11. El surgimiento de la vida
11.6. Las microzimas
Se les denominó en un comienzo «los coloides de la luz» o «polvo cósmico» y se consideró que daban origen a la vida biológica. Es decir que este «polvo cósmico» es la parte más pequeña de vida que existe en el universo. Esta apreciación coincide con la teoría de la panspermia. En este planeta lo conocemos con diversos nombres, pero es la misma materia primaria del inicio de la vida. Bechamp los llamó microzimas, otros las llaman nanobacterias y recientemente un grupo australiano los denomina «nanobios», ya que miden solo treinta nanómetros. Los primeros
nanobios fueron descubiertos en 1998 por un grupo de científicos, dirigidos por Philippa Uwins de la Universidad de Queensland de Australia (107), en las profundidades de la corteza terrestre, muy por debajo de la plataforma continental de Australia. Presentan distintas morfologías, que presumiblemente podrían corresponder a diferentes etapas de su ciclo vital. En la actualidad se intenta secuenciar su ADN. Estos seres son los más pequeños organismos microscópicos que conocemos. Todos los microorganismos conocidos por la ciencia (bacterias, hongos, levaduras, microbios, etc.), así como las células y los glóbulos sanguíneos, están formadas a partir de estos seres nanoscópicos o microzimas. La vida de un ser vivo empieza y termina en ellos. El término «nanobio» se utilizó para diferenciarlos de los microbios. Se pueden confundir con las nanobacterias, que serían más grandes y por ello, diferentes. Los nanobios tienen un tamaño entre veinte y ciento cincuenta nanómetros de longitud, es decir, diez veces más pequeño que las bacterias más pequeñas conocidas, y tienen una morfología similar a un actinomycetes y algunos tipos de hongos. Actualmente, existe un debate científico en relación con la naturaleza de estas estructuras o formas de vida, ya que tienen algunos componentes de los organismos vivos como carbono, oxígeno y nitrógeno y otros no tan típicos, como el silicio.
Antonie Béchamp (1816–1908), biólogo francés, consideró que la enfermedad causa gérmenes (ver foto). Fue el primero que sintetizó el preantibiótico «ácido paminofenilarsénico». Defendió que “todas las
materias orgánicas naturales (materias que vivieron alguna vez), protegidas absolutamente contra los gérmenes atmosféricos, invariable y espontáneamente, se alteran y fermentan porque ellas necesariamente tienen dentro de sí mismas los agentes de su espontánea alteración, digestión y disolución”. Con su investigación, Béchamp fundó las bases del pleomorfismo (la supuesta habilidad de los organismos de cambiar de unas formas a otras). Afirmó que las células de nuestro cuerpo no son atacadas por los gérmenes externos que portan las enfermedades, como afirma la teoría hoy en día aceptada, de Louis Pasteur (1822–1895), quien fuera su contradictor, sino que nuestras células se deterioran o se dañan por el estrés de la vida diaria o por toxinas introducidas (físicas o químicas), y que se degeneran hasta un punto en el que se debilitan, envenenan o enferman. Bajo esta situación aumenta su condición ácida, destruye su propio tejido mediante el uso de lo que él llamó microsomas que están siempre presentes en la célula. Básicamente, Béchamp descubrió que las células se autodestruyen si se contaminan o degeneran por un fenómeno conocido como apoptosis. Se debe mantener la célula sana y fuerte y de ese modo se desempeñará bien, pero si esto no ocurre y la célula se deteriora, los pequeños microsomas reaccionan a las condiciones pobres de ácidos de la célula o al daño causado por sustancias foráneas como las toxinas, y las fermentarán y destruirán (108).
