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LIBRO I, 34 69 promesas hechas forzado por el miedo o engañado por un

fraude? La mayor parte de ellas han sido anuladas por el dere­ cho pretorio y no pocas por el derecho civil54.

Algunas injusticias provienen también del engaño y de una 33

interpretación demasiado sutil y maliciosa al propio tiempo del derecho. De forma que ya es corriente el proverbio: «la extrema justicia es injusticia extrema»55. Y en este orden se peca mucho en los negocios públicos como aquel que, habiendo pactado con el enemigo una tregua de treinta días56, devastaba por la noche los campos, porque en la tregua se hablaba de días y no de noches. Ni puede tampoco aprobarse, si es verdad lo que hizo nuestro conciudadano Quinto Fabio Labeón, o quien quie­ ra que fuere -porque no lo sé más que de oídas-. Lo había nombrado el Senado juez árbitro para dirimir una cuestión de límites entre nolanos y napolitanos. Llegado al lugar sobre el que se disputaba, habló secretamente con cada una de las par­ tes, recomendándoles que no procedieran con pasión ni con demasiada codicia, sino que más bien prefirieran retrasar que adelantar sus mojones. Habiéndolo hecho así las dos partes, quedó entre medio una ancha zona de terreno. Él asignó los límites que ambas partes habían fijado, y la franja intermedia de terreno la entregó al pueblo romano. Esto propiamente es engañar, no arbitrar. Por eso hay que huir siempre de estas arteras sutilezas.

XI. Hay también deberes que observar en orden a quienes 34

nos han injuriado. La venganza y el castigo tienen también sus límites, y quizás debamos satisfacernos con que el ofensor sien­ ta pena de su acción, para que él no vuelva a hacer nada seme­

54 Cuando el pretor inauguraba su m agistratura proponía un program a legal que regulaba la administración de la justicia en su año de pretorado, el lus praetorium. Era un com plem ento del derecho civil, constituido p or las leyes promulgadas en las asambleas populares.

55 En la interpretación de la ley en el rigor de la letra, sin tener considera­ ción de su espíritu. El proverbio ha llegado a nosotros citándose con las pala­ bras de Cicerón, incluso por personas no m uy conocedoras del latín; «sum­ mum ius summ a iniuria»; cf. Ter. Htm., 796: «Ius sum m um saepe summ a est malitia».

56 Se alude a Cleomenes, rey de Esparta (520-491 a.C.) en la guerra de los argivos. El hecho lo cuenta también Plutarco, Apophth. Lacón., 223 a.C.

jante/ y todos los demás sean menos propensos a faltar. Tratán­ dose de los intereses del Estado, hay que observar sobre todo las leyes de la guerra. Porque habiendo dos medios para poner fin a una contienda, la negociación y la fuerza, el primero es propio de los hombres, el segundo de las bestias; habrá que recurrir a este último cuando no sea posible usar el primero57.

La razón de emprender una guerra es el deseo de vivir en paz segura; pero, conseguida la victoria, hay que respetar las vidas de los enemigos que no fueron crueles ni salvajes. Como nuestros mayores concedieron incluso la ciudadanía a los tus- culanos, a los ecuos, a los volscos, a los sabinos, a los hérnicos, en cambio a Cartago y a Numancia las arrasaron y sembraron de sal58. Yo no hubiera querido la destrucción de Corinto59; pero creo que tuvieron sus razones para ello, sobre todo la situación estratégica del lugar. Yo pienso que hay que buscar siempre una paz segura, en que no se prepare ningún género de insidias. Si se me hubiera escuchado a mí a este respecto60, tendríamos, si no una óptima República, sí algún tipo de Esta­ do, que ahora no existe ninguno61. Y si hay que tener considera­ ciones con los vencidos en la batalla, deben ser bien acogidos los que se han entregado bajo la protección de los jefes, aun cuando el ariete hubiera golpeado los muros62. En lo cual se han manifestado tan benignos nuestros jefes, que quienes habí­ an acogido bajo su protección a los ciudadanos y naciones ven-

57 Cf. W. C. Korfmacher, «Cicero and the bellum iustum», CB, 48 (1972), pp. 49-52, en donde analiza este pasaje de Off., 1, 34-40.

58 La destrucción de C artago sucedió en 146; la de Num ancia en 133. En ninguna de estas dos cam pañas se distinguió Roma por su lealtad.

59 Corinto fue destruido por Lucio Memmio en el año 146 a.C.; hecho que siempre recordaron con pena los romanos.

60 Cf. mi trabajo Cicerón mediador de la paz entre César y Pompeyo: Helman- tica, 9-10 (1952), pp. 53-76; y sobre todo Héroe de la Libertad, II, pp. 187-192.

61 Cicerón sabía muy bien que, aunque no hubiera surgido la guerra entre César y Pom peyo, de continuar las cosas com o se encontraban, ia patria estaba muy lejos de realizar sus ideales de Estado expuesto en el De República. Pero aquello, mal que bien, todavía era un Estado; mas ahora, bajo los caprichos de Marco Antonio, la patria quedaba arruinada.

62 Cuando una ciudad no se rendía ante la invitación del general, y era necesario aplicar el ariete para combatir las murallas, según el derecho de gue­ rra romano, ya no podía rendirse, sino que era tom ada al asalto y entregada al saqueo de los soldados (Caes., B.G., 2, 3 2 ,1 ).

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