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CAPÍTULO 2. AÑOS DE FORMACIÓN (1882-1910)

2.3. INFANCIA Y ADOLESCENCIA DE VASCONCELOS

2.3.2. Los libros y la escuela

Es en Piedras Negras en donde Vasconcelos recuerda el acercamiento y la familiarización con los libros, antes de entrar a la escuela, con dos temas particularmente de interés para la familia: el cristianismo y la historia de México y su herencia española. “Giro el rollo deteriorado de las células de mi memoria –dice Vasconcelos-, pasan zonas ya invisibles y, de pronto, una visión imborrable. Mi madre retiene sobre las rodillas el tomo de la Historia Sagrada”196. Asimismo, recuerda el comentario y la recreación de la madre sobre El Génesis.

Con respecto a las primeras lecciones, dice:

“Mi padre se había asomado a la escuela del lugar; vio los bancos desvencijados, el piso de tierra y un maestro de palmeta y pañuelo amarrado a la cabeza, y desistió. Más tarde empezó a darme clases particulares un maestro Calderón. No era nuestro pariente, sino solo un homónimo. De buena presencia, barba negra y rostro pálido, nos dio las primeras nociones sobre el artículo y el sustantivo, el verbo y el participio. También nos puso a hacer sumas y divisiones; pero nos aburría y nos adelantábamos. Mucho más nos divertían ciertas lecturas que escogía mi madre. Como ejercicio de memoria nos puso una fábula de José María Samaniego: A un panal de rica miel/ Dos mil

192 Cfr. Vasconcelos, José. Divagaciones literarias. México, Imp. Murguía, 1919, 103 pp.

193 Cfr. Vasconcelos, José. El monismo estético: Ensayos. México, Editorial Cultura, Imp.

Murguía, 1918, 148 pp.

194 Cfr. Vasconcelos, José. La raza cósmica: Misión de la raza iberoamericana. Notas de viaje a

la América del sur. Barcelona, s.e., 1925, 294 pp.

195 Cfr. Vasconcelos, José. Pesimismo alegre. Madrid, M. Aguilar, 1931, 241 pp. 196 Vasconcelos, José. Ulises criollo, p. 10

moscas acudieron/ Que, por golosas, murieron/ Presas de patas en él…

Leíamos también un compendio de Historia de México, deteniéndonos en la tarea de los españoles que vinieron a cristianizar a los indios y a extirparles su idolatría”.197

También de Piedras Negras recuerda su escuela y sus años de estudios primarios, al otro lado de la frontera, en Eagle Pass; una quema libros que hizo con su mamá, los que había llevado uno de sus tíos. “-Son libros –explicó mi madre-; libros herejes…”198 Y, de igual manera, una lista considerable de libros

y de lecturas, tanto de la escuela como del hogar: La Iliada, El catecismo de Ripalda, México a través de los siglos, la Geografía y los Atlas de García Cubas, los dramas de Calderón, Balmes, Louis Veillont, Longfellow, Juan de Dios Peza, Nuñez de Arce.

Con respecto a éstos, por un lado, rememora:

“El afán de protegerme contra la absorción por parte de la cultura extraña acentuó en mis padres el propósito de familiarizarme con las cosas de mi nación; obras extensas como el México a través de los siglos y la Geografía y los Atlas de García Cubas estuvieron en mis manos desde pequeño. Ninguno de los aspectos de lo mexicano falta en esta segunda obra admirable. Ninguna editorial española produjo nada comparable al García Cubas, hoy agotado. El Atlas histórico es, además, una joya de litografías a colores. La carta etnográfica detalla las razas anteriores a la Conquista, con los sitios de su ubicación, sus trabajos y sus fiestas”.199

Páginas más adelante, también refiere:

“Su pequeña biblioteca ambulante (de mi madre) contenía los dramas de Calderón en cantos dorados, un Balmes, un San Agustín y un volumen de Tertuliano. De este último me leía trozos polémicos. Alguna vez me hizo leerle La vida es sueño; pero el libro preferido de nuestras veladas de Piedras Negras era la

Historia de Jesucristo, de Louis Veillont, con láminas a colores”.200

197 Ibid., p. 14

198 Ibid., p. 32 199 Ibid., p. 48 200 Ibid., p. 50

Y, por otro lado, a propósito de una puesta en escena infantil de un poema de Zorrilla, Don Juan, dice:

