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Leonardo Goyret*

In document Renovación nº 29 Enero 2016 (página 72-74)

un encuentro de fe. Por ese encuentro de fe, que es un don de Dios, es que creo que él realmente vive y así confirmo que esas leyendas son ciertas en su mensaje funda- mental (aunque no lo sean literalmente en todos sus detalles literarios). Mi experien- cia personal con Cristo es lo que las valida, porque él es quien las confirma al hacerse presente en mi vida como alguien vivo, su- premamente vivo. Sin ese encuentro, esas leyendas serían puras palabras piadosas de gente crédula de un pasado, que vaya a sa- berse cómo es que se imaginaron tales cosas... Pero sucede que yo experimento, por la fe, algo similar a lo que ellos vivie- ron. Y algo más notable aún, porque bien dijo el Señor a Tomás: "Dichosos los que creen sin haberme visto" (Juan 20: 29). Lo dicho nos exige afirmar, como creyen- tes críticos, que es Cristo quien valida la Biblia, y no la Biblia a Cristo. Y esta ha sido la comprensión básica que han desarro- llado las teologías modernas desde Schleiermacher (a principios del siglo XIX). Una comprensión que las teologías más tradicionales, hasta hoy, siguen sin en- tender. Porque continúan apoyando su fe en un texto, y no en la verdadera roca, que es la experiencia de fe en el Cristo viviente, nuestro Señor y Salvador. Con la mejor de las intenciones, se apegan a un texto como base (es decir, a la Biblia), y no a Cristo, que es la base verdaderamente sólida que Dios nos ha revelado (cf. Mt. 7: 24; 21: 42; Jn. 14: 6; 17: 3; 1 P. 2: 7).

Y entonces sucede algo penoso con estos creyentes literalistas: por ese apego equi- vocado a otro fundamento, a un libro de Dios pero hecho por hombres, cualquier cuestionamiento a la veracidad de los tex- tos que contiene, aún en sus detalles más pequeños, los perturba. Y por eso muchos creyentes no pueden aún hoy digerir la teoría de la evolución. Tal como otros, hace cua- tro siglos, tampoco podían tolerar la teoría heliocéntrica de Copérnico. Todos estos creyentes sinceros, pero equivocados de fundamento, han sentido que si admiten que en la Biblia hay mitos y leyendas, se va a desmoronar la base principal de la fe,

que para ellos es la Biblia misma. (Y así lo creen hasta tal punto que suelen comenzar sus declaraciones de fe hablando de la Bi- blia y no de Jesucristo, y de la Biblia como “infalible” e “inerrante”. Así muestran cla- ramente en qué basan su fe).

A ellos les decimos nosotros, creyentes leales del Cristo que vive, y a la vez críticos de los textos sagrados que lo atestiguan: ¡No, señores! ¡Nada malo les va suceder si acep- tan que el fundamento de la fe cristiana no es la Biblia, sino Jesucristo viviente! Avan- cen por el camino de la exégesis histórico- crítica sin miedo. Y hacia una hermenéutica que los libere de ese condi- cionamiento textual. Y de tantos otros pre- juicios culturales que, apoyados en un literalismo pre-crítico, gran daño han hecho a tantas personas (apoyo a la escla- vitud y luego a la segregación racial, sumi- sión social de las mujeres, rechazo a los derechos de las minorías sexuales, etc.). Avancen sin temor por una hermenéutica crítica y liberadora, que los haga libres de ese condicionamiento miedoso. Del mismo que los hace incapaces de soportar los des- cubrimientos de las ciencias modernas y de una investigación científica de la Biblia. Con amor que vence al temor, levanten la casa de su fe sobre la roca más segura, la verdadera “Palabra de Dios”, que no es un libro (por más sagrado que sea) sino el Cristo viviente (cf. Mt. 7: 24-27; Jn. 1: 1; 14; 18; Apoc. 22: 12-13). Lejos de desmo- ronarse, la casa de la fe se alzará mucho más sólida, cimentada en Cristo y fortale- cida por el amor y por la ciencia.

