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LAS PUERTAS DE LAS TINIEBLAS

In document Haefs Gisbert - Troya. (página 182-192)

Días, exquisitos días de descanso; agua caliente, aceite, aromático baño; toallas frescas, envueltas en torno al cuerpo enflaquecido; pan... auténtico pan, cocido en crujientes tortas, enrollado, relleno de carne asada con hierbas. Pan, no grano hinchado en agua. Descansar, dormir, beber vino, hablar. Y exquisitas noches.

Hubo dos noches y un día. Tashmetu le recogió cuando llegó tambaleándose de la plaza al callejón y del callejón a la casa. Lo acostó bajo un montón de mantas y de pieles, y él durmió hasta el anochecer.

Luego se dio cuenta de muchas cosas. Se dio cuenta de que no podía hablar.. Al menos, que no podía decir nada esencial. Tenía que embalsarlo todo dentro de sí; una palabra, y los diques hubieran estallado, la marea le hubiera ahogado. Se dio cuenta de que apenas podía tomar alimento, y después de dos tragos de vino dejaba la copa, porque se mareaba. Se dio cuenta, después, de que todo el fuego se había consumido en la lucha y no quedaba bastante brasa para avivar las ingles, por más que la mano y la boca y el regazo de Tashmetu se esforzaran. Se dio cuenta de que sus manos estaban demasiado sucias, su boca manchada por la náusea, así que apenas podía tocar a Tashmetu. Se dio cuenta de que el agua caliente, el aceite y los aromas no servían de nada.

Se dio cuenta de que ella era la diosa de la ciudad nueva. Tashmetu había guardado y acrecentado los tesoros, había dirigido a los marineros, a Tsanghar y a Corinnos; había sabido cuidar, en medio de la escasez (a pesar de todo llegaban productos del interior, a pesar de todo no eran suficientes), de que nadie tuviera que pasar hambre. Desde hacía cuatro lunas, desde poco después del falso combate singular, los hombres y mujeres de la ciudad nueva acudían a ella cuando necesitaban consejo, y la llevaban consigo a las deliberaciones con lugartenientes y dirigentes del ejército y de los aliados. Príamo estaba lejos, en la orilla sur del Simois, y no enviaba consejero alguno; cuando había disputas, la gente se dirigía a Tashmetu, la llamaba señora, princesa yjueza y, a veces, madre.

Dos lunas antes del día del alumbramiento su cuerpo estaba tenso y tirante, y Ninurta la encontraba más bella que nunca.

Tsanghar y Corinnos le mostraron, orgullosos, pilas y montañas de rollos llenos de historias, números y nombres del pasado de la ciudad, con leyes y tradiciones recopiladas por Corinnos e impresas por centuplicado por Tsanghar en las hojas de papiro con sus estampillas de signos móviles.

Corinnos había cambiado; había crecido, era casi un adulto. Al principio Tsanghar no hablaba mucho; parecía faltarle Lamashtu, que había compartido su lecho, pero ella no volvió. Enseñó al asirio su último invento, que debía servir para fomentar la caballería y, sobre todo, la lucha a caballo: una manta de cuero con correas, que se ataban bajo el vientre del caballo... Eso no era nuevo, pero sí el suplemento que llevaba, otra correa en cada lado con unos lazos a su extremo, en los que eljinete podía introducir y apoyar los pies. Montar más aprisa, descabalgar más rápido, y en la lucha con lanza o con arco emplear menos fuerza en aferrarse con las piernas al caballo. Ninurta estaba impresionado, pero dijo que habían muerto tantos a pie que necesitaría algún tiempo para encontrarle gusto a un invento que facilitara el matar a caballo.

Un día de descanso. Fuera lo que fuese lo que ocurriera en la ciudad, no le afectaba. Podía comer un poco más; comía, bebía, sesteaba y volvía a comer. Los ojos y la voz de Tashmetu le sanaban poco a poco, pero aún no quería o no podía hablar, narrar, vaciarse.