“En general, el verso me atraía sólo momentáneamente. Más bien padecía angustia si alguien soltaba un recitado de memoria. Y vaya que leía poemas en dos idiomas. La Evangelina, de Longfellow, era obligatoria del otro lado, y, en desquite, me hacían leer en casa a Peza y a Nuñez de Arce. Pero me pasaba con la poesía lo que me pasó más tarde con la música: me servía de excitante para pensar mis temas, sin seguirla en su propio desarrollo”.201

José Joaquín Blanco, a propósito de estos libros, dice que el lector -¿del biógrafo o del biografiado o de ambos?- tiene el derecho a dudar, a poner en tela de juicio, que un niño de trece años haya agotado semejante catálogo de libros; “pero, aunque no lo hubiera hecho o no lo hubiera comprendido, trazan bien la atmósfera cultural en la que se formó”202.

Con respecto al paso por la escuela, en términos generales, ésta fue notable a grado tal que, al terminar los estudios primarios, el director de la misma hizo la oferta a la familia para que dejaran al niño José, continuara sus estudios y becarlo en una universidad estadounidense. Vasconcelos comenta que su padre, al principio se ofendió, pero finalmente, fue a dar una negativa y los respectivos agradecimientos. “En suma: dejé pasar la oportunidad de convertirme en filósofo yankee. ¿Un Santayana de México y Texas?”203

De su paso por la capital y de su estancia en Toluca, entre 1895 y 1896, sobresalen tres cuestiones: en primer lugar, haberse hecho cargo de otras lecturas por medio de los parientes y de la escuela; en segundo lugar, la decepción de que el Instituto, que gozaba de mucha reputación por los liberales Altamirano e Ignacio Ramírez que se habían formado en ella, no haya sido mejor que una escuela de aldea –como la de Eagle Pass-; y, en tercer lugar, el conflicto vigente en el pueblo entre conservadores y liberales.

201 Ibid., p. 68

202 Blanco, José Joaquín. Se llamaba Vasconcelos, p. 23. 203 Vasconcelos, José. Ulises criollo, p. 72.

Con respecto a lo primero, cuenta que la tía María “discretamente puso en mis manos el libro que era la Biblia de su gremio: La educación, de Spencer. Me excitó a leer también el Emilio de Rousseau”. Y, confiesa: “El libro de Spencer me interesó profundamente, quizás por su carácter sistemático. La forma novelada del Emilio me predispuso en su contra”204.

Con relación a lo segundo, el Instituto toluqueño, después de expresar el desgarramiento emocional por el hecho de que su padre no estaba con ellos, dice que el Instituto daba una enseñanza deficiente, que su grupo se conformaba de cuarenta o cincuenta niños y que su maestro era un semi-indio desaliñado y malhumorado. Por ello, se pregunta: “¿Sería posible que una escuela de aldea norteamericana fuera mejor que la anexa a un Instituto ufano de haber prohijado a Ignacio Ramírez, a Ignacio Altamirano?”205 No obstante, comenta enseguida, quiso aprovechar su estancia para fortalecer su español. Y, en torno a otras materias, dice: “geografía, historia, religión, creía yo saberlas mejor que el maestrito mechudo; lo acataba en lengua nacional y lo respetaba por temor de que me declarase suspenso”206.

Por último, en lo que respecta a lo tercero, el conflicto vigente entre conservadores y liberales, recuerda en Toluca una celebración de la coronación de la Virgen, la vida devota intensa, el estremecimiento fervoroso de la ciudad; así como las parroquias y los barrios, el obispado y el comercio y todo el pueblo presto a la fiesta de la Virgen. Y, por último, también, que “no habían pasado tres días de la fiesta cuando una mañana fuimos sacados de la clase a gritos y empellones. Reunidos desordenadamente en el patio del Instituto se nos agrupó a la cola de los estudiantes formales, a la vez que corría la orden gregariamente acatada: marcharíamos en manifestación contra el clero”207. Concluye Vasconcelos que su paso por el Instituto de Toluca influyó tan poco en él, que no advirtió el conflicto entre la doctrina que aprendía en casa y la que impone en México el Estado.

