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LAS PEREGRINACIONES Y EL AMBIENTE DEVOCIONAL

5.5. Las primeras devociones de la Valencia cristiana (siglo XIII)

El rey Jaime I promovió el desarrollo de una organización territorial basada en unidades parroquiales, las cuales fueron desarrolladas durante los

años posteriores a la conquista de la ciudad de Valencia. Cada unidad parroquial fue colocada bajo la advocación de un santo/a. La vinculación de cada parroquia con un santo/a nos permite identificar la procedencia de los pobladores, ya que a cada uno de los grupos de repobladores y acompañantes del rey Jaime I, se les proporcionó una parte de la ciudad. El número de las parroquias erigidas por Jaime I fue de diez, cifra calificada por Cabanes y Ferrer (1980), como importante para el lugar y la época y que es confirmada en el “Llibre del Repartiment” (transcrito por Camarena, 1984) y ratificada merced a un censo de población realizado en abril de 1239. Este reparto puede ser constatado a partir de los censos basados en los impuestos de los

morabatins de 1355 y 1361 y que Rubio Vela (1995) recoge en su estudio

acerca de la población de Valencia en el período bajomedieval.

Según los censos aludidos de 1355 y 1363, estudiados por Rubio Vela (1995), encontramos en la parroquia de san Andrés una población de 310 y 242 hogares; la parroquia de san Martín, que disponía de 634 y 775 hogares, que fueron concedidos al Concejo de Barcelona; la parroquia de san Lorenzo que declaró en los morabatins 187 y 172 hogares; la de san Bartolomé con una población de 243 y 257 respectivamente, situadas en el barrio que Jaime I concedió a los hombres del concejo de Daroca, además de un pequeño reparto sobre las concesiones al concejo de Teruel, al que se adscribió la parroquia de san Nicolás que manifestó un censo de 352 y 396 hogares. En la parroquia de santa María Magdalena se censó a los hombres de Zaragoza, zona poblada por un conjunto de 605 y 577 hogares. La parroquia de san Salvador fue concedida al concejo de Lérida; mientras que la de san Esteban con 546 y 435 hogares, a los hombres de Tortosa; la de santo Tomás que se estableció en el barrio concedido por el monarca aragonés a Guillem Dezpont, la cual contaba con una población adscrita de 139 y 193 hogares

respectivamente y por último la parroquia de santa María2 que recibe este nombre por la Asunción de la Virgen a la cual el monarca Jaime I le tenía una gran devoción, denominándose también como de san Pedro, con 315 y 258 hogares y en la que encontramos la Iglesia Mayor o Catedral.

En el ámbito de esta organización parroquial se podría ubicar las iglesias de las Órdenes Militares, que recibieron importantes donaciones y contribuyeron al regimiento religioso de la ciudad de Valencia, la ubicación de estas órdenes vienen detalladas en el estudio de Cabanes (2005: 463-474), la Orden del Santo Sepulcro, formaba conjunto con la parroquia de san Bartolomé, dentro del barrio de los de Daroca y limitando con los del concejo de Teruel; la Orden del Temple quedó asentada en la partida de Lérida; la Orden de San Juan del Hospital, quedó ubicada en el barrio de los de Tortosa, donándoles un importante lote inmobiliario, donde se construyó la Iglesia de San Juan del Hospital el complejo institucional construido en los años centrales del siglo XIII, estuvo formado por la casa y convento, el hospital y cementerio. El conjunto de San Juan del Hospital, a mediados del siglo XIV se vio envuelto en reformas urbanísticas emprendidas por los regidores municipales, que favorecieron la formación de una barriada muy poblada, en cuanto a la Orden de Calatrava, las donaciones fueron más modestas, pero dispuso de una estratégica ubicación en el punto más alto de la ciudad, camino hacia el mercado, y las sedes de las Cofradías de San Jaime de Uclés y San Jorge de Alfama

Por otro lado, fuera del recinto murado, hubo otros edificios de culto. Unos parroquiales, como san Juan del Mercado en el barrio de la Boatella; santa Cruz en el de Roteros, donde estaba el Hospital de Santa María de Roncesvalles, y Santa María del Mar en el barrio portuario.

2 Testimonio de esta veneración es la dedicación de hasta cuarenta parroquias de la diócesis valentina a la aquí denominada “Virgen de Agosto” y su patronazgo sobre doce de sus arciprestazgos.

Otros establecimientos monacales supervivientes de la etapa musulmana, fueron, el Monasterio de San Vicente de la Roqueta (s. VI), antigua iglesia mozárabe y activo centro de peregrinación, que contaba con basílica y hospital. Tras la conquista y durante la siguiente centuria, se fundaron cenobios, pertenecientes a las órdenes mendicantes: El Cister y la Merced, Predicadores o Dominicos, Franciscanos, Agustinos, El Carmen, Trinitarios, Monasterio de “Gratia Dei”, Puridad, Magdalenas, Antoninos, San Julián, El Socorro, El Remedio, Santa Tecla.

Este emergente panorama religioso nos lleva a intuir el profundo y arraigado clima de fervor religioso que se vivía en la ciudad, manifestado en la relación entre la devoción y la advocación de cada parroquia, puesto que las Órdenes Militares y monasterios fueron dedicados en memoria de sus fundadores. Sin embargo para Cabanes (2002 parece ser que el vínculo de las parroquias con las advocaciones no se realizó en función del origen y procedencia de los pobladores, ni siguió criterio alguno.

El hombre medieval parece no tener en duda la existencia de una perfecta comunicación entre el mundo celestial y terrenal que queda garantizada por toda una serie de figuras intermediarias como son los santos, que no son simplemente aquellos que habiendo llevado una vida virtuosa y dedicada a Dios, disfrutan de la gloria del Cielo; son además personajes que a pesar de su “tránsito” mantienen su presencia tangible en este mundo. Chelini (1997) define como “aquellos compañeros invisibles de los hombres” que con su “praesentia y su virtus” auxilian al mundo de los vivos.

La devoción al Ángel Custodio había adquirido a fines de la Edad Media un gran auge en las ciudades de la Corona de Aragón, con un carácter eminentemente municipal, como protector especial de las mismas y, luego,

pasó a la religiosidad popular, como protector de los jóvenes. Esta figura tuvo en Valencia un valor emblemático, probablemente gracias a la iniciativa de Eiximenis, los Jurados valencianos acordaron poner a la Ciudad de Valencia bajo la protección del Angel Custodio, considerado desde entonces como uno de los patronos de la Ciudad y del Reino3.