LAS RELIGIONES ANTIGUAS
I. Religión egipcia
6. LAS CREENCIAS FUNERARIAS
La prehistoria egipcia la conocemos principalmente a través de necrópolis muy sencillas, en las que los cadá- veres están depositados en la arena, tendidos o en pos- tura embrionaria, rodeados de pobres ofrendas. No hay duda de que esta costumbre de enterrar a los muertos en la arena continuó en uso en el Egipto histórico entre la gente sencilla. Por el contrario, desde las primeras dinastías el rey muerto fue objeto de un trato especial, que evolucionó mucho a lo largo de la historia y que fue poco a poco otorgado a un número creciente de egipcios.
Es comprensible que se reservara un tratamiento par- ticular al rey, puesto quesera la representación de los hombres en el mundo de los dioses, al que con la muerte pasaba a pertenecer totalmente. En él, el grupo ha vivido como grupo. En él sobrevivirá. Muy pronto fue elabo- rado todo un cuerpo de doctrinas religiosas y mágicas con el fin de asegurar esa supervivencia, ya que se espe- raba que el rey muerto continuara salvaguardando al pueblo y representándolo, y es ese cuerpo doctrinal el que poco a poco se democratizó. Primero, los reyes otor- garon a título personal ciertos privilegios a sus familia- res: una tumba en la necrópolis real, una estela, la piedra de un sarcófago, tejidos adecuados para el embalsamien- to. Posteriormente, las fórmulas mágicas mismas, que al principio no se encontraban más que en las pirámides de los reyes, serán patrimonio de todo el mundo.
En el Imperio Nuevo se desarrolló una nueva doctrina de la supervivencia del rey, según la cual el faraón debía ocupar su sitio en la barca solar y acompañar al dios en su periplo. Ya en el Imperio Antiguo, el rey subía al cielo y se ganaba por la fuerza un lugar entre los dioses. La novedad reside sobre todo en la preocupación por pintar sobre los muros de la tumba la imagen del viaje 178
que aquél iba a hacer —se puede hablar casi de mapas—, en forma de extraños cuadros cuya interpretación está lejos de ser segura y de los que existen varias coleccio- nes. Lo que está pintado allí es principalmente el viaje subterráneo del sol a través de las doce regiones corres- pondientes a las doce horas de camino, separadas unas de otras por puertas guardadas por temibles serpientes que es necesario conjurar, en cada una de las cuales los muertos que no han tenido la suerte de poder acompa- ñar al sol en su barca, como sirgadores o como marineros, esperan impacientemente el paso del dios que les pro- porcione la luz durante un instante.
Ya se trate de los reyes o de los particulares, las doctrinas funerarias egipcias han seguido una evolución característica, en el sentido de un enriquecimiento cons- tante de las preocupaciones tomadas para asegurar la supervivencia. Morenz ha subrayado muy acertadamente la especie de escepticismo que esto implica. El egipcio es, parece, muy consciente de los riesgos de aniquila- miento que corre un cadáver aunque esté momificado, sin llegar a concebir una supervivencia independiente de la conservación del cuerpo. La misma literatura ha ex- presado este escepticismo en el canto del arpista, que aparece en numerosas tumbas y del que presentamos a continuación un extracto:
Algunos cuerpos están en marcha; otros entran en la inmorta- [Iidad desde los antiguos tiempos; Los dioses que antaño vivieron reposan en sus pirámides, Lo mismo que los nobles, glorificados, sepultados en sus pi-
[rámides, Se han construido capillas cuyo emplazamiento no existe ya. ¿Qué se ha hecho de ellos?
Yo he escuchado las palabras de Imhotep y de Hardjedef (dos [moralistas célebres del Imperio Antiguo) De quienes todos comentan los dichos.
¿Dónde está su tumba?
Sus muros están destruidos, su tumba como si jamás hubiese [existido. Nadie viene de abajo a decirnos cómo están,
A decirnos de qué tienen necesidad, a tranquilizar nuestros [corazones Hasta que nosotros vayamos allí donde ellos han ido. Alegra tu corazón para que tu corazón olvide que también tú
[serás un día bienaventurado...
