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3. CONTEXTO Y PROBLEMATIZACIÓN

5.1. El lenguaje en el comportamiento social de los hablantes

Para William Labov es imposible la construcción de una teoría lingüística sin partir de una investigación que tenga como objeto de estudio el lenguaje, tal y como se emplea al interior de una comunidad lingüística, ya que este forma parte esencial de los comportamientos sociales. El lenguaje es usado por los seres humanos en un contexto social para comunicarse sus necesidades, ideas y emociones unos a otros(Labov; 1983: 235). De allí que para el autor sea un sinsentido un estudio lingüístico que no sea un producto de la comprensión y análisis de las interacciones sociales de los hablantes.

Para Labov algunos de los estudios del lenguaje en el contexto social se habían enmarcado o identificado equivocadamente con la “Sociolingüística”, elementos que se surgían al ser este un campo de reciente aparición en ese momento. Al respecto hace la siguiente acotación:

[U]na de las áreas de investigación que ha sido incluida en la sociolingüística puede ser designada más correctamente ¨sociología del lenguaje¨. Esta trata de los grandes factores y sus mutuas interacciones con los lenguajes y los dialectos (1983: 236) Teniendo en cuenta que en este campo hay muchas cuestiones abiertas y problemas asociados con la decadencia y asimilación de los lenguajes minoritarios, el desarrollo del bilingüismo estable, la estandarización de los lenguajes y la planificación del desarrollo lingüístico; es primordial su aplicación en personas específicas o grupos concretos por lo que su propuesta se enfoca en hacer uso de “la etnografía del habla” como estudio funcional complementario al estudio de la estructura lingüística. Como se verá en los próximos

apartados, se aplicará este enfoque de estudio para el caso de la lengua kichwa en hablantes urbanos en la ciudad de Bogotá y Otavalo.

Entonces con la intención de especificar, ¿Por qué puede ser necesario entender la lingüística sobre una base social? Se dirá al respecto; la escuela saussureana concibió la lingüística como una parte de la ciencia que estudia la vida de los signos en el interior de la vida social; lo paradójico, como lo menciona Labov es que los lingüistas que trabajan desde esta tradición no se preocupan en sus estudios por observar la vida social de los hablantes, ni mucho menos por las interacciones sociales al interior de las comunidades de habla. Para cierta lingüística, esto carece de relevancia en absoluto, porque para Saussure lo “social” no significa sino (multi-individualidad), sin mayores implicaciones en la interacción social; más aún insisten en que las explicaciones de los hechos lingüísticos han de ser realizadas a partir de otros hechos lingüísticos y no de otros datos “externos” acerca del comportamiento social: es decir, el sistema se explicaría de forma inmanente a partir de sí mismo, y los hablantes seríamos poco más que un componente al interior de ese sistema. Pensemos en la reflexión que Labov sobre las intuiciones de los hablantes sobre esa característica inmanente:

Este desarrollo [de las intuiciones] depende de una curiosa paradoja. si todos poseemos un conocimiento de la estructura del lenguaje, si el habla es un sistema gramatical que existe virtualmente en cada cerebro sería posible obtener virtualmente los datos a partir del testimonio de una sola persona- incluso de uno mismo. (1983: 237)

La formulación no podría ser más polémica ¿Para qué adelantar estudios en comunidades de habla, con datos empíricos e investigaciones cuantitativas si desde posturas como el innatismo chomskiano, el idealismo de las lenguas u otras posturas trascendentalitas del lenguaje podríamos de forma solipsista y subjetiva llegar a las manifestaciones esenciales del lenguaje? A lo anterior una respuesta provisoria sería que estos análisis no son

suficientes, pues los datos sobre el habla sólo pueden ser obtenidos mediante el examen del comportamiento de los individuos en su uso del lenguaje, es decir, expresamente en las interacciones sociales. Como tal, es la paradoja expuesta por Labov acerca de la perspectiva de investigación en la sociología del lenguaje: no podemos hablar de un estudio del lenguaje sin la observación de cada individuo, pero el aspecto individual del lenguaje sólo se puede captar observándolo en su contexto social.