A la mañana siguiente ella le dijo lo que había que hacer.. como había tenido que decírselo a todos los demás desde hacía unas cuantas lunas. Ninurta, que habría estado contento de vivir como sombra de Tashmetu, ya que había entregado la suya para sobrevivir, tuvo que levantarse y vestirse y cruzar el río.

-Príamo tiene que saber lo que sabes, querido -dijo ella, todavía asustada por las pocas palabras que él había dicho sobre Ulises, Mopsos y las noticias de los marinos-. No debe aceptar esta paz. Tienes que ir. Yo iría, pero a mí no me creerá.

-¿Crees que a mí sí? -Quizá.

Tsanghar y Corinnos fueron con él. Cruzaron el Simois en un pequeño bote, atracaron en el muelle amurallado de la orilla sur, hablaron con los guardias y entraron en la ciudad.

Era extraño, como un sueño inquietante, ver por dentro la ciudad que había escupido tantos hombres que mataban y morían. Calles pavimentadas por las que caminaban hombres que no estaban heridos ni sucios de estiércol y sangre. Unos reían al hablar; se veía que muchos estaban de luto, porque apenas podía haber alguna familia que no hubiera perdido por lo menos un hombre, un hijo, el hermano, el padre. Casas seguras en vez de desgarradas tiendas o mantas bajo el cielo implacable. Un viejo artesano sentado ante su tienda, tallando delicadas figuras en madera blanda, sin tener que clavar el cuchillo en garganta alguna. En una placita, ya a medias en la ladera sur de la montaña de la fortaleza, unos niños ruidosos jugaban a la sombra de unos árboles que no estaban destinados a convertirse en leña.

No fue difícil llegar hasta Príamo; un guardia dijo al funcionario real el nombre del asirio, y un viejo consejero vestido con una túnica de lino blanco, con un festón bordado en rojo y sujeta por una fibula de oro, acudió a la puerta del palacio para acompañar a Ninurta.

Príamo estaba sentado en el pesado trono de antiquísima madera de roble, decorado con relieves e incrustaciones de oro y marfil. Reposaba la mano izquierda del anciano, en el brazo del trono, jugueteando con los dedos temblones. La derecha, en el regazo, sobre el paño entretejido de oro de la túnica, sostenía una vaina de cuero de la que sobresalía la empuñadura dorada de un puñal.

-Asirio -dijo Príamo.

Su voz era una voz cascada, apagada y cansada; las boscosas cejas blancas daban sombra a la acumulación de arrugas que era su rostro. Ninurta creyó ver en los ojos del anciano un trasunto de la antigua malicia y fortaleza.

-Permíteme honrarte, señor de Ilios. -Ninurta se arrodilló ante el trono.

-Levántate. Hay demasiados que yacen muertos que hubieran preferido vivir de rodillas; ¿por qué vas a arrodillarte tú, cuya vida y genuflexión me importan poco?

Ninurta se incorporó, tambaleándose, pero sin ayuda de Tsanghar. Miró a sus acompañantes.

-Si el rey lo permite, retiraos. Lo que hay que decir es sólo para sus oídos. Príamo movió la mano izquierda.

-Id. ¿Mi consejero también? Ninurta titubeó.

-Podría ser... Por otra parte, concierne al destino de la ciudad; quizá sería bueno que el noble Metrodoro escuchase lo que voy a decir.

Príamo señaló una decorada silla de brazos; el consejero se sentó. Al parecer, no estaba previsto que el asirio se sentara.

-Mukussu, al que los aqueos llaman Mopsos, ha llegado con barcos y hombres -dijo Ninurta, Su voz resonó en la gran sala del trono.

-¿El ayudante del tenebroso Madduwattas? -Metrodoro se inclinó hacia delante-. Esperábamos que...

Príamo siseó unas palabras; el consejero enmudeció. -Sigue hablando, mercader.

-Como quieras, señor. Mukussu estuvo deliberando con Ulises. Dos víboras que preparan la gran mordedura.

Príamo alzó la vista hacia el techo revestido de madera a la altura de cuatro hombres por encima de ellos; sus miradas buscaron, visitaron las imágenes de antiguos gobernantes en las paredes, se detuvieron en los bancos como buscando un breve descanso, y volvieron a Ninurta.

