Las Leyes 294/1996 y 575/2000 tiene una importancia en la perspectiva de los derechos fundamentales de la familia y la mujer en cuanto a la protección de la misma.
En el artículo 1º de la ley, plantea el tratamiento integral de las diferentes modalidades de violencia en la familia a efecto de asegurar a esta en su armonía y unidad. Constituye un avance con base en el artículo 42 de la Constitución nacional, la cual promueve la intervención integral de un fenómeno complejo y multicausal como es la violencia intrafamiliar, dejando clara la intervención que de parte de su complejidad, lo cual exige una mirada interdisciplinaria e intersectorial.
El artículo 2º de la Ley plantea que la familia se constituye por vínculos naturales o jurídicos, por la decisión libre de un hombre y una mujer de contraer matrimonio o por la voluntad responsable de conformarla. Se pasa de una idea sacralizada e in inmutable de familia, a una idea secularizada de las relaciones familiares. La familia y la pareja se trasforma, se reconstituye, y el Estado está en la obligación de reconocer estos cambios desde las políticas públicas a fin de garantizar derechos y asegurar el acceso a los servicios por parte de los actores familiares.
El artículo 3º De la Ley plantea los siguientes “principios para su interpretación y aplicación”:
1. La primacía de los derechos fundamentales y el reconocimiento de la familia como institución básica de la sociedad.
2. Toda forma de violencia en la familia se considera destructiva de su armonía y unidad, por tanto, será prevenida, corregida y sancionada por las autoridades públicas.
3. La oportuna y eficaz protección especial a aquellas personas que en el contexto de una familia sean o pueden llegar a ser víctimas, en cualquier forma de daño físico o síquico, amenaza, maltrato, agravio, ofensa tortura o ultraje por causa del comportamiento de otro integrante de la unidad familiar.
4. La igualdad de derechos y oportunidades del hombre y la mujer
5. Son derechos fundamentales de los niños. La vida, la integridad física, la salud, la seguridad social, la alimentación equilibrada, su nombre y nacionalidad, tener una familia y no ser separados de ella, el cuidado y el amor, la educación, la cultura, la recreación y la libre expresión de sus opiniones.
6. Los derechos de los niños prevalen sobre los demás.
7. La preservación de la unidad y la armonía entre los miembros de la familia, recurriendo para ello a los medios conciliatorios legales cuando fuere procedente.
8. La eficacia, celeridad, sumariedad y oralidad en la aplicación de los procedimientos contemplados en la presente ley.
9. El respeto a la intimidad y al buen nombre en la tramitación de los conflictos intrafamiliares.
Con todos estos mecanismos jurídicos la Ley 294/1996 y 575/2000 no logran vencer la violencia como mito, por la barrera de la cultura, el patriarcalismo, la familia autoritaria, ya que según encuestas demográficas en Colombia el 41.10% de la mujeres unidas a una pareja sufran de la violencia domestica o intrafamiliar, así mismo, esta mismas encuestas revelaron que el 27.4%, de las mujeres alguna vez unidas fueron objeto de violencia física, por parte del esposo o compañero y que sufrieron una lesión y visitaron un médico, centro de salud o institución2. Esto sin contar las mujeres que han sido asesinadas por sus esposos o compañeros. Lo anterior nos confirma la tesis que la violencia domestica opere como mito, es decir:
1) Una narración del origen, reiterado que repite una matriz narrativa perdida. 2) El mito opera con tensiones y contradicciones que no pueden ser resueltas sin la profunda transformación de la sociedad y que por eso son trasferidas a una solución imaginaria que niega y justifica la realidad. 3) El mito violencia se cristaliza en creencias que son interiorizadas al punto en que no son percibidas como tales sino como la propia realidad, la cual se vuelve invisible. Verbigracia la violencia intrafamiliar. 4) El mito violencia es
2 Citado por: ORGANIZACIÓN PANAMERICANA DE LA SALUD, UNIDAD DE GÉNERO Y SALUD. Modelo de
una práctica que resulta de las acciones sociales y produce a su vez otros actos que lo confirman. Es decir un mito genera valores, ideas y comportamientos que lo reiteran en y por la acción de los miembros de la sociedad; el ejemplo: la familia autoritaria. 5) El mito tiene una función apaciguadora y repetitiva, asegurando a la sociedad su auto conservación dentro de las trasformaciones históricas. Esto significa que un mito es soporte de ideologías: las fábrica para poder enfrentar y negar simultáneamente los cambios históricos, pues cada forma ideológica está encargada de mantener la matriz mítica inicial: en este caso la violencia a la mujer y la violencia intrafamiliar.
Las prácticas sociales y culturales han hecho nugatorias las aparentes conquistas constitucionales, como es el caso de la violación recurrente a derechos y garantías laborales de las mujeres, tales como la licencia remunerada de maternidad (12 semanas), la hora de lactancia y la indemnización en caso de despido injusto entre otras cosas.
