten- ción al rol del simbolismo en lo que estaban haciendo —¿qué podía significar para los niños un cocodrilo?—, pero el verda- dero momento de cambio no ocurre cuando el niño se da cuen- ta de que la madre tiene su propia mente, sino cuando se da cuenta de que hay algo más allá de su mente, que puede ser ob- jeto del pensamiento de otra persona o pensar en otra persona que no sea él. Este triángulo, a menudo, no está presente de un modo obvio en algunas formas de psicosis. La persona puede atribuirse todo a sí misma, como que sus amigos no llaman por algo que ella ha hecho, y no por algo que puedan haber hecho

ellos. Es como si en cada momento de su vida, sin importar con quién esté, sólo estuvieran ella y el otro. No hay un tercero que medie en sus relaciones humanas, no hay nada más allá de la otra persona. Por eso, muchos de estos sujetos preñeren evi- tar completamente a otras personas. Saben que cerca siempre significará demasiado cerca.

En ocasiones, un delirio puede constituir un intento de tratar este problema. El sistema de Schreber no era sólo acerca de él y Dios, sino acerca de la complicada red de rayos y nervios que formaban una parte del Orden del Mundo. Su preocupa- ción no se centraba exclusivamente en cómo se conectaban a su cuerpo los rayos y los nervios, sino en cómo estos dos gru- pos de filamentos se relacionaban el uno con el otro. Por tan- to, establecía formas de triangulación que podían suavizar la posición insostenible de habitar un mundo que le incluía sólo a él y a la inmensa «Otra Mente» que él llamaba Dios.

Merece la pena aclarar los problemas de la triangulación ahora, puesto que se dividen en más o menos tres grupos. En el primero, sólo están la madre y el niño, como si no existiera nada más. El niño se arriesga a quedar reducido a un puro ob- jeto para la madre. En el segundo están la madre, el niño y el objeto de interés de la madre, por lo que se crea un triángulo. El niño puede que intente llenar este espacio que cree que la satisfará. En el tercer grupo están la madre, el niño, el obje- to de interés de la madre y el verdadero tercero, aunque no siempre esté asociado a representaciones del padre. Cada una de estas estructuras genera su propio conjunto de problemas, aunque los dos primeras son características de la psicosis.

Muchas veces, la ausencia de un tercero está clara cuan- do la paranoia genera actos de violencia. Al vivir en un mundo en el que se le persigue constantemente, el paranoico puede dudar, con respecto al perseguidor: «Se trata de él o de mí». En la fase especular no hay mediación simbólica-, se trata sólo de la persona y de la imagen que tiene delante, que le confie- re identidad al mismo tiempo que se la sustrae. Por eso, como señala la psicoanalista Sophie de Mijolla-Mellor, la persona

puede llegar a añrmar que actuó en legítima defensa al asesinar a su perseguidor quien, conñado y desarmado, puede incluso ignorar la existencia del asesino.

No poder situar al tercero puede implicar que el niño per- manezca atrapado en la posición de objeto para la madre. Puede tomar la forma de un organismo puramente biológico, cuyas necesidades básicas están cubiertas, pero poco más que eso; o de un compañero apreciado y estimado, no sólo entregado emo- cionalmente, sino excesivamente entregado, como si lo fuera todo para ella. Si la madre se siente colmada con el niño, no hay carencia, y de ahí las diñcultades, si no, la imposibilidad de ir más allá en su relación con ella. El cuerpo del niño puede con- vertirse en el lugar mismo de satisfacción maternal, y podemos

observar esto no sólo en las psicosis infantiles, sino también en casos de adultos que intentan desesperadamente regular o suprimir la presencia de la libido en su propio cuerpo, quizá, autolesionándose, perforando o extirpándose partes del cuerpo. El sujeto intenta separarse de la libido de su madre, que está pegada a él, distanciar esos aspectos de su cuerpo que es- conden esta presencia ajena e invasiva. Como me dijo una pa- ciente, a menudo tenía que cortarse el pelo que a su madre le

In document Darian Leader - ¿Qué Es La Locura? (página 178-200)

Documento similar