-¿Víboras? -Algo parecido al sarcasmo resonaba en su voz-. ¿Los nobles príncipes son víboras? Muy bien. ¿Es eso todo?

-Los marinos, en la bahía, han hablado con algunos hombres de Mukussu. Como antes lo hicieron con hombres que pertenecían al séquito de tu sobrino, Memnón y que, como él, no sobrevivieron al ataque del monstruo Aquiles.

Los dedos de la mano derecha se contrajeron imperceptiblemente en torno a la empuñadura. En algún lugar del palacio se oyeron los gritos de una mujer.

-¿Dijeron los marinos algo de importancia? ¿Algo que vaya más allá de los anuncios de desgracia de esa hija que oyes gritar ahí?

-No sé lo que dice tu hija, señor, por eso no puedo comparar las cosas. Príamo miró al consejero; Metrodoro tosió.

-La noble Casandra -dijo lentamente- prevé una granizada que aniquilará las cosechas en cuanto asome una nube. Anuncia un maremoto cuando el viento del oeste acerque el mar a las costas. Cada nacimiento es motivo para ella para conjurar la aparición de un monstruo. Si

estornudo hoy, mañana moriré presa del delirio de la fiebre. Cuando Parisiti regresó con Helena, predijo la inmediata destrucción de la ciudad... el suelo se abriría y se tragaría a Ilios. Desde hace dos días afirma que el caballo sagrado del arquero, lirista yjinete Apolo que se está construyendo en la llanura, ahogará la ciudad en bosta de caballo. -Rió breve y secamente-. Los aqueos lo están construyendo, y en la llanura, juntos, haremos sacrificios ante ese caballo y conjuraremos la paz.

-Los marinos no dicen nada semejante; saben poco sobre bostas de un caballo sagrado y tienden a la superstición, pero raras veces a una invariable oscuridad del pensamiento.

-Oscuridad del pensamiento... -Príamo chasqueó suavemente la lengua-. Sí, ella siempre fue sombría. Sigue hablando. ¿Qué dice la gente?

-Dicen que muchos de vuestros barcos se han hundido en una tempestad junto a Alashia, señor, y de los restantes la mayoría o no son capaces de navegar o están en manos del enemigo. Vuestra flota no vendrá en vuestra ayuda.

Príamo calló. Metrodoro rió de pronto entre dientes:

-Oh, todas esas pérdidas. -Siguió riendo; le corrían las lágrimas por el rostro-. Aquí. En Alashia. Pero los barcos, asirio, sólo deben volver a finales de otoño; sólo entonces, cuando su trabajo haya quedado hecho, mientras no los llamemos a gritos antes. Hasta hoy no hemos gritado, y si ahora sólo regresan unos pocos, nos quejaremos... nos quejaremos, ¿me oyes? Pero, quejas aparte, no tendrá importancia, porque se ha acordado un armisticio.

-¿No quieres saber en qué manos están los demás barcos? Príamo asintió en silencio.

-Los hombres de Madduwattas subieron a bordo, se apoderaron de ellos y mataron a vuestros hijos y hermanos. El Anciano Oscuro de Arzawa ha suspendido la lucha contra los hititas también en tierra. Ha enviado a Mukussu a visitar a los aqueos. No os ayudará. Y... -Ninurta no siguió hablando; algo se le subió a la garganta.

-Es amargo -gruñó Príamo. Casandra volvió a gritar, en otro aposento del palacio-. Amargo, pero no se puede cambiar. Ahora no se puede cambiar.

-Asirio, acabas de dejar en el aire tu pensamiento, después de ese «y .. ». -Metrodoro le miraba bajo los párpados colgantes.

-El mensaje de los reyes, señor, el mensaje que me diste y encerraste en mí con un bebedizo. Era el mensaje al rey de Asur. Debía llevarle oro. -Ninurta rió brevemente-. Y siempre me he preguntado, ¿de dónde ha salido tanto oro? No podía recordar un trato tan generoso.

Príamo gruñó ligeramente, pero no dijo nada.

