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La lectura macedoniana de la historia argentina del siglo

Parte II Capítulo

5.1. La lectura macedoniana de la historia argentina del siglo

En apariencia, la obra más conocida de MF, la publicada a partir de 1928, poco o nada tiene que ver con el siglo anterior. A simple vista, se inscribe enteramente en el horizonte de los vanguardismos de principios del siglo XX, y desde allí marca un punto de evolución. No obstante, el pre- sente trabajo reconoce entre otras motivaciones la siguiente: poner en contacto a MF con el siglo que no solamente lo vio nacer y en el cual transcurren sus primeros decisivos años, sino que asimismo es el momento histórico donde se localiza el comienzo, si bien muy embrionariamente, de su posterior producción de pensador y artista en búsqueda.

Tal como marqué en el capítulo 1 a propósito de su primer artículo publicado, “La revolución democrática”, de 1892, allí está en germen la posterior actitud macedoniana de trazar antes bien una filosofía de la historia, un pensar sobre la historia, más que un ajustarse a la reconstrucción de detalles históricos. Y no he dejado de advertir a su vez, precisamente, lo significativo de que el primer artículo publicado por un escritor a quien a veces se lo ha pensado como alejado de los problemas de su tiempo histórico sea casualmente un trabajo que es, si queremos, un breve esbozo de filosofía del devenir histórico argentino y americano hasta fines del siglo XIX (“La revolución democrática” evidencia de manera inequívoca esta intención).

Aún así, ingresar a los tipos de relaciones que cons- truye MF con la historia política y cultural argentina del siglo XIX –en función a su vez de vincularla luego, en el próximo capítulo, con el carácter que asume, por ejemplo, el tratamien- to del material histórico en su “Teoría del Estado”- resulta

por lo menos atravesado de paradojas. De hecho, la dificultad principal está en que para pensar esa relación de MF con ese tiempo histórico pasado hay que partir de ciertos indicios y detalles e inferir dicho vínculo desde diversos fragmentos de distinto orden. Por ejemplo, ya he ingresado a esta cuestión en numerosos momentos de los capítulos precedentes, al ubicar biográfica y autobiográficamente al escritor -y en relación con una trama de saberes y prácticas institucionales- respecto a las últimas décadas del siglo XIX. También he trazado diversos marcos históricos sobre esta cuestión, que se complementan con los marcos a los que aquí me voy a referir. Lo singular del presente capítulo, en lo que a las relaciones MF y siglo XIX argentino se refiere, es que voy a detectar ciertas condensacio- nes temáticas y formales de esa relación en ciertos textos. Y además, revisaré las continuidades y rupturas que a mi criterio este escritor tiene con ciertos escritores argentinos del siglo anterior. El acento hasta aquí en la crítica, precisamente, está puesto casi siempre en que MF rompe radicalizadamente con aquéllos; es más, éste, podría decirse, parece un presupuesto de la crítica sobre MF. Al contrario creo, precisamente, en que hay que explorar posibles continuidades, para poner todavía más en evidencia las rupturas, los cortes. No dejo de lado aquí –sino todo lo contrario, adquiere otro matiz- el enfoque desde el espacio autobiográfico desarrollado desde los capítulos anteriores, y enfatizado en el 4.

Lo que resulta más evidente es que MF participa de una cercanía o comparte la visión que socialistas, anarquistas y radicales –sobre todo de las corrientes de la Unión Cívica de ese momento, encabezadas por Hipólito Yrigoyen y herederas, en su vertiente popular, del legado de Leandro N. Alem- tie- nen sobre el pasado histórico. En este sentido, podría decirse que su visión crítica está cercana a la de los marginados del sistema político –sin ser MF, por origen social y cultural, un

marginado-, o la de los sectores de clase media que luchan por las reformas del sistema político (tal como ocurre con el radicalismo durante una parte crucial de la vida de MF, quien además por parentesco familiar está muy cerca del ideario del Partido Radical, llamado Unión Cívica en ese momento)

entre fines del siglo XIX y principios del XX1.

