No es posible desligar la narrativa posmoderna del apabullante ejercicio expresivo que, implícito, ofrece una alta dosis de vertiginosidad, traducida en la multiplicidad de estrategias que a diferencia de otro tipo de novelas, (costumbristas, realistas, históricas) facilita una creación fluida, arriesgada, intempestiva, con la posibilidad de la saturación de datos que permiten exacerbar los sentidos hasta el colapso, transformar la idea de la cotidianidad en posibilidades ilimitadas de mundos novísimos cargados de desafíos, en los que se propone la ruptura de la convencionalidad mediante el apabullamiento de historias entrecruzadas, henchidas con la nostalgia, la desazón y un extraño sentido del humor, contaminado por el dolor y la resignación que conlleva la aceptación de la imposibilidad de escape de un mundo en el cual no es posible sentirse cómodo.
La construcción novelística posmoderna tiene una doble valía; por un lado está la reutilización de los aspectos culturales existentes para dotarlos de un nuevo significado que permite, a través de la remembranza y la conexión con los módulos culturales como la música, las descripciones de ciudad, las alusiones al séptimo arte, al teatro, generar una creación que alude al sujeto como una recopilación de la cultura, una compilación aparentemente caótica, pero estructurada de tal manera que mantenga presentes los componentes como la desazón, la
angustia, la soledad, el sinsentido. De otra parte, la producción narrativa gestada en la voz de los personajes se torna un complemento de esa cultura, otorgándole a la palabra, a la estructuración del discurso un alto poder reflexivo y crítico; no es un discurso ligero, aunque el personaje esté inmerso en un mundo grácil y llano, su discurso aleja esas características, conformándose su voz en una potente alerta crítica que cuestiona su vivir en ese plano tal como lo perfila Rodríguez al afirmar que: “En el caso de la novela, el narrador asume el papel de compilador y organizador (editor) de las materias narrativas al interior del mundo ficticio y no es un inocente colector de textos prexistentes, sino un activo productor de discurso intertextual” (67).
Si bien es cierto que más allá de la premura de lo comercial o del impacto social o de la venia en los círculos literarios, la novela posmoderna expone la realidad de un sujeto en mundo en el cual se le obligó a vivir y por eso le duele tanto hacerlo, también lo es que al ser un texto literario, daría la posibilidad de generar una comprensión global, o por lo menos un acercamiento al estado del sujeto posmoderno que traspasa las páginas de la novela. La posibilidad inherente del texto narrativo para poder exponer una realidad mediante múltiples formas ofrece una libertad absoluta, sin ningún tipo de restricción, incluso superpone su libertad al dedo acusador.
No obstante, esa autonomía absoluta que plantea la narrativa posmoderna lleva consigo la sectorización, la clasificación del receptor dada precisamente por una original forma expresiva que al incorporar los medios, esquemas narrativos novedosos, etopeyas complejas, no permite el acceso a cualquier tipo de lector; el objetivo primario de la narrativa posmoderna no es la
búsqueda de la masificación, de la loa, por lo tanto este tipo de narrativa queda fuera del radar del lector tradicional, impidiendo no solo su acercamiento a este tipo de novela sino la
compresión del sujeto que la habita, que de hecho, también puede ser ubicado fuera del texto impreso. Pareciese que la intencionalidad de la novelística posmoderna fuese mantener a los insólitos aislados, allá donde están arraigados, que su masificación o exposición les mermara el halo único que les permite ser ellos mismos en un lugar y tiempo en los cuales ellos no saben quiénes son, que la característica de peculiaridad fluyera precisamente por esa anomalía social de la que hacen parte y que inevitablemente deben existir para ser un medidor de la conciencia social.
Las sociedades siempre han producido extraños, sujetos que no encajan desde ningún contador íntegro o atractivo. Sin embargo la particularidad del extraño posmoderno es que se desconoce él mismo. Su mirada no puede apuntar a un horizonte pues definitivamente no lo puede apreciar, no lo detecta. Su vida no tiene como intención rebelarse al sistema, burlarse de él o manipularlo para su beneficio; su ausencia de norte, la incapacidad para vislumbrar el
horizonte es su mayor aflicción. La aureola de extrañeza desde afuera es poco llamativa,
incomprendida e incluso subvalorada, pero mirada desde el interior es un turbulento remolino de confusión que conlleva, en el caso del protagonista de El don de Juan, a generar estrategias para confrontar la monotonía de su vida en el mismo ring en donde batalla día a día: su mente.
Si bien el sujeto desfragmentado, conturbado, aislado y confundido es la nuez de la narrativa novelística posmoderna, no menos relevante resulta la estructura que da piel a las emociones confusas y desosegadas del sujeto inmerso en la posmodernidad. Dicha estructura, al hacer uso de un sinnúmero de expresiones comunicativas e incluirlas en un formato para el cual inicialmente no fueron diseñadas, requiere de la utilización sutil y estratégica de la palabra para así acceder de una manera certera a la presentación de los medios audiovisuales, pictóricos, radiofónicos, impresos, publicitarios, entre otros, como mecanismos que contribuyan al proceso comunicativo y en especial a denotar la emocionalidad y el influjo social que abanderan este tipo de novela.
Puede considerarse como una dificultad adicional el fusionar la estructura de los medios masivos con el nomadismo orgánico característico de la narrativa posmoderna, lo cual obliga al texto a hacer un uso particular de la descripción como estrategia para penetrar en la mente del lector y permitirle el proceso de inmersión que le dé la posibilidad de conectarse con el texto. El empleo de los medios masivos, adaptándolos al lenguaje escrito, contribuye entonces a cumplir con el objetivo de adentrar al lector en la diégesis al partir de disposiciones descriptivas que le resultan familiares, aprehendidas gracias al contacto permanente con esas estructuras narrativas.
