CAPÍTULO 5. DIMENSIÓN JURÍDICA DE LA CREACIÓN DE UN NUEVO
6.2 Los actores y sus argumentos
6.2.1 La Gestora Pro-Ayuntamiento de El Algar
6.2.1.2 Las ideologías del movimiento segregacionista
Esta situación de desconfianza hacia el poder político que estamos contemplando, no sólo se produce con respecto a la Administración sino que, también expresión de la pérdida de confianza en las organizaciones políticas tradicionales, entronca con una característica definidora de los nuevos movimientos sociales. Enorme escepticismo hacia los cauces participativos existentes en las actuales democracias occidentales con un alto grado de independencia (LARAÑA, 1993). Se buscan además formas alternativas de participación más directas y próximas a los colectivos concernidos, tanto es así que los movimientos sociales, en muchos casos, se alejan del debate político para desplazarse a ámbitos cotidianos de la vida de los actores. Las ideologías políticas pasan a un segundo plano o están desprestigiadas, entendidas como sistema codificado de creencias. Quizá sea más apropiado, a juzgar por lo que nos cuentan nuestros informantes, hablar de marcos cognitivos en cuanto a esquemas interpretativos que emplean estos actores para organizar su experiencia y dotar de significado a situaciones y acontecimientos que se producen en el entorno (LARAÑA, 1999). Desde los primeros momentos tras la muerte de Franco se pone en marcha el movimiento pro-ayuntamiento. Preguntamos a uno de sus promotores por la militancia política de aquel primer equipo de personas que lideraron el proceso y esta fue la respuesta: “Ninguno de nosotros militábamos” (E 2).
A mediados de los años 80 reaparece nuevamente con intensidad la reivindicación segregacionista, pero siempre siguiendo el mismo comportamiento político: la independencia partidaria. Cada persona a título individual tiene el derecho a formar parte de organizaciones políticas, pero el movimiento social se preciaba de no estar manipulado por ninguna sigla. Ni la asociación de vecinos: “Éramos independientes, no comprometidos con nadie. ¿Ideología? No entendíamos de esos temas. ¡Ojo!, ni la asociación de vecinos,
ni este movimiento entendíamos de política. Había otros medios para hacer política” (E 12).
Para la mayoría de los entrevistados no es la fuerza política, ni la ideología que pueda regir la futura institución municipal lo que más interesa ni preocupa, sino obtener la respuesta a sus demandas sociales más acuciantes. La prioridad actual es, por tanto, dotarse del instrumento que facilite el acercamiento entre Administración y administrados. Las opiniones son bien elocuentes: “A mí me da igual el color político, quiero una gestión directa, no tener que solicitar mediante escritos a Cartagena las cosas” (E 15).
“Pero vamos, los pueblos ahora mismo no estamos para entrar en la lucha entre ideologías, ni entre partidos. Eso vendrá después… Ahora debemos conseguir un mayor grado de descentralización: entidad local, nuevos municipios. La ideología es un lujo para un momento posterior que ahora no nos podemos permitir” (E 6).
A continuación comprobaremos cómo un destacado veterano socialista algareño muestra su decepción con respecto a su propio partido por la actitud de éste, contraria a la segregación en la etapa en que presidía la asociación de vecinal. La solución no está en que gobierne un partido determinado frente a otro, da exactamente igual porque el problema radica en la estructura municipal cartagenera, que por su gran extensión territorial y su centralismo funcional no atiende correctamente las necesidades de los ciudadanos en sus numerosos núcleos poblacionales. Unido esto a la experiencia que se nos ha narrado de militantes populares contrarios a las directrices de su propio partido, verificamos una vez más que este proceso de cambio social propuesto está impulsado por agentes colectivos distintos de los partidos políticos. Por ello, discurre por cauces marginales con respecto al orden político tradicional, lo que explicaría la creación del PIMM como partido político independiente, de indefinida ideología y expresión política de la reivindicación municipalista. Los partidos clásicos han perdido credibilidad ante los vecinos como centros simbólicos que encauzan la participación ciudadana y la actividad política institucional: “Los socialistas de Cartagena me han defraudao. Pero es que el pueblo tenía muchas necesidades. Y las tiene, y no podían acudir” (E 1).