Algunos creen que Pasteur desarrolló la teoría del monomorfismo con base en el trabajo de Antoine Béchamp y que él mismo no comprendió estos hechos hasta mucho tiempo después. Desde los primeros años del siglo XX varias publicaciones han dado testimonio de esto. Antoine Béchamp fue un investigador contemporáneo de Pasteur. Sus estudios cubrían la biología, la
microbiología, la química y la patología. Su trabajo fue extensamente documentado en los círculos científicos. Algunos contradictores acusan al famoso Pasteur de plagiar y distorsionar estos descubrimientos y ganar de ese modo un lugar inmerecido en la historia del pensamiento médico. Béchamp (109), recogió los puntos fundamentales de su teoría en su libro Blood and its
Third Element.
Frente al monomorfismo, Béchamp sostenía que los microorganismos podían desarrollarse a través de varias formas dentro de su ciclo de vida. Todos los microorganismos participan de esta propiedad. También descubrió que en la sangre habitan microbios que él llamó microzimas y tienen un papel importante en la fisiología. Se llaman genéricamente endobiontes, término que popularizó Günther Enderlein (1872–1968). Se les denomina así porque viven en el interior de otros organismos, de manera simbiótica sin afectarlos negativamente y se encuentran como remanentes en los fósiles o en las rocas calizas. También han recibido otros nombres, como biones por Wilhelm Reich (1897–1957), o somatides por Gastón Naessens (1924). Estos organismos cambian de forma para adaptarse a modificaciones del terreno y pueden volverse patógenos. Para Béchamp, la causa de la enfermedad está en el organismo mismo, es decir, la enfermedad siempre viene de adentro. Béchamp intentó demostrar que Pasteur estaba errado, ya que durante una infección esos organismos no entran de afuera sino que se encuentran adentro. Esta es la teoría del pleomorfismo. Claude Bernard (1813–1878) entró en esta discusión argumentando que lo más importante en el proceso de la enfermedad era el terreno del paciente, cuestión que Pasteur reconoció como válida, antes de morir. Los microbios cambian y se desarrollan como resultado de cambios en el terreno en el cual viven. La enfermedad como
proceso biológico se desarrolla dependiendo del medio interno. El aspecto determinante del terreno es el pH según lo refiere Keith L. Manchester (110).
Estos pequeños cuerpos tenían, según Béchamp, el poder de moverse, y eran más pequeños que cualquier microfito visto en fermentación; eran los fermentos más poderosos que encontrados. Su poder de movimiento y fermentación hizo que fueran considerados organismos vivientes. También creyó que podrían ser muy antiguos, y rastreó el bloque de caliza que había usado; vio que provenían del periodo terciario. Encontró que ese corte de piedra sin exponerse al aire, tenía maravillosos poderes fermentativos que él remontó a los mismos pequeños cuerpos que había encontrado en la fermentación en sus experimentos más tempranos. Concluyó que ellos debían haber vivido en la piedra por muchos miles de años, lo cual se comprueba con los descubrimientos de Philippa Uwins (107). En 1866 envió a la Academia de Ciencia una memoria titulada «El papel de la tiza en las fermentaciones butíricas y lácticas y el organismo vivo contenido en él». En este estudio, denominó a esos pequeños cuerpos como «microzimas», derivado del griego y que significa «pequeños fermentos». También estudió las relaciones de las microzimas de la tiza con las granulaciones moleculares de las células animales y vegetales, con muchos más exámenes geológicos, y escribió un estudio titulado «Sobre las microzimas geológicas de varios orígenes».
Para Béchamp, no es exageración decir que la existencia del hombre depende de la actividad de las bacterias. Sin las bacterias no podría haber ninguna cosa viviente en el mundo. Cada animal y
planta debe su existencia, a su vez, a la fertilidad de la tierra, y esta depende de la actividad de los microorganismos que habitan la tierra. Las bacterias encontradas en el hombre y en los animales no causan enfermedad. Tienen la misma función que las encontradas en la tierra, o en los desechos, o en cualquier otra parte en la naturaleza. Están allí parar reconstruir el tejido muerto o los tejidos enfermos, para reciclar los desperdicios, y se sabe bien que no quieren —o no pueden— atacar los tejidos saludables. Son parte necesaria de la vida humana, y permanecen con nosotros si vivimos sanamente, como Béchamp lo sostuvo.