204 Ibid., p. 81

205 Ibid., p. 88 206 Ibid., p. 88 207 Ibid., p. 95

La experiencia en Campeche, cuando contaba entre catorce y diez y siete años, entre 1896 y 1899, fue mucho mejor. En primer lugar, por haber obtenido el segundo lugar al terminar los estudios; en segundo lugar, por haber ampliado considerablemente su acervo cultural; y, en tercer lugar, por haber compartido estudios con las jovencitas de su edad, particularmente, con una que se llamaba Sofía.

Del Instituto campechano recuerda al profesor de Gramática, las clases de Historia antigua y de Grecia, de Geografía (y de cómo tenía que aprenderse de memoria los departamentos de Francia) y la biblioteca: “El santuario del Instituto era la Biblioteca. Entraba a ella con emoción parecida a la que me producían las iglesias”208. En ésta, comenta, leyó con avidez, entre otros, una

Historia de la Astronomía, Shakespeare, Lope de Vega, Moratín, Daudet, Lamartine, Víctor Hugo, Jorge Isaacs (“Fue María el motivo, si no el pretexto, de mi primera inquietud amorosa en relación con la joven –Sofia-“), Gutiérrez Nájera, Chateaubriand (“el acontecimiento libresco de todo aquel periodo de mi vida: el genio del cristianismo”).

Sofía era la hija del director del Instituto. Al saber éste que José Vasconcelos hablaba inglés, le pidió que le enseñara a su hija, que practicara con ella, porque apenas lo estaba aprendiendo. Así, nos comenta, fue que conoció a la joven, en su casa. Y, a partir de esa reunión, “pronto, también de las aburridas traducciones pasamos a la lectura en común, de obras más de acuerdo con la juvenil sensibilidad”. Y especifica enseguida:

“No sé si a propósito de Atala, que yo le di a leer, puso ella en mis manos el Pablo y Virginia, de Bernardino de Saint-Pierre, clásico de nuestra gente del trópico. Lo que no leíamos juntos nos lo prestábamos. De su mesa me llevé la Ilustración Francesa para enterarme de las novelas en folletín que traducía a mi madre o leía solo. Una recuerdo apenas, creo que era de Theuriet y se trataba de un seminarista atormentado por el conflicto de la misión divina y el amor de una mujer. El asunto, de una infinita poesía, me preocupó hondamente”.209

208 Ibid., p. 110

Por no haber dado el tono en el examen de música, Vasconcelos obtuvo el segundo lugar al terminar sus estudios. Ello le hizo merecedor de un paquete de libros, respecto a lo cual, recuerda:

“Agobiado del sol que esplendía afuera y de la gloria que acababa de recoger a la vista de mis familiares, regresé a casa urgido por destripar el bulto de libros, que contenía las Vidas paralelas, de Plutarco; la Historia Universal, de Duruy, en cinco tomos, y no sé qué más. Durante varias noches se prolongó entonces el placer vivo de acompañar a Alejandro por rutas de Persia, combinando el orgullo del descubridor con las satisfacciones del capitán. Lo que más me conmovió de Julio César fue la inquietud que le hacía llorar porque corrían los años, se hacía viejo y no había consumado una sola acción ilustre”.210

Esto, le hizo reflexionar y preguntarse:

“¿Acaso no estaba yo también perdiendo mi tiempo en aquel oscuro rincón de provincia? ¿Iba a ser eso mi vida, pasar cursos, sacar premios y llegar de viejo a ser otro don Patricio –director del Instituto y padre de Sofía-, pongo por caso, y en el mejor de los casos? No; por fortuna allá estaba enfrente el mar que me libertaría. El mar es abismo, pero también es ruta y destino. Y mientras sonaba la hora del cambio, lloraba el conflicto fascinante y trágico de Juliano el Apóstata”.211

Dos acontecimientos más recuerda Vasconcelos de su tiempo en Campeche, ambos de relativa importancia para lo que vendría después: al primero le dedica un capitulillo y al segundo apenas lo alude. El primero se refiere a Joaquín Baranda212, Ministro de Justicia e Instrucción Pública, quien había realizado un viaje a Campeche (“...me ví, yo también, de rector, atravesando las galerías con arcadas de un colegio más grande que el campechano…). El segundo se refiere a la guerra entre Estados Unidos y España (se organizaron los bandos en la escuela, “yo organicé el grupo de <<los españoles>>”).

210 Ibid., p. 139

211 Ibid., p. 139-140

212 Se trata de la misma persona de la que ya hablamos páginas atrás. Veáse Supra: 2.2.2.