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RETORNO AL HOGAR

In document Haefs Gisbert - Troya. (página 99-108)

Ninurta no era el único que visitaba Yalussu entrado ya el invierno. La ciudad se animaba cada día más con el retorno de muchos hombres que querían ver una vez más a sus deudos antes de partir con Tlepólemo. Los preparativos, equipamientos y torneos estaban tan concluidos como los necesarios sacrificios y demás ofrendas en los templos; aún se disfrutaría de la paz durante veinte días, se decía. Luego, deberían llegar los vientos favorables y llevar el ejército a Acaya.

El asirio consideraba toda esa guerra insensata, y absurda la planificación de los aqueos y demás occidentales. Si Tlepólemo y su gente de Rodas, como ellos llamaban a la isla, querían ir a la guerra contra Troya, ¿por qué no ponían ya proa al norte, con buen viento o fuertes remeros, para reunirse allí con los otros?

Menena había sido una fuente de entusiasmo para él. Tras el largo viaje por mar desde Ugarit, el anciano rome y su esposa no habían tenido ninguna necesidad de emprender otro viaje. Zaqarbal y Djoser, dijo, le habían confiado la administración del almacén, un trabajo que ya había hecho en Ugarit, con provecho y mejora. El hasta ese momento señor del almacén había sentido algo que llamaba el aliento de la Historia, y por eso quería ir con Tlepólemo a la guerra a toda costa. Menena se extendió en bien compuestos comentarios hostiles; Ninurta disfrutó de la ocasión de poder reírse a gusto, después de largo tiempo de seriedad.

-Esa infantil navegación en zigzag es una buena introducción al absurdo sublime de todo este montaje.

El administrador probó la cerveza caliente y especiada; la jarra de barro tenía la forma de una pierna roja, con el pie azul y los dedos negros. Menena estaba sentado en el sobresaliente basamento del fogón, y dejaba, decía suspirando de placer, que las llamas le abrasaran la ancianidad en la espalda... otras partes ya no se rejuvenecerían ni con ése ni con ningún otro fuego. La vieja Nekhebit, que se había echado cerca de la chimenea en una tumbona con mantas amarillas y cojines verdes, rió entre dientes y dijo que ella tampoco era ya el capullo que indicaba su nombre, pero a veces las umbelas y otras cosas eran agradables incluso sin folículos.

-Oh, sí. -Menena se llevó un dedo a los labios-. No le cuentes nada o se alegrará de envejecer, y queremos evitar eso, ¿no? Como he dicho, señor, un absurdo sublime. De aquí al noroeste, de allí al este, ¿y de allí? Al fracaso y la tumba y la eterna fama, eternamente absurda. ¡Bah!

Ninurta sonrío.

-En Asur hay un viejo entretenimiento para los largos días de invierno. Se llama: «Sentémonos en el suelo y contemos tristes historias sobre la muerte de los reyes». ¿De qué podríamos hablar si los reyes no fueran a la guerra?

-Sí, si, está bien, pero no lo hacen solos, y no lo hacen para entretener a sus descendientes.

-¿Qué deberían hacer, en tu opinión?

Menena tomó otro sorbo, hizo gárgaras con él y se lo tragó ruidosamente.

-Beber. O, si ha de ser, ese Manalahhu, o como se llame, tendría que ir a los wilusios y desafiar a duelo a Araksandu.

-¿Y luego?

-Luego, cuando uno de los dos haya muerto, la hermosa mujer podrá decidir si quiere quedarse con el superviviente o con alguien razonable.

En los amplios edificios de almacén del puerto había una serie de habitaciones sin utilizar; Menena y Nekhebit habían amueblado dos de ellas con camas, mantas, mesas, luces y aguamaniles. Primero habían puesto una ancha cama en la mayor de las habitaciones; Ninurta no lo había querido así. La distancia entre él y Lamashtu no hacía más que agrandarse. Se trataban con amabilidad, pero el deseo y las cosas en común habían desaparecido, igual que la prisión, la huida y el esfuerzo. A veces la babilonia se sentaba por las noches con él y los dos romet, y durante el día les ayudaba a limpiar, trasladar, recoger y completar los albaranes. Otros días paseaba por la ciudad o sus alrededores, recogía hierbas, hablaba con la gente. En tres ocasiones volvió acompañada, sin dejarse ver, y por la mañana el hombre (o los hombres) había desaparecido.

