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LA SALUD Y LA ENFERMEDAD EN LA EDAD MEDIA

1.3 La salud y la enfermedad en la sociedad cristiana

Para la sociedad cristiana, el origen de esta concepción de enfermedad como pecado, se encuentra en el pueblo judío y en los escritos de la Biblia. Para el pueblo judío, la enfermedad era considerada como un castigo que recibía una o varias personas que habían cometido “un pecado”, una falta más o menos grave y por ello merecían la desaprobación divina y el consiguiente castigo individual o colectivo. En el Antiguo Testamento se hacen referencias a los castigos que recibirán los hombres por los pecados cometidos por ellos o incluso por sus

progenitores y entre los castigos, figuran las enfermedades, plagas, inundaciones, fuego y muerte, como los más abundantes.

Entre las enfermedades, las pestes y la lepra ocupan el primer lugar, por ejemplo: Levítico. 26, 1-45: “... Y si os refugiareis a las ciudades muradas, os enviaré peste... ”; Deuteronomio. 24, 5-22: “... Guárdate bien de incurrir o de merecer la plaga o azote de la lepra... ”; Deuteronomio. 28, 1-68: “...Hará el Señor que se te pegue la peste... ”; Ezequiel. 14, 19-20: “Y si también enviaré Yo pestilencia sobre aquella tierra, y derramaré sobre ella mi indignación causando gran mortandad...”; Jeremías. 44, 11-14: “...Y castigaré a los judíos que habitan en Egipto, como he castigado a los que habitan en Jerusalén, con la espada, con el hambre y con la peste... ”.

La Iglesia cristiana, lejos de desmentir este planteamiento lo asumió plenamente y desde los primeros tiempos del cristianismo enfermedad y pecado estuvieron relacionados y fueron interpretados como causa y efecto, de tal manera que el sufrimiento que produce la enfermedad en el individuo o en el grupo social, es solo la respuesta adecuada que debe existir por las faltas cometidas –del propio individuo o incluso de sus antepasados- y la curación de la enfermedad es por el contrario una gracia que se recibe inmerecidamente por la intervención de Dios.

El primero en desarrollar esta idea fue Gregorio de Tours (538-594) aunque con anterioridad algunos de los Padres de la Iglesia ya habían sentado las bases para su establecimiento. Así, san Jerónimo (346-420) al revisar la antigua versión latina del Nuevo Testamento e incluir múltiples comentarios de los Libros Sagrados, incidió en la importancia que había tenido en algunos de los personajes por él estudiados en su vida como asceta, como fue el sufrimiento necesario en esta vida terrenal para obtener el perdón y la misericordia de Dios, igualmente san Agustín (354-430), con su tesis sobre la salvación, plantea que el hombre es incapaz por si solo de desear el bien y por tanto necesita la divina gracia para todo

acto conducente a la salvación. Su planteamiento influyó en san Gregorio para hacerlo extensivo a su tesis sobre la causa y curación de las enfermedades.

San Isidoro (570-636), erudito escritor e historiador de los visigodos y obispo de Sevilla, se encargó de recopilar las obras de los autores que le precedieron en su obra “Las Etimologías”, en donde dedicó algunos de sus libros, en concreto el IV (a enfermedades y remedios) y el XI (a las descripciones anatómicas), otorgando a las prácticas de la sanación la consideración de “filosofía segunda”, esta obra junto con otra titulada “De natura rerum”, influirán de forma decisiva en la consideración medieval del arte de curar, así como en el planteamiento de los clérigos europeos que durante la Alta Edad Media fueron los protagonistas en la forma de entender en su ámbito a la atención sanitaria. En estas obras, san Isidoro pone de relieve la importancia que debe darse al conocimiento de lo que son las enfermedades, y de hecho lo que él hace es recopilarlas y definirlas desde el punto de vista etimológico, pero referido estrictamente al significado de las palabras y no a la causa de las enfermedades, ni tampoco a su tratamiento; por ejemplo, cuando habla del frenesí dice: “el frenesí es llamado así por el impedimento de la mente, o porque en él rechinan los dientes, pues rechinar (frendere) es entrechocar los dientes”. A pesar de las carencias que hoy se aprecian en la obra, como expresa Fontaine (1959: 20), “la adopción sistemática del diccionario isidoriano ha podido ejercer una influencia determinante sobre el pensamiento medieval”.