1 Hay una simpatía de MF por las propuestas radicalizadas de la

Unión Cívica. Además de su vínculo familiar con los del Mazo, conoce personalmente a Hipólito Yrigoyen, entre otros dirigentes de primera línea. No obstante, y más allá de la interesante suges- tión ficcional de Ricardo Piglia respecto a que MF le escribía los discursos al Presidente Yrigoyen –y de allí el estilo hermético de éste-, a nivel de ideario específico resulta más difícil encontrar el nexo entre MF y el Radicalismo. En este sentido, si tomamos como referencia la doctrina de Estado, Educación, Ciencia y Arte de Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), una de las decisivas lecturas de dirigentes como Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen, noto –más allá de las comunes vindicaciones de la defensa de los derechos del Individuo frente al Estado- distancias entre el kantia- no y espiritualista –en el sentido de religión universalista- Krause y el cuestionador del kantismo MF. Subrayo esta diferencia en el Capítulo 7, a propósito de la oposición Individuo/Estado. Por otra

parte, al leer Mi vida y mi doctrina de Hipólito Yrigoyen, podemos

ver cómo este texto deja leer ciertas ideas de Krause –por la noción de gran Individuo que se sacrifica desinteresadamente por el país y la causa reparadora de las injusticias sociales, por la gravedad y solemnidad con la que habla de su acción ética y moral, una idea de Ideal Humano como guía de organización social-. A su vez, lo señalado, por momentos, tiene escasa relación con la expresión de MF, más allá de que el discurso político en Yrigoyen también emi-

te constantes resonancias éticas y metafísicas (Piglia, Prisión per-

petua; Krause, Ideal; Krause, Compendio; Yrigoyen, Mi vida y mi

doctrina). Aún así, con estos matices, el Radicalismo es una de las

esferas político-ideológicas afines –con las salvedades que realizo- a MF. Su cercanía explica que en 1927 MF participe en el Comité

de Reelección de Yrigoyen de la Revista Martín Fierro (Segunda

Esto después se vuelve más evidente en numerosos textos que integran su posterior “Teoría del Estado”, donde reconoce, por ejemplo, la importancia de la huelga para mo- dificar un sistema político. Pero curiosamente, a la vez que MF dialoga con corrientes político-ideológicas y de interpre- tación histórica contestatarias al sistema político vigente en la Argentina del periodo de tránsito entre siglos, una parte crucial de su vida –entre su primera juventud y los cincuenta años- asiste al ascenso, esplendor y decadencia del régimen político establecido por la denominada “Generación del ´80 (1880)”. Algunos elementos, de manifestación aislada por momentos en la expresión discursiva macedoniana, que for- man parte del sistema de organización política y social de lo que representó dicho momento en el país –el de la coalición de la “Generación del ´80”, que tiene varias promociones que se suceden con diferentes características entre 1870 y 1910, o entre 1870 y 1916, según los diferentes historiadores-, y los imaginarios que se desprenden de ellos, puede decirse que influyen en la percepción y conceptuación de la política, el Estado, la sociedad y la cultura en MF, reelaborados por éste

con diferentes sentidos2.

2 “El periodo histórico que transcurre entre 1880 y 1910 (o 1914

o 1916 según algunos autores) ha sido considerado como de fun- damental importancia en la consolidación de las instituciones que hoy nos rigen y en la configuración de la sociedad en la cual vi- vimos. Esta conclusión es casi unánimemente compartida por los autores que se han dedicado a su estudio, por más que lo hayan hecho desde perspectivas distintas o que hayan arribado a conclu- siones opuestas en la valoración de lo ocurrido”, escriben Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo en el “Prólogo” a la obra de la que son

compiladores, La Argentina del Ochenta al Centenario. Buenos

Aires: Sudamericana, 1980, texto que tomo como referencia, entre otros, para este trabajo.