(De la traducción de P. Gilbert.)
Como no todo el mundo tenía la posibilidad de sobre- vivir por la gloria literaria, era preciso consolarse valién- dose de astucias: se duplicaban las momias con una o varias estatuas tan parecidas como fuese posible, se de- positaban en las tumbas cabezas de recambio, se grababa el nombre del muerto, vago equivalente del cuerpo, mul- titud de veces.
Naturalmente, se intentó también asegurar la protec- ción contra las fuerzas de destrucción eventuales: se formulaban innumerables maldiciones contra los ladrones de tumbas y conjuros contra los gusanos y las serpien- tes. Se constituyó también todo un arsenal mágico de pequeñas astucias y supercherías destinadas a impresio- nar a los demonios del más allá, haciéndose pasar por algún gran dios; se redactaron manuales de geografía infernal que permitían encontrar el camino a pesar de los obstáculos.
Por lo que respecta al destino de los muertos, Egipto no lo fijó jamás de un modo preciso. Se superpusieron y yuxtapusieron muy numerosas creencias. Así, se repre- sentaba al muerto como una estrella en el cielo nocturno (por esto es por lo que ante el alma, un pájaro con cabeza humana, se dibuja por lo general una pequeña lámpara), como un prisionero de su tumba, que no tenía otro deseo que el de no ser aplastado por el peso de la arena. También se imaginaba que los difuntos se trans- formaban en seres diversos, principalmente pájaros, escapando de este modo al mundo subterráneo. Sin em- bargo, las creencias más difundidas, las que justifican el culto funerario que conocemos, imaginan a la momia
dentro de la tumba con una vida análoga a la conocida sobre la tierra. Para ello, mediante una serie de opera- ciones mágicas, que se efectuaban en el transcurso de los funerales, era necesario devolver al cadáver o dotar a la estatua del uso de los miembros y de los sentidos. Estos son los bien conocidos ritos de la apertura de la boca. Después hacía falta asegurar a ese semivivo una subsistencia decente en su tumba mediante un servicio regular de ofrendas. En diversos momentos del año te- nían lugar libaciones y ofrendas de alimentos, cuya lista está, las más de las veces, recogida en las inscripciones de la tumba, puesto que se esperaba que en caso de desaparición del servicio real, la recitación de la fórmula aportaría cuando menos algún consuelo al señor de la tumba. Por fin, anualmente se celebraban en las necró- polis grandes fiestas familiares a las que se invitaba a los difuntos. En ellas se comía y se bebía abundante- mente, y en ocasiones se gozaba del espectáculo de dan- zarinas y de músicos contratados a tal efecto.
El culto regular requería lógicamente la existencia de rentas vinculadas a la tumba, de manera que todo Egipto se habría convertido pronto en un mosaico de bienes amortizados, si no se hubiesen olvidado a menudo los derechos antiguos. Como los descendientes de los muer- tos no disponían siempre del tiempo o de las ganas de ocuparse por sí mismos del culto a sus antepasados, se instituyó rápidamente una profesión de especialistas, los sacerdotes funerarios, quienes a cambio del disfrute de las rentas de la tumba se encargaban de las ofrendas. En la época baja en particular, se habían convertido en verdaderos empresarios que administraban multitud de sepulturas, a veces organizando cooperativas en antiguos sepulcros abandonados, y traficando con sus cargos como otros traficaban con cualquier otra propiedad.
Por otra parte, como medida complementaria de se- guridad, se ponían en el panteón, cerca de la momia,
ofrendas reales o ficticias que la magia permitía con- vertir en dones para siempre frescos e inagotables. Puesto que la vida de ultratumba era el reflejo de la vida te- rrestre, se tomó también la costumbre de enterrar junto a los muertos figurillas de mujeres desnudas, a menudo con los pies y las m3nos mutilados para impedirles huir
o molestar.