La ciudad, entre la empinada ladera occidental de la montaña Okyru y el puerto, formado por dos muelles, ofrecía espacio a unas cinco mil personas; en la costa norte y en el

interior, numerosos pueblos pertenecían a los dominios del príncipe Celeo, que partiría con Tlepólemo. La ciudadela de la montaña, a la que, según se contaba, ya se había retirado varias veces toda la población, sólo alojaría a la familia del príncipe, los criados, su lugarteniente y una pequeña guardia. Ninurta lamentaba la partida del príncipe; Celeo sólo era un poco mayor que él, exigía unos tributos moderados («prefiero que me paguéis un diezmo durante veinte años que no tres durante uno, para iros el año próximo a hacer vuestros negocios en otra parte»), y en muchas conversaciones había mostrado ser un hombre agradable, vivaz y ansioso de saber.

En los primeros días, Ninurta no movía un dedo. Fue a unos baños, se hizo lavar, masajear, ungir y cortar el pelo, encargó ropa nueva para él y para Lamashtu e investigó los figones de la ciudad. Nunca había estado gordo, pero tras la fuga y la peregrinación parecía tener demasiados huesos bajo los músculos.

Había sabido por Menena que el armador Lygdamis iba a construir el nuevo carguero de Djoser. El astillero estaba en el extremo norte del territorio del puerto, más allá del muelle, que calmaba las aguas y las mantenía libres de la porquería de los curtidores, calafates y otros artesanos. Junto a los canales de desagüe, orillados de enfermiza vegetación, de la carretera principal salía una senda a cuyo extremo el astillero de Lygdamis cerraba el paso hacia la playa.

Naturalmente, el barco no estaba listo; todos los armadores de Yaliso, Triadha, la capital de Rodas, y en general la isla entera habían pasado las últimas lunas construyendo barcos para los príncipes y sus guerreros. El astillero, en apariencia ventilado, apestaba miserablemente; Lygdamis, dos oficiales y varios aprendices o esclavos calentaban brea solidificada y sumergían maderas no lo bastante alabeadas en cubas llenas de nauseabundos fluidos. En el extremo inferior, cerca de la puerta que daba a la playa, había dos barcos de guerra casi terminados, junto a un esqueleto que muy bien podría llegar a ser un carguero.

Lygdamis era un hombre robusto, entrado en años, casi enteramente envuelto en cuero. El pelo gris oscuro de su pecho salía por los bordes de la vestimenta protectora; el cuero, pero también la piel de los brazos, estaba repleto de salpicones de brea y manchas de ácido.

-En verano, quizás en otoño -dijo-. Cuando los dos barcos de guerra estén listos, tendremos que terminar otros tres barcos de carga para guerreros y provisiones. Están ahí al lado. -Señaló con la cabeza la pared izquierda, tras de la cual probablemente había otro cobertizo-. ¿Cómo se llamará el carguero, señor? Tu amigo no nos dijo ningún nombre.

Ninurta pensó en la incurable seriedad de Djoser, en sus escasas necesidades y placeres, en los dioses maliciosos que parecían haberlo destinado a una ancianidad sin mujeres ni hijos antes de tiempo. De pronto se echó a reír, y escribió en una tablilla de cera, en signos cananeos e imágenes rome, lo que Lygdamis rotularía después en el barco en color negro: Pistilo de Djoser.

Más adelante se ocupó, con Menena y un esclavo, a veces también con Lamashtu, de las existencias del almacén. Menena tenía algunos reparos, gruñía Y refunfuñaba porque los dos «jóvenes señores» no le habían dicho exactamente cuánta plata podía emplear en las necesarias adquisiciones y mejoras; tampoco Leucipe y Minyas, que habían parado brevísimamente en Yaliso para cargar carbón vegetal, habían sido capaces de darle información, tanto más cuanto que aún no le conocían.