En suma, seamos libres todos los creyentes para interpretar las Escrituras sin miedo y con amor, para bien de todos (cf. Jn. 8: 32; Gál. 5: 1; Stg. 2: 12; 1 Jn. 4: 18). Recono- ciendo que, como nosotros, también esos textos sagrados son como “vasijas de barro que contienen un tesoro”. Que no es otro que el fundamento definitivo e irrevocable revelándose vivo en nuestras vidas, y nosotros en él: Jesucristo (2 Cor. 4: 7; cf. Gál. 2: 20; 2 Tim. 4: 7-8; 1 Jn. 5: 11-12). R

Como creyente cristiano, yo creía que lo de sermonear era cosa de curas, pastores y predicadores en general. Pero resulta que no, que también los medios pueden ser- monearnos, que viene a ser algo así como ‘hacernos cul- pables de todo’. En efecto, durante estas dos semanas transcurridas desde los atentados terroristas de París del pasado 13 de noviembre, he venido prestando cierta atención a los focos de interés de los medios. Y me ha llamado mucho la atención que una buena parte de ellos, pasados ya los dos días de rigor informando sobre la ma- tanza en sí, al hablar del terrorismo que algunos hacen en nombre de Alá ponen mucho cuidado en aclarar que no se debe culpabilizar a los musulmanes por los atenta- dos. Y no falta la emisión inmediata de entrevistas a lí- deres musulmanes que se afanan en desmarcarse de los terroristas diciendo que esto no tiene nada que ver con el Islam. Obviamente, esto es una gran verdad. Pero, ¿por qué razón se insiste tanto sobre ello justo tras cada atentado? Tácitamente, se nos hace a todos culpables de islamofobia. Y a pesar de que nadie puede negarla, la verdad, no resulta muy sensible dar la impresión de que la sociedad atacada es la culpable. Y esto empeora cuando se nos dice que buena parte de los terroristas han salido de barrios marginales de Bruselas o de París, co- mentándose acto seguido que ello sería una muestra del fracaso de las políticas de integración. De nuevo, culpa- bles por no saber integrar. Doblemente, pues, culpables. Finalmente, también abundan las entrevistas de analistas políticos o de especialistas en geo-estrategia, que nos

dicen que Occidente en general, y determinados países occidentales en particular, son culpables de todo cuanto acontece por haber desestabilizado militarmente a Oriente Próximo, generando la aparición de movimien- tos radicales. Así pues, triplemente culpables, porque esto también es verdad.

Concedido: todo ello tiene su parte de verdad. Sí, hay mucha verdad en todo ello, y nuestras sociedades occi- dentales participan de la culpa de cuanto ocurre. Y es bueno hacer auto-crítica. Y sí, aguantaremos el sermoneo de los medios por esta razón. Pero…, pero por la misma razón doy gracias al bloguero musulmán «Chronic 2 Bass» que se ha atrevido a colgar en Youtube un grito ai- rado contra los terroristas, animando a sus correligiona- rios a denunciar a quienes frecuentan las mezquitas no con intenciones de piedad religiosa sino con propósitos de movilización contra los valores de la República Fran- cesa. Seguramente por mi ignorancia, nunca había oído a un musulmán pronunciando una denuncia tan dura y tan sentida en un medio de gran difusión, y a pesar de ello tan lúcida. Aunque algunos medios han cuestionado la credibilidad de este bloguero por escribir otros blogs contra algunas mujeres (cf. metronews), ello no resta verdad al hecho de que a menos que el mundo musulmán en general entone alto y claro un mea culpa que acom- pañe al mea culpa de la sociedad civil europea, no habrá solución posible y las cosas solo pueden ir a peor. Y ya puestos, yo apreciaría profundamente que además del mea culpa, los dirigentes musulmanes también reivindi- caran con convicción los derechos fundamentales de li- bertad para todas las religiones en los países de tradición islámica.

Desde esta palestra pública que es entreParéntesis, he de- fendido en varios posts que una característica de auten- ticidad de las religiones debe ser su capacidad autocrítica, y que es ésta precisamente una de sus mejo- res contribuciones a la sociedad. Y hablar de autocrítica es hablar de humildad, una virtud que se supone es trans- versal a toda religión. R

In document Renovación nº 29 Enero 2016 (página 72-74)