De aquí que en la presente investigación surja una preocupación por los problemas del estudio del habla en el marco de la diglosia como evidencia de las interacciones sociales de los hablantes kichwas, posteriormente aplicaremos el instrumento de análisis de (Gilles et Al. 1977) conocido como “Ethnolinguistic Vitality”, de forma general en la comunidad de habla, -y con la intención de enfrentar la paradoja entre ejecuciones heterogéneas y particulares de hablantes individuales, frente a las interacciones que estos mismos mantienen como producto de interacciones sociales que conformarían la realidad social de la comunidad kichwa, y luego aplicaremos, de forma más particular una especificación del instrumento anterior la: “subjective ethnolinguistic vitality”(Bourhis et Al., 1981).

Retomando, para ese momento, según Labov la ciencia de la parole no se había desarrollado. Pero los estudios sobre el conocimiento del que dispone todo hablante nativo o “el lenguaje abstracto” habían recibido un nuevo ímpetu por parte de Chomsky, quien retomaba la dicotomía saussureana al poner la competence o conocimiento abstracto de las reglas del lenguaje, a la performance, sección y ejecución de tales reglas.

Para Chomsky la lingüística es el estudio de la competencia y explicita las prácticas que, siguiendo a Labov, se derivan de la paradoja saussureana: “el objeto propio de lingüística es una comunidad de habla homogénea y abstracta en la que todos hablan igual y aprenden la lengua instantáneamente” (1983: 238-239); esto es el innatismo insistiendo que en la lingüística los datos no son las frases o palabras emitidos por los hablantes, sino sus

intuiciones acerca del lenguaje. De aquí que, gracias a la postura social propuesta por Labov, podamos reconocer las perspectivas que parten de los presupuestos sobre homogeneidad y heterogeneidad, teniendo presente que se busca, radicalmente, la heterogeneidad de los hablantes y de la compleja diversidad que se vive en la comunidad de habla; atravesada por intrincados y difusos procesos sociales, resultado no sólo de su presencia transnacional, sino también, de las lógicas económicas e historias personales que atraviesan los hablantes.

Entonces, según Labov, Saussure va a establecer que la estructura lingüística de la lengua es homogénea y sobre esta las teorías lingüísticas pueden plantearse de forma completa descartando las variaciones lingüísticas innecesarias para la aplicación de la misma, algo que se rechaza en la presente investigación, ya que esto no permitiría comprender la realidad social, ni mucho menos proponer una intervención desde las prácticas pedagógicas para el aprendizaje de la lengua y su vitalización. Ahora, si el habla no es de naturaleza netamente homogénea, razón por la cual la lingüística excluye la conducta social de los hablantes particulares de su estudio social, entonces es necesario abordar una metodología en donde los instrumentos procuren trabajar con el conocimiento de los contexto comunicativos, con hablantes clave de manera individual o fuentes secundarias que evidencien el rol social de la lengua.

El objeto de la lingüística, dice Labov: “debe en última instancia ser el instrumento de comunicación utilizado por la comunidad lingüística; y si no estamos hablando de este

lenguaje, es que hay algo de banal en nuestro procedimiento” (1983: 240) Por lo tanto, es necesario emprender un estudio empírico que use instrumentos lingüísticos capaces de dar cuenta del comportamiento social del habla, instrumentos que permitan conceptualizar y dar cuenta del estudio del habla. Así pues, de acuerdo con lo anterior su teoría adquiere necesariamente una nueva forma y exige una visión esencialmente diferente del alcance del estudio lingüístico para ser usado no tanto como base teórica sino como un dispositivo

heurístico, de comprensión de las lógicas sociales del lenguaje. Una teoría sociolingüística, y su aplicación metodológica, debe ser dinámica en el análisis de los factores sociales del uso contextual de la lengua real. Por ello, la posición de las posturas netamente lingüísticas o innatistas o trascendentales del lenguaje (e.g. posturas semánticas, lógico-formales o de una filosofía analítica) no tienen cómo dar cuenta de fenómenos de variedad lingüística, de intercambios en un mercado lingüístico, de los desplazamientos y sustituciones de las lenguas como hechos sociales, ya que estas posturas se preocupan principalmente por modelos estáticos del lenguaje.

