• No se han encontrado resultados

Las víctimas principales de las venationes

gos romanos, sobre todo por su inmoralidad y la amenaza que representan para la psique de los espectadores, entre

3. Las víctimas principales de las venationes

Los romanos no tuvieron escrúpulos en utilizar para sus espectáculos diversas especies de animales, siendo muy apreciados los animales exóticos y los carnívoros de gran tamaño, pues su presencia en el foro o el anfiteatro era el preludio de un combate animado y sangriento. Sin embargo, se destacan algunas especies que fueron constantes en la arena y causaron mayor impresión en el público ya fuera por su tamaño, fortaleza, habilidad, ímpetu, y especialmente por la forma como mataban a otros animales o destrozaban seres humanos.

Los leones africanos, cuya captura y envío a Roma fue facilitada en gran medida por la victoria en la segunda guerra Púnica, que permitió el control del Norte de África, fueron ampliamente utilizados en las venationes y en com- bates contra osos, tigres, rinocerontes, jabalíes y toros. Los primeros combates entre leones en un espectáculo público tuvieron lugar en el año 95 a.C., en los juegos ofrecidos por Quinto Escévola, seguidos por una cacería de cien leones patrocinada por el pretor sila en el año 93 a.C., en la cual se utilizaron jabalinas. Si esas cifras parecen sorprendentes y cuesta imaginar tal cantidad de animales sometidos al sa- crificio final en medio de gritos y abucheos del populacho y regocijo de los nobles, hay que anotar que en el año 55 a.C. Pompeyo Magno presentó en la arena romana seiscientos leones. El emperador Julio César no se quedó atrás, y en el año 46 a.C. hizo traer cuatrocientos leones para los juegos que ofreció en ese año y que por supuesto fueron exhibidos y luego cazados sin compasión (Plinio el viejo, trad. de 2003). En su momento la imponencia de ese animal, su fiereza, y el enorme simbolismo de su figura, asociada al dominio sobre otros seres vivos, hicieron que desde el siglo iii su

caza quedara reservada exclusivamente al Emperador. Sin embargo, teniendo en cuenta los problemas que generaban en algunas poblaciones, y la amenaza que suponían para

las personas, una disposición del Código teodosiano del año 414 permitió la muerte de esos animales por cualquier ciudadano, si bien no podían ser capturados ni vendidos, sino únicamente eliminados9.

Los elefantes, cuya caza y comercio era monopolio del Emperador fueron muy admirados por su inteligencia, fuerza y destreza, y ampliamente apreciados por los roma- nos, quienes los vieron por primera vez en el año 275 a.C., traídos por el ejército luego de su victoria contra el rey Pirro. Posteriormente fueron utilizados en exhibiciones circenses y en desfiles, además de convertirlos en armas de guerra tomando el modelo de los cartagineses (Jennison, 2005). sin embargo, esos animales no escaparon a la violencia de los juegos romanos, y en el año 99 a.C. tuvo lugar el primer combate entre dos elefantes, en los juegos ofrecidos por Claudio Pulcro; veinte años después los romanos fueron testigos de un combate entre toros y elefantes ofrecido por el edil Licinio Lúculo (ville, 1981).

Luego del advenimiento del Imperio y a partir del rei- nado de augusto los particulares perdieron el derecho a la tenencia y comercio de dicha especie y a su exhibición en el Circo (Jiménez, 2001). Después ya no hubo muchos reparos y los elefantes fueron muertos en forma masiva en la arena, usando lanzas o cortándoles la trompa u obligados a com- batir entre sí o contra prisioneros de guerra, especialmente durante la época de los emperadores Julio César, Claudio y Nerón (Plinio el Viejo, trad. de 2003). Es muy recordada entre los historiadores la escena que tuvo lugar durante el

9 Luego del estudio de las principales fuentes de la época romana sobre las

venationes, MacKinnon advierte de las imprecisiones, ya sea involuntarias o deliberadas, relacionadas con el tipo y número de animales capturados y presentados en los espectáculos, aspecto ya resaltado por el historiador romano Dion Casio; cfr. M. MacKinnon. “Supplying Exotic Animals for the roman amphitheatre Historical and Ethnographic Data”, Mouseion, serie iii, vol. 6, 2006, p. 6.

reinado de Pompeyo, cuando una manada de elefantes, acorralada por sus verdugos en el anfiteatro, sin ninguna posibilidad de huida y a punto de ser ejecutada, pareció suplicar la clemencia del público con fuertes lamentaciones, llorando por ellos mismos y golpeando las barreras que las separaban de la plebe, de tal manera que estremecieron a los espectadores, quienes se levantaron de sus sitios entre temerosos por su suerte, y sobre todo acongojados por el terrible sufrimiento de los animales, exigiendo al general entre gritos e imprecaciones clemencia para aquellos y deseándole el mismo destino y peor sufrimiento que el de las aterradas bestias (Plinio el viejo, trad. de 2003). Este mismo emperador es recordado por ofrecer en unos juegos ochocientos leones, que fueron muertos en apenas cinco días (Historia Augusta, trad. de 1989), y por organizar un combate entre una compañía de gladiadores contra veinte elefantes, donde los espectadores se divirtieron bastante viendo como las grandes bestias lanzaban por el aire con sus trompas a los gladiadores destrozados (bondeson, 2000).