Luego, el tiempo se hizo cada vez más largo. Consideró la idea de remar hasta la isla, a pesar del mar inquieto y los vientos huracanados, pero la desechó. En un rincón del almacén, había encontrado rollos de papiro de Tameri; tras larga búsqueda entre todos los artesanos y comerciantes del lugar, encontró precisamente en casa de un fabricante de lanzas lo que no podía fabricar por sí mismo: un par de bolas de tinta.

Lamashtu le ayudó a rayarla y molerla, la mezcló con agua y miró cómo él diluía con vinagre la espesa papilla.

-¿Qué quieres escribir? -dijo ella, cuando él extendió sobre la mesa el primer rollo ylo sujetó con piedras en los bordes.

-Una historia. -¿La conozco yo?

-Tú apareces en ella, en la última parte.

-Ah. -Sonrió fugazmente-. ¿La historia de tu vida demasiado blanda, señor? -No puedo juzgar lo blanda que es. Pero no debes llamarme señor.

-¿Porque hemos compartido un poco de placer y dolor? -Porque eres libre.

Ella le contempló, con los párpados entornados.

-¿Libre? Esclava no, cierto, pero ¿libre? Puedo irme y morirme de hambre aquí, en un país extranjero, o intentar vender a las gentes hierbas que ellos mismos pueden recoger. O seguirte y esperar a que me dés un trabajo. ¿Es eso ser libre?

Ninurta mordió una caña, se la sacó de la boca, la contempló y la encontró utilizable. -Nadie es mucho más libre. ¿Qué quieres? Te he ofrecido plata para que puedas irte, establecerte en algún sitio. Pero la has rechazado.

-Eso es debido a la libertad. Y al placer y el dolor, señor... Ninurta. -Titubeó. Luego dijo-: Negociáis, construís; ¿no puedes darme algo que destruir?

-Creo que realmente has sido esclava demasiado tiempo.

-Se aprende a destruir. Envenenar es más fácil que curar, y matar, más rápido y menos doloroso que parir. ¿Qué... qué harás cuando sepas que tu princesa de los mercaderes se ha calentado con otro durante el invierno?

-Esperar que fuera placentero. Ella no me pertenece, yo no le pertenezco. Ysé que los inviernos en la isla son fríos.

Lamashtu le miró como se puede contemplar algo carente de objetivo o un animal muy extraño.

-¿Nada más?

-¿Qué más? Ella tuvo que suponer que estaba muerto. O desaparecido para siempre. -¿Y si ha tomado a un criado o esclavo para calentarse?

-Espero que estuviera lo bastante caliente. Ella resopló.

-Tan blando y generoso. Otros echarían mano a la espada. Él se encogió de hombros.

-Quizá lo hiciera si no fuera un esclavo sino uno de mis amigos. Ahora déjame escribir. Ella se levantó y se encaminó hacia la puerta.

-Tu historia, Ninurta. Siempre me he creído reservada bajo el manto del esclavo, pero creo que sabes más de mí que yo de ti.

-Yo carezco de importancia. Lo que quiero escribir son las cosas que he vivido. Lo que se vivió, no quién lo vivió. Podría ser cualquiera.

-Eres un hombre extraño.

Lo que Ninurta escribió fue la descripción de la fuga, de las comarcas, de los usos habituales, de los posibles bienes comerciales y necesidades. Trató de recordar el mayor número de detalles posible. Un motivo era la costumbre de los mercaderes de Yalussu de apuntar tales cosas y hacerlas accesibles a los otros; ya que con partían beneficios y riesgos, hubiera sido absurdo ocultarse conocimientos. La segunda razón era Djoser, que en algún momento probablemente cuando avanzara la demencia senil, volvería a su patria y querría llevarse consigo un gran escrito sobre todas las cosas que había oído, visto, vivido o conocido de cualquier otra forma. La tercera razón era el aburrimiento. La cuarta y más importante era el monstruo que habitaba en su memoria. La sombra de un dragón que desolaba los sueños de Ninurta y asaltaba sus pesadillas. El asirio no tenía ganas de hundirse en sí mismo para conjurar las imágenes, sonidos y olores que había enterrado lo más hondo posible. Se dijo, sin embargo, que hasta ahora habían fracasado todos los intentos de amansar al dragón y lo que albergaba o escondía. Quizá porque siempre ocurrían demasiadas cosas en el exterior. Ahora había inacción; con la que el dragón podía hacerse traer de las sombras a los rollos de papiro.