Ahora bien, siguiendo la crítica que adelanta Labov, y su propuesta acerca del estudio de las variaciones lingüísticas fundamentada en el comportamiento social del habla. Hay que exponer una segunda visión crítica, esta vez, en relación al valor de uso de una lengua en los intercambios lingüísticos. Esta postura, mantiene al igual que Labov, una férrea crítica a “a la filosofía intelectualista que hace del lenguaje, más que un instrumento de acción y de poder, un objeto de intelección.” (Bourdieu, 1985: 11), es decir, no podemos introducir una indagación sobre los hablantes kichwas como una visión idealizada de la lengua como mera construcción de un sistema de signos, ya que en realidad estos hablantes están inmersos en complejas dinámicas sociales, de poder simbólico y de relaciones con otros hablantes de otras comunidades:

No hay que olvidar que esas relaciones de comunicación por excelencia que son los intercambios lingüísticos son también relaciones de poder simbólico donde se actualizan las relaciones de fuerza entre los locutores y sus respectivos grupos. (el subrayado hace parte del presente trabajo, Bourdieu, 1985: 11)

En suma, y siguiendo al sociólogo francés, hay que tener presente, además del enfoque de Labov, una perspectiva metodológica que tenga en cuenta la economía de los intercambios lingüísticos como relaciones de poder simbólicas, en las que los hablantes se

ven inmersos en la coyuntura de dos elementos que permiten la circulación de códigos y la comprensión de los efectos producidos por los intercambios lingüísticos, ya sea de forma consciente o inconsciente; de acuerdo a Bourdieu estos elementos son: el habitus lingüístico y las estructuras del mercado lingüístico. La primera es definida como:

Toda dominación simbólica [que] implica una forma de complicidad que no es ni sumisión pasiva a una coerción exterior, ni adhesión libre a los valores. El reconocimiento de la legitimidad de la lengua oficial no tiene nada que ver con una creencia expresamente profesada, deliberada y revocable, ni con un acto intencional de aceptación de una «norma»; en la práctica, se inscribe en las disposiciones que se inculcan insensiblemente, a través de un largo y lento proceso de adquisición, por medio de las acciones del mercado lingüístico. (Bourdieu, 1985: 25)

Es decir, el habitus lingüístico es tomado, para el caso del kichwa, como aquella dominación simbólica en la que los hablantes, sin coerción u obligación física directa pero tampoco sin una libre adhesión o elección, terminan por reconocer la mayor legitimidad o reconocimiento de una lengua oficial, como el español; esto como resultado de largos procesos de adquisición y de dominación simbólica que inician desde la llegada de los españoles, pasando por las proscripciones del siglo XVII, el sometimiento de los levantamiento de Tupac Amarú, hasta las lógicas comerciales capitalistas que llevan a los hablantes kichwas a tener complejos procesos migratorios en toda América Latina. Ahora, este habitus lingüístico, resultado de una dominación simbólica y de elecciones que se realizan inconscientemente, sólo es evidenciado en la unificación de un mercado lingüístico: acto político de unificación, donde los hablantes están -bajo la lógica no de una coacción, pero tampoco libre adhesión o elección, quizás más bien, bajo el sentido de una acción inconsciente resultado de los procesos de dominación- obligados, es decir determinados, a practicar y aceptar la lengua oficial. Ya que como menciona (Bourdieu, 1985: 19) “la lengua

es un código, entendido no sólo como cifra que permite establecer equivalencias entre sonidos y sentidos, sino también como sistema de normas que regulan las prácticas lingüísticas”, lo que implica necesariamente que los mercados lingüísticos, surgen precisamente de esta unificación lingüística, y de la debida exclusión de otras prácticas:

