camente para nosotros, sino que parte de nuestro nacimiento lo exige la patria, parte los amigos; y, como según place a los estoicos, todos los productos de la tierra han sido creados para el uso de los hombres, y los hombres mismos han nacido los unos para los otros, a fin de que puedan ayudarse recíproca mente, en este sentido debemos seguir a la naturaleza como guía, poniendo en común lo que puede ser útil a todos con el intercambio de servicios, dando y recibiendo, y hacer más ínti ma la sociedad de los hombres entre sí con nuestro ingenio, con nuestro trabajo y todos los medios de que dispongamos.
El fundamento de la justicia es la fidelidad, es decir, la sin ceridad de las promesas y de los convenios y su pura observan cia. Por lo cual me siento inclinado a creer con los estoicos, que tanta diligencia ponen en la derivación de las palabras, que
fieles se deriva défit («se cumple, se hace»), si bien esta etimolo
gía puede parecer a algunos un poco forzada46.
Hay dos tipos de injusticia: el primero, de quien injuria a otro, y el segundo, de aquellos que pudiendo no defienden a los injuriados. Pues quien injustamente se lanza a ofender a otro, incitado por la ira o por cualquier otra perturbación, obra como quien pone su mano sobre un compañero; y quien pudiendo no lo defiende, ni impide la ofensa, es tan culpable como si dejara indefensos a los padres, a los amigos o a la patria.
Las injurias que se infieren premeditadamente y con ánimo de perjudicar proceden muchas veces del miedo, cuando quien pretende dañar a otro teme que, de no hacerlo, será él quien sufrirá un daño. Pero la mayor parte se ven impulsados a cau sar la injuria para conseguir algo que desearon. En este vicio tiene grandísimo influjo la avaricia.
45 Plat., Epist. 11 ad Architam, p. 358 a: «cada uno de nosotros no ha nacido para sí solo, m as de nuestra existencia una parte es debida a la patria, otra a los padres, y otra tercera a las personas queridas».
46 Cf. Rep., 4, 7. La palabra fldes procede de una raíz indoeuropea, bheidh- bhidh- «ligar», «lo que liga a uno», de donde también fido y el griego Πάφω TKorc.
VIII. Ahora bien, las riquezas se desean, en parte, para satis facer las necesidades de la vida y, en parte, para colmar el ansia de placeres. En los que tienen más elevación de miras, la ambi ción de riquezas busca conseguir mayor poder, u obtener los medios de recabar favores, como no hace mucho decía Marco Craso47, qué nadie que quiere ser tenido por principal en la República era bastante rico si no podía sostener con los frutos de su hacienda un ejército entero. A otros deleitan los ajuares preciosos y todo el refinamiento de una vida rica y elegante. De todo lo cual surge un anhelo insaciable de riquezas. No es que sea censurable el acrecentamiento de las riquezas sin perjudi car a nadie; pero hay que huir siempre de la injusticia.
La mayor parte se olvidan de la justicia cuando son vícti mas de la manía de los mandos, de los honores y de la gloria. Pues lo que leemos en Ennio:
Para el que quiere dominar
no hay fidelidad ni vínculo sagrado alguno48.
tiene un alcance inmenso49. Pues lo que es de tal condición que en ello no pueden sobresalir muchos, hay de ordinario tanta competencia por conseguirlo, que es muy difícil el conservar esta «sagrada sociedad». Esto lo ha declarado recientemente la temeridad de Cayo César, que ha tergiversado todas las leyes divinas y humanas por aquella falsa idea de supremacía que imaginaba en su mente50. Y en este aspecto es un gran mal que de los espíritus más eminentes y de los ingenios más espléndi dos suele adueñarse la ambición del honor, del mando, del poder y de la gloria, razón por la cual hay que precaverse con tra estos impulsos.
Pero en todo tipo de injusticia importa mucho si la injuria que se infiere se comete por alguna perturvación, que de ordi nario es breve y pasajera, o procede de un propósito consciente y premeditado. Porque son más leves los que proceden de un
47 Marco Craso, el triunviro, murió en el 53 luchando contra los partos. Sus riquezas fueron proverbiales; llevaba el apodo de «dives». Sobre esta afir mación cf. Parad., 45.
48 Ennio, Frg. inc. 402-3 Warm .; Rep., 1, 49.
49 Cf. Amie., 52.
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impulso o primer movimiento que los que se infieren después de una detenida meditación, Pero basta con lo dicho sobre la injuria hecha contra otro.