Los combates donde se utilizaron toros fueron muy comunes en la época del dominio romano; al parecer este espectáculo fue heredado de los etruscos. Una de las esce- nas más comunes fue la lucha de esos ejemplares contra leones, osos e inclusive elefantes, aunque fue muy popular el combate de venatores o bestiarii contra enormes toros, los cuales eran provocados prendiéndoles fuego en la piel o azuzados con pequeñas lanzas, cuando no se utilizaba un maniquí lleno de paja que los enfurecidos animales hacían volar por el aire. Después se introdujo el trapo de color rojo para llamar su atención y lograr que embistieran, siendo esperados por su ejecutor con una lanza o jabalina, con la cual eran traspasados causándoles la muerte (sáez, 1998).

igualmente, en la época de Julio César se ofrecieron juegos donde solamente la venatio o cacería de animales duró cinco días, lo cual da una idea del número y varie- dad de ejemplares que pudieron ser sacrificados en ese

período (suetonio, trad. de 1992). El mismo autor revela que era tal la afluencia de público a los espectáculos, que en varias ocasiones se produjo la muerte de espectadores y hasta de dos senadores romanos por pisoteos y asfixia por aplastamiento. El emperador Probo ofreció una venatio que consistió en la caza simultánea de cien leones, a la que siguió la de cien leopardos de Libia, cien de Siria, cien leones y trescientos osos, si bien el espectáculo, más que agradable para el público, se consideró grandioso por el número y rareza de los animales masacrados (Historia Augusta, trad. de 1989). En otro arrebato de generosidad y arrogancia, ese mismo emperador mandó arrancar grandes árboles que fueron clavados con vigas y tierra en la arena del Coliseo, quedando transformado en un verde bosque. Acto seguido se soltaron en ese artificio mil avestruces, mil ciervos y mil jabalíes; después gamos, cabras montesas, ovejas salvajes y otros herbívoros en la medida en que pudieron ser cazados y mantenidos hasta el día del espectáculo. Posteriormente se abrió la entrada de ese extraño bosque al pueblo, para que todo aquel que lo quisiera, cogiera cuanto pudiera (Historia

Augusta, trad. de 1989).

No sobra decir que la carne de los animales muertos era objeto de un activo comercio, utilizándose también como alimento de las fieras que se mantenían en los vivariums y en los bajos del anfiteatro para futuras venationes, llegando otra parte a las carnicerías romanas donde se vendía al público, práctica que fue objeto de grave condena por el patriarca cristiano Tertuliano, quien utilizó estas duras y gráficas palabras para denostar el consumo masivo de animales que durante siglos fue costumbre para los romanos:

¿Dónde viven aquellos que cenan de las fieras que en la arena pelearon? ¿Aquellos que apetecen el venado y jabalí que mataron hombres en la plaza? ¿Qué se hizo el jabalí que lamió la sangre del que ensangrentó en la lucha?; ¿dónde está aquel venado, que con las ansias de la muerte se revolcaba en

la balsa de la sangre que salió de los Gladiatores? Estas fieras en vuestras mesas se hallan; que, por rociadas con sangre hu- mana, y más manidas las cenáis por más sabrosas. Apetecéis entrañas de osos, en donde la carne humana sin digerirse está cruda. Regüelda el hombre carne de una fiera que con carne humana se engordó. Los que comen estas cosas, viandas más execrables cenan que las que se imputan a las mesas de los Christianos (tertuliano, 1789: 46)

Las pieles y plumas tenían un activo mercado, hasta el punto de que su comercio fue gravado con impuestos en el año 301 d.C. (Muñoz-santos, 2016 b). Las excavaciones realizadas durante los siglos xix y xx dan cuenta de la enorme cantidad

de huesos de animales hallados cerca de los anfiteatros de las ciudades romanas, donde es posible identificar caballos, burros, terneros, ovejas, cabras, toros ciervos, leones, cerdos, ocas, tigres, osos, elefantes, leopardos, jabalíes, avestruces, zorros y panteras, entre otros (Mañas, 2011; Muñoz-Santos, 2016 b), algunos de ellos utilizados como alimento de los trabajadores del Anfiteatro, y la mayoría como víctimas en las venationes.

Los combates rutinarios entre animales fueron hábilmente representados en los mosaicos que aún subsisten de la época. Como los historiadores admiten, son escenas tomadas del Anfiteatro (Blásquez, 1962), y en ellas pueden verse disímiles y enrevesados combates que serían considerados absurdos, crueles y absolutamente inaceptables para la mentalidad moderna. Un león que persigue a un ciervo, un tigre a un cebú, un oso a un asno, y un perro doméstico a una liebre. En otro mosaico se muestra la persecución de una pantera a un jabalí, un oso a un caballo, un galgo negro a una liebre, y un tigre a un cebú. Otra representación pictórica incluye los nombres de los luchadores, y en ella se evidencia un confu- so combate entre toros, osos, jabalíes, avestruces y ciervos, donde a la vez que atacan, los animales son atacados o huyen de las fauces de sus múltiples contendores, lo que da una

idea del impacto que los organizadores querían causar en el público, diseñando esas luchas con gran imaginación y provisión de ejemplares, para dar mayor espectacularidad y diversión a los asistentes.