En el estudio de García, et al. (2005), acerca de la enfermedad y los cuidados en la obra de san Isidoro de Sevilla, analizan diversos datos contenidos en el capítulo XXII De infirmis fratribus de su Regula Monachorum, san Isidoro establece el cómo atender las obligaciones monacales cuando la enfermedad afecta a los monjes, reglando la actuación especializada, del monje que tenía a su cargo los cuidados de enfermería:

"el cuidado de los enfermos debe ponerse en manos de un monje sano y de vida observante que pueda dedicar toda su solicitud a los enfermos y cumpla con la mayor diligencia todo lo que exija la enfermedad". García et al (2005: 72)

Este monje encargado de la enfermería debía tener unas condiciones especiales de abnegación: "debe prestar sus servicios a los enfermos de modo que no pretenda comer de los alimentos de éstos". De hecho, es precisamente la administración de una dieta adecuada la que debe servir sobre todo para la curación: "a los enfermos debe servirles alimentos más adecuados hasta que recobren la salud". Como podemos observar aquí, el plan de cuidados presente en Isidoro de Sevilla estaba basado en la dietética, buscando la armonía espiritual y el cuidado en el modo de vida, citado por García García, (2005: 70-73))

Además, hay que tener en cuenta que para los primeros cristianos, convencidos de la inminencia de la segunda venida de Cristo y por tanto de la proximidad del juicio final, las enfermedades y lo que conllevan de penalidades físicas o lo que es lo mismo, la preocupación por el momento presente, parece que carecía de la trascendencia que desde nuestra mentalidad otorgamos a lo que supone de pérdida, vivir una enfermedad. Esto puede parecer escasamente trascendente, pero desde el punto de vista de lo que es un sistema de atención a los enfermos, tiene su importancia ya que supone el punto de partida de todo sistema sanitario. Seguramente, este punto de vista también incidió en esta relación de enfermedad como producto del pecado y la curación como acto sobrenatural.

Verdaderamente son muchos los casos que aparecen en las Sagradas Escrituras y que sirven para argumentar estos planteamientos; probablemente el mejor ejemplo en que se muestran las virtudes cristianas deseables ante las aflicciones y los padecimientos, se encuentra en el libro de Job, y los doctores de la Iglesia se hacen eco de ello y ensalzan la postura del santo ante las enfermedades, como ejemplo a seguir por todos los cristianos. De igual forma son

numerosos los casos en los que se muestra a Cristo como sanador3, todos los evangelistas dedican en sus obras un espacio importante a desarrollar la “misión

curadora de Cristo”. Esto, desde el planteamiento de la salud-enfermedad puede

analizarse desde diferentes perspectivas:

a) Perspectiva bíblica. En la Biblia está presente la preocupación de hombres y

mujeres por las enfermedades y la muerte, de forma que muchos de los milagros que se le piden a Cristo tienen relación con casos de sufrimiento ante situaciones de enfermedad y muerte.

b) Desde la imagen de Cristo. La imagen de Cristo como sanador es ensalzada y

siempre muestra su condición benevolente y condescendiente. Se le presenta en las Escrituras como sanador por excelencia, igual cura a hombres o mujeres, ancianos, jóvenes o niños, ricos o pobres, amigos, seguidores o incluso enemigos acérrimos de su persona o de su obra.

c) Perspectiva sanadora. Jesucristo cura cualquier tipo de enfermedades (que

hoy llamaríamos físicas y psíquicas), sin diferenciar entre ningún tipo de mal; él cura a cojos, paralíticos, mudos, ciegos, leprosos, enfermos con fiebres, mujer con hemorragias, expulsa demonios y resucita a muertos.

d) Perspectiva sobrenatural. Aunque la sola presencia de Cristo se presenta

como suficiente para realizar la curación, generalmente esta presencia va acompañada de un contacto físico al que en las Escrituras se le concede una importancia decisiva, y este simple contacto se describe como suficiente para curar cualquier tipo de enfermedad, física o psíquica, lo que concede al acto de la curación una connotación sobrenatural que no establece diferencias entre los métodos de la curación: por fe, exorcismos o milagros.

