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In document Logoterapia Lukas (página 57-66)

La búsqueda de identidad como proceso creativo

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intenciones amenazan con irse a pique. En momen- tos así, exigir a estos pacientes que se tumben có- modamente y realicen de memoria un ejercicio de relajación sería pedir demasiado. Pero si sólo tienen que poner un cásete y escuchar, se entregarán «sin pensar» al efecto sugestivo de las fórmulas de repo- so y, al mismo tiempo, se impregnarán de los con- ceptos de libertad y fuerza de voluntad.

En su época de adicción, los toxicómanos solían recurrir a un medio para transformar su estado inte- rior. En la fase de desintoxicación se les ha quitado o incluso prohibido este medio (destructivo), y en su lugar se les ha proporcionado otro medio (cons- tructivo): una cinta de cásete. Es posible que se vuel- van a enganchar a él, pero en cualquier caso es mu- cho mejor que el alcohol o las drogas. Además, al final el cásete deja de ser interesante, porque el pa- ciente se acaba sabiendo el texto de memoria y sólo bastan unos minutos en posición de relax para que todo fluya sin el menor esfuerzo.

UN EJEMPLO ILUSTRATIVO

Entre mis pacientes asistí una vez a una joven con cinco hijos que, tras el ingreso de su marido en prisión, había caído en un consumo abusivo de somníferos. Un día, los vecinos oyeron gritar y llo- rar a los niños y llamaron a la policía, que forzó la puerta y encontró a la mujer medio inconsciente.

Los hijos fueron puestos provisionalmente bajo la tutela de familias de acogida durante la estancia de la madre en un hospital. Tras el alta, la mujer vivía bajo la amenaza de perder a los niños en caso de reincidir, pero prometió que si se los llevaban a una residencia, se suicidaría. Los médicos le recomendaron recibir atención psicológica y fue derivada a mi consulta.

En nuestras conversaciones quedó claro que la joven recurría a las pastillas cada vez que se sentía angustiada por el futuro de su familia (un miedo to- talmente comprensible cuando el marido se halla en la cárcel) o cuando los hijos le hacían perder los nervios (algo igualmente comprensible cuando se tienen cinco niños pequeños que requieren, todos a la vez, la atención de la madre). Sometida al estrés de estas situaciones, la joven perdía los estribos y anhelaba el efecto aliviante de caer en un sueño profundo.

Este cuadro era el ideal para aplicar los métodos de relajación de Jacobson, que la mujer aprendió con empeño. Cuando los dominó, fui introduciendo fórmulas de entrenamiento sugestivo de la voluntad del tipo: «Está tranquila, muy tranquila, nada puede alterarla, sus miedos se han desvanecido, sus nervios se han calmado, todas las preocupaciones están a un lado [...]. Ahora concéntrese sólo en su firme voluntad. La siente cada vez que respira. Su voluntad penetra en todo lo que usted hace y está a su entera disposición [...]. Lo nota intensamente: sí, usted

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quiere curarse, quiere estar sana, por usted, por sus hijos, por el futuro [...]. Está tranquila y relajada, nada puede alterarla [...]».

La paciente se habituó rápidamente a los casetes y pronto llegó a la conclusión de que eran mucho más eficaces que el valium que le habían recetado (¡arriesgadamente!) en el hospital. Yo misma le grabé una cinta adicional para conciliar el sueño, con efecto despertador posthipnótico, con la cual sólo tenía que extender el brazo y apagar el aparato desde la cama por las noches para pasar suavemente de la relajación al sueño. De esta manera, la mujer consiguió cuidar perfectamente de sus hijos, cosa que notaron también los vecinos. Poco a poco le fui proponiendo que escuchase las cintas a un volumen cada vez más bajo, hasta el punto de que sólo se oyera un susurro. Al llegar a ese estadio, le expliqué que ya estaba lista para llamar a la paz interior cada vez que la necesitase, recordar su voluntad recuperada y llevarla consigo en la actividad diaria tras la pausa de relajación.