-Tu hermano Títonos ha muerto, como sabes. Su hijo Nabiu no tiene ningún poder... no hay nadie que pueda ayudarte. Tu hijo, oh rey, también está muerto. El hijo que vivía en Asur como rehén y prenda y cuyo nombre, que casi nadie sabe, era la clave que debía abrir mi memoria. Pero un bebedizo preparado por expertas mujeres me permitió saberlo todo.

-Sabemos que el híjo está muerto, Tu mujer lo dijo. -Metrodoro movió la cabeza, como si quisiera decir: «¿A qué vienen todos estos aspavientos?».

-Pero no sabéis lo que pasó con él, ¿verdad? La mano de Príamo volvió a cerrarse sobre el puñal; muy lejos -esta vez, ajuzgar por el sonido, en un pasillo-, Casandra gritaba desaforadamente.

-¿Acaso no es cada muerte como las otras? -dijo el consejero.

-Oh, no, Metrodoro. Hay una muerte joven y una vieja. Una muerte lenta, que te mastica lentamente antes de tragarte, y una muerte rápida. Una muerte noble y una espantosa. Esto dice Enlil-Kudurru-Ushur, señor de los asirios: «Di a Prijamadu que le agradezco el oro y desprecio sus preguntas. No atacaremos a los hititas para ayudar a Wilusa; esperaremos hasta que uno haya sobrevivido debilitado y lo aniquilaremos. Dile que le envío hierro por el oro. Sus días dorados han pasado; vienen los días de hierro, mellado y voraz. Dile que el inframundo le está esperando. Dile... -en este momento se echó a reír- que su hijo está en manos de mi amigo Madduwattas». ¿Sabéis lo que hace Madduwattas las noches de luna nueva y de luna llena con los niños cuya voz aún no ha cambiado?

Metrodoro emitió un sonido sordo y se tapó el rostro con las manos. Príamo se puso pálido; miró mudo al asirio, con los ojos ardientes y despiertos, como dos pozos de horror.

-Además, el rey de Asur dijo esto: «Cuando aún vivía el rey Tukulti-Ninurta, Prijamadu llegó a un acuerdo con el conspirador Asur-Nadin-Apli. Cuando el conjurador subió al trono envió una hija a Wilusa, porque no tenía hijos; Prijamadu envió un hijo a Asur. El conjurador que se convirtió en rey murió; le sucedió Asur-Nirari. A éste lo eché del trono que estaba ensuciando. Los acuerdos de los traidores que me precedieron carecen de importancia,

mientras no sirvan al país de Asur. Di a Prijamadu que puede hacer lo que quiera con la hija del conspirador muerto. Dile que ya no hay ninguna alianza entre Asur y Wilusa». Éste es el fin del mensaje.

En el sordo silencio de la sala del trono, crujió en algún sitio un objeto de madera; Ninurta volvió a oír los graznidos incomprensibles de la lejana Casandra.

Con el rostro inmóvil, y una voz que parecía salir de las bóvedas del castillo, Metrodoro dijo:

-Estás oyendo la voz de la asiria, que es de la misma edad que Helenos, hijo de Hékapa, y por eso pasa por ser su hermana gemela, hija de Prijamadu, mantenida en secreto al principio por una enfermedad.

-Cuando Ilios haya sido destruida, Madduwattas y Mopsos volverán a dirigirse contra los hititas. No antes -dijo Ninurta-. En Asur conseguí hierro a cambio de tu oro, señor. Una cantidad de oro del que le corresponde a él está en la casa de la ciudad nueva, cercana a la Plaza de las Siete Estatuas. Lo dejaremos allí. Que tus hombres lo recojan; yo no lo quiero.

Príamo miraba fijamente el puñal en su regazo.

-No me corresponde juzgar tus planes.... el ataque a Alashia, la pequeña guerra contra los hititas. Son tus hijos, señor, Y los muertos de tu pueblo. Pero esto te digo: Mukussu y Ulises encontrarán un camino para convertir la paz en una matanza. Cierra tus puertas, deja que los aqueos pasen el invierno aullando de hambre en la llanura, no envíes fuera un solo combatiente más. Y sobre todo: no les creas una sola palabra.