Después de tres días de inútiles señuelos para el dragón, fue liberado. Tsanghar entró en la habitación en la que Ninurta escribía. El gasqueo sonrió ampliamente y palmeó los hombros de Ninurta.

-Esta es la recompensa del esfuerzo absurdo, como diría Zaqarbal. Como me he pasado el invierno fabricando objetos inútiles, puedo serel primero en ver al muerto. Que no sólo vive, sino que incluso escribe.

-Y que deja de hacerlo de inmediato. Me alegro de verte. ¿Cómo has venido? ¿Quién más está contigo?

Tsanghar se dejó caer en el escabel libre y apoyó los codos en las rodillas. Luego, reacomodándose varias veces, puso su rostro con satisfacción entre las manos,y dijo:

-Ah, sólo tu timonel, Tuzku.

Tuzku, «cristal de colores», procedía de un pueblo cerca de Akkad, había sido hecho esclavo de niño y vendido en Biblos, donde fue a parar a un mercader que lo llevó consigo en sus viajes. Sin duda Tuzku había tenido antes otro nombre, pero él mismo lo había olvidado; su rostro casi transparente, atezado y manchado, le había reportado el mote de Tuzku.

-¿Dónde está? Y.. ¿en qué barco habéis venido? ¿Dos hombres?

Tsanghar seguía sosteniendo el rostro entre las manos. Quizá, pensó Ninurta, quiere contenerse, sujetarse, sonreír todo el tiempo. O tiene algo que ocultar.

-Una de las cosas más inútiles con las que me he distraído, señor. Un barco que puede emplearse incluso con fuertes vientos y la mar embravecida, y que dos hombres pueden manejar. En caso necesario incluso uno. Salvo Tuzku, nadie ha tenido el valor y la visión de subir a bordo conmigo.

-¿Va todo bien en la isla? Tsanghar arrugó la nariz.

-Tan bien como es posible en ausencia del asirio al que todos añoran con lánguido desaliento. También esto es de Zaqarbal.

Ninurta sonrió.

-Me lo imaginaba; nadie más que él habla de esa manera. ¿Tashmetu está con los demás?

Tsanghar entrecerró los ojos. -Está... ¿Cuándo quieres partir?

-Enseguida. Ya. En cuanto se pueda. ¿Qué tenéis que hacer? Tsanghar soltó por fin su cara.

-Un par de encargos para Menena. Tuzku está con él, supongo. Madera, carbón vegetal. Y comprobar si el barco de Djoser avanza.

-Avanza a duras penas. Hay que construir barcos para la guerra. Pero le he dado un nombre al barco.

-¡Ah! -Tsanghar enarcó las cejas-. ¿Cual es? -Pistilo de Djoser

La risa del gasqueo sonó un poco forzada.

-Muy adecuado. ¿Y tú, señor? ¿Qué has hecho? ¿Dónde...? Ninurta alzó la mano.

-Despacio. En primer lugar: deja de llamarme señor; eres libre. En segundo lugar: te lo contaré por el camino.

-¿Qué ha sido de Lamashtu? -Anda por la ciudad.

-¡Ah! Creo que lo digo por tercera vez. ¡Ah, ah, ah! -Pareces un perro resfriado.

El principal objetivo del viaje había sido probar el extraño barco. Tuzku, que abrazó al asirio ensalzando a los dioses («¿cuáles?», dijo Tsanghar; «todos -dijo Tuzku-, por si acaso»), elogió las ideas de Tsanghar y su ejecución.

-Incomparable, te lo digo yo, no hay otro barco como éste. También habría que construir así los grandes cargueros.

-¿Qué tiene de especial? Hasta ahora no aprecio nada.

Acababan de dejar el puerto; el viento venía del este y soplaba hacia donde se encontraba la isla.

