III. LA BELLEZA DE HELENA
5. Lenguaje y Silencio
La idea que marcó el inicio de la investigación se enfrenta a la gratuidad con la que el hombre se expresa cada vez que tiene que manifestarse sobre la experiencia estética. Esta gratuidad, en muchos casos, pone al hombre en el riesgo de que todo cuanto exprese sobre este concepto y otros que revisten la estela del misterio, de lo inefable, de ser conducido a un puerto ficticio. Al llegar al final de este capítulo, y como cierre de la primera parte de nuestro trabajo, en el que al inicio se trabajó sobre la noción de lenguaje, creemos que quedaría incompleto si no se considerara la posibilidad del silencio particularmente ante la experiencia de la belleza.
Ante este hecho no puede pasar inadvertida la necesidad del silencio. Este silencio debe ser entendido no tanto como una prohibición de la capacidad de expresarse, sino como un ‘lugar-espacio’, un fondo, en el que el mismo hombre se mueve, contempla, y madura la palabra. El lenguaje simbólico encierra en sí mismo la coexistencia del mythos y del logos, el símbolo es el umbral entre ambos. Lo que el hombre pueda expresar sobre la belleza, su discurso, no tendría la misma fuerza si no hubiere sido alimentado en el silencio. No hay palabra sin silencio. El silencio, es el lenguaje sin palabras en el que el aparecer del fenómeno habla dando realidad experimentable al ser. Todo cuanto se pueda gustar en este horizonte silencioso sirve de materia que devuelve a la palabra su fuerza convincente.
454 Cfr. Ibídem. p. 35. 455 Ibídem, p. 36.
El hombre que se encuentra totalmente volcado hacia la apariencia de lo bello, y que se pronuncia instintivamente sobre ello, demuestra en su discurso una cierta incapacidad para llegar a lo propio de la verdad, sobre todo porque no se ha aproximado a ella, sino a su aparecer. Afirma Emilio Komar que la dificultad no es externa sino interior. El problema se desplaza entonces de la exterioridad a la interioridad456. “El hombre que ha perdido el silencio no capta el sentido de los seres o lo hace con dificultad, está descolocado”457, está fuera de foco.
Cuando se capta el sentido de las cosas, el hombre se enriquece. Contemplar los seres, darse cuenta, amarlos, nos llena de fecundidad, pues esa contemplación automáticamente, como se ha expresado, se transforma en testimonio. El eros, el amor que produce la belleza, y esta belleza que mueve al hombre en un camino de ascenso es real, no es la belleza ficticia, proyección de lo que se desea. El enamoramiento que surge de la experiencia estética no es otra cosa más que la percepción clara de la belleza de este ser. Para captar el ser de alguien en orden a su mismidad, éste debe ser apreciado como tal. No aplicarle un molde desde afuera. Porque la perfección que se pretende alcanzar y hacia la cual señala la belleza, es posible sólo en la línea de lo propio, se perfecciona en la línea de su modo de ser.
Afirma Komar, que la perfección está necesariamente ligada a lo genuino, a lo auténtico, a lo propio458. Por lo que hay que saber descubrir lo propio. Para ello es necesario estar atento. Un ser es bello en la línea de lo propio. Y este propium se revela en la atención, en la contemplación, la cual exige silencio. En palabras textuales de Komar:
Porque el ser me interesa, procuro callar para entender cómo es. […] es el ser lo que aparece en el silencio, lo que de veras es, su verdadera bondad, su belleza. El silencio es la gran condición del amor459.
Cuando los ancianos de Troya logran contemplar a Helena, se encuentran ubicados en el espacio del silencio que ha producido la suspensión de la batalla entre los dos ejércitos, esta disposición externa es un elemento que prepara este encuentro con Helena-Belleza. El verdadero amor no se dirige a las cualidades y a los atributos, al eidolon sino que va hacia el ser, el eidos460. Se trata de que una vez que la apariencia ha cumplido con su
456 Cfr. KOMAR, Emilio. El silencio en el mundo. Buenos Aires: Sabiduría Cristiana, 2005. p. 9. 457 Ibídem, p. 17.
458 Cfr. Ibídem, p. 18. 459 Ibídem.
misión, es el caso de la Helena estesicorea, debe desaparecer, “se debe hacer callar todo aquello que perturba el acceso a la realidad. Y eso es silencio”461. En este sentido es que Komar cita las palabras de Simone Weil: “un método para comprender las imágenes, los símbolos, etc.: no tratar de interpretarlos, sino simplemente mirarlos hasta que brote de ellos la luz”462.
El hombre nunca debe dejar de prestar atención a este lenguaje interior, para evitar el estrépito de la confusión, confusión que significa pérdida de lo propio, pérdida de la posesión de sí mismo, porque uno se confunde con los demás. La confusión diluye los contornos preciosos de las cosas, de los hechos, de los acontecimientos, de las situaciones, y hace perder, en definitiva, el sentido del propio ser. Aún después de haber ensayado en el silencio la palabra exterior para comprender cómo son las cosas, para poder establecer contacto con lo que es, se experimenta la incapacidad de poder decirlo completamente463, ya que la realidad es inagotable464.
461 Ibídem, p. 28.
462 Ibídem, p. 37. 463 Cfr. Ibídem, p. 73. 464 Cfr. Ibídem, p. 74.