También cabe aclarar el siguiente orden de presidencias de la Na- ción Argentina (o designaciones equivalentes en algunos periodos

Podrían tomarse como ejemplos de lo último que señalo varias cuestiones, en algunas de las cuales me he detenido en capítulos anteriores (además de que ya tracé varios cuadros complementarios con el presente respecto a la “Generación del ´80” y lo que representa en la historia argentina). Por ejemplo, he subrayado antes cómo la obra de ciertos pensadores y científicos orgánicos de la “Generación del ´80” influyó en el joven MF, tal el caso de José Ramos Mejía. O cómo un intelectual contestatario a las características institucionales y culturales que asume dicha generación, como José Ingenieros, influye en ciertas posiciones del joven MF. Y ocurre que, tal como ya destaqué, para un escritor que a pesar de recién ser conocido públicamente desde la década de 1920, pero que nace en 1874, una parte crucial de su repertorio cultural y político se forma en el marco de lo que es la vida institucional de las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. De hecho, antes de pasar a un análisis más detallado, quisiera subrayar tres indicios demasiado expresivos en los textos de MF en lo referente a lo aquí planteado.

Por una parte, la posición cognitiva y estética de MF entre 1890 y 1910 está ubicada en una tensión entre corrientes en los que el Estado-Nación no estaba unificado), durante el siglo XIX y XX, y que está implicado por las referencias del presente capítulo: Bernardino Rivadavia (1826-1827), y Vicente López y Planes (1827-1828); luego viene el periodo rosista, para después sucederse Justo José de Urquiza (1854-1860), Santiago Derqui (1860-1861), Bartolomé Mitre (1862-1868), Domingo F. Sarmien- to (1868-1874), Nicolás Avellaneda (1874-1880), Julio Argentino Roca (1880-1886), Miguel Juárez Celman (1886-1890), Carlos Pellegrini (1890-1892), Luis Sáenz Peña (1892-1895), José Eva- risto Uriburu (1895-1898), Julio A. Roca (1898-1904), Manuel Quintana (1904-1906), José Figueroa Alcorta (1906-1910), Roque Sáenz Peña (1910-1914), Victorino de la Plaza (1914-1916), Hi- pólito Yrigoyen (1916-1922), Marcelo T. de Alvear (1922-1928), e Hipólito Yrigoyen (1928-1930).

-en términos filosóficos, científicos y de política cultural- positivistas y espiritualistas, materialistas y espiritualistas. Los estrechos límites de las primeras, según el joven MF, lo llevan a una inscripción heterodoxa en las segundas, lo que no impide –sino todo lo contrario: fomenta- su diálogo con

preocupaciones “cientificistas”3. Y ambas corrientes a su

vez manifiestan, en el campo intelectual y de poder, líneas intelectuales en tensión y pugna dentro de la coalición del ´80 en Argentina. Si ésta, tanto a nivel de dirigentes como intelec- tuales y tradiciones culturales, en un primer momento se basa decisivamente en presupuestos, ideas fuerza y propuestas de la filosofía positivista traducidas a la práctica –la consigna “Orden y Progreso” de Julio A. Roca condensa en 1879, en términos políticos, ese horizonte filosófico y de proyecto de poder-, en el desarrollo de los lustros siguientes dentro de dicha coalición emergen líneas políticas e intelectuales que toman distancia de, o por lo menos matizan, aquellos pre- supuestos, ideas fuerza y propuestas. Lo curioso es que esta tensión que recorre la coalición de poder, también recorre con otras variaciones el cuerpo social, en particular los sectores políticos de oposición a la coalición político-cultural gober- nante (piénsese en las corrientes materialistas y positivistas por un parte, y espiritualistas por otra, de los diversos grupos y sectores socialistas de la época en el país; aquello con lo cual el joven MF está, por cierto, más familiarizado). En otras palabras, esa ubicación “entre” positivismo y espiritualismo del MF de tránsito entre siglos dialoga, desde sus rasgos individuales, con características culturales centrales de la formación discursiva argentina de 1880-1916, en las cuales son centrales los rasgos que le imprimen la “Generación del ´80” en los diversos terrenos.