-La vela es móvil. -Tuzku señaló el mástil-. No la vela, sino la verga, quiero decir.

Ninurta miró con más atención. La Verga colgaba de una cosa (no se le ocurría otra forma de decirlo) hecha de nudos corredizos, barras y anillos, que descansaba a cosa de una braza de la punta del mástil sobre un disco, al parecer giratorio.

-¿Para qué se va a girar la vela hacia un costado o hacia atrás? ¿Y qué es eso de ahí? Al pie del mástil había un macizo aparato; un gancho por arriba y otro por abajo, y en medio ruedas de madera y sogas.

Tsanghar sonrió como un arúspice que quiere guardarse por un instante el favorable resultado de su inspección.

-Es absurdo explicarlo. Espera hasta que lo veas. Entonces sabrás a qué me he dedicado en el frío invierno.

-Está bien tener algo con lo que frotarse. El invierno se hace más soportable. -Lamashtu miró a Ninurta de reojo.

El gasqueo lo vio, rió por lo bajo y dijo: -¡Ah!

-Te repites.

-¿Y con qué se ha frotado Tashmetu en el invierno? -La voz de Lamashtu sonó indiferente.

Tsanghar miró al asirio; Ninurta asintió. El gasqueo cerró brevemente los ojos. -Con Djoser -dijo.

Unas horas después el viento cambió; ahora venía del nordeste. Tuzku se levantó, entregó el timón a Tsanghar y reorganizó los cabos de la vela. Ahora estaba oblicua a la eslora del barco. Ninurta calló, escuchó los bramidos del viento y el batir de las olas contra el casco. Sintió sacudidas, pero ninguna deriva.

-¿Cómo es posible? -dijo, casi reverente-. ¿El viento viene oblicuo desde atrás, la vela está torcida, y el barco sigue recto?

Tuzku señaló al gasqueo, sentado a popa con una amplia sonrisa y el timón derecho aferrado.

-Sus divinas ocurrencias, señor. Tsanghar carraspeó.

-Se me ocurrió, durante el largo viaje, que el viento lateral empuja la parte plana del casco... es decir, el costado. Entonces pensé que tenía que ser posible impedir eso. -Señaló las planchas bajo sus pies-. Abajo, en el casco, hay una especie de peine, una plancha de madera plana, parecida a un arado. Mantiene el barco en el surco, podríamos decir.

Ninurta se levantó y caminó por el barco, de apenas doce pasos de eslora y tres de manga. Lamashtu, que se había retirado a proa, miraba el mar.

-Más ligero, más rápido, más seguro y más flexíble -dijo, como si hablara con el mástil-. ¿Es su primer viaje?

-El segundo. El primero fue el de ida a Yalussu.

Ninurta se volvió y contempló a los dos timoneles. Tsanghar sonreía, y Tuzku compuso una sonrisa en la que no faltaba un atisbo de asombro.

-¿Y crees que se podrán construir también así los grandes barcos? ¿Con ese peine submarino?

-¿Por qué no? -Tuzku adelantó la mandíbula-. Un barco es un barco; las leyes son siempre iguales. Incluso tendría que ser posible colocar después en vuestros barcos algo parecido a este peine.

Ninurta sonrió.

-Estás ante un mercader perplejo, Tsanghar. Conozco el valor de todas las mercancías que se producen, se cosechan y se venden en los puertos y en el interior. Pero ¿cuánto vale una idea? ¿Esta idea, que te pertenece?

-Espera a ver esa cosa con ruedas y cuerdas. -Tuzku ya no sonreía; con la punta del pie, señalaba el extraño aparato próximo al pie del mástil-. Luego podrás empezar a regatear.

Como siempre, esperaron en las cercanías del arrecife hasta que oscureció. A eso de medianoche se deslizaron hacia la entrada, y Tsanghar habló al asirio de los tubos para susurrar. Se arrodillaron juntos en cubierta y llevaron a remo el barco a la gruta. En la penumbra de las antorchas, Ninurta miró atrás cuando Tsanghar se lo pidió. Y el asirio vio cómo

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