El mismo entrevistado nos aporta otro dato explicativo de la falta de implicación de los partidos tradicionales con representación en el Consistorio cartagenero, cual es la rentabilidad electoral. Aquel partido político que muestre su apoyo a la creación del municipio algareño está manifestando su conformidad con la pérdida de territorio, población, riqueza material y, me atrevería a decir, prestigio político del municipio de Cartagena. Y eso debe de tener un coste electoral en Cartagena, cabecera municipal: “Nunca apoyó ningún partido porque era ganar aquí 500 votos y perder 5000 votos en Cartagena” (E 1).
Las tres bases sobre la que se sustenta la estructura organizativa del movimiento segregacionista son la asociación de vecinos, la gestora pro- ayuntamiento y el PIMM. Tres organizaciones con autonomía orgánica pero con idéntico objetivo, tanto es así que no todos los partidarios del nuevo
ayuntamiento militaban en los tres colectivos socio-políticos. Nuevamente aparece el tema de la desconfianza hacía los partidos clásicos, pues la condición de persona o partido independiente goza de un cierto prestigio entre los movimientos sociales porque, según la Real Academia Española de la Lengua, se define como independiente a la “persona que sostiene sus derechos u opiniones sin que la dobleguen respetos, halagos o amenazas”.
“Muchas personas estamos en los tres sitios. Pero había gente, sobre todo muy del PSOE en la Gestora que no querían el PIMM, porque restaba votos al PSOE. Les demostrábamos que quitaba votos al PSOE y al PP. Había un grupo que sí estábamos en los tres colectivos, pero cuidábamos que no hubieran interferencias” (E 4).
No debemos pasar por alto la dimensión territorial de los actores pertenecientes al movimiento social que estudiamos. Nos referimos al grado de compromiso de los vecinos de los pueblos limítrofes incorporados al proyecto municipalista. Ciertamente no fue igual al de los algareños, aunque existiesen votantes y militantes del PIMM o firmantes a favor del expediente de segregación. Por lo cual podemos afirmar que fue, fundamentalmente, una reivindicación propia de los algareños: “Nunca ha habido una implicación del resto de pueblos, sí personas a título particular. Se han hecho reuniones en La Puebla, en Los Urrutias con representantes y vecinos, en El Llano” (E 3).
Aunque esta apreciación no se comparte por parte de nuestro informante poblense, a juzgar por la fuerza electoral del PIMM y por el número de firmas obtenidas en La Puebla para apoyar la segregación.
“El pueblo somos del PP, desde cuando era pecado ser del PP. Cuando entró el PIMM, el partido más votado fue el PIMM. Fue cuando los cortes de la autovía, iba gente de La Puebla a las manifestaciones y hubo palos”.
“No teníamos nada. Tercermundistas. Se pusieron en contacto con la asociación de vecinos, hicieron visitas al pueblo, se recogieron firmas, de hecho se recogieron las que ellos pretendían. Se necesitaban la mitad más una (de los nominados en el censo electoral) y se alcanzó más del 70%. Estuvo aquello muyintegraoen el pueblo” (E 16).
Tras escuchar los testimonios de los protagonistas nos seguimos preguntando sí el movimiento pro-ayuntamiento de El Algar es de izquierdas o de derechas. Lo hacemos porque esta cuestión ha formado parte del debate político, tanto en el seno del movimiento descentralizador como en la catalogación que se hacía desde fuera. Y no nos extraña nada por cuanto forma parte de la tradición política occidental. Para responder a esta cuestión debemos comenzar por establecer si esa catalogación de ideologías sigue siendo válida para nosotros. Creemos que, en efecto, siguen vigentes en la catalogación de los distintos ideales políticos, aunque no sean conceptos ni mucho menos absolutos, sino históricamente relativos. Bobbio sostiene que derecha e izquierda son dos conceptos espaciales, no ontológicos y que no tienen contenido determinado y constante en el tiempo. Lo mismo que el concepto de igualdad, ideal que para él distingue a derecha e izquierda, aunque sea relativo, no absoluto. Por ejemplo, la igualdad puede ser
considerada negativamente como mera nivelación y la desigualdad puede interpretarse positivamente como reconocimiento de la singularidad de cada individuo, de su afán de búsqueda de la excelencia. La izquierda, en nuestra opinión, parte de la convicción de que las desigualdades son sociales y por tanto eliminables. Por su parte, la derecha contempla las desigualdades como naturales y, por ende, no eliminables. Su actitud es más bien tradicionalista, partidaria de la continuidad del orden jerárquico.