Todos estos aspectos que se recogen en la Biblia constituyeron para los cristianos, durante siglos, la forma de entender la vida y vivirla, dando un sentido

3 Por ejemplo: Jeremías. 33, 1-23; y en el Nuevo Testamento: Mt. 20, 29-34; Mr. 10, 26-52; SL. 19, 35-36; SL. 17, 11-19; SL. 14, 1-6; SL. 13, 10-17; Mt. 9, 18-26; SL. 9,40-56; SL. 9, 26-39; Mt. 8, 28-34; Mr. 5, 1-20; SL. 7, 1-10; Mt. 8, 5-13;... y un largo etcétera.

a la enfermedad y a la muerte, al sufrimiento y al dolor; unos planteamientos que contribuyen a la pérdida de confianza en el propio individuo y que solo la fe sea un valor a considerar, cuestiones que en la vida medieval alcanzan unas connotaciones trascendentes.

La creencia sobrenatural acerca de la curación de las enfermedades, que en la Edad Media se llamó “Praeter Natura” (más allá de la naturaleza) y que implicaba la supresión de todas las normas del aquí y ahora, marcó una forma de entender el tratamiento de los enfermos, confiriendo una orientación concreta a la actuación de los sanadores e incluso una limitación para el desarrollo del conocimiento sanitario, así como una pauta a seguir en las actitudes de las personas que los cuidaban. Esta tesis, según la profesora Santo Tomas está presente en la vida medieval y dirige la atención a los enfermos haciendo que las oraciones sean elementos imprescindibles en su cuidado: “La curación de las enfermedades será posible con la oración y mediante la intervención divina” (2002:73). Tan arraigada está esta actitud en la vida medieval que la Iglesia se valdrá de estos signos no solamente como elemento de veneración sino que incluso serán utilizados para probar la santidad de alguna persona. Obviamente, el recurso a la oración no excluye, sino que al contrario anima a usar los medios naturales para conservar y recuperar la salud, así como también incita a los hijos de la Iglesia a cuidar a los enfermos y a llevarles alivio en el cuerpo y en el espíritu, tratando de vencer la enfermedad.

"es parte del plan de Dios y de su providencia que el hombre luche con todas sus fuerzas contra la enfermedad en todas sus manifestaciones, y que se emplee, por todos los medios a su alcance, para conservarse sano". (Rituale Romanum, Ordo Unctionis Infirmorum eorunque Pastoralis Curae, n. 3). Instrucción sobre las oraciones para obtener de Dios la curación. Archidiócesis de Madrid (2000)

En efecto, aunque las bases teóricas que fundamentan desde el punto de vista religioso-moral las actitudes a seguir por los cristianos ante las enfermedades y su desenlace, se gestan en los primeros siglos del cristianismo, algunos acontecimientos que tienen lugar a lo largo de la Edad Media irán perfilando la

forma de pensar de hombres y mujeres, el modo de enfrentarse a las enfermedades, y desde luego la actitud de la sociedad ante los enfermos, lo que tendrá su proyección en la manera de atenderles, tanto institucional como personalmente. Algunos de esos acontecimientos, a nuestro entender refuerzan esa tesis y ayudan a que esas ideas vayan asentando en la sociedad. Acontecimientos tales como las invasiones de los pueblos germánicos (ostrogodos, lombardos, francos, visigodos, etc.), conquistadores de gran parte del imperio romano, que influirán en la concepción que en occidente se tenga a partir de entonces (siglos V, VI), tanto de la salud como de la enfermedad y de la atención a los enfermos. Esta circunstancia puso de manifiesto que la creencia en el fin del mundo y en el juicio final como algo inminente, no lo era tanto, pasando a ocupar un primer lugar los problemas de la vida diaria y consecuentemente todo lo relacionado con la salud y la enfermedad.