El sistema de enseñanza, cuya acción va ganando en extensión e intensidad a todo lo largo del siglo XIX, contribuye sin duda directamente a la devaluación de los modos de expresión populares, rechazados al estado de «jerga» y «jerigonza» [además de las lenguas que están por fuera del proceso de unificación del mercado lingüístico] y a la imposición del reconocimiento de la lengua legítima. No obstante, el papel más importante en la devaluación de los dialectos [además de las lenguas como el kichwa] y la implantación de la nueva jerarquía de usos lingüísticos, corresponde sin duda a la relación dialéctica entre la escuela y el mercado de trabajo o, más precisamente, entre la unificación del mercado escolar (y lingüístico), vinculado a la institución de títulos académicos con valor nacional e independiente —al menos oficialmente— de las propiedades sociales o regionales de sus portadores, y la unificación del mercado de trabajo. (Bourdieu, 1985: 23)

Como se evidencia, hay una fuerte relación entre: las prácticas de unificación del mercado lingüístico en una sola lengua oficial, las lógicas de reproducción ideológicas de la escuela que perpetúa, asegura e implanta la jerarquía aceptada de los usos lingüísticos y los procesos de comunicación o de intercambio lingüístico. Esto para Bourdieu es evidenciado en lo que denomina -de forma peculiar- como la relación dialéctica entre el mercado escolar y lingüístico y la unificación del mercado de trabajo. A partir de ello, se comprende el porqué, las lógicas comerciales de los kichwas, los llevan a salir de territorios ancestrales como Otavalo para movilizarse a lugares que estén por fuera de la lógica económica de la dolarización, intervienen directamente en el mantenimiento o sustitución de su lengua en espacios urbanos como Bogotá: la conversión y correlación de los factores económicos, de

intercambio lingüístico y procesos de educación, señalan directamente el uso social de la lengua como un valor social de un conjunto de usos que:

tienden a organizarse en sistemas de diferencias (entre las variantes prosódicas y articulatorias o lexicográficas y sintácticas [además de idiomáticas]) que reproducen en el orden simbólico de las separaciones diferenciales el sistema de las diferencias sociales (Bourdieu, 1985: 26)

Es decir, la dominación subyacente al análisis de la situación y contexto comunicativo de los hablantes kichwas, implica reconocer las lógicas de un mercado lingüístico unificado en una lengua dominante y oficial, el español; de allí que el kichwa en su mantenimiento y uso señale un uso social que marca diferencias sociales en un orden simbólico: un sistema de diferencias que Bourdieu señalará y reconocerá como la marca de una distinción, pues como ya se ha señalado “la constitución de un mercado lingüístico crea las condiciones de una rivalidad objetiva en la cual y por la cual la competencia legítima puede funcionar como capital lingüístico que produce, en cada intercambio social, un beneficio de distinción”

(Bourdieu, 1985: 29). Este sistema de diferencias producido objetivamente por la competitividad del mercado lingüístico, que es exclusivamente y únicamente identificado en los intercambios del mercado, y jamás en el nivel inmanente y trascendente o subjetivo-ideal de la lengua como perspectiva metodológica, permitirá analizar los procesos de dominación y de reproducción de los órdenes simbólicos, puesto que:

Una competencia suficiente para producir frases susceptibles de ser comprendidas puede ser completamente insuficiente para producir frases susceptibles de ser escuchadas, frases propias para ser reconocidas como de recibo en todas las situaciones donde se hable. Una vez más, la aceptabilidad social no se reduce en este caso únicamente a la gramaticalidad. De hecho, los locutores desprovistos de la

competencia legítima quedan excluidos de los universos sociales en que ésta se exige o condenados al silencio. (Bourdieu, 1985: 29-30)

Una vez más recordamos al hablante excluido, al mudo a pesar de tener un habla, pues esta no es la propia, es la lengua de un otro que lo ha dominado, y su habitus lingüístico es prueba de ello: la existencia de locutores y hablantes sin una competencia legítima en un mercado que marca diferencias y asigna distinciones. Los otros, los excluidos del universo social deberán “mejorar”, o mejor, cambiar sus competencias mediante la sustitución de sus lenguas: exclusión y silencio. Todos estos fenómenos, resultado de los intercambios sociales que no son percibidos, sino en el lenguaje como producto social. Ahora bien, ¿Cómo reconocer estos ejercicios de dominación, estas prácticas excluyentes que afectan al kichwa, y de qué manera describir esta situación comunicativa que viven los hablantes tanto en Bogotá como en Otavalo?