La joven también tenía que aportar pequeñas pruebas del afianzamiento de su voluntad. Discutía- mos sobre cómo tratar y superar las escenas y con- flictos que solían ponerla en apuros. Por ejemplo, si uno de sus hijos pequeños se negaba a comer la papi- lla con la cuchara y llenaba toda la cocina de comida, llegábamos a la conclusión de que eso no debía ser motivo de agitación. La mujer debía reaccionar con calma y, simplemente, guardar la papilla, limpiar al

niño, llevarlo a su habitación y no darle nada de comer hasta que le volviera a tocar. La paciente aprendió a ser más paciente y consecuente y a no dramatizar pequeños sucesos, lo cual redujo rápi- damente la probabilidad de reincidir en su pro- blema.

Al cabo de varias semanas me dijo que ya no ne- cesitaba los casetes. Cuando llegaban las tensiones, era capaz de tenderse, tranquilizarse y, tal como ella misma decía, «percibir su firme voluntad». Ante to- do se había vuelto una persona equilibrada, con la estabilidad necesaria para empezar las conversacio-

nes logoterapéuticas de búsqueda de sentido. Juntas

reflexionamos sobre todo aquello que, para ella y su familia, pudiera contribuir de manera positiva y sa- tisfactoria a cumplir con las tareas que ella misma se propusiera. En primer lugar, estaba la obligación de hacer de sus hijos unas personas buenas y ale- gres, pero también tenía la tarea de ayudar a su ma- rido a reintegrarse en la sociedad tras su vuelta de la cárcel. Una decisión razonable fue la de inscribir a los tres hijos más pequeños en una guardería de pe- dagogía terapéutica. De esta manera, mientras los otros dos hijos mayores estaban en el colegio, ella podría ir a limpiar para mejorar el presupuesto fa- miliar y permitirse algún capricho de vez en cuan- do. La casualidad quiso que empezara en una em- presa constructora donde había puestos libres para trabajadores no cualificados. Tras integrarse en uno de estos puestos y ver reconocida su aptitud, le pi-

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dio a su jefe que también diera una oportunidad a su marido y lo admitiera a prueba tras su estancia en prisión.

Un año después me encontré con la joven por la calle. Iba con dos de sus hijos y una cesta de la com- pra repleta. Radiante de alegría, se acercó a mí y me contó que ella y su marido estaban trabajando en la constructora y que ninguno de los dos —y, al decir- lo, sus ojos brillaban de felicidad— había vuelto a reincidir: ni él con el hurto, ni ella con los somnífe- ros. «Los niños también notan que estamos bien en casa —dijo—. Imagínese, hasta estamos ahorrando para un coche de segunda mano. Será formidable, podremos ir todos juntos los domingos a comer al campo. Todavía conservo sus casetes para alguna emergencia, pero creo que ahora ya tengo una vo- luntad completamente firme. ¡Ya nada echará mis planes por tierra!»

Le di la enhorabuena y le deseé toda la suerte en el futuro.

El ingrediente logoterapéutico

Como en el caso de esta paciente, en muchas ocasiones he conseguido, por la vía del entrena-

miento sugestivo de la voluntad, que personas emo-

cionalmente lábiles refuercen su voluntad porque llegan al convencimiento de que disponen de más capacidad de concentración y resistencia y, por con-

siguiente, son capaces de disciplinarse más decidi- damente. A este respecto me viene a la memoria una frase de Bertrand Russell:

Todo el bienestar que obtiene la humanidad viene del intento de afianzar el bien y no de la lucha contra el mal.

La ayuda a los adictos debería hacerse suyas estas palabras. Para concluir, algunas reflexiones sobre la última fase terapéutica, las conversaciones de

búsqueda de sentido.