-Vete. -Fue apenas un susurro.

Ninurta se arrodilló, se levantó, fue hacia el otro extremo del salón del trono, hacia la salida. De pronto Metrodoro se puso a su lado; sus pasos, antes cansados, pero firmes, eran ahora sólo un arrastrar. El asirio echó una mirada hacia atrás. Príamo estaba sentado en el trono, derrumbado sobre sí mismo, un cadáver viviente.

Ante el salón del trono, en el pasadizo que llevaba al patio de la fortaleza, el consejero sujetó a Ninurta.

-¿Estás seguro? -dijo en voz baja. Ninurta asintió.

-Ya veré. Pero me temo... -Respiró hondo-. Ya no tiene fuerzas. Ni para la guerra ni para la paz, ni siquiera para resistir. Tienes razón; no hubiéramos debido jugar la gran partida del poder, sino dedicarlo todo a rechazar a los aqueos. Pero...

-Demasiado tarde, ¿verdad? ¿Qué ocurrirá con... ella? Metrodoro se echó a reír amargamente.

-¿Helena? Desde que Parisiti fue muerto por la flecha de Filoctetes calienta la cama de Deífobo, hijo del rey y de Hékapa. ¡Qué mujer! Deífobo jura que nunca ha derramado tantojugo de ingle como ahora. Su vientre, su boca, sus manos; dice que no tiene más que mirarle... Y cuando está desnuda lleva tu regalo de huesos, asirio. No sé si eso te alegra.

-¿Crees que después de todas estas lunas de muerte aún podría alegrarme algo que tuviera que ver con Helena?

Metrodoro rió ruidosamente.

-Sé indulgente con ella, asirio. Tú y yo sabemos que sólo fue un pretexto bienvenido para Acaya, ¿verdad? Un radiante pretexto homicida.

Al día siguiente abandonaron la ciudad nueva. Por la noche, en la Plaza de las Siete Estatuas, Tashmetu había aconsejado con vehemencia todos los que habían querido oírle que huyeran hacia el este, que abandonaran la ciudad. En el este, se decía, se habían visto las primeras tribus salvajes del norte de los estrechos, pero nada de lo que pudiera ocurrir allí sería peor que lo que traería la paz aquea. De hecho, por la mañana algunos se marcharon, cargados de equipajes... pero fueron pocos.

Ninurta calculaba que serían necesarias al menos cuatro marchas de la llanura a la bahía para llevarse siquiera la mitad del oro. Lo que correspondía a Príamo era menos de la mitad, pero ni Ninurta ni Tashmetu contaban con tener tiempo suficiente para más de cuatro marchas.

La ciudad estaba alegre; muchos rostros reían; se veían no pocos hombres vestidos con ropa clara y barbas limpiamente recortadas. Nadie parecía conocerlos, pero en la confusión y ajetreo de la ciudad no cabía sorprenderse por ello. Ninurta creyó reconocer en uno de esos hombres a un acompañante de Mukussu, pero no estaba seguro de ello.

También la llanura bullía de hombres que después de pasar largo tiempo detrás de los muros podían al fin salir libremente a sus campos (o a lo que había quedado de ellos), o querían ir con los otros a los barcos de los aqueos para echar un vistazo a los terribles héroes.

Necesitaron hasta pasado el mediodía para llegar a la bahía, retenidos una y otra vez por la avalancha de gente que volvía, por los sardanios (Khanussu sonrió al ver a Tashmetu, e inició una pequeña genuflexión), por guerreros que llevaban raros artefactos a los puntos de almacenamiento que no estaban en la playa.

En las cercanías de la orilla occidental del Escamandro se divisaba el caballo sagrado. Hombres de Mukussu y unos cuantos cefalenios de Ulises lo construían con alambre y los huesos carbonizados de los caídos. Ninurta apartó la vista; la visión le recordaba al dragón ante la tienda real de Madduwattas y le traía otros recuerdos. Eran más débiles, como vaciados por las cosas que habían ocurrido desde entonces, pero aun así no quería pensar en ello.

Los otros se quedaron en los barcos, recibiendo el cordial saludo de Bod-Yanat y los

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