alcohólicos
III. Practicar el compañerismo de montaña
La palabra «unión» es un concepto clave para nues- tra excursión. Ahora que ya tenemos las mochilas hechas —con mucho amor e igual cantidad de preo- cupación, sin miedo y con la conveniente pizca de humor—, debemos emprender la marcha sin pen- sarlo dos veces y tomar el trayecto especialmente indicado para hacer sudar al excursionista que reco- rre el mundo. Considerémoslo un «trayecto imagi- nario de prueba» en el que se comprobará si el peso que llevamos a nuestra espalda nos hará flaquear o, por el contrario, nos hará más fuertes.
Básicamente, se trata de que la unión entre las personas aumente conforme aumenta el grado de peligro. Por eso los escaladores nunca pueden dejar a un compañero en la estacada. Los familiares de personas con alguna patología psíquica tienen una obligación parecida. Tan pronto como se anuncia el drama, lo más urgente es permanecer unidos y no empeorar la situación con discusiones. Es com- prensible, pero, desgraciadamente, existe una tram- pa llamada echar la culpa en la que cae hasta la mente más sensata. En este sentido, los escaladores lo tienen más fácil, porque nunca se reprocharán
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mutuamente un cambio de tiempo brusco o una tor- menta de nieve repentina. Por el contrario, en la vi- da normal es más complicado. Las épocas de crisis hacen que los afectados se pregunten con vehe- mencia cómo se ha podido producir la crisis y, nor- malmente, nunca encuentran ninguna explicación adecuada. Han intervenido miles de casualidades, las historias pasadas arrojan sombras muy largas, el radio de influencia social es difícil de determinar y las decisiones libremente tomadas por una de las partes no se pueden atribuir obligatoria o lógica- mente a ninguna causa, porque entonces ya no se- rían decisiones libres.
Por ejemplo, si un miembro de la familia se suici- da, lo cual es de las peores cosas que le puede pasar a una familia, es científica y humanamente imposi- ble determinar a posteriori por qué ha sucedido. Na- turalmente, se podrán hacer conjeturas y reconstruir todo tipo de «motivos» para explicar el hecho, pero hay que admitir honestamente que todos y cada uno de nosotros tendríamos continuamente «motivos» para quitarnos la vida. Todos tendríamos suficientes preocupaciones en la mochila como para decidir que no queremos seguir la excursión. Sin embargo, se- guimos el camino porque en nuestro equipaje tam- bién llevamos suficiente amor: a la vida y a sus obli- gaciones. Entonces, ¿por qué una persona ha perdido todo el amor de su mochila? No lo sabemos, pero sí podemos asegurar que no ha sido solamente porque sus preocupaciones fueran muchas...
En el suicidio pueden intervenir a la vez distintos factores: la propensión depresiva o una predisposición enfermiza, una situación externa triste, una decepción amarga, la falta de confianza y muchas cosas más. Sin embargo, no hay que indagar en la decisión final del afectado. Es una decisión procedente del fondo de su persona que no se puede clarificar, sino simplemente respetar.
Por consiguiente, cuando una familia se ve afec- tada por una tragedia de esta índole, lo peor que pueden hacer sus miembros es reprocharse mutua- mente que éste o aquél ha conducido al muerto al suicidio, que esto o aquello tiene la culpa de su acto desesperado, etc. Es cierto que la culpa forma parte de la vida humana, nadie dice lo contrario, pero nunca nadie es culpable de la decisión de otro, sino únicamente de las decisiones erróneas propias y es con éstas con las que cada uno tiene que tratar, ya que no necesita que nadie se las eche en cara. No se puede
convencer ni disuadir a nadie de la auténtica culpa.
Por mi experiencia, la auténtica culpa se refleja en el fondo de la conciencia de la persona y, en lo que concierne a los actos del prójimo, no tenemos la más mínima libertad, ni siquiera como padres, con respecto a los actos de nuestros hijos.
Por ello, lo más importante —que también suce- de— es acercarse y permanecer unidos, porque juntos las cosas se llevan mejor. Y otra cosa que no hay que olvidar: ¡cada uno lo lleva a su manera! Quien aparenta que las cosas no le afectan, en realidad no
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es así. El dolor tiene mil caras. Una vez, una madre que había perdido a su hijo un año antes me explicó con amargura que su marido siempre lo había recha- zado y que una muestra de ello, entre otras cosas, era que nunca visitaba su tumba. La mujer decía que ella iba al cementerio cada día. Dos semanas después ha- blé con el marido. Cuando abordé el tema «hijo», el hombre me reveló entre sollozos que era incapaz de estar junto a la tumba de su descendiente fallecido. Sólo el hecho de pensarlo le provocaba un nudo en la garganta...
Como decíamos, el dolor tiene mil caras, y para mitigarlo no hay que verter sobre él ningún repro- che cuya justificación sea, además, extremadamente dudosa. Al contrario: siempre hay que poner el consuelo y el compañerismo por delante. De la mis- ma manera que en la niebla o la tormenta los esca- ladores deben tenderse la mano mutuamente, los fa- miliares de adictos deben hacer lo mismo: avanzar con paso firme a través del dolor sin hablar de quién tiene la culpa.
IV. Trazar un plan de ruta
La psicoterapia general nos enseña que, en la me- dida de lo posible, no debemos dejar que los con- flictos nos corroan por dentro. Por otro lado, resol- ver emocionalmente una disputa no siempre sirve para allanar diferencias, porque a veces no se puede
evitar la caída de un rayo, tanto en la montaña como en los corazones de las partes en conflicto. Por ello, la logoterapia propone una solución intermedia: ela-
borar un acuerdo que resuelva (provisional o defi-
nitivamente) la situación conflictiva.
Dependiendo de las circunstancias, el acuerdo pue- de ser común o unilateral. Si, por ejemplo, el con- flicto consiste en que a una persona le molesta el elevado volumen con que el vecino escucha la música por la radio, un acuerdo mutuo podría ser tolerar la música durante el día hasta las cinco de la tarde y, a partir de esa hora, usar auriculares. Si el vecino no se aviene a pactar, se podría llegar al acuerdo unilateral de aislar acústicamente la pared que da a la casa de donde viene la música. Naturalmente, ninguno de los dos acuerdos es el ideal. Tolerar la música alta durante el día o gastar en aislamiento acústico requiere un sacrificio. Sin embargo, si el acuerdo se adopta realmente desde dentro de cada uno, siempre será mucho mejor que una lucha vecinal constante, porque entonces el sacrificio no se vivirá como algo «provocado por un mal vecino», sino como una «reac- ción razonable» a una situación desagradable.
Un acuerdo interior también puede apaciguar un conflicto haciendo que dos exigencias no se simul- taneen, sino que se sucedan, lo cual suele ser nece- sario para la vida. Una vez, un tornero paciente mío estaba junto a su máquina, concentrado en su manejo. Mirando por el rabillo del ojo se dio cuenta de que uno de los trabajadores se mostraba aquella ma-