3 Sobre estos términos, véanse mis precisiones en capítulos ante-

En este marco, hay pensadores extranjeros que tienen una gran circulación por sectores ilustrados de la política e intelectuales argentinos, que combinan en su producción, por ejemplo, filosofía positivista e impulso de ideario político, abierto tanto a un humanismo liberal y universalista como a una inquietud social. Me refiero, entre otros, al postulador del positivismo mecanicista Herbert Spencer, una de las evidentes lecturas de época. Puede decirse que Spencer, quien influye tanto en los sectores ilustrados de la coalición del ´80 como, curiosamente, en socialistas y anarquistas (es decir, influye en polos opuestos de la sociedad política de entonces), es fundamental para pensar las discusiones en torno a las rela- ciones Individuo/Estado que ya marcan el fin de siglo XIX y el principio del XX en Argentina, y de las cuales la posterior “Teoría del Estado” macedoniana se hace eco indudablemente (él mismo reconoce a Spencer como uno de sus principales

inspiradores para la misma)4. Este es el segundo indicio, re-

manente de ciertos rasgos de la cultura instituida en Argentina

4 A partir de 1850 el pensamiento de Herbert Spencer (1820-1903)

comienza a tener un gradual reconocimiento que culmina luego en una gran difusión a nivel mundial desde 1860 hasta su muerte.

De sus principales obras -Estática social, Prospecto, Sistema de

filosofía sintética, y Primeros principios-, éste último se traduce

al español en 1879, logrando Spencer una gran popularidad en los países de habla hispana. Un decisivo aporte de Spencer es en el campo de la sociología y las ciencias políticas. En este marco es-

cribe El hombre contra el estado (edición original: 1884), que MF

admira y al cual toma como base de su “Teoría del Estado”. Sobre esto vuelvo, en particular en los capítulos 6 y 7, en lo referente a su análisis conceptual. Aquí destaco la influencia de Spencer en los círculos letrados argentinos desde 1880, en coincidencia con el auge de la ideología positivista en tanto ideología hegemónica de la coalición gobernante, para luego -en los capítulos posteriores- contrastar con la reelaboración macedoniana de las propuestas del citado pensador.

desde 1880, que quiero destacar. No digo que la recepción de Spencer haya sido similar en todos lados. Sin duda, hubo una recepción más “libertaria” de sus ideas, y otra “conservadora” (lo que marca las distancias de los polos opuestos de la socie- dad política argentina aludida), pero indudablemente fue una recepción y circulación que influyó en los diversos sectores de la cultura política del periodo y que sobrevive cuando el MF posterior a 1918 reflexiona por escrito sobre la política. El tercer indicio es un tópico o, inclusive, ideologema, que resulta a la larga reelaborado desde el interior textual –en

particular desde MNE- de MF. Me refiero a la “Estancia”, ese

espacio-tiempo, ese cronotopo que a la vez es figura clave en el funcionamiento de la citada novela. Ana Camblong ha llamado la atención sobre la reescritura e inversión de este tópico, proveniente de la cultura y literatura del siglo XIX argentino, que desarrolla el texto macedoniano. La presencia de este tópico es muy gravitante, y articulada junto a otros elementos –la fuerte proyección de la figura presidencial, la tematización de enfrentamientos de bandos en la sociedad, la posibilidad de reacomodar pasados históricos- hacen a una reescritura –producto de una relectura- no solamente de la vida histórica del siglo XX, sino de la del siglo anterior, el siglo en el cual “El Universo o Realidad y yo nacimos”, como dice MF de sí mismo en “A fotografiarse. Autobiografía. Pose nro.