En fin, en ese reino copiado del de los vivientes, ha- bía que temer también al trabajo y a las prestaciones personales. Era necesario cultivar los campos, abrir ca- nales, transportar la tierra. A nadie le gustaba esa pers- pectiva: por eso en ciertos sepulcros del Imperio Medio se reproduce el texto de un decreto de inmunidad for- mulado por Atum, el dios soberano, en favor del muerto y de los suyos. Otro método, que conoció el favor popu- lar a partir del Imperio Nuevo, consistía en depositar en las tumbas figurillas de obreros equipados con azada y costal, que debían responder a la llamada del trabajo en lugar de su señor y a las que por esa razón se llamaba «ayudantes» o uchebtis. Las tumbas ricas los tenían por centenares, uno por cada día del año, más los jefes de decenas, esmeradamente modelados y con una inscripción con la promesa de sustituir al propietario cuando hiciera falta. Los pobres se contentaban con menos. Pero por miserable que fuese, no había ningún egipcio que no se pudiese procurar algún esclavo de arcilla, aunque no tuviese más de tres o cuatro centímetros y una apariencia apenas sugerida. Gracias a él, el ciudadano egipcio po- día tener asegurada la paz en el reposo eterno, al abrigo del trabajo, que había constituido su único horizonte terrestre.
Así habían sobrevivido los más antiguos reyes en sus espléndidas tumbas. Cuando se generalizó la doctrina, los reyes-dioses desearon acentuar su divinidad, y éste es el motivo del desarrollo de las teorías solares de las que 182
hemos hablado tan largamente. De aquí surgió la tumba pirámide, cuya forma más antigua es la de una escalera gigantesca que permitía subir al cielo.
Sin embargo, desde la época antigua, al lado de las doctrinas que acabamos de considerar y que consistían de hecho en la imitación del faraón, apareció otra pro- mesa de supervivencia bajo la forma de la imitación de Osiris. Nos hemos encontrado a menudo con este dios, cuya capacidad de renovación ha servido para expresar toda la vitalidad de Egipto. Gracias a los ritos que repe- tían para cada uno lo que Isis había realizado para su esposo asesinado, cualquiera podía convertirse en Osiris sin perder su propia identidad, con el nombre de «Osi- ris N. N.»: se recibía simplemente una capacidad, la de la renovación hasta el infinito, pero no una nueva per- sonalidad. Se consideraba a cada momia como el cadáver reconstituido de ese dios, al que en algunos textos se llama la Vida, de modo que se tenía la esperanza de poder escapar definitivamente de la muerte. Se compren- de que a finales de la historia egipcia, por una extensión lógica, todo lo que haya vivido pueda convertirse en Osiris y que para asegurar su total conservación fuesen embalsamados millones de animales, en una época en la que el escepticismo y la miseria nacionales imponían el refuerzo de todas las medidas conservatorias. El papel de imitación del dios aparece particularmente en la apo- teosis de los ahogados, de la que se conocen numerosos ejemplos en la época baja. Habiendo muerto ahogado Osiris, según una tradición, cualquiera que pereciera como él se convertía automáticamente en una especie de santo; la heroización llegaba en algunos casos tan lejos que se edificaban templos en su honor. Citemos como ejemplos a Peteisis y Pahor, venerados en Dendur, en Nubia, y al más célebre de todos, Antínoo.
Frente a estos aspectos mágicos de la religión funera- ria egipcia se puede decir que el aspecto moral ofrece
un triste panorama. Es verdad que el corazón del hombre es su testigo ante el tribunal de Osiris. Pero era un testigo corrompido, y muy miserable tenía que ser aquel que la «comedora» devorara, para no haber podido ha- cerse dotar a su muerte de un corazón de piedra, a fin de ser proclamado «justo» sobre la base de sus declara- ciones. Aquí aún se trata de imitar a Osiris, quien fue absuelto de las acusaciones de Seth, su asesino, y triunfó así sobre él. La cuestión de si el tribunal fue en sus orí- genes un verdadero tribunal, como algunos han preten- dido, tiene poca importancia, puesto que en el más allá egipcio no existe ninguna retribución real de los actos terrestres.
Nadie ha pensado, parece, en identificar a los conde- nados clavados en los márgenes del río infernal con indi- viduos conocidos. Sólo mucho más tarde, en los comien- zos de la era cristiana, se encontrará en un papiro demótico una versión egipcia de la parábola de Lázaro y el rico Epulón.