Los terapeutas no pueden ofrecer ningún sentido, sino que son los pacientes quienes deben encontrarlo. Lo que sí puede hacer el terapeuta es señalar las opor- tunidades de sentido. ¿Dónde, exactamente? Dentro de los límites de cada uno. En cierto modo, los pro- blemas individuales marcan los límites de cada per- sona, los cuales se expresarían en frases como: «No tengo ganas de esto», «No veo el menor atisbo de esperanza», «Me siento débil y desanimado», «Estoy solo y abandonado», etc. La libertad o la libre elección se alojan en el interior de estos límites y no fuera de ellos. La libertad consiste en emprender algo,

con o sin ganas, esperanza, ánimo o ayuda de los

demás. Libertad significa decir sí a algo, por o a pesar

de la calidad de ese algo. Lo que cuenta es elegir en

libertad, porque todo lo que no se elige se queda en el arriesgado territorio de lo efímero. Lo que cuenta es que entre las cosas realizables se elija

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lo que merece ser realizado, sea fácil o difícil. Es necesario insistir constantemente en ello con los pa- cientes, porque ellos mismos se encierran de buen grado en sus límites y, al hacerlo, pasan por alto lo que, a pesar de todo, pueden realizar y tienen enco- mendado hacer «en nombre de la vida».

Un factor de estrechamiento de límites muy ex- tendido es la autocompasion crónica. Actúa como un remolino que absorbe al enfermo hacia un abis- mo sombrío. A ella se añaden la disputa con el destino, la estéril pregunta «¿Por qué yo?», los re- proches a la familia y la sociedad (el clásico pre- texto para justificar los propios defectos) y la constante queja por las deficiencias de uno mismo («Soy así»). Pero incluso dentro de estos límites tan estrechos todavía se pueden descubrir oportu- nidades de sentido. Es precisamente en las expe- riencias adversas y los destinos dramáticos donde se esconde la oportunidad de obtener un beneficio humano extraordinario a través de la superación mental y espiritual de las influencias negativas. Frankl denominó este proceso «la transformación de una tragedia en un triunfo» y le atribuyó el su- premo valor de la capacidad específicamente hu- mana de obrar, con la que no se puede medir nin- guna otra representación del esplendor del genio o del intelecto.

Los argumentos de Frankl son el antídoto perfec- to contra la autocompasion crónica y limitadora. Al paciente se le explica que obtener éxito y satisfac-

ción en la vida es la cosa más fácil si uno encuentra desde un principio las condiciones óptimas, si tiene la comprensión y el apoyo de los demás y, quizá también, si tiene un carácter estable. Pero cuanto más dificultosa ha sido la situación inicial en la vida de una persona, tanto más notable y digno de reco- nocimiento será el más pequeño de los progresos realizado por iniciativa propia. El paciente debe en- tender que, por su pasado, puede sentirse enorme- mente orgulloso del más mínimo empeño por salir del remolino y tomar caminos más sanos. El trayec- to que hemos dejado atrás no siempre muestra la ruta hacia el futuro. A veces se necesita un desvío en el presente o, incluso, un cambio de rumbo radical pa- ra conquistar realmente el futuro. Si el paciente tra- baja en esta dirección, escapará de su terrible pasado y habrá realizado un acto heroico que nadie con un pasado sin preocupaciones podrá nunca igualar.

Como vemos, la dependencia que los adictos tie- nen que superar suele ser doble: la de la sustancia adictiva y la de las circunstancias biográficas. El en- fermo que sostiene «Como mis padres se han ocu- pado poco de mí, he caído en el alcohol», estará en caída permanente. Pero si da media vuelta y dice:

«Aunque mis padres se hayan ocupado poco de mí,

voy a organizar mi vida con sensatez», habrá dejado de caer.

Resumamos las distintas fases de una terapia efi- caz contra la adicción (hasta ahora hemos comenta- do las cuatro primeras):

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I. Desintoxicación corporal (en hospital). II. Deshabituación psíquica (en hospital). III. Ejercicios de relajación y entrenamiento su-

gestivo de la voluntad (ambulante).

IV. Conversaciones de búsqueda de sentido (am- bulante).

V. Asistencia (a intervalos más prolongados). La logoterapia, que, según su fundador, es una «psicoterapia desde lo espiritual y hacia lo espiri- tual», puede intervenir con todo su instrumental en la fase III, donde se habla de libertad y fuerza de voluntad, y en la IV. Finalmente, en la fase V, la lo- goterapia se enfrenta al enorme reto de la preven- ción de recaídas, a la que está dedicado el capítulo siguiente, centrado en el caso del alcoholismo.

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