1” (Fernández, Papeles, 115). Como quisiera demostrar al fin

de este capítulo, por ejemplo la reescritura e inversión de un tópico como la “Estancia” presupone varios movimientos en un texto como el de MF: implica en primer lugar, para decirlo con Fredric Jameson, previas “textualizaciones” de la historia; también remite a un diálogo con otras versiones contemporá- neas del pasado; y por supuesto asimismo remite a diferentes reformulaciones de la mirada respecto a los diversos pasados. Pero para comprender esto con mayor detalle, tengamos en

cuenta lo que se manifiesta en Argentina en un proceso que se puede secuenciar desde la consolidación, apogeo y crisis de la denominada “República Conservadora” (1880-1916), que incluye diversas etapas, hasta la institucionalización de las reformas democráticas que modifican la dinámica política y social y que emergen con el ascenso del radicalismo al Estado político nacional en 1916.

Por más que lo que ocurre a partir de 1879-1880 desde el poder político nacional parece homogéneo, por cierto no lo es. En realidad, como ya destaqué, lo que culmina en estos años es la resolución institucionalizada de conflictos que se habían desatado y dividido al país tras la caída de Juan Manuel de Rosas –del partido “Federal”, pero bonaerense- en la batalla de Caseros (1852), vencido por otro federal –pero del interior argentino-, Justo José de Urquiza, y tras la derrota de éste en Pavón (1860), vencido a su vez por un reivindicador del antiguo partido “Unitario” y defensor de la preeminencia del puerto de Buenos Aires sobre el interior del país, Bartolomé Mitre. Esto último había implicado un retorno de la hegemonía política porteña por sobre la efímera y relativa hegemonía federal del interior durante el gobierno de Justo J. de Urqui- za (1852-1860), hegemonía política porteña expresada en el control del puerto y aduana por parte de la ciudad de Buenos Aires, y en un acento en el control político del conjunto de provincias y territorios nacionales desde dicha ciudad. Aún así, durante el periodo 1860-1880, a pesar de la porteñización de la política nacional (entendido esto por una definición de la política nacional en función de los intereses del gran puer- to del Plata, manifiesta en un sentido muy condensado, por ejemplo, en cómo y por qué el estado nacional participa de la “Guerra del Paraguay”), a la vez en la estructura de ese Estado que se centraliza y concentra a nivel de poder comienzan a gravitar decisivamente dirigentes políticos provenientes del

interior. Es un movimiento de concentración del poder político y económico, conducido por sectores dirigentes porteños y provincianos conservadores, miembros de la gran burguesía nacional que se ha venido consolidando desde los lustros anteriores, y que a la vez que se reclama heredera ideológica de la “Generación (liberal y romántica a nivel de ideología política) de 1837” (también otros autores, como Tulio Halpe- rín Donghi, la denominan “Generación de 1838”), estructura un proyecto de país “modernizado” en el “concierto” mundial –en el orden imperial del siglo XIX- donde ella cumple el decisivo rol dirigente.

Subrayo el carácter de “modernización” en el orden mundial que dichas clases y sectores le quieren dar –también imponer es una palabra apropiada- al país. Y cómo lo que entienden por “intereses nacionales”, en su caso lo definen desde sus intereses sectoriales.

Así se explica la relevancia que hombres del interior adquieren durante este proceso: junto a políticos porteños como Bartolomé Mitre y Adolfo Alsina, protagonistas cru- ciales de la política de la época, también tienen protagonismo clave Domingo Faustino Sarmiento, Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, sanjuanino el primero, tucumanos los dos últimos, quienes elegidos presidentes de la Nación ter- minan de consolidar –más allá de sus diferencias ideológicas y filosóficas internas respecto al común marco liberal- la “República Conservadora” en su plenitud desde 1880.

En la base de dicha modernización del país, hegemo- nizada por el liberalismo conservador de las clases y sectores