Lo anterior se presenta por los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres que vienen con una educación clásica, de una sociedad patriarcal que es un sistema social, ideológico y político que privilegia lo masculino, mediante el cual los hombres tienen el dominio y control de los bienes y de las personas, usando la presión directa o por medio de símbolos, ritos, tradiciones, leyes, educación, el inconsciente colectivo, la maternidad forzada, la división sexual del trabajo. Las mujeres, por el contrario son subordinadas a ellos. “…Es este desbalance de poder lo que permite y facilita el aprendizaje y la práctica de la violencia de estos hombres hacia las mujeres” (Caicedo, 2001:4)
Todas las manifestaciones de violencia que se cometen contra las mujeres están estrechamente relacionadas con un ejercicio abusivo del poder, que es el resultado de un orden jerárquico que ha colocado a los hombres en un rango de superioridad y a las mujeres en un rango de inferioridad. La violencia a su vez permite perpetuar a esa jerarquía al subordinar y oprimir a las mujeres.
Batres (1997) señala, que existe una jerarquía de poder basada en el sexo, edad y distribución de recursos económicos y personales. Generalmente quien
tiene esos recursos y atributos es el hombre adulto. Esta posición de los hombres como jefes de familia ha sido legitimada por el esquema de la familia patriarcal y todas las instituciones sociales han apoyado y reconocido este poder.
Batres (1997) indica que el abordaje del problema de la agresión contra mujeres de todas las edades y niños se debe hacer tomando en cuenta la perspectiva de género. Esto implica reconocer la desigualdad de opciones y de poder entre hombres y mujeres, dentro y fuera de la familia. Además, indica que existe opresión en razón de la etnia y la clase social, no obstante, el género está siempre presente como categoría básica de organización social y familiar.
Desde la perspectiva de genero nos permite decodificar el pensamiento biologista y cuestionar ese discurso esencialista. A su vez pone de evidencia el androcentrismo implícito en el modelo de lo humano, del cual se ha partido, porque no involucra a ambos sexos, sino solamente a lo masculino.
Otro de los mitos de la violencia esta en el determinismo biológico que hace creer a todas las personas, que el comportamiento de las mujeres y de los hombres es naturalmente dado como producto de su biología, pretendiendo con eso considerarla inferior y a partir de ahí perpetuar esa condición de la superioridad-inferioridad mediante la asignación de roles diferenciados: “De manera que cuando hablamos de unos «roles» femeninos y masculinos, no podemos perder de vista que estos papeles sociales atribuidos, respectivamente, al hombre y a la mujer son la mera consecuencia de una artificiosa construcción cultural, ni olvidar tampoco que dicha cultura ha sido elaborada por el varón, es decir, precisamente por aquél que a través de la norma y como consecuencia de ella redujo a la mujer a la dependencia y subordinación suyas, secuestrándola en su libertad y convirtiéndola en objeto de sus propios intereses” (Pérez del Campo, 1995, pp. 31- 32).
Esa injusta dominación ha prevalecido a través de los siglos, como afirma Simone de Beauvoir, a partir de la reproducción y la maternidad que fueron las que condicionaron la función sociológica de la mujer en los inicios de la historia.
Y es a partir de los criterios distributivos se condiciono la “suerte” posterior de la mujer, el hombre se consolida y se perpetúa convirtiéndose en privilegios y prerrogativas, mientras la mujer siguió su papel en el reparto de funciones como única responsable del cuidado del hogar y las múltiples tareas que conlleva. De la perpetuación de ese rol de la mujer, como parte de su feminidad se encargaron literatos, científicos, artistas, pintores, filósofos e ideólogos de la religión, quienes con sus posiciones misóginas, reprodujeron el mito de la mujer como un ser incapaz y por ende inferior.
Se construye así una cultura sexista de sometimiento de las mujeres. “Tal es el destino preparado por el hombre para la mujer” Funciones especificas, “interesada y cuidadosamente determinadas por el otro sexo, constituyen las encrucijadas de un complicado laberinto desde el cual, la mujer que intente hallar su salida en busca de libertad personal y propia autonomía, ha de pagar, aun hoy en día, costos altísimos (Pérez del Campo, p. 35)
Es así como, ayer como hoy, los hombres tratan de obstaculizar todos los intentos de superación de las mujeres, por “temor” a compartir privilegios, espacios de poder, por prejuicios misóginos, por las debilidades de ellos, los recelos, ocasionando con ello el infortunio que viven las mujeres, por ende la asignación de características diferenciadas para hombres y mujeres a través de la historia se mantiene hasta la fecha.
Es a partir de este contexto que el fenómeno social de la violencia contra las mujeres, no tiene límites ni reconoce fronteras, la sufren las mujeres independientemente de su condición económica, edad, etnia, orientación sexual.
Pero, otro hecho que corrobora el mito como violencia es el silencio de la sociedad en general frente a los actos de brutalidad perpretados por los hombres contra las mujeres y los hijos e hijas en el ámbito domestico. Pérez del Campo afirma: “Es desconcertante la actitud general de las personas frente a sucesos violentos de este genero, se completaría si se entrara a valorar el impacto psíquico que para los seres humanos significa la contradicción de que la violencia se geste y se desarrolle en el plano familiar, aquél que desde el
punto de vista histórico y cultural se nos presenta como núcleo indiscutible en el que cristalizar nuestras expectativas de felicidad y en el cual deben germinar y desarrollarse los sentimientos del amor, el afecto y el respeto mutuo junto a virtudes tan anheladas por las personas como la fraternidad y la generosa solidaridad” (ídem, pp. 73-74)