Por su parte, el profesor Elías Díaz considera signos identitarios de la izquierda una mayor predisposición a la distribución y nivelación de rentas en su política económica, un mayor aprecio en la organización social hacia lo público y común, promoviendo para ello valores de cooperación en lugar de la competición. Por otro lado, prestan más atención a los movimientos sociales con sus demandas pacifistas, feministas, ecologistas, pro-derechos humanos, etc. Insisten en la prioridad para todos de necesidades básicas como la sanidad, la educación o la vivienda y tienen una mayor sensibilidad y amistad internacional hacia los pueblos de las áreas pobres y dependientes (DÍAZ, 1991). Debo reconocer, sin embargo, que esta caracterización de la derecha y la izquierda remite a un modelo ideal que no suele funcionar en la práctica política (MONTES, 2012).
El movimiento algareño guarda relación con la izquierda en su afán de remover todos los obstáculos para que se dé la mayor igualdad posible entre ciudadanos del medio rural y ciudadanos del medio urbano. Por ello, se debe, llevar a cabo un proceso emancipador de los vecinos más perjudicados por el centralismo municipal. Afirman que los desiguales deben de ser tratados de manera desigual, es decir, deben ser beneficiarios de una acción política que se ha llamado “discriminación positiva” para que paulatinamente se vayan igualando los niveles de calidad de vida y se cumpla la Constitución y toda la legislación básica cuando afirma la igualdad de todos los españoles ante el acceso de los servicios y bienes sociales. El movimiento algareño comparte con la izquierda la tendencia a suprimir aquellas causas que los convierte en desiguales, favoreciendo las políticas que tienden a convertir en más iguales a los desiguales.
Otros autores sostienen que se debe partir del concepto de poder, con lo cual se enriquece sin duda la aportación de Norberto Bobbio. Para la derecha supone principio de cohesión social y la izquierda se preocupa por el abuso de poder. Así, los primeros temen la anarquía y los segundos la oligarquía (CONFRANCESCO, 1993). En este sentido el movimiento de El Algar se muestra partidario firme de un poder municipal descentralizado, compartido a lo largo y ancho del término municipal cartagenero mediante órganos como las Juntas Vecinales Municipales, Entidades Locales Menores e incluso constituyendo nuevos municipios, si así lo deciden mayoritariamente los propios vecinos. La derecha es más proclive a la moderación a la hora de aplicar este tipo de medidas, agotándose su propuesta en las Juntas Vecinales, sin plantearse siquiera las Entidades Locales Menores.
En las entrevistas etnográficas realizadas a los principales dirigentes vecinales, estos se definían a sí mismos como de izquierdas, haciendo constar
que sus simpatías u opciones partidarias no les impedían centrarse en la lucha vecinal que para ellos constituía la máxima prioridad. Nuestra particular observación nos lleva a opinar que se situarían en el espectro del llamado centro izquierda, a la vez igualitario y libertario. Pero, por otro lado, siempre se ha relacionado a la derecha con la defensa del pasado, la tradición y la herencia. Valores que son observados por el movimiento algareño cuando defiende la recuperación de festejos y actividades tradicionales que la vinculan con su pasado agropecuario como la Fiesta de la Trashumancia. Tal vez puedan ser calificados, tanto el PIMM y como el MC, como partidos de centro, espacio intermedio entre la izquierda y la derecha, pero que su existencia no invalida la propia existencia de la izquierda y la derecha, como “entre el blanco y el negro, puede estar el gris” (BOBBIO, 1995: 55). Por otro lado, se habla de nuevos movimientos transversales. Así los denomina porque no se ubican en un campo ideológico definido, pasando de uno a otro en cualquier momento, según el asunto abordado. Un ejemplo pudieran ser los partidos verdes (BOBBIO: 1995,16). ¿Es el movimiento descentralizador algareño un caso de movimiento social de los llamados transversales?