Hemos visto cómo la muerte, y siempre dentro de la teoría reencarnacionista, es en realidad el nacimiento a una nueva forma de vida que hemos denominado Post-vital (P V). De acuerdo con estas teorías, una vez hemos nacido a la PV empieza a elaborarse un proceso que se correspondería a la siguiente secuencia:
En primer lugar el ente que acaba de nacer a su nuevo estado PV no pierde la conciencia del Yo, es decir, se sigue sintiendo a sí mismo como «fulanito de tal»; y su primera sensación es la de novedad ante su nuevo estado, novedad sentida a veces de forma angustiante y otras de forma perpleja pero estimulante. Esta reacción ante el nacimiento de la PV es en el fondo la misma que en la vida camal experimentamos en el momento de nacer, en el que el abandono de la tibieza amniótica y la entrada a una desnudez que nos es nueva es vivida como algo a veces estimulante o a veces traumático (l Cuadrante). Es curioso que el nacimiento camal supone para el niño la salida a través de un túnel hacia una difusa luz exterior y que, por otra parte, las experiencias que han comentado personas clínicamente muertas que luego han recuperado la vida describen la vivencia experimentada en términos semejantes: la sensación de verse empujados por un túnel en cuyo final se captaba una luz resplandeciente.
Una vez superada esa fase de perplejidad el ente entra en una segunda etapa. En ella la imagen del Yo persiste todavía, en ella se produce un encuentro sorpresivo con otros entes, y en ella también el ente vive una experiencia hasta cierto punto lúdica al descubrir las nuevas y desconocidas facultades que su nuevo estado le proporciona (incorporeidad, transparencia, suprafacultades, etc.). Ese contacto con «los otros» y ese descubrimiento de sus propias facultades se corresponden a lo descrito en su momento como contenidos del ll Cuadrante.
Se inicia después una tercera etapa a la que frecuentemente se denomina Segunda Muerte. En esta fase el sentido del Yo se desdibuja y el ente establece relaciones con los otros entes en una actitud de entrega, de participación en el proceso de los demás hacia su perfección. Estamos entrando en el equivalente al III Cuadrante puesto que en la vida carnal una vez apuntalado y conocido el Yo nos despreocupamos de él para entregar nuestras facultades en beneficio de los otros. Una de las características de la madurez es el abandono de las actitudes egocéntricas en un proceso en el que los otros son cada vez más importantes en detrimento de la importancia de nuestro Yo.
Ese proceso PV que en el fondo resulta semejante al proceso evolutivo de nuestra V se acerca al IV Cuadrante, al Cuadrante del Premio. A través de ese
proceso descrito, el ente ha adquirido un cieno nivel de evolución hacia la fusión con el Todo siendo esa fusión el premio supremo de la intencionalidad Universal. Alcanzando pues ese nivel de evolución el ente puede escoger entre quedarse en él o en seguir elaborando su propia perfección. Si la opción es esta última el ente acepta una nueva reencarnación en la que asume el esfuerzo de seguir elaborándose. El ente acepta morir en la PV y entra de nuevo en un ciclo vital. El temor de los entes cuando se reencarnan es el mismo que el Ser Humano cuando se acerca a la desconocida puerta de la muerte carnal. Es interesante comentar que en casos de muerte clínica, a la que ya nos hemos referido, quienes comentan sus experiencias indican que la sensación de reentrada al cuerpo va acompañado frecuentemente de una sensación de absorción angustiante.
Como se ve, existe un claro paralelismo entre el proceso evolutivo del ente en la vida PV y el que sigue el Ser Humano reencarnado en su vida física. Ahora bien: ¿De dónde sale esta teoría que acabo de exponer y en la que se aprecia ese curioso paralelismo entre V y VP?
Desde luego si bien a grandes rasgos hay una coincidencia entre los distintos grupos evidentemente con contenidos religiosos que sustentan las teorías reencarnacionistas, el detalle de lo que podría ser el proceso PV con esas cuatro etapas que hemos reseñado es extraordinariamente variable y en muchos casos hasta casi fantasmagórico. Sin embargo me llamaron poderosamente la atención las anotaciones que se reflejaban en un libro cuyo título en español es En el más allá1 ( 1.Paul Beard, En el más allá, ed. Obelisco, Barcelona, 1985) y cuyo autor es Director del Centro de Investigaciones Psicológicas de Londres.
En esta obra Paul Beard recoge gran cantidad de transcripciones directas de las distintas manifestaciones de médiums. A través de estos médiums distintos entes manifestaban su estado y situación. Beard recoge en su libro más de trescientos «mensajes» y procede posteriormente a agruparlos en función de lo que tuvieran en común. Y es así como Beard y sus ayudantes establecen estos cuatro niveles de evolución en la vida PV que hemos señalado. La lectura de este libro me impresionó profundamente sobre la base de dos observaciones que destacan en su lectura.
En primer lugar esa correlación entre las etapas evolutivas en la vida carnal por una parte y en la manifestación PV por la otra no se resaltaba en el libro de referencia; Beard no señalaba esa coincidencia sino que fui yo el que me di cuenta de la coincidencia en cuestión.
La segunda característica que me llama la atención en lo que en el libro de referencia se manifestaba, era la calidad de los mensajes que los médiums iban expresando. Estos mensajes se caracterizaban por un profundo misticismo en resonancia con los mensajes místicos más elocuentes que la Humanidad ha recogido de entre sus componentes. Lo que allí se decía podía haber sido firmado por Eckhart, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Lao Tsé y distintos maestros Sufís. Me resultaba inconcebible que unos médiums ni aún
en estado de autosugestión pudieran expresarse en términos de tan profunda calidad; y aún más inconcebible me resultaba la posibilidad de que personas capaces de expresarse a unos niveles tan altos estuvieran prestándose a un montaje, a una escenografía y, en definitiva, a una falacia.
Debo reconocer que en la duda entre «reencarnación sí o reencarnación no» este libro influyó en que mi opinión (que no mi certeza) se inclinara hacia el primer presupuesto.
Admito así mismo que pueda influir en mi toma de postura ese deseo de supervivencia, esa resistencia a la NADA que yo tengo, como pienso que tienen casi todos los Seres Humanos.
Debe admitirse que si el paulatino acercamiento hacia un Todo o hacia el inexplicable rostro de un Ser Infinito es cierto, es más consecuente la teoría reencarnacionista que convierte ese acercamiento en un proceso, que una teoría tradicional católica o cristiana en el que el encuentro con el Todo se juega a una sola carta. La reencarnación entraña, como acabo de decir, un concepto de proceso en donde el mal no existe sino que existe una paulatina evolución de lo imperfecto hacia lo perfecto, mientras que en otras teorías el mundo queda escindido en la infantil clasificación de los Buenos y los Malos.
Por supuesto la teoría reencarnacionista plantea ante la lógica humana gran cantidad de agujeros negros pero con todo, los huecos y las perplejidades que plantea no son mayores que las que puede plantear otra concepción de Trascendencia.
Quiero señalar, por último, que tal como se manifiestan los contenidos de la obra de Paul Beard, una vez muerto el ente en su vida carnal y nacido a su vida PV éste mantiene una cierta «relación» con el entorno en el que transcurrió su vida carnal de la misma forma que en el salto del interior del cuerpo materno al exterior del mismo no supone la ruptura del niño en su relación con la Madre. Y de la misma forma que en su vertiente carnal el niño va desprendiéndose de la Madre para interesarse primero cada vez más en sí mismo y luego cada vez más en los otros, en la expresión PV sucede lo mismo y el ente más que romper con su vida carnal se aleja de ella en su proceso perfeccionador. Pero es más, así como un niño cuyos padres retienen su evolución a través de una sobreprotección en el fondo egoísta acaba sintiéndose «ahogado», absorbido, los entes en su expresión PV no viven con agrado las lacrimógenas exigencias de sus compañeros de vida carnal, ni aceptan de buen grado que a través de evocaciones de diverso tipo se requiera su presencia, que es vivida por el ente con la misma sensación de interferencia en su vida que pueda sentir un Adulto carnal cuando los protagonistas de su infancia, ni aunque sea en nombre del amor, se cuelgan de sus faldones impidiéndoles vivir su propia adultez.
Es interesante resaltar que en algunas ocasiones, y a modo de pura especulación intelectual, he comentado con ciertos consultantes la interpretación de su Tema Astral desde un punto de vista reencarnacionista, tal
y como he hecho en el Capítulo anterior con el personaje de la Figura 18, al que tantas veces nos hemos referido. En general mis consultantes son personas que buscan una solución a su entramado Psicológico y algunos ven con sorpresa que para «enfocar» su caso yo utilice su Tema Astral que levanto casi a vuelapluma en la primera o segunda entrevista con mi consultante; esa sorpresa la combato explicando con sinceridad mi propio proceso intelectual en el que no me fue posible darle la espalda a la realidad que contra toda lógica el mundo de la Astrología me ponía delante; mi segunda forma de enfrentarme a la sorpresa de quien me consulta es adivinando rápidamente cuatro o cinco características de mi interlocutor a través de la posición de algunos Planetas destacados y de la mezcla Signo-Ascendente; el interlocutor se siente inmediatamente “tocado” y se diluye cualquier vertiente negativa inicial.
En algunas ocasiones el tema de conversación con el consultante toca precisamente la cuestión reencarnacionista; en tales casos expongo mi opinión resaltando siempre el hecho de que lo que estoy hablando no lo puedo sacar del marco de la hipótesis. Pues bien, frecuentemente al hacerle su interpreta- ción esotérica sobre su Tema Astral el consultante se siente muy referenciado señalándome que estoy describiendo la manera espontánea de ser del consultante hasta su pubertad; como es sabido el entramado psicológico que el niño va grabando en orden a sus frustraciones profundas, sus temores existenciales y sus Defensas Inconscientes, ese entramado, digo, se establece lentamente de tal forma que durante un largo período que los Psicoanalistas denominan latencia, el niño actúa de una forma desinhibida y espontánea; a partir de cierto momento que de forma no matemática puede situarse alrededor de los once años empieza a cuajar y a manifestarse ese mundo Psicológico interno que «aprisiona» a la persona; pues bien, frecuentemente el consultante me indica que ese personaje teórico que he descrito como una reencarnación anterior se ajusta con gran facilidad a la época del niño desinhibido y anterior a la aparición de sus traumas. En otras ocasiones el consultante me señala que el personaje dibujado se corresponde a una secreta complacencia de un personaje que en la fantasía del consultante aparece muchas veces como una especie de «tentación» compensatoria; algo así como si dijera: «no soy ése, sé que no debo ser como ése, pero muchas veces ensueño que soy un personaje como ése».