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3. GLOBALIZACIÓN, MERCADO Y PODER

3.1 La liberación de las alteridades

Desde la Ética de la Liberación se busca valorizar la parte negada, aquellas manifestaciones que fueron descartadas y sus poblaciones reducidas a víctimas. La Modernidad europea necesita someterse al juicio humano e histórico que busca encontrar el rostro del otro y demostrar una racionalidad diferente que ponga luz en la irracionalidad de la Modernidad.

Dussel invoca un sentimiento histórico nuevo que llama Trans-

Modernidad, al que identifica con la toma de conciencia de los límites de la

Modernidad; la idea de centralidad y racionalidad de un único y exclusivo grupo social, provoca la irracionalidad de ese grupo; un grupo que pide originalmente autonomía, pero niega la autonomía a otros grupos; que defiende la racionalidad contra la “inmadurez”, pero que niega la racionalidad de otros grupos diferentes; que pide iniciativa y libertad pero que niega las posibilidades

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históricas y culturales de otros grupos. En definitiva, un grupo que impone un sistema y una forma de vivir que ignora las posibilidades y conquistas presentes en la historia de otros grupos humanos.

La Trans-Modernidad que Dussel defiende es igualmente un proyecto mundial. “Tiene que fundamentarse en la Alteridad, o mejor, en la liberación de

las alteridades negadas” (Dussel, Para una ética III 356); reconoce al Otro

como sujeto y como cultura, es co-esencial a la misma Modernidad, permitiendo que su forma de ser se realice totalmente.

El proyecto de la Trans-Modernidad es, por lo tanto, una co-realización de lo negado por la Modernidad excluyente y exclusiva. Dussel recuerda la necesidad de lo analéctico, la sensibilidad generosa y solidaria para reconocer y el aproximarse del otro para incorporar la alteridad negada, defendiendo que la Modernidad sea capaz de asumir la parte negada de las víctimas, como sujeto humano y como pueblo.

“La negación de una globalización inhumana y excluyente, que comienza históricamente eurocéntrica y que se mantiene en la actualidad bajo los mismos conceptos, se hace presente ya en Ricoeur” (Dussel, Para una ética III

39), a quien Dussel recurre para su reflexión sobre las relaciones mundiales. El objetivo de Ricoeur es analizar la relación entre la civilización universal, marcadamente eurocéntrica, como un sistema de globalización moderno y, al mismo tiempo, la experiencia de culturas locales. Para Ricoeur, la civilización universal se constituye y organiza a partir de varios elementos. El primero está definido por el “espíritu científico” moderno europeo; el segundo determinado por las estructuras técnico-instrumentales propias del espíritu científico anterior; el tercero constituido por políticas y economías racionalizadas y universalizadas. Estos tres elementos constituyen y generaran un tipo de vida mundializada.

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Ricoeur considera que

“hay aportaciones positivas en estos elementos, tales como la conciencia de una realidad planetaria y la conciencia de la única humanidad, el acceso de los bienes de consumo y de cultura, la lucha contra el analfabetismo y otras acciones que contemplan la promoción del ser humano” (Dussel, Para una ética III 360).

Pero, al mismo tiempo y contradictoriamente, se advierte una negación, muy sutil y eficaz, de los núcleos creadores de las grandes culturas y de las grandes civilizaciones. Aquello que Ricoeur llamó núcleos éticos-míticos están siendo negados y rechazados. Los elementos interpretativos, sociales e históricos, las formulaciones antiguas vividas durante milenios, no tienen espacio en la nueva forma de universalización, lo que provoca un enfrentamiento entre la realidad universal que se va erigiendo y las experiencias de las realidades particulares que formaron y forman parte de las culturas locales. Estas culturas, no tienen la posibilidad de recrearse y desarrollarse. Experimentan la muerte histórica. De hecho, Ricoeur piensa que

“las culturas particulares, inclusive las más tradicionales, no resistirán a la occidentalización mundial” (Dussel, Para una ética III 361).

La realidad, de hecho, presenta una civilización como sistema universal marcada por la “razón instrumental”. Al mismo tiempo, presenta culturas particulares sin capacidad de comunicación entre ellas. La universalidad se da a nivel instrumental mientras que la particularidad cultural se vive materialmente en el “núcleo ético-mítico”. Esta situación, para la Ética de la Liberación, significa la universalización de un proceso de dominación eurocéntrico y angloamericano, opinión que comparte con otras filosofías locales, igualmente ignoradas sistemáticamente. Es el caso de las filosofías pos-coloniales africanas, que denuncian las teorías centralistas a partir de un proceso dialéctico en el que se confrontan el universalismo moderno y el particularismo local. Llegan a la conclusión de una propuesta que respete la necesidad de una política mundial e intercultural, y no la imposición de una política económica global, idéntica para todos los países y todas las culturas.

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Dussel es consciente en su reflexión sobre la globalización de la posibilidad de un carácter humanista y comunitario para la misma. En su visión de la historia de la humanidad, Dussel reconoce y defiende movimientos anteriores a la globalización, diferentes de la globalización actual. Vale recordar que, para Dussel, la historia de la humanidad no comienza con la historia europea, como muchas veces se ha podido expresar. Algunas cuestiones ya están universalizadas desde siglos atrás, como la división de la semana en siete días, división que corresponde a las culturas mesopotámicas y que se impusieron de forma pacífica y administrativa a lo largo de siglos. Este hecho concreto ya indica una realidad anterior, marcada por la cultura mesopotámica y egipcia, que formaron un sistema-mundo, dentro del mundo entonces conocido, caracterizado por su forma de interpretar la realidad, y que no siguió los patrones del eurocentrismo. Este sistema, Dussel lo sitúa cronológicamente a partir del siglo IV antes de Cristo.

Otros ejemplos pueden ser igualmente expuestos, como expresión de las mal llamadas, para Dussel, culturas indo-europeas, pues en realidad se trataba de culturas asiáticas, concretamente de China y Mongolia, que utilizaron, con anterioridad al resto del mundo, los recursos del hierro y del caballo. De la misma forma que en el caso anterior, ya se puede hablar de un sistema-mundo que se extiende por todo el planeta conocido y que, al igual que en el caso de Mesopotamia y Egipto, no es eurocéntrica.