IX. Varias son las causas por las que los hombres faltan a la 28
defensa de otros y abandonan este deber: o no quieren buscarse enemistades, fatigas, gastos; o bien por negligencia, pereza o flojedad; a otros sus estudios predilectos o sus ocupaciones los atan de tal forma que consienten dejar abandonados a quienes debían defender. Y por esto temo que no baste lo que se lee en Platón en defensa y elogio de los filósofos que son justos, por que están ocupados en la investigación de la verdad, y porque desprecian y tienen por nada lo que la mayor parte de los hom bres ansian desalados, luchando por ello unos contra otros. Consiguen un género de justicia, que consiste en no causar daño a otro, pero pecan contra el otro género de justicia, pues, impedidos por el ansia de aprender, abandonan a aquellas per sonas a quienes tienen que amparar. Y piensan que no deben desempeñar cargos públicos más que forzados. Mejor sería que esto se cumpliera voluntariamente, porque lo que se hace con rectitud en tanto es justo en cuanto es voluntario.
Hay también quienes por la dedicación excesiva a sus inte- 29 reses privados, o por cierta animadversión hacia la gente, dicen que están empleados en sus cosas, y de esta forma en aparien cia no hacen daño a nadie. Estos se ven libres de una injusticia, pero caen en la otra: abandonan la sociedad humana, a la que no prestan ni preocupaciones, ni obras, ni dinero.
Expuestas ya las dos clases de injusticia, fijada sus causas y 30
definida anteriormente la esencia de la justicia, podemos deter minar con facilidad cuál sea nuestro deber particular en cada caso, si no nos dejamos llevar por el amor propio. Es difícil pre ocuparse de las cosas ajenas. Aunque el Cremes de Terencio «piensa que nada que sea propio de los hombres le es ajeno»51, sin embargo, porque comprendemos y nos impresionan más los bienes y los males que nos afectan a nosotros particular-
51 Ter. Htm., 77, pero ha llegado a ser proverbio y se cita a veces en otro sentido del que lo escribió Terencio; cf. también Leg., 1, 33; H. D. Jocelyn, Homo sum, humanum nil a me alienum puto: Antichthon, 7 (1973), 14-46, haciendo Cice rón a Cremes un estoico, no se equivoca.
mente, que los que se refieren otros, que vemos separados como por un largo intervalo, y por eso juzgamos tan diferente mente lo que a ellos atañe y lo que se refiere a nosotros. Por lo cual tienen sobrada razón los que prohíben52 hacer algo cuando se duda si el hacerlo es justo o injusto, porque la equidad brilla por sí misma, y la duda es indicio de una intención injusta.
X. Pero se dan con frecuencia casos en que lo que parece
digno de un hombre justo, y a quien llamamos hombre de bien, cambia su naturaleza y se muda en su contrario, como devol ver un depósito, cumplir una promesa, y demás casos que per tenecen a la sinceridad y a la buena fe. En determinadas ocasio nes el transgredir la lealtad y la sinceridad puede ser justo. Es necesario referirse a los principios fundamentales de la justicia, que puse al principio: lo primero, que no haga daño a nadie, y lo segundo, servir a la utilidad común. Con la mutación de las circunstancias cambia también el deber y no permanece el mismo.
Puede suceder que sea inútil el cumplir una promesa o un contrato, o bien a quien se le hizo la promesa, o bien a quien la hizo. Pues como refiere la fábula, si Neptuno no hubiera cum plido lo que había prometido a Teseo, Teseo no se habría visto privado de Hipólito53. Porque éste era, según se escribe, el ter cer deseo, dejándose llevar Teseo de la ira, pidió la muerte de Hipólito y, una vez conseguida, cayó en una aflicción desespe rada. Por consiguiente, no hay que cumplir las promesas que resulten nocivas a quienes se han prometido, o si producen más perjuicio a quien las hizo que provecho a quienes fueron hechas, no es contra el deber el preferir lo más a lo menos. Así, por ejemplo, si prometiste asistir a uno en un proceso, y entre tanto enfermara un hijo tuyo no es contra la obligación el des entenderte de tal promesa, quien faltaría sería el otro si se que jara de tu abandono. Además, ¿quién no ve que no obligan las
52 No parece sentencia de filósofos, sino una máxim a popular.
53 Cf. Off., 3, 94. N eptuno había prometido a Teseo concederle tres gracias: lo sacó libre del H ades, adonde había ido a robar a Proserpina; lo condujo incó lume del Laberinto después de haber m atado al Minotauro, y la tercera peti ción fue la m uerte de su hijo Hipólito, porque sospechaba que era am ante de su m adrastra. Luego se vio la inocencia de Hipólito, pero ya Teseo había perdi do a su hijo.
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