Lo anterior no pretende presentar a la incorporación de los medios comunicativos como estrategia de venta de la narrativa posmoderna; todo lo contrario, el empleo de los mass media y su adaptación al formato escrito permite, más allá de asignar un formato particular de
presentación de las ideas, convertirlas, traducirlas en lenguajes comprensibles para el narratario: “Quizás lo posmoderno en arte pueda apreciare mejor desde ciertas actitudes y ciertas
moderno y uno posmoderno. Una primera actitud consiste en el hecho de que el arte posmoderno no responde tanto a una estética de formas como a una estética de fuerzas.” (Rodríguez, 83).
Dicha idea, así presentada, refuerza los intereses ideológicos y emocionales que priman por sobre los componentes estéticos, dejando a estos como una contribución de la proyección de la realidad, como una estrategia que va más allá de la simple “envoltura narrativa” y lo determina como una forma de lucha frente a la tradicionalidad del texto, envistiéndolo de funciones como la introyección o la confrontación. La estructura misma que se ofrece libertina en la narración posmoderna es un mecanismo relevante presentado en formas no lineales, empleando formatos poco comunes.
La propuesta no es un aporte de este tipo de novela pues hay múltiples casos en los que la estructura narrativa ha sido desacralizada para dar paso a novedosas construcciones que,
cargadas de referentes comunes, se tornan en sí mismas narraciones poco comunes5. No obstante, el tipo de discurso no lineal, aunado al empleo de formatos anómalos en las novelísticas
posmodernas facilita no solo la inmersión al mundo que la novela ofrece sino que es generador de sensaciones novedosas al establecer una conexión familiar con ellos, especialmente los audiovisuales pues puede ajustarlos e interiorizarlos a partir del conocimiento y la interacción cotidiana con ese tipo de formatos comunicativos.
5 “Composition N° 1, de Marc Saporta, una novela escrita en un mazo de cartas que pueden barajarse y leerse en
cualquier orden […] el Dictionary of the Khazars de Milorad Pavic (una novela escrita como si se tratara de una serie de entradas en un diccionario), Pálido fuego de Vladímir Nabokov (una historia contada en las notas a pie de página de un poema), e incluso la propia Biblia (la creencia cristiana de que el Nuevo Testamento es el cumplimiento del Antiguo, así como la numeración discreta de los versículos, invitan a una lectura paralela y discontinua que necesita de un complejo sistema de marcas a lo largo del libro”(Bryan, 254).
El empleo de las diferentes estructuras narrativas en la construcción novelística posmoderna permite, no solo la libertad expresiva del emisor quien explaya en las letras una mirada arrinconada, desesperanzada y dolorosa del mundo, produce a la vez un estado de “alerta sagaz” por parte del receptor, pues le enfrenta a un novedoso esquema comunicativo en el cual la libertad creativa absoluta elude los formalismos y a su vez las responsabilidades que conlleva la narrativa convencional. Es por eso que el lector se ve desafiado a asumir un rol de polo a tierra de esa energía liberada de la pluma del novelista posmoderno y contribuye a un nuevo nivel de co - creación en el cual no se limita al simple seguimiento de instrucciones sino a la
reformulación de su postura como lector al adentrarse en una narrativa que desvanece cualquier compromiso estético.
El ejercicio jeroglífico de construcción de la narración novelística posmoderna, ofrece al receptor la posibilidad de resignificar esa serie de datos que pareciesen inconexos, frustrantes e irrespetuosos para un lector acostumbrado a la narrativa tradicional; no obstante, es inevitable que lo lleve a la exigencia mental de ajustar las piezas, de organizar el rompecabezas que ofrece la novela y generar los eslabones con los cuales une la cadena que, aparentemente
desfragmentada, ofrece dicho texto. En palabras de Chatman: “Ya se tenga la experiencia de la narración a través de una representación o de un texto, los miembros del público tienen que responder con una interpretación: no pueden evitar el participar en la transacción, tienen que rellenar los huecos con sucesos, rasgos y objetos esenciales o posibles que por varias razones no se han mencionado” (29).
Al ofrecer esta novela una estructura organizativa no ortodoxa, es indispensable que el lector organice, analice y contribuya a la creación de un todo narrativo que le dé las suficientes
herramientas para acercarse al texto y así establecer un punto de conexión o rechazo, ambos puntos críticos y válidos, creados a partir de los vacíos informativos que deja el novelista, bien sea al azar o con la intención de permitir un proceso de producción bipartita. Es importante resaltar que en la narrativa posmoderna el ejercicio, cargado de ausencias, de vacíos en las historias que respalden la vida de los personajes, de datos acerca de sus orígenes, de los procesos evolutivos de los mismos, de las causas de su soledad, de su desazón, de su angustia, de su inconexión con el mundo, puede resultar sumamente desafiante. También permite, mediante la utilización de usos estructurales particulares, brindar posibilidades ilimitadas en la co –creación.
El recorrido realizado a través de los diferentes aspectos de las novelística literaria posmoderna permite tener una idea del grado de complejidad que encierra, sus múltiples posibilidades narrativas, su particularidad estructural, su fuerte presencia como mecanismo de denuncia, de radiografía social, de acusación frente al fenómeno de la nadería del sujeto, de su enajenamiento producida por la velocidad a la que ha sido sometido por una sociedad que le incita a la supervivencia, a la búsqueda del capital, inmerso en el remolino de la “potencia rectora del sistema capitalista mundial” (Bruner, 152). A continuación se apreciarán las herramientas que emplea El don de Juan para reflejar los sujetos que yacen inmersos en las turbulentas aguas de la posmodernidad.