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Las evidencias observacionales del sistema copernicano

In document El Big Bang y la física del cosmos (página 41-45)

En 1610 Galileo publicó un libro titulado Sidereus Nuncius, que puede traducir- se como Mensajero Celestial que describe los descubrimientos que había hecho con el telescopio. Observó al planeta Júpiter con cuatro planetas más pequeños que giran a su alrededor. Después fueron llamados satélites por Kepler y otros astrónomos y hoy sabemos que Júpiter tiene al menos doce. La existencia de tan solo uno de ellos era un golpe a las ideas tradicionales por dos razones; una de ellas era que, muchos filósofos estaban convencidos de que existían exactamente siete cuerpos celestes. Otra razón, es que mientras todos los restantes objetos celestes parecían girar alrededor de la Tierra, los satélites de Júpiter giraban a su alrededor; por lo tanto, la Tierra no era el centro de rotación de todos los cuerpos del Universo.

Vio que la superficie de la Luna no es lisa, uniforme y perfectamente esférica como creían un gran número de filósofos (también lo creían de otros cuerpos celestes), sino desigual, rugosa y llena de cavidades y prominencias, como la su- perficie de la Tierra, y algunas de las montañas tienen seis kilómetros de altura. Las estrellas fijas no parecen mucho mayores cuando se observan a través del telescopio, casi todas se ven como puntos luminosos. Galileo llegó a la conclusión

de que su tamaño aparente, visto a ojo desnudo, era confusamente grande. Se las puede imaginar increíblemente alejadas sin necesidad de atribuirles un tamaño inmenso, lo que tiene que ver con el problema de la ausencia de paralaje. La Vía Láctea, que aparece como una región continua de luz a simple vista, se descom- pone mediante el telescopio en miles de estrellas individuales. Tales hechos no podrían explicarse fácilmente por quienes creen que el Universo se había creado exclusivamente en beneficio del hombre. ¿Por qué Dios pondría cosas invisibles en el cielo?

Muchos de sus contemporáneos no aceptaron la validez científica de sus descubrimientos realizados utilizando el telescopio, se sabía que con lentes se podía realizar trucos visuales. Ya vimos que el único científico que apoyó públi- camente a Galileo en su tiempo fue Kepler. Galileo pensaba que los opositores a la teoría heliocéntrica verían, como con sus propios ojos, lo absurdo de las obje- ciones hechas al sistema de Copérnico; pero los hombres creen solamente lo que están dispuestos a creer. Estaban convencidos de hallarse adheridos con seguri- dad a los hechos, de que la teoría heliocéntrica era evidentemente falsa y estaba en contradicción tanto con las observaciones de los sentidos como con el sentido común, además de las herejías teológicas implícitas en el modelo heliocéntrico.

¿Es finito o infinito el Universo de Galileo?Koyré (1979) expresa que en el de- bate acerca de la finitud o infinitud del Universo, el gran florentino se abstiene de tomar partido. Parece no haber llegado a una conclusión sobre el asunto e incluso parece considerar la cuestión como insoluble, aunque se inclina por la infinitud. No admite, en contradicción con Ptolomeo, Copérnico y Kepler, la limitación del mundo o su encarcelamiento en una esfera real de estrellas fijas y también recha- za la idea de que el universo posea un centro en el que se sitúe la Tierra o el Sol.

Llegamos al final de nuestro recorrido histórico

La Inquisición advirtió a Galileo en 1616 que dejara de enseñar la teoría de Copérnico pues se consideraba contraria a las Sagradas Escrituras. Mientras Co- pérnico había invocado todavía la doctrina de Aristóteles para hacer plausible su teoría, Galileo no podía suprimir lo que él profundamente creía era la verdad. Urgía la aceptación del sistema heliocéntrico por sus propias características de simplicidad y utilidad, sin que tuvieran que ver en las mismas cuestiones como la fe y la salvación. Ésta fue la gran ruptura. En 1632, después de hacer los cambios requeridos, obtuvo el permiso de la Inquisición para publicar el trabajo “Diálogo

sobre los dos grandes sistemas del mundo”. Posteriormente a la publicación los inquisidores se dieron cuenta que había intentado soslayar la advertencia de 1616. Además, las opiniones expresadas por Galileo y el deseo de la Inquisición de de- mostrar su poder ante la herejía se unieron para llevarle al castigo.

Galileo, en realidad, era muy devoto. En sus cartas de 1613 y 1615 expresaba que la mente divina contiene todas las leyes naturales y que las ojeadas ocasiona- les de éstas que el investigador humano puede lograr laboriosamente constituyen pruebas y revelaciones directas de la divinidad tan válidas y grandiosas como las que figuran en la Biblia. Estas opiniones pueden considerarse síntomas de pan- teísmo, una de las herejías por las cuales Giordano Bruno había sido quemado en el patíbulo en 1600. Galileo no ayudó a su causa, pronunciando frases como las del cardenal Baronius: “El Espíritu Santo intentó enseñarnos en la Biblia cómo ir al cielo, no cómo los cielos van”. Sobrevino la tragedia para Galileo; viejo y enfermo, fue llamado a Roma y confinado durante unos meses. Fue juzgado en ausencia, amenazado con tortura, inducido a juramento de que renunciaba a la teoría de Copérnico y, finalmente, sentenciado a confinamiento perpetuo.

Galileo constituye un ejemplo para la humanidad de que la demanda de obe- diencia espiritual e ideológica lleva consigo la obediencia intelectual. Su “Abjura- ción” fue mandada a leer desde los púlpitos en toda Italia y hecha pública como una advertencia. Pero la historia se ha encargado de mostrar que la ciencia no puede florecer sin libertad. La lucha del autoritarismo contra la ciencia, de la ig- norancia contra el conocimiento, no ha disminuido desde los tiempos de Galileo. Aunque el Vaticano no anunció hasta 1968 que podía ser adecuado revocar la condena de 1633, afortunadamente las consecuencias científicas de su trabajo no se retrasaron tanto. Antes de transcurridos cincuenta años de la muerte de Galileo apareció el gran libro de Newton, Principia, que integraba brillantemente el trabajo de Copérnico, Kepler y Galileo con los principios de la mecánica.

“Tengo la impresión al leer esta página, de que ya he leído algunas de las palabras que figuran en ella; y recuerdo frases casi idénticas que he visto en otra parte. Me parece incluso que aquí se habla de algo que ya he men- cionado en estos días… pero no puedo recordar de qué se trata. Tal vez tenga que leer otros libros.

¿Cómo? ¿Para saber qué dice un libro debéis leer otros? A veces es así. Los libros suelen hablar de otros libros”.

(Diálogo entre Fray Guillermo y su discípulo Adso en El nombre de la Rosa